“ZOILA”: MATERNIDAD Y DESARRAIGO

Por Francisca Salas Vicencio

Gabriela es hija de una chilena y un español. Ambos se conocieron durante el exilio de su madre y más tarde se trasladaron a Chile. En esos años, Zoila, una joven mapuche oriunda de Chol Chol, contribuye en la crianza de Gabriela y su hermana menor. Tristemente, cuando la familia decide mudarse a España, las niñas deben despedirse de la familia que habían conocido, con Zoila incluida. Pero el contacto no se pierde.

Hoy, Gabriela Pena es cineasta y habla con acento español, salvo por una palabra. Su voz hace una única excepción con la “z” de Zoila, que pronuncia con “s”. Aprendió a decir su nombre cuando aún tenía acento chileno. Es un reflejo de su lengua materna, aquella que nos enseñan nuestras madres; los primeros sonidos que somos capaces de modular y que moldean nuestras ideas más tempranas. Hoy, aquella palabra excepcional titula la ópera prima de la realizadora, co-fundadora de la productora Grieta Cine y actualmente radicada en Valparaíso. Zoila está a días de su estreno nacional en el Festival Internacional de Cine de Santiago (SANFIC), y el preámbulo me entrega la oportunidad de compartir algunas reflexiones a propósito de esta obra, cuya sensibilidad auténtica ha resonado conmigo desde la primera vez que pude ver parte de su metraje, hace ya algunos años.

La premisa de la película se introduce con una reflexión del filósofo trans Paul B. Preciado: “La madre moderna es tan sólo una máscara detrás de la que se ocultan otras madres a las que se les ha negado el reconocimiento del vínculo”. Este razonamiento revela una innegable realidad omitida. No obstante, desde la proximidad de la experiencia, es una afirmación que implica una desconcertante toma de conciencia: el concepto de madre es mucho más amplio de lo que nos han enseñado. Entender esto es cuestionar un aprendizaje fundacional, y naturalmente pronostica tensiones.

Para Gabriela, el quiebre se produce al revisar las cintas familiares; archivos que dan cuenta de algo que siendo niña no pudo ver. Zoila aparece como una figura enigmática en aquellas imágenes deslavadas. Las cintas digitales muestran breves atisbos de su presencia, registran la silueta sin rostro de una mujer silenciosa, siempre en segundo plano, como la columna vertebral invisible en un núcleo familiar que se presenta desde la norma. Pero esos puntos ciegos despiertan preguntas primordiales que la realizadora se plantea con cautela: “¿Quién eres tú para mí? ¿Qué somos nosotros para esta tierra?”. Al contarnos parte de su historia, la directora reescribe su propio relato, en buena medida para sí misma, quizás intentando comprender más completamente su propia existencia. Así, los registros en cinta de video, siempre al centro de la pantalla y sin ampliar, manteniendo su resolución irremediablemente sesgada, remiten a aquella fantasía de omisiones en cuatro paredes. En contraste, las imágenes actuales, registradas más a conciencia, desarrollan un ejercicio de atención en tiempo presente que va desatando sutilmente aquellas inquietudes.

Zoila es en apariencia un documental autobiográfico. La voz de su propia directora, nos guía por el relato desde un punto de vista íntimo, entre reflexiones confesionales y recuerdos de infancia recolectados a través del tiempo. A ratos, la voz pareciera olvidarse de nosotros, los espectadores, y simplemente habla para sus adentros, obviando que se está exponiendo. A su manera, el tono de la película es reminiscente al excelente documental Stories We Tell (Sarah Polley, 2012), que también proponía el rescate del relato familiar desde un espíritu investigativo. La vida como un misterio por resolver, y los recuerdos como claves para acceder a ciertos tipos de verdad. Con esto emerge la puesta en valor de lo que se asume irrelevante; la vida privada de las personas como personajes, sus apegos, sus historias desconocidas y sus complejidades. Todo puede ser interesante, especialmente las historias cotidianas. En esencia, Zoila es una película sobre las distancias, los silencios y las brechas culturales; sobre las familias no convencionales, el amor incondicional y las huellas de la infancia aún palpables en el presente.

Quizás, nos encontramos ante un buen ejemplo de ese eventual “cine de mujeres” que con frecuencia se ha intentado describir, porque más allá de los clásicos nudos dramáticos, lo relevante de la película es el carácter interno de los recuerdos y pensamientos que la estructuran. No son conflictos que podamos visualizar, pero tampoco tendría sentido reproducirlos; la película se mueve desde la evocación. Si las cintas de video desencadenan propósitos creativos, las grabaciones posteriores intentan resolverlos, o darles forma, pero también acompañan al monólogo interno que se despliega naturalmente como hilos trazando costuras. Y esa confección sugiere un prolongado proceso de ensayo y error. Es evidente que el relato se conformó como tal desde el montaje, y la misma película da cuenta indirectamente de su propia factura. Es la cinécriture,como decía Agnès Varda; la cámara como bolígrafo, el cine como diario de vida, y el corte y unión de los trozos como herramienta discursiva.

Para mi, lo más sobrecogedor de la obra son sus tribulaciones a propósito del concepto de desarraigo. Zoila establece paralelos entre el apego afectivo y el desarraigo cultural, muchas veces desde la inocencia, pero también desde un espíritu inquieto. Es el indescriptible miedo al abandono, quizás el más humano de los temores. Como personaje, Zoila se caracteriza por su actitud evasiva ante las preguntas sobre su pasado. En realidad, la información que conocemos sobre ella son más que nada interrogantes contestadas con silencio. Siendo hija de un hombre mapuche convertido en pastor evangélico y criada en una familia de pocas palabras, Zoila tiene la tendencia a desaparecer. Y, desde la complicidad de su voz superpuesta, la directora nos confiesa que aún teme el día en que Zoila se enfade y, quizás, se desvanezca.

Finalmente, Zoila es un ejemplo de severa persistencia del oficio creativo. Con cierta porfía por escarbar en los lugares más recónditos de la memoria, siempre queriendo entender algo, Gabriela Pena formula una obra profundamente personal desde su simpleza y transversal en sus temáticas. Con seguridad, es una película que no podría haber sido realizada por nadie más.

Zoila se estrena el jueves 19 de agosto a las 10:00 AM, y podrá verse vía streaming durante 24 horas en sanfic.com

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