Volver al rito, pero sin volver

Por: Carla Alonso y Giselle Melo-Letelier*.

La obra Un montón de brujas volando por el cielo -dirigida por Manuel Morgado (Yo también quiero ser un hombre blanco heterosexual)- se inserta en un contexto de realización teatral en pandemia, precedida por un buen número de montajes creados para Zoom o en formato streaming. Pero esta pieza va más allá: nos devuelve al teatro como lugar físico, en este caso el Nescafé de las Artes de Santiago, con una historia escrita por Carla Zúñiga (La trágica agonía de un pájaro azul), que se desarrolla luego de que se abre el telón. 


Es la función de estreno, con una transmisión en tiempo real, en vivo y en directo, lo que marca una diferencia respecto de otras propuestas creadas en los últimos meses.  

Un primer gran plano general nos sitúa en ese espacio escénico y, a lo lejos, divisamos a dos mujeres sobre el escenario: las actrices Paulina García (Las analfabetas, Idomeneo) y Paula Zúñiga (Neva, Hilda Peña). Ellas son piezas fundamentales de un fan club que venera a un ídolo sin identidad clara y que ha muerto. La disputa entre estas mujeres no tiene que ver sólo con el poder -la presidencia del club-, sino también con el sufrimiento, los abusos, los privilegios y los derechos de cada una sobre el “ídolo”, en ese pequeño territorio. Hay una distancia física y social entre ambas. 

El zoom de la cámara rompe la lejanía entre el espectador y las protagonistas, quienes visten en estricto rojo (“Pali” García) y verde (Paula Zúñiga). El vestuario es un punto alto del montaje, ya que las contrapone, empodera o desnuda, al tiempo que va revelándose quiénes son. La chaqueta con plumas que luce Paula Zúñiga le da fiereza al personaje y entrega pistas sobre el ídolo: el “Halcón”, que está sobre la escena, disecado. La peluca rubia de Pali García le otorga una supuesta clase y pulcritud al personaje de “señora bien”. 

La obra es narrada mediante varias cámaras, algunas fijas y otras que se mueven sobre el escenario, en una suerte de “filmación de teatro” en vivo. A ratos, este “ojo” enfoca planos más cerrados y dramáticos, y en otros, cuadros más amplios y fríos, que bajan la intensidad al texto y a la interpretación, ambos aspectos brillantes de Un montón de brujas volando por el cielo

El juego con las cámaras es inédito, sorprende y tiene alto potencial. Pero no necesariamente logra darnos la “mejor vista” en algunas escenas. Un ejemplo de ello es cuando Pali García está sentada en el suelo, sin el glamour de su peluca rubia, porque Paula Zúñiga se la ha arrebatado. Ese momento, que podría representar el clímax de la obra, lo vemos un tanto lejos, sin un plano frontal de esa mujer abatida y despojada de su clase. 

Por el contrario, cuando la cámara muestra las butacas del teatro vacías y a las mujeres persiguiéndose entre las filas, logra transmitir al espectador la nostalgia por el convivio teatral. Pero la ilusión se rompe cuando se observa, al fondo de la sala, a algunos espectadores sentados con sus mascarillas. 

Otro punto alto del montaje, en términos de la propuesta audiovisual, es el vuelo de un dron sobre las butacas, al comienzo y al final de la obra. 

Con todo, el ojo de la cámara decide qué enfocar y en qué momento, lo que nos acerca y a la vez nos distancia del ejercicio que hacemos como espectadores desde una butaca: nosotros elegimos a qué hacerle zoom. ¿Hasta qué punto las cámaras pueden suplir nuestra mirada crítica? ¿Qué deciden enfocar y por qué? Muestra de esto es la escena en la que un grupo de mujeres, completamente cubiertas y cargando cabezas, visten a Paula Zúñiga con la chaqueta de plumas -la empoderan- frente al tocador. La cámara, sin embargo, no muestra esa acción con la intimidad necesaria o los detalles suficientes para entender el significado de ese acto.

En este sentido, el recurso audiovisual podría haber sido utilizado como un elemento narrativo para potenciar la intensidad del texto de Carla Zúñiga. Si bien esto sucede al comienzo, donde la cámara nos revela esta “sorpresa” de estar en el espacio físico del teatro, en otros momentos pareciera que está sólo registrando sin una dirección clara. 

Una de las cosas valiosas de este montaje es el riesgo que toma el director, junto al equipo creativo, de correr el límite del teatro que veníamos viendo en pandemia. Lo lleva más allá no sólo al mezclarlo con el lenguaje audiovisual, sino al dibujar un posible formato donde podríamos estar en el teatro sin estar físicamente, es decir, volver al rito, pero sin volver. 

¿Cómo hacer que el lenguaje audiovisual sea un correlato del texto sin que este experimento se convierta en hacer cine en el teatro? ¿Debe el switch de cámaras ponerse al servicio de la dramaturgia y las actrices, o al revés? ¿Cuál es el límite entre estos formatos? Estas son parte de las interrogantes que quedan flotando en el aire al ver Un montón de brujas volando por el cielo.

Pero la obra no sería la misma sin las interpretaciones de estas actrices consagradas que encarnan lo opuesto. Y que, a la vez, son una metáfora del distanciamiento social y físico que vivimos actualmente. Hacia el final de la obra, cuando están sentadas una al lado de la otra sobre el escenario -sin peluca y sin plumas-, vemos que las diferencias no son tan profundas: ambas necesitan pertenecer a ese club de fanáticas.

La disputa de poder entre las mujeres y las transgresiones de las que han sido parte, en ocasiones remite a la obra Yo también quiero ser un hombre blanco heterosexual, que reunió a la misma dupla creativa Morgado-Zúñiga. 

La dramaturga crea un texto irónico que sorprende y perfila muy bien los extremos sociales que encarnan las protagonistas, tan sórdidos como atractivos. Como espectadoras queremos saber más detalles sobre la obsesión por el “Halcón” y qué las lleva a estar ahí. Hurgar en esas historias, aunque lo que encontremos en el ejercicio pueda ser feo o repulsivo. 

“Si ser bruja significa llevar esta fuerza y estas ganas de quemarlo todo… si significa cuestionar este mundo asqueroso donde reina la injusticia y donde no todas podemos ser libres, entonces sí, soy una bruja”, dirá Paula Zúñiga en una suerte de manifiesto, en el clímax de la obra. 


Porque sí, somos brujas. 

*Esta crítica se realizó de manera conjunta entre Giselle Melo-Letelier, profesora e investigadora en multimodalidad, y Carla Alonso, periodista y crítica teatral. Ambas fueron parte del Curso de Crítica Teatral de la Escuela de Crítica de Valparaíso, a cargo de Javier Ibacache. 

Ficha técnica: Dirección: Manuel Morgado
Dramaturgia: Carla Zúñiga.
Producción General: Kristopher Gómez.
Elenco: Paulina García y Paula Zúñiga.
Realización Escenográfica: Nicolás Muñoz.
Realización Utilería: Miguel Barrera.
Dirección de Arte: Daniela Vargas.
Dirección de Fotografía: Sergio Armstrong, Jonathan Maldonado.
Diseño Sonoro: Gonzalo Hurtado.
Realización Vestuario: Javiera Labbé.
Figurantes/Tramoyas: Catalina Venegas, Mayida Juri, Paulette Fabres. 

Fechas:

*Transmisiones no en tiempo real (registro audiovisual de la obra).
Jueves 22 de octubre – 21:00 horas
Viernes 23 de octubre – 21:00 horas
Sábado 24 de octubre – 21:00 horas
Domingo 25 de octubre – 19:00 horas

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