Voces del interior, escribir desde la provincia

 

Por Catalina Zamora Labarca Imágenes: Filipo Becerra 

Escribo este artículo en La Calera, comuna ubicada en el centro de la región de Valparaíso. Escribir desde la provincia tiene un grato sabor; escribir es un acto en soledad,  la lejanía de las urbes da cierta perspectiva que se pierde estando en la “bulla” de la ciudad. La provincia de Quillota posee una veta literaria poco “explotada” (no así nuestros suelos y nuestra agua). Un grupo de escritores y escritoras avecindados dan cuenta de ello. La escritura en la provincia, suele ser fácil; promoverla es lo difícil. Es estar en la nebulosa de la periferia, lejos de la gran urbe y centros culturales (Santiago es Chile, aún). Para quienes vivimos en el Gran Valparaíso, el centralismo es Valparaíso, su capital regional.  Estamos a solo dos horas en bus, pero a una distancia que se multiplica cuando hablamos de promoción y difusión literaria. No basta con escribir bien en un entorno en donde la publicación va ligada a la autogestión, en donde el libro hace un recorrido entre amigos, en el encierro que encajonan los cerros del valle del Aconcagua. Sin embargo se resiste, creando espacios, trabajando con lo territorial, desde la tradición literaria.

Hablaré de un grupo de escritores con voces y motivaciones propias, con aciertos y promesas.  Ya la poesía no habla de la palta o el cemento como en otra época, deja atrás un falso y predecible larismo, y cobra significancia para quienes la escriben y para quienes la leen (o escuchan). La literatura se viste de versos e imágenes potentes y de un discurso narrativo que se adueña de su entorno. 

Hace unos años, como editora de GS Libros, fui invitada a la Feria del libro de Quillota. Con el afán de promover a los autores locales preparé plaquettes de nueve autores. Fue un éxito de ventas aquella primera aproximación; había lectores ansiosos de verse reflejados. Este año, a causa de la contingencia, hicimos la versión virtual, liberada gratuitamente a través de la web. Como era de esperar, las descargas han sido increíbles. Tomo de aquella antología a algunos autores y autoras como punta de lanza.

Paloma Kirchmann (1959), es una autora quillotana, narradora y poeta, con un discurso consecuente y apasionado. Ligada a autoras como Alejandra Pizarnik y Sylvia Plath, su lírica está marcada de realidad feminista. Destaco su poema Yo la otra mujer

“En el mundo sin alma/ ver fue demasiado/ sentir fue peor/ cansada y sin aliento/ me escondo caracol/ en cueva invisible/ gotas de golpes/ mojan la casa/ la perforan sin remedio/ escapan  pedazos / de mujer rota/ de ojos cerrados/ de carne apretada/ el diluvio no inunda/ la mujer que se embriaga de olvido/ es la otra que  resiste/ lo crudo del infierno/ batucada al caer las horas/ al filo de la furia/ sucesión de platos rotos/ que enmudece el oído/ que ara el rostro/ en las horas oscuras/ ¿Qué mujer es la otra mujer?” (A Contraviento, GS Libros, 2018).

En su imaginario poético nos habla desde el cuerpo mancillado de mujer, de carencias y escasez, de hambre. El grito de una mujer brillante sobre las injusticias sociales y el patriarcado, la violencia y la esperanza.

Osvaldo Angel Godoi (1973), escritor tocopillano radicado en la zona hace catorce años. Narrador obsesivo y poeta lúcido, con una letra dura como el desierto que lo vio crecer. Dentro de sus publicaciones destacan los poemarios 48 cuecas y otros cantos (América del sur, 2011) y 31 j073 (GS Libros, 2015) poemario dedicado al ave nortina, en el que se aventura por las formas poéticas, desde la lira clásica hasta el creacionismo, pasando por la prosa poética y el haikú: “Un jote viejo/ confunde con carroña/ su propia sombra”. En su novela La jaula (Étnika, 2018) elabora un texto metaliterario de forma magistral. Así lo describe Edmundo Moure: “… ha logrado construir y articular un notable texto narrativo de largo aliento, sobre la base de una temprana fascinación estética y anímica provocada en él por la novela El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso. Tras años de relecturas, análisis y escrituras, logró plasmar su propia novela, sin que se trate de una de tantas exégesis, más o menos entusiastas, de ese maestro… Para este cronista, una experiencia raras veces obtenida de un libro: sentirse leído por su escritura, en alguna medida develado en la jaula o gaiola de sus monstruos íntimos, sobresaltado en el imposible cobijo de la jaula que se nos encomendó, para bien o para mal”. Investigador implacable y metódico de la obra de Rosario Orrego Castañeda, en una época en que casi nadie la recordaba, nos trajo de regreso a la autora desde la historia perdida. Godoi es un escritor que ha optado por mantenerse en el “margen”, en el under; le acomoda ser un provinciano dentro de la región.

Felipe Argote (1996), cronista calerano. Sus crónicas literarias son realistas y crueles, así como el entorno en donde se desarrolla su escritura. La soledad y el abandono social se hacen presente en crónicas donde retrata vendedores de droga y pasteros, viejas cahuineras de la pobla y cabros chicos extraviados en la marginalidad. Con cercanía y lucidez nos muestra una realidad que casi todos prefieren mirar desde la distancia. Las imágenes de mujeres horneando pan en hornos de lata a leña, lavando ropa ajena y propia, escuchando a las divas de la canción romántica latina como Isabel Pantoja o Rocío Durcal, acompañan y matizan sus textos en los cuales el lenguaje formal, el coloquial y el coa se mezclan en un equilibrio brillante y certero. Con una prosa entretenida, donde la risa y el dolor se entrecruzan, y lo que se lee nos enrostra las crueldades de este mundo, validadas por un sistema brutalmente desigual, Argote nos dice y remarca que la vida se vive y se disfruta, aunque nos agobie. Cito un fragmento: “Siempre con sus chaquetas largas que parecen arrastrar, pálidos de frío, rojos de sol, febriles ante la merca circulan por el pasaje lleno de perros callejeros que se lanzan a morder. Sus choreos a media noche, ‘Tía, tía, mire lo que le tengo’, ‘Pero güeón son las tres de la mañana, no vengai a güear más’, y el drogo se va a otra casa para tratar de vender por quinientos pesos un cuaderno y un plumero, para el lukazo. Los tipos son pulentos en su volá” (La Pantoja, GS Libros, 2018)

Un autor veinteañero, que seguramente nos seguirá sorprendiendo.

El poeta Filipo Becerra (1987), artista plástico de profesión, exponente de una poesía urbana. Explora lo cotidiano a través del lenguaje y de la forma, no desconoce su admiración por Huidobro y Charly García, así se plantea este autor, para quien la biblioteca de su abuelo y los estudios bíblicos, fueron ejes referentes que “le inculcaron la lectura como disciplina”. Un buen porcentaje de su poesía hace referencia a su contexto, el barrio, la ciudad, lo que la hace llana sin ser coloquial.  La provincia toma vida, adquiere una nueva interpretación, más universal y a la vez única. Los animales, la vegetación, y en especial los perros, son recurrentes en sus poemas. De sus versos destaco: “Algunas perras/ escarban en los patios/ para enterrar vivos/ a sus cachorros/ y algunos niños/ ya de grandes/ escriben sobre ellos” (Humus, inédito).

Escribir desde la provincia tiene un valor especial porque mantiene vigente la línea que separa la capital de la provincia, expresada en Un provinciano en Santiago de Jotabeche. Una amalgama de experiencias y evocaciones, en donde la literatura se crea y recrea.

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