Visor de Literatura Fantástica en Valparaíso

Luego de publicar “Breve historia afectiva de la narrativa porteña”, por Felipe González, en nuestra edición No 10, recibimos una nota de Marcelo Novoa, responsable de la editorial Puerto de Escape y de incentivar toda pluma local que conozca los códigos de lo Fantástico y la Ciencia Ficción. El motivo de su mensaje: lo “asaltó” una idea. Sintió unas ganas repentinas de colaborarnos con “una especie de ‘revés de la trama’ de la ‘Breve historia afectiva’ para mapear el aún desconocido Valparaíso Fantástico”. He aquí, su relato.

literatura-ljm-12

Escribe Marcelo Novoa

Hace años que no duermo bien, de corrido digo, porque justo cuando cae la noche, me pongo a pensar en nuestros escritores fantásticos. Olvidados, ignorados, estigmatizados. Algunos, desde hace más de un siglo, otros, la semana pasada, en aquella nueva lectura de bar. Cierta vez dije en público: “estamos parados sobre sus huesos, más respeto”. Y las carcajadas de los desconocedores de siempre siguen rebotando: que no existe tal tradición fantástica en Chile, que ni siquiera se reúne una mano sola de autores serios, amén de un etcétera de obscurantismos varios. ¿Y que aún no quede claro que la literatura fantástica es matriz de lo mejorcito escrito en este país?

Piensen en un macizo puño de autores ya canonizados: Juan Emar, Pedro Prado, María Luisa Bombal, Carlos Droguett, José Donoso y Roberto Bolaño; ahora bien, recapaciten en sus obras más potentes: Umbral (1948), Alsino (1920), La última niebla (1935), Patas de perro (1965), El obsceno pájaro de la noche (1970) y 2666 (2005). Entonces, podrán concordar conmigo, que este tapiz de notables se sostiene con un “detrás de escena” conformado por obras del género fantástico que no han tenido suficiente difusión, ni menos, reconocimiento. Esperamos hacerles algo de justicia en las siguientes líneas torcidas.

Iluminemos este cité a oscuras con cierta premisa incierta, como fósforos calcinando los dedos, pues cada fogonazo revive ecos del fantástico moderno (Poe, Maupassant, Kafka) palpitando en rincones aún en pie de esta maltratada urbe. Estos pliegues concéntricos y/o divergentes refieren nuestra incapacidad de permitir un reflejo otro y salir del pintoresquismo local que horrendos funcionarios colorean a perpetuidad, inmovilizándonos en una postal localista, sin avizorar el derrumbe de esta ciudad.

Lo dicho: Valparaíso, siglo XIX, puerto principal, no sólo bursátil y naviero, fue pionero de la Fantasía y la Ciencia Ficción criollas. Pues, José Victorino Lastarria publica Don Guillermo en 1842, que habla de mundos paralelos comunicados por la Cueva del Chivato (hoy a un costado de El Mercurio). Esta novela inaugural de Lastarria nos propone una aventura ficticia protagonizada por don Guillermo Livingston, ciudadano inglés que cae a la Cueva del Espelunco (nótese el anagrama de pelucones, término dado a los miembros del Partido Conservador chileno) para enfrentar allí a cuatro monstruos temibles: Mentira, Ignorancia, Fanatismo y Ambición, los que someten a los pobres habitantes de aquella abisal república, en un proceso sico-social demente que los lleva a aceptar servilmente tal vejamen: “Imbunchar se llama cocerle al paciente con hilo fuerte y buena aguja todos los agujeros, salidas y entradas de su cuerpo; teniéndole así cierto tiempo de noviciado, privado de los cuatro sentidos más peligrosos, que son ver, oír, oler y gustar, hasta que olvidado del uso de esos sentidos se le puede imprimir el carácter e inclinaciones de un buen Espelunco…” Así, los habitantes esclavizados serán meras piezas de un engranaje brutal, tal como le pasa hoy al lumpen proletariat y su adicción a los mass media charchas, llámense FB o Watsap.

Puestas así las fichas, entenderemos cómo esta ignorada obra fundacional hunde sus raíces textuales y supra-textuales (lo que llamaríamos su espesor crítico) en un atento uso del imaginario chilote, tal como lo hará mucho después, José Donoso, a la vez que sirve de alegoría política, al plantear una oposición dual, entre mundo subterráneo, oscuro, demoniaco, identificado con la Colonia y otro, racional, claro, moderno, la Nueva Patria Transparente que habrá de ser fundada, quizás cuándo…

La obra ¡Una Visión del Porvenir! O el Espejo del Mundo en el año 1975 (1875) escrita por un inglés avecindado en el Cerro Alegre, Benjamín Tallman, ni siquiera fue leída por la prensa local. La verdad es que nadie podría haberla leído nunca, pues debemos el hallazgo del único ejemplar existente en Chile, al coleccionista y divulgador de la llamada “proto-ciencia ficción”, Roberto Pliscoff, quien la devolvió digitalizada a Memoria Chilena, desde donde se puede descargar ad infinitum.

Aquí, el protagonista despierta para enterarse de los cambios y maravillas que suceden tras su ensueño de cien años. Mientras hojea un periódico hallado en el hostal donde aloja, lee sobre inventos y novedades, como el divorcio express, los vuelos intercontinentales en dirigible, armas de tiro supersónico, inclusive, avances estéticos que aún hoy no se han logrado: “TRANSPLANTACIÓN DE PELO. Por Palomera e Hijos, Nº 27, Calle de la Aguada, en Valparaíso. Se trasplanta pelo de todos los colores, desde el negro de ébano hasta el castaño más claro, i se garantiza que crecerá con profusión i lozanía…”. La electricidad ya es cosa común, con funiculares que conectan los cerros y el plan. El narrador se atreve a interrogar sobre cuestiones más densas, tales como: “La educación es libre e independiente de todo espíritu de secta. Todos los niños están obligados a concurrir a las escuelas públicas, que son numerosísimas. Todos están obligados a mandar sus hijos a ellas. Ha adelantado tanto la educación en este último siglo, que es raro encontrar alguna persona que no sepa leer, escribir i hablar hasta dos idiomas extranjeros”.

Estos autores de fantasía especulativa local plasmaron honestamente sus visiones críticas o perplejas del mundo pre-moderno en el que vivía nuestro país, marcando a fuego su escritura imaginativa y espíritu liberal, los vaivenes político-ideológicos de tan agitada época finisecular. Y mal que nos pese, señalaron un camino futuro que nunca recorreremos, ya sea por desidia y/o corruptela de nuestras eternas autoridades de turno.

Revisemos al voleo, otros títulos porteños de este género mayor de la literatura mundial. Sin saberlo, la novela marinera Thimor (1932) del porteñísimo Manuel Astica Fuentes, culto conferencista, asiduo de bares y sobreviviente de la Rebelión de la Escuadra, inauguró en nuestras letras el mito de La Atlántida. En cambio, La taberna del perro que llora (1945) reúne historias fantasmagóricas y suprarreales de Jacobo Danke. Un Kafka porteño recorre calles, escaleras y cerros, en Aquel tiempo, esas enajenaciones (1969) de Sergio Escobar, que resalta por su frescura verbal al borde del experimentalismo. Todas esas muertes (1971) de Carlos Droguett, hermana para siempre a Emilio Dubois y Carlos Pezoa Véliz en la noche aciaga del terremoto de 1906. ¡Y a todas ellas aún se les encuentra en librerías de textos usados! ¡Vaya corriendo, qué espera!

Nombre oculto perduró en las sombras hasta convertirse en autor de culto: Sergio Meier (1965- 2009), amigo entrañable, colaborador adelantado, maestro en el arte del buen vestir, le conocí cuando publicó El color de la amatista (1988). Radicado desde siempre en Quillota, representa a cabalidad el perfil de un escritor de Fantasía y Ciencia Ficción chileno de baja densidad. Cero farándula y sí profusa labor. Jamás invitado al banquete de las letras, inclusive debió soportar la burla encubierta o el desprecio abierto de sus pares… Contra todo pronóstico siguió escribiendo, hasta consolidar el género con su novela pre-steampunk, proto-ciberpunk, space opera final: La Segunda Enciclopedia de Tlön (2007), que resultó ser un best-seller inesperado ¡incluso para su editor!

La segunda Enciclopedia de Tlön es un hito en la CF nacional, pues casi no existen obras que se le comparen en cuanto alcance metafísico, esotérico, filosófico y científico. Sin duda, el lector quedará anonadado por la infinidad de conceptos tejidos a la trama misma. Algunas de sus fuentes pueden rastrearse entre Space Operas cinematográficas, imperios galácticos de Asimov, la poesía romántica inglesa y el horror de Lovecraft. Pero no crean que solo sigue tendencias. Lo suyo no es ficción basada en ciencia actual sino que se sostiene peligrosamente en los bordes de la especulación científica más contemporánea. Un auténtico Blade Runner, esa otra película-de-culto…

Como ven, F y CF locales no solo gozaron de prestigio histórico, sino que anuncian nuevas plumas. Nos referimos a los porteños residentes en Santiago: Jorge Baradit, con explosiva ópera prima: Ygdrasil (2005) y Álvaro Bisama, crítico de peso, que publicó Caja Negra (2006) y Canciones Marcianas (2007) mezclando realismo sucio y limpia fantasía. Sin moverse de su metro cuadrado, Néstor Flores publica sin descanso, thriller y terror, como en Barcelona (2007) que aclimató S. King a nuestras quebradas y vertederos. Un lugar valioso es Valpore (2009) de Cristóbal Gaete, que arma su apocalipsis punkie al ritmo de la pasta base. Dejó la raya.

Y finalizamos esta rápida hojeada, con los créditos locales de la temporada: Miguel Vargas, Baldo Riedemann, Christian Leiva-Ceballos, Sascha Hannig, Sergio Amira, Víctor Vargas, Martín Muñoz Kaiser, Aniel Bifrost y Michel Deb, además del Colectivo Steampunk Cetáceo Negro, liderado por peligrosas damas muy bien informadas, quienes han desatado una ola de relatos ambientados en un Valparaíso finisecular alternativo, donde lámparas de gas y aeromóviles, comparten escenario con cadáveres mecánicos y sectas alienígenas. Estas novísimas antenas intentan avizorar una literatura siempre en expansión. Nadie se admire, si me cito a ciegas, al final de la noche, pues fue mi antología Años Luz (2006), hoy lo puedo decir con orgullo, la que abrió un forado en el monolítico realismo patrio para colar de contrabando estas visiones de la oculta página por venir…

*Texto publicado en La Juguera Magazine nº 12

Comenta desde Facebook

Comentarios