Variaciones de un día: Tres preguntas al poeta José Kozer

“Debemos publicar un libro juntos”, le escribe José Kozer a Enrique Winter en plena pandemia. “No tiene por qué ser voluminoso, diez a quince poemas por barba, tú más porque son más cortos que los míos, mis longanizas”. Comienza así un diálogo en verso entre los encierros del maestro jubilado y el padre primerizo, entre la mirada voluptuosa hacia el pasado y el presente, acaso inquieto, de las nuevas masculinidades. Variaciones de un día quizás sea el libro más personal de ambos y desafía, a la vez, el individualismo competitivo con un coro de amor a la fragilidad de la familia. El resultado es asombroso rítmicamente, tanto al oído como al ojo, que se desliza hacia abajo o bracea en un metro cuadrado cuyos espacios y sintaxis quebrada nos recuerdan el milagro de detenerse a respirar.

Aquí un breve preámbulo del poeta cubano entrevistado por Enrique Winter para La Juguera Magazine.
Por Enrique Winter 

Deja su bastón a un lado apoyado a la pared y ve que no arroja sombra, no todo tiene que tener sombras, con cierto esfuerzo consigue sentarse en el Diván del Tamarit, casidas, gacelas, en el Diwan Occidental, Oriental (Hafez) de Goethe: se acomoda en su propio diván, es de mañana, corrobora como todas las mañanas que su diván es imaginario: lo cual no implica ningún tipo de insuficiencia. 

A su lado derecho dos libros: uno en castellano de Vlady Kociancich, otro en inglés del novelista irlandés Colm Tóibín, pueden esperar a que sean retomados. Quien se ha sentado tiene 82 años cumplidos, ha desayunado a gusto, siempre lo mismo (una taza mitad café, mitad achicoria, seis a ocho piezas de arenque en salmuera o sardinas, caballa, pasta de garbanzos, tomate triturado, pan casero, un poco de palta) está aseado, vaciado de vientre, aguarda: qué. ¿Un dato? ¿Una emoción?

Surge un menudeo de voces ajenas que se han filtrado en su cabeza, inaudibles, oye goterones de la lluvia de anoche caer de los aleros de la terraza, gotas dada su edad cercanas a la extremaunción, ser ungido, no es cuestión de religión, en su caso una cuestión de no ponerse a esperar nada del otro mundo. El anciano nació en la isla de Cuba que a veces llama el Islote, isla, Isla, la dejó hace 62 años, la ama cuan la detesta, morir nada tiene que ver con Cuba ni su origen hebreo, oye crujir el sillón de enea donde se sienta todas las mañanas sobre las siete, silencio: reposo mental. Vestido de limpio, pantalón mecánico de mezclilla (recuerda que la palabra en inglés es denim, palabra que ya existe en la Edad Media, su origen en Nimes, Occitania, da origen a esa tela tan socorrida) y piensa, qué cosas tiene la vida (así, llamar al pan la cara de Dios en el Siglo de Oro) todo acaba por parecer secreto. Recuerda a Wittgenstein que acabó declarando que el único secreto (misterio) que hay es que no hay ningún secreto (misterio).

Se ve que nuestro anciano, con quien en parte, parte poco caudalosa yo me identifico vive al tanto desde el amanecer de los movimientos del pensamiento, toda índole que zarandea su vieja cabeza. Está acostumbrado a tanto enredijo día a día, casi diría que minuto a minuto, por otro lado sigue una práctica inmemorial que consiste en vaciar de contenido esa misma cabeza (horror vacui versus tabula rasa) así pasa 15 minutos tres veces al día meditando, procura anular tanto exceso y reposar. Mantener la postura erguida del cuerpo sentado, la propia postura de la cabeza que forma parte de una vertical (ideal) recuerda su bastón inclinado contra la pared, su cuerpo es justo ese bastón, asa, tubo, contera. 

Nada de sombras, restos que podrían perturbar el reposo que a duras penas consigue, primero se concentra, luego medita (meditar le recuerda los años de sicoanálisis cuando era joven, ahí comenzó a enfrentar su cuerpo con sus sombras) centra la mirada en un objeto a mano, una idea, una palabra polisílaba o monosílaba (Om). Y a veces, sólo a veces consigue la contemplación. Así, las tres vías místicas, purgatio, illuminatio, unio. Satori (Kensho) del Zen. Duración, segundos, tal vez un minuto, y a continuación olvido, ese olvido que del nacimiento a la tumba es la base real de la existencia. 

Dormita, cabecea un amago de sueño, supera el poco de cansancio que le queda del sueño algo inquieto de anoche, se espabila. La mente se despereza. En sus diarios personales siempre anota en la contratapa de su cuaderno tres paradigmas, y son: no imaginar, no disputar, no pretender. Y ahora se dispone a contestar tres preguntas que le han enviado de Alemania para una entrevista que de nuevo lo obliga a sostener la postura del cuerpo en vertical.

Kozer y Winter caminando por Valparaíso. 2007 (Foto: David Bustos)

Tu padre era polaco y tu madre checa, naciste y te criaste en Cuba desarrollando tu obra en Estados Unidos. Es ya un lugar común considerar que la lengua es la patria de un escritor –más en tu caso de única generación en la isla– y desde esa lengua te pido que nos cuentes a quienes consideras tus parientes más próximos, no los ancestros del lejano Oriente o de la Antigüedad grecorromana que pasean por tus poemas, sino los iberoamericanos que conforman tu fraseo.

De la pregunta me concentro en esos parientes más próximos que son el origen de los poemas que desde hace años día a día se suscitan. Esos parientes son los estímulos, inusitados, que activan, inician mis poemas: presente inasible en continuo movimiento propio, que en un momento, y todo es cuestión de momentos en un contexto determinado, llevan al arranque de un nuevo poema. Esta mañana, y no sé por qué me viene a la cabeza el hecho de que desde que tengo uso de razón, cada vez que tengo que ir al servicio, por lo general a primeras horas de la mañana, en cuanto siento los movimientos peristálticos, para corregir (cubanismo por defecar) me tengo que desnudar como vine al mundo; y por otro lado, durante el día cada vez que necesito mear (siempre fui muy meón) tengo que sentarme en la taza del inodoro a orinar. He ahí el estímulo, titubeo, ¿estoy ante el arranque de un nuevo poema? De momento no lo sé, pero sé que si me lanzo a escribirlo con base a lo anterior señalado, voy a escribir un poema, de qué índole, pues no lo sé. Lógico que sé que es un poema algo escatológico, lo que considero un enfrentamiento del cuerpo con su nada o destino, la sustancia del poema me importa un bledo, lo que me interesa es escribirlo y no dar más vueltas.

Surge el primer verso: “Depongo, desnudo como vine al mundo; meo, sentado en la taza del inodoro.” En cuanto lo escribo en un cuaderno donde recojo a mano los poemas que me van llegando, sé, y lo sé, que se escribirá por completo. De un tirón, en más o menos veinte minutos a media hora, largo entretejido que es el correr de mi mente en ese momento y momentos anteriores o futuros que van surgiendo desde un complejo inventario de situaciones, temores, titubeos, recuerdos “reales” o imaginados. Y tal como lo digo en este momento así sucede. Ese poema queda como lo que es, aguarda una corrección defintiva (¿habrá tal cosa?) que por lo general haré al día siguiente luego de escribir un poema nuevo, corregir el de hoy, que ya es ayer, y guardarlo en mi abultada computadora hasta el momento en que lo tenga que sacar para una probable publicación.  

Variaciones de un día es tu centésimo quinto libro, una oportunidad para que nos regales un recorrido por los cambios en los procedimientos, atmósferas, sonidos e imágenes de tu obra ahondando en puntos de inflexión como quizás fueron Bajo este cien (1983), la lectura intensa de tu generación para seleccionar Medusario (1996) o la retroalimentación que pudieron darte los distintos puntos de partida por país, así como De donde oscilan los seres en sus proporciones en Chile el 2007.

–A mi juicio es un asunto musical más que nada. “De la musique avant tout chose” (Verlaine). En mis comienzos escribo poesía fundamentada sobre todo en el sentido de la vista, veo y escribo, veo palabras cuyo significado siempre inexacto, ya que vivo en dos idiomas casi simultáneamente, me lleva más que a un conocimiento denotativo a una sensación de la palabra en cuestión que a la manera del chino me obliga a ver cosas, los caracteres dobles que conforman todo ideograma y que contienen dos elementos en pugna, en armonía, si el caballo aparece es también madre ya que ma significa según el tono usado tanto madre como caballo. Y por ejemplo, la palabra ínsula que todos descubrimos en el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, tiene un significado de época, ya olvidado, y es luego referencia conocida en El Quijote (la ínsula Barataria) y por supuesto pasa a ser en mi caso la isla donde nací, ínsula e isla e Isla, mecanismos que se van diversificando como figuras connotativas. Todo esto forma ahora parte de una referencialidad abierta y a la disposición del usuario, en este caso el poeta, que permite la creación compleja de la complejidad que todo poema exige, complejidad que se expresa, no exclusivamente pero más que nada en la poesía y densidad barrocas y no en la conversacional. 

Leo todo el tiempo y cada vez más. Leo con el menor interés en alcanzar un tipo de conocimiento, una verdad (Dios me libre) leo por el contrario como jouissance. Y leyendo, burla burlando, me topo con palabras que incorporo, a veces devuelvo desde su sentido arcaico olvidado, y los poemas que hago se van atestando, y tal vez atorando de elementos lingüísticos que ya no distinguen de antaño y hogaño, el arcaísmo y lo presente (acabo de releer El lazarillo de Tormes por enésima vez y recorriendo el glosario de la edición que leí volvía a encontrar palabras y más palabras que conozco hace años pero olvido, y que son parte de mis lecturas de siempre, de mi propia profesión académica, de cuya existencia no quiero acordarme). Y así se conforma una vida de escritura que a estas alturas veo como oficio cualquiera, que me ha dado una activida(d) sin la que es apenas posible vivir, y que me ha llevado por caminos siempre incompletos, siempre a la espera del poema que me permita por fin dejar el bolígrafo de gel a un lado, dejarlo todo, y vivir como la sombra inasible de un personaje de Dante, Dante asiendo en el Infierno vacíos. 

Portada del libro Variaciones de un día / Provinciano Editores.

¿Recuerdas cómo llegaste a la serie de poemas filiales de Variaciones de un día? Aprovecho la coraza pública para preguntarte lo que no haría en privado, ¿qué te llevó a ofrecerme escribirlo juntos? Me ha llamado la atención cómo las primeras lecturas han destacado que habría dos protagonistas –un bebé que empieza su vida, naturalmente, y un anciano que mira hacia atrás lo ya vivido–, y que la conclusión de estos versos sería que vale la pena. ¿Estás de acuerdo? ¿Cómo se relaciona tu escritura con eso?

–La respuesta se cae de cajón. Lo más elemental es decir que en ti como ser humano, como planteamiento de vida y como poeta (desconozco tu obra novelística) encuentro afinidades selectivas que me permiten trabajar al alimón. Quiero romper con ese coqueteo del poeta en cuanto grandeza, dificultad que es sobrecogimiento y algo único, angustia a lo Hölderlin, a lo Nerval, a lo Vallejo, y proponer una poesía de primus inter pares como fue Medusario y los poetas ahí reunidos que no trabajan en un estado de galgos en carrera a ver quién gana, ni compitiendo (Kierkegaard dijo que comparar es la fuente de todo dolor, así como Buda habla del deseo como fuente de todo dolor). Y eso me lleva en esta edad provecta a tratar de publicar en editoriales pequeñas que luchan defendiendo el libro más que al autor, y trabajar al alimón con autores jóvenes que pueden contar con el apoyo de un escritor más conocido y con un itinerario que le da una cierta visibilidad, visibilidad a compartir. Entiéndeme, no que tú lo necesites (me necesites) sino que anular nuestros separados egos lo necesita. Fuera el ego, el yo yo yo, el Confieso que he vivido nerudiano, prefiero en su lugar a Azorín y sus Confesiones de un pequeño filósofo. De ahí que me decante y proponga libros entre dos, libros donde el mutuo respeto nos lleve a compartir espacio, proyectos, en igualdad de condiciones. El primer libro que compartí fue con la poeta uruguaya Silvia Guerra, antes había compartido varios libros publicados en Brasil (Lumme) con Baruj Salinas, y ahora está el que nos une en tu Chile querido, acabo por estos días de apalabrar otro para el año entrante con la Editorial Furtivas y que será un libro con la poeta cubana Reina María Rodríguez, donde compartiremos espacio.

Hablo pues de apoyar a las pequeñas editoriales de lengua castellana, de conjurar obra de poetas de diversa situación y edad, y por ahí ver qué pasa: creo que nuestro libro es en parte necesario y su existencia pone en juego el futuro de la poesía en lengua castellana.

*El libro de puede adquirir aquí: https://www.provincianoseditores.com/product-page/variaciones-de-un-d%C3%ADa


José Kozer (Cuba, 1940) es autor de ciento cinco libros de poesía y dos de prosa publicados en catorce países y cuatro idiomas, por los cuales obtuvo el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda. Ensayista y principal referente del neobarroco latinoamericano, reside en Hallandale, Florida, luego de su profesorado en el Queens College de Nueva York. 

Enrique Winter (Chile, 1982) es autor de la novela Sobre nosotros callaremos, del poemario Lengua de señas –premios Pablo de Rokha y Goodmorning Menagerie–, del disco Agua en polvo y de traducciones de Susan Howe, entre treinta libros publicados en doce países y cuatro idiomas. Magíster en Escritura Creativa por NYU, da talleres en Valparaíso.

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