“Valparaíso” de Joaquín Edwards Bello o el inveterado arribismo nacional

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Por Felipe González Alfonso

Valparaíso es la última versión de una novela que nos cuenta en primera persona el itinerario vital, desde la infancia a la madurez, de Pedro, habitante del Almendral y aristócrata en decadencia cuyas andanzas transcurren en la sociedad porteña de finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX. En este itinerario, desde luego, se incluye la variada fauna de tipos humanos que rodea al personaje.

La obra fue corregida y aumentada en cada década desde su publicación hasta la muerte de su autor: primero se llamó Valparaíso, la ciudad del viento (1931); luego, En el viejo Almendral (1943); más tarde, Valparaíso (Fantasmas) (1955); y, finalmente, solo Valparaíso (1963). Estas distintas versiones y sus correspondientes reediciones aún pueden encontrarse en bibliotecas y librerías de viejo, la mayoría de las veces a mal traer y muy toscamente presentadas, por lo cual resulta bastante pertinente la publicación de Ediciones UDP, que ya desde hace algunos años se ha avocado al trabajo no menor de reunir los centenares de crónicas escritas por Edwards Bello. Sin embargo, esta edición incluye un prólogo que le hace al libro el flaco favor de enfriar el entusiasmo de sus nuevos lectores.

El hecho de que Valparaíso no sea ni propiamente una novela —ya que coquetea con la crónica y la autobiografía, y no se va directo a lo suyo como caballo de carreras—, ni una crónica como Dios manda —pues se extiende exageradamente—, ni una autobiografía en regla —porque “enmascara” y “altera” la verdad—, le quita, a ojos del prologuista, todo el interés que el libro podría haber tenido de haber respetado las normas de los géneros discursivos. Pero quizás podamos recuperar el entusiasmo al recordar que la mejor novelística del canon occidental se caracteriza, precisamente, por introducir en la narración todo cuanto en ella pueda introducirse, por disgregarse en relatos secundarios y por mandar al carajo las estructuras armónicas y bien organizadas.

valparaiso_jebudpEn su versión de 1943, además, la novela se encuentra enmarcada por un breve texto que la presenta como la transcripción intervenida y aumentada de un manuscrito entregado al autor. El gusto por Cervantes del protagonista hace juego con esta estrategia literaria, similar a la del Quijote. Tal intertexto también tendrá resonancias en la experiencia madura de Pedro, quien se marchará a desfacer entuertos a Bolivia como compensación heroico-alucinada de sus fracasos burgueses; ahí lleva a cabo la entreverada búsqueda y liberación de una prostituta chilena. De manera que el desbarajuste estructural, del que en su época fue acusado el propio Cervantes, se ajusta en la novela de Edwards a un deliberado gesto de tributo y afiliación, que luego, tal vez, quiso no hacer tan evidente al excluir el fragmento introductorio de la versión definitiva.

Por cierto, no es sólo la heterogeneidad formal y, dicho sea de paso, el estilo sabrosamente afrancesado de la prosa de Edwards lo que hace de Valparaíso una novela admirable, sino también lo que tiene de agudo friso de época en su elaboración literaria del contexto finisecular de Valparaíso; un Valparaíso que aún goza de su auge comercial, con todas las mezquindades propias de lo que eso significa en la mecánica capitalista. El personaje narrador funciona como un índice de esto último: registra cuanta deshonra es capaz de sufrir el hijo de una familia criolla encopetada pero en decadencia, que no tiene lugar en una ciudad en que ingleses y alemanes amasan la riqueza proveniente del salitre y los manejos portuarios.

Ocupado en sus propias pellejerías, Pedro apenas logra avizorar el verdadero drama porteño, que es el de las masas trabajadoras, expulsadas de la ciudad a la miseria de los cerros a la misma velocidad en que ingresa el dinero a las arcas burguesas: “¿Qué clase de gente puede vivir en los cerros? Se pregunta uno. Debe ser gente constituida de manera especial, de temperamento aparte. El cerro es la incógnita de la ciudad”. Aunque esos sujetos relegados le parezcan seres de otra especie, Pedro posee el suficiente resentimiento como para detectar con minucia las fisuras maquilladas en medio del éxito material, esas que provocan la marginalidad comenzando por gente como él: “Los británicos en el colegio, en el comercio y la sociedad se aíslan de los nativos. Sus comedores, sus dormitorios, sus juegos y sus retretes son cuidadosamente separados”.

Pero la crítica de Pedro es bastante relativa; en realidad el único defecto que halla en ese entorno que le tocó en suerte es que carece de un sitio en donde pueda instalarse con gloria y majestad, lo cual hubiera significado su casamiento con la aristocrática Florita, niña rubia de sus sueños y, luego, obtener la posición que ocupa Power, el financista inglés con quien ella terminará casándose. Y es que la idea de desmontar dicha sociedad supone, a su juicio, un impulso patológico, y tal idea sólo puede germinar en la cabeza de un profesor anarquista, para quien, dice Pedro, “en vez de estimular sus sentimientos viriles normales, la presencia de las personas ricas y felices despertaba en él ideas de violencias sociales, de huelgas y saqueos”.

Que Pedro no sea solo un detractor de ciertas injusticias burguesas ni únicamente un arribista consumado —si no que ambas cosas a la vez y en disputa— hace de él un personaje complejo, convincente en términos literarios e interesante —lleno de pliegues— desde una mirada ideológica. En su proceso formativo no sólo se encarnan las tensiones, alegrías y ansiedades de un Edwards desmedrado —el que fue don Joaquín, si leemos biográficamente—, sino también —lo cual amplía el valor de la obra— las del espíritu clasemediero nacional que, a más de cien años del contexto ficcionalizado en Valparaíso, aún se hace sentir con bien pocas variaciones.

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