Vacío temporal: coquetear con la muerte

Por Carla Alonso

Leer la novela debut de la escritora Carla Vargas (Rancagua, 1994) resulta un ejercicio tan intenso como refrescante. La protagonista, cuyo nombre no conocemos, habita la noche santiaguina con sus excesos y ritmo vertiginoso. A ratos, la vemos en la casa de sus padres en un bucólico Machalí, haciendo un detox de drogas y alcohol, o yendo al gimnasio. 

Santiago es ruido, perdición, dolor. Machalí, en cambio, calma, escritura en una libreta, y la promesa de un futuro mejor.

La dualidad del modo desborde versus la actitud zen del personaje es parte de la columna vertebral de la narración, aunque esta se detiene más en la oscuridad, en la soledad al centro del bullicio, en su incomodidad y contradicciones. 

En Vacío temporal son recurrentes las escenas en discos gay y karaokes de los barrios Bellavista y Bellas Artes; los carretes donde ella se sumerge en un cóctel de éxtasis, MDMA, ketamina y alcohol en una misma noche; la sensación de despertar desorientada y rodeada de su propio vómito; las relaciones tóxicas con los hombres; la melancolía; las fantasías en torno a la muerte. Ingredientes que convierten a la novela en una montaña rusa de la que, a veces, queremos hacer bajar a la protagonista. 

La mirada desprejuciada y sin tapujos con la que la autora describe estas escenas nocturnas es uno de los puntos altos de la novela. No hay valoraciones sobre lo bueno o malo, ni le interesa empujarnos a tomar posturas. Sólo sucede, madrugada tras madrugada, y el lector asiste a estas noches como un observador en primera fila, con su cinturón de seguridad abrochado. Sus recuerdos existen por las notas que ella toma en su celular hasta cierta hora del carrete. Luego de eso no sabemos qué pasa, aunque podemos imaginar lo peor. “¡Se va a morir, que pare!”, pensé mientras avanzaba en la lectura. Se instala una duda en torno a la insistencia en el exceso. ¿Qué pasa en el fondo con la protagonista? ¿Qué grieta dio origen a esa persistente evasión? ¿O no lo es? Entonces ¿qué la impulsa? Pese a que ella revisa sus relaciones afectivas, se echa de menos a lo largo del relato una mayor profundidad sobre las sombras del personaje.

Vacío temporal es también una mirada actual sobre los afectos, el sexo casual y los límites del cuerpo. Los hombres -que sí tienen nombres en la novela, excepto “J”- aparecen en su mayoría como personajes negativos, manipuladores, de una presencia fugaz y que hacen daño, queriéndolo o no. Las mujeres, en oposición, son un lugar de seguridad: casi no hablan, pero acompañan. 

Carla Vargas

Hay en la novela “un cuestionamiento al modelo de sociedad patriarcal, que enseña a las mujeres a pelearse entre ellas”, ha dicho la escritora sobre su obra. Y sorprende la sensibilidad y agudeza de su pluma al situarnos en este lugar: todas hemos estado ahí, hemos identificado una relación tormentosa y decidido quedarnos igual, por distintas razones que nos cuesta entender. El libro nos interpela a todas de manera transversal. Nos sentimos acompañadas, recordamos esa rabia y queremos abrazarla.

Vacío temporal es de lectura rápida y mezcla formatos como la narración con conversaciones por WhatsApp, como esta que mantiene la protagonista con “J”, un hombre con el que se involucra emocionalmente. Él está caracterizado solo con su inicial y la razón es que le duele nombrarlo. También es un modo de convertirlo en un prototipo masculino que habita en cualquier ciudad:

 “(16:33, 17/2) J: No fue así. Mis problemas son y fueron reales

(16:33, 17/2) J: No estoy en una relación

(16:33, 17/2) J: No inicié nada

(16:34, 17/2) J: Tengo la mierda

(16:34, 17/2) Yo: ok

(16:35, 17/2) Yo: tienes el mismo discurso de cualquier hombre culiao

(16:35, 17/2) Yo: si fuera cierto que te arrepientes y que te sientes mal por dañarme, no empezarías otra relación, para hacerle lo mismo a otra mujer”

La intertextualidad de la obra, en la que la protagonista dialoga con otros personajes literarios, aparece con humor y de formas impensadas: cuando ella se obsesiona con la idea de hacer una sesión de espiritismo y encontrarse con el fantasma de la escritora Susan Sontag, a quien ha leído. O cuando tiene una conversación imaginaria con Emily Dickinson y le pregunta si le gustaría usar WhatsApp con ella, mientras la poeta, sin entender, crea el poema 288. También cuando le escribe a “J”: “Necesito ir en busca de Murakami”. 

Ketamina, HOLAAAAA, Susan Sontag, Dependencia emocional, Siempre estamos en peligro, son los nombres de algunos capítulos, de un total de 16. En algunos casos, son tan redondos que podrían funcionar como cuentos, pero si bien el objetivo de la narradora no es cuestionar, sino más bien exponer los hechos -con el tono cercano de una amiga que aparece y te cuenta en qué anduvo-, se echa de menos un tejido entre los capítulos que los entrecruce y funda, como parte de una historia que evoluciona.  

La tapa del libro fue elegida mediante una votación en el Instagram @loslibrosdelamujerrota. La versión ganadora es una foto de Carla Vargas en la playa, tendida sobre la arena. No se ve su rostro: está escondido y rodeado por su brazo que luce un tatuaje de mariposa. Su iPhone al lado y en la otra mano sostiene un cigarro. Hace calor y ella probablemente está llorando. Un vacío temporal. 

Vacío temporal, de Carla Vargas. 145 páginas. Editorial Los libros de la mujer rota.

Comenta desde Facebook

Comentarios