“Una sola noche intratable”: Poscrítica y contemporaneidad

Por Silvana Vetö 
Alma Negra Librería y Plataforma

“Pero el poema, su paradoja, también es ese recogimiento hacia en que la razón acontece como oscuridad y suspensión”.

Nadia Prado, El poema acecha en los intervalos.

Partiré confesando que quise escribir sobre Poscrítica antes incluso de haberlo leído. El libro me convocó desde su título, primero debido a lo problemático del post (o pos, según la elección del editor y traductor, Diego Abadi) y, segundo, a las interrogantes que me despierta la ubicua noción de crítica. Además, la Presentación de Laurent De Sutter, filósofo belga que compiló el libro, potenció este deseo. Particularmente esta idea (que él trabaja también más adelante en su escrito): “el horizonte del pensamiento es el de la lucidez –es decir, de la victoria crítica sobre la oscuridad–. Sin embargo, este pensamiento nos vuelve tontos” (p. 7-8). Lucidez y tontera, lucidez contra oscuridad. ¿Será ese exceso de luz en el que nace la crítica, lo que nubla el pensamiento y nos vuelve tont*s, un*s tont*s alumbrad*s? ¿Será acaso la oscuridad menos boba que la claridad? Esta posibilidad reflexiva, me parece, hace que valga la pena no sólo leer el libro, sino también escribir a partir de él.

Poscrítica, titulado en francés Postcritique (PUF/Humensis, 2019), fue publicado en 2021 en Buenos Aires por Ediciones Isla Desierta, y reúne ensayos de importantes figuras de la filosofía y la crítica contemporánea europea: Armen Avanessian, Mark Alizart, Dorian Astor, Emanuele Coccia, Marion Zilio, Camille Louis, Johan Faerber, Laurent De Sutter, Pacôme Thiellement y Tristan Garcia. El libro se organiza en diversas secciones: Saber, Técnica, Existencia, Costumbres, Arte, Escenas, Literatura, Derecho, Cultura y Filosofía, las cuales a su vez están comprendidas por un ensayo cada una, todos los cuales apuntan hacia una propuesta o bandera de lucha que se enuncia “Por un” o “Por una…”: “Por una aceleración”, “Por una poscontemporaneidad”, “Por una circulación”, “Por una clínica”, entre otros. Así, las secciones sitúan, como puede intuirse, los diversos campos en los que a l*s autor*s les parece necesario repensar la crítica, proponiendo un modo de enfrentar cierto cansancio, hipertrofia, hastío, redundancia, hipérbole y/o inoperancia detectada en la crítica.

Ediciones Isla Desierta @edicionesisladesierta
Laurent de Sutter @theflyingcocktailian

En estas pocas palabras preliminares aparece ya una incomodidad que no desaparecerá durante toda la lectura: ¿se trata esto de una crítica de la crítica? La respuesta negativa a esta interrogante puede ser simple de establecer, pero difícil de sostener. En qué sentido sería la poscrítica distinta de una crítica de la crítica. ¿Sino es una crítica de la crítica, entonces qué es? Por otro lado, aparece aquí también la incomodidad de esta escritura: ¿escribir sobre este libro que apunta a la poscrítica no es él mismo un ejercicio crítico? Voy a salir fácilmente de este último impasse diciendo que esto que leen no es una crítica, tampoco una reseña, sino un comentario, y con ello me refiero a un ejercicio que nace del deseo de pensar con un texto, de la evocación que algunos libros producen en l*s lector*s, en mí en este caso, y que l*s mueven a la escritura. Quizás en ese sentido, aun sumamente laxo y por verificar, esto se trate de un ejercicio poscrítico.

Para no ser l*s alumbrad*s: poscrítica y poética

Volvamos por un momento al prefacio de Laurent De Sutter, donde señala que las proposiciones de las cuales se compone el libro pueden ser entendidas como “la exploración de un régimen de pensamiento alternativo al de la sumisión a la exigencia de lucidez –un régimen de pensamiento poscrítico–” (p. 8). Esa exigencia de lucidez –como lo señala en el primer texto del libro el filósofo austríaco Armen Avanessian– es la que fue planteada por Immanuel Kant en 1784 en su famoso escrito “¿Qué es la Ilustración?” como el movimiento que nos haría salir de la “minoría de edad”. La Ilustración, en alemán Aufklärung, iluminación también, se alcanza al liberarse de la conducción efectuada por otro/s sirviéndose del propio entendimiento. En este sentido, un régimen de pensamiento poscrítico sería también postiluminista o postilustrado y apuntaría a hacer valer algo más que la lucidez como ideal del pensamiento.

Avanessian, en efecto, comienza su texto con un epígrafe de l* teóric* queer estadounidense Karen Barad, quien señala que, cuando hablamos de leer y de escribir, no hablamos de una crítica, sino de una ética. Esta posición, que se acerca a la lectura foucaultiana del texto de Kant de un ethos filosófico, implicaría un trabajo sobre el sí mismo, un volverse otro, un dejarse afectar por el pensamiento a tal punto de no poder volver a ser l*s mism*s que éramos antes de él (Crítica y Aufklärung, 1995). La poscrítica incumbe, entonces, a una ética, y esta ética no busca iluminar zonas oscuras del pensamiento, desvelar y aportar claridad a lo que estaba oculto, sino a otra operación, que tendría que ver con quien la ejercita antes que con el objeto del pensamiento. Con transformar, quizás incluso transubstanciar a quien la practica.

Lo que aquí cambia respecto de la crítica en la Ilustración no es entonces ese movimiento hacia el cambio. En efecto, la salida de la minoría de edad kantiana era a su vez un tránsito de esa índole, como también la lectura del ethos filosófico foucaultiano. Lo que cambia de la transformación crítica a la transformación poscrítica es el asunto de la luz: si la crítica es alumbrada, es el día, la poscrítica es oscura, es la noche. Como escribe Maurice Blanchot en El espacio literario, intentando cercar ese punto de imposibilidad que llama “experiencia de la noche (p. 147): “La otra noche es siempre la otra, y aquel que la oye se convierte en el otro, al acercarse a ella se aleja de sí, ya no es quien se acerca sino quien se aparta, quien va de aquí para allá” (p. 159). Esa noche no es inocua para quien la oye, como indica Blanchot. Pienso a la vez aquí en lo que escribe Alan Pauls a propósito de “Noches de París”, de Roland Barthes, en su prefacio a la traducción española de Cómo vivir juntos (2003). Se refiere al sujeto que sale a vagar por las calles de París: “un sujeto suelto, vacante, predispuesto a rastrear, detectar y ceder a los signos de deseo que emite la noche” (p. 11). Una noche que lo sustrae de aquellos rasgos identitarios que lo definen, que lo desplazan a un no-lugar, atopía, la deriva, un deslizamiento que es también inquietante. Así también lo esbozaba Djuna Barnes en Nightwood, donde, según la lectura que hace Teresa De Lauretis en Freud’s Drive, la noche es una metáfora del exceso, el sexo, el goce, la pulsión. “Solía pensar… [dice Nora, en la novela] que la gente simplemente se iba a dormir, [pero]ahora veo que la noche le hace algo a la identidad de una persona, incluso cuando está dormida” (p. 81, mi traducción). Es la bestia, la furia que corroe la vida, la bestia no de aquella noche que sucede al día, sino de una especie de noche interna, de noche personal y a la vez colectiva y universal, como lo sexual. Pero, volvamos a la crítica: ¿cómo pensar una crítica, un pensamiento y una escritura que no sean claros, sino oscuros? ¿Un pensamiento de noche? ¿Una escritura de noche?

Avanessian plantea, aunque sin detenerse mayormente en ello, que lo que se requiere, para no quedarse en ideales abstractos o en modificaciones cosméticas, es “un trabajo poético sobre sí mismo” (p. 29). Esta idea, allí tan sólo esbozada, nos permite plantear una hipótesis de lectura: la poscrítica no sería posible sino como escritura poética. Hipótesis que es un resultado del ejercicio de lectura –y del oír blanchotiano– y, a la vez, una clave desde la cual leer y oír Poscrítica: lejos de la escritura académica, lejos también del canon de la crítica, la poscrítica se encontraría más cerca del poema. Tal vez un poco en la línea de lo que sostiene Henri Meschonnic en Para salir de lo postmoderno, donde el “sujeto del poema” –distinto del sujeto de la estética y de la modernidad, que es cartesiano– es el “sujeto ético”: su práctica es la “subjetivación generalizada del lenguaje, de las materias, de las formas –formas, no cosas, sino formas del ver, del sentir, del comprender, invenciones de relaciones con uno mismo y con los otros, corporales e intelectuales–” (p. 163). La práctica del sujeto del poema es ética en cuanto crea nuevas relaciones. Siguiendo a Meschonnic, un poema hace algo (y no decimos que le hace algo al sujeto porque en realidad es en ese hacer que produce al sujeto), un poema es un “desborde específico”, el cual no tiene nada que ver con la consciencia, la razón o la voluntad, sino con lo inconsciente como transindividual, según lo definía Jacques Lacan en 1953, es decir, algo que no pertenece al individuo, sino que lo supera, lo trasciende, algo que le falta en su discurso y a la vez lo desborda. Es interesante, en el planteo de Meschonnic, que el poema es siempre el poema que está por hacerse, algo siempre futuro, potencial, cuya historicidad no es la del pasado, sino “la invención de una historicidad radical” (p. 175). El poema no es lo que ya se hizo, lo que ya existe, lo que ya fue escrito, sino aquello que, al ser escrito inventa su propia historicidad. Ese es, para Meschonnic, su valor, y ello no depende de la intención de l* autor*.

En este sentido, y volviendo nuevamente al problema de la crítica, tendríamos que pensar la poscrítica como escritura poética, y su sujeto como uno alejado de la estética y de la historia, historia del arte o de la literatura. Un sujeto que se crea en el desborde de su escritura, como un acontecimiento escritural. Lejos de las Luces y de la Modernidad. Lejos del juicio estético. Definitivamente lejos de lo Bello. El problema de la poscrítica, como poética, es otro. Es, diríamos, la invención. Una invención cuyo blanco y nudo es lo no-dicho, lo indecible, el silencio. Cuyo blanco y nudo es la noche. Inventar es transformar esa relación con la noche, no para alumbrarla, sino para poder mirarla desde otra orilla y, en ese tránsito, modificar también nuestra mirada: “La ‘dimensión crítica’ del arte [y para Meschonnic el arte, en cuanto tal, es también crítica de arte] está implícitamente presente en cualquier transformación de los modos de pensar, de sentir, de comprender, de ver, de oír, de leer, de decir y de ritualizar o desritualizar los movimientos del cuerpo” (p. 176).

De la crítica improductiva a la poscrítica como desplazamiento

Una de las preguntas que atraviesa Poscrítica es cómo pensar y cómo hacer una crítica que no sea conservadora, reaccionaria, repetitiva o contraproductiva, en tiempos en que la crítica y lo crítico se han vuelto un imperativo que ha invadido todos los campos de la cultura al punto de volverse bastante superfluo.

Si, como escribe el filósofo francés Tristan Garcia, el pensamiento crítico es “un pensamiento condicionado a poner todo bajo condición” (p. 239), un pensamiento que no admite representaciones incondicionadas, sino que se orienta, como primer escalón, a desentrañar las condiciones de posibilidad de toda representación. Por ello, se aleja siempre de los objetos, para volverse sobre sí mismo, narciso, inmanente y autosuficiente, tropieza siempre con el problema de su propia incondicionalidad.

Como señala en su texto el filósofo francés Dorian Astor:

“La iconoclasia fatal ante la que sucumbió la crítica podría bien ser una destrucción de la imagen crítica del pensamiento mismo. Y la herencia imposible legada por el pensamiento crítico bien podría haber sido dilapidada por la estupidez criticante (…) Subrayar este matiz es mi manera de no renunciar a la herencia crítica. Pero tomo muy en serio la solicitación y la experiencia de pensamiento que consiste en suponer que el pensamiento crítico se ha vuelto esencialmente imposible o contraproductivo, de modo que, liberados de esos amarres, quizá nos sea dado descubrir nuevas tierras, tierras poscríticas” (p. 67).

Astor subraya que la crítica ya no puede contentarse con pretender decolonizar el pensamiento, puesto que esa decolonización se ha vuelto en sí misma imperialista: un “imperialismo crítico” que nos incita a preguntarnos qué hacer, entonces, con la crítica. Frente a esto, Astor aboga por un “perspectivismo poscrítico”: un decir sí, un recibir y multiplicar en vez de sustraer y rechazar. Como veremos, esta orientación estará presente, en distintas conceptualizaciones, en todos los textos compilados en el volumen.

Este imperialismo crítico se vincula también con aquello que la crítica de arte y curadora francesa Marion Zilio aborda en su propio texto: cómo las redes sociales y las plataformas virtuales –con la instalación de lo audiovisual al centro de la producción artística, teórica y cultural–, han transformado profundamente el campo del arte, de la crítica de arte, y de la curaduría:

“La dimensión vernácula de internet, al igual que la nivelación entre baja y alta cultura, ha conducido a una ampliación de la crítica. En la ‘era del acceso’, según la consagrada fórmula de Jérémy Rifkin, todo el mundo dispone de una vitrina virtual y puede convertirse en el auxiliar de una expresión razonada de aquello que lo rodea. De Facebook a los blogs, pasando por YouTube o Instagram, los medios de comunicación actuales han efectivamente ofrecido a anónimos la posibilidad de exponer sus fotos, videos y textos. Como contrapartida, estos últimos están perfectamente informados de las producciones artísticas recientes vía esas mismas redes”. (p. 112)

Como expone Zilio, frente al “todos pueden ser artistas” y por lo tanto” todo puede ser arte” (de Duchamp a Beuys), se erigió la idea de l* curador* como redentor* y protector* de la obra. Hoy, no obstante, con la expansión y explosión espacial y temporal de la obra, de la curaduría y la crítica, se trata no de la protección y la canonización, sino de la especulación y la comunión, no de distancia sino de proximidad y contaminación: “No escribir sobre ni a partir del arte, sino con el arte. Escribir con el arte significa tejer su pensamiento con el artista…” (p. 119). La poscrítica ya no se enfoca en la obra (ni l* artista), sino que experimenta con sus márgenes. La poscrítica es experimentación con los márgenes, los intersticios de encuentro-separación entre dos potencias: la obra y lo que se ha llamado crítica. Es, propiamente hablando, una performance, un hacer con: “La reversibilidad de los discursos y las prácticas constituye así la plataforma de un horizonte poscrítico, quizá incluso poscontemporáneo” (p. 120). Sin embargo, es aquí mismo donde la poscrítica corre el riesgo de seguir atrapada en la línea de producción capitalista, negociando sin vergüenzas con la publicidad y el marketing (cuestión que trabaja detenidamente Emanuele Coccia en su artículo “Por un totemismo”), volviendo digerible la obra, y la crítica, al volver la exposición visitable y la obra consumible, vendible.

Si la poscrítica se ocupa de lo que le es contemporáneo, de las producciones del presente, entonces en su campo la pregunta por el tiempo crucial. Por eso volver sobre el problema del “pos” –o “post”, en mi preferencia– tiene sentido, como bien lo abordan Zilio y la dramaturga y filósofa francesa Camille Louis. La poscrítica busca posicionarse no en un “después de la crítica”, sino en un “fuera del tiempo” (como la Postmodernidad respecto de la Modernidad) y, en ese sentido, en una separación/corte, respecto de aquello que trata. En ese sentido, como argumenta Zilio, la poscrítica, en el campo del “arte contemporáneo” debe pensarse como “postcontemporánea”, es decir, fuera del tiempo de la obra: “la exploradora anacrónica de lo que emerge” (p. 125).

Para Camille Louis, este planteamiento pone al centro de la poscrítica el tema de la experiencia sensible: la crítica como un “saber-sabor de la experimentación”, un cuestionamiento acerca de las condiciones mismas de la percepción. Ejercicio que es, a la vez, una invención. Invención que no pretende surgir ex nihilo, pues emerge de otro discurso, otra obra, otra escritura, pero sin buscar apropiárselo o colonizarlo. Sino, como subraya Louis, combinarse, tramarse, con él. Una combinación de proximidad y distancia o, como escribe Nadia Prado, retomando las ideas que orientan el epígrafe de este texto, “Escribir es una manera de orientarnos para sobrevivir y tocar-nos” (p. 23). La poscrítica, como poética, como invención, como performance, es un ir hacia la/el/le otr*, hacia lo otro, no para poseer, penetrar, ocupar (bajo el modo del juicio y la negación), sino desplazar.

Esta idea me lleva hacia la potencia de la noción freudiana de desplazamiento. En La interpretación de los sueños (1900), Freud trabaja el problema del desplazamiento aludiendo a aquellos fenómenos oníricos en que el foco de una representación se halla descentrado y llevado a otro lugar, como modo de desfigurar el deseo inconsciente. En la lectura lacaniana de este mecanismo, el desplazamiento es pensado como metonimia, la cual implica movimiento, circulación, transferencia y no mimesis, disfraz o sustitución, todos los cuales pueden suceder en el mismo lugar, sin necesidad de desplazar nada. Si para Lacan, como lo define desde sus primeros seminarios, el deseo es metonímico, es porque el objetono es atrapable, sino que es como un pez entre las manos, algo que de entrada está perdido, huido, y que deja sólo un resto. Así, el desplazamiento, la pérdida y el deseo encuentran un lugar fundamental en el momento de pensar la poscrítica, ese hacer con: “hacer más haciendo de otra manera en lugar de querer hacer mejor al oponer, de manera binaria, unas representaciones positivas a otras negativas.” (Louis, p. 136-7). Encontrarse en ese resto y desplazarlo creando algo nuevo, es el ejercicio poscrítico y, quizás poético, por excelencia.

Este movimiento, correlativo del ocupar un espacio, un lugar donde se hallaba otr*, pero sin exiliarl*, sino habitar con l* otr*, nos lleva a su vez al problema de la hospitalidad. Hospitalidad como pregunta, hospitalidad como don (Derrida-Dufourmantelle), hospitalidad como umbral. Habitar, hospedar es algo que siempre se hace en movimiento. No es recibir a l* extranjer* en mi tierra, puesto que esa pertenencia está en tela de juicio, puesto que estamos fuera del tiempo y también fuera del lugar, sino cambiar con su llegada, y partir con ella (recibir y cambiar): “propicio a la vez a la partida hacia otra parte y a la llegada de lo que viene de otra parte” (p. 147). De nuevo aquí el tema de la ética: alteridad, descentramiento, heterogeneidad y desplazamiento / recibir, habitar y crear.

Algo quizás llamativo en Poscrítica es la aparición fantasmal del filósofo francés del devenir y el acontecimiento, Gilles Deleuze quien, en Crítica y clínica (2006), aborda los meandros e impasses de la literatura, la escritura y la crítica, sobre todo de la crítica literaria. Mencionado al pasar por vari*s de l*s colaborador*s del volumen, es quizás De Sutter quien mejor hace resonar las líneas tiradas por Deleuze en su libro: “Allí donde la crítica es un juzgar acerca de la legitimidad de las causas en las que se apoya la práctica, la clínica sería un abandonarse al despliegue de los posibles que las consecuencias de su ejercicio abren –una incitación a proseguirlos–. (…) Acompañar los posibles” (p. 210). En ese sentido, la poscrítica en cuanto clínica, consistiría en atender a las posibilidades del devenir de un ejercicio, y acompañarlas. No evaluar, enjuiciar, pretender aclarar o dilucidar sus resortes, sino “un acompañamiento vago y flotante” [y no son eludibles aquí las resonancias con la regla fundamental del psicoanálisis: la atención flotante, de allí tal vez la idea de clínica] que apuntaría a “deshacer lo sabido en beneficio de lo ignorado y que trate a lo ignorado como si fuera el único saber verdadero – como si…” (p. 211). El “como si”, prosigue De Sutter, como “el nuevo régimen (…) que necesitamos” (p. 211): un régimen narrativo, que caracterizaría a la poscrítica, y que se acerca, por esa vía a la ficción, a la poética y también a la ciencia ficción, en cuanto creación de mundo im-posibles. La poscrítica apuntaría, entonces, no a interpretar –es decir someter– sino a experimentar con, experimentar desde. Es un pensamiento que “hace hacer porque hacer contar” (p. 211) , es decir que en lugar de detener y juzgar, relanza, despliega, moviliza, desplaza, disemina el discurso, la narración, la acción.

“Pero en la espesa noche que atravesamos, nuestra época definitivamente se equivocó de cadáver…”

En su texto acerca de la crítica literaria, el teórico francés Johan Faerber, aborda el problema de la supuesta “muerte de la literatura” –declarada por críticos como Antoine Compagnon y otr*s desde comienzos de la década pasada– y las formas posibles de sobrevida de la crítica en ese campo de batalla ya sido. Para Faerber, ese diagnóstico ha errado el reconocimiento del cadáver, pues no sería la literatura la que yacería en el campo de batalla, sino “la crítica de lo contemporáneo como tiempo primero de todo pensamiento” (p 160). Nosotr*s l*s contemporáneos, afirma, “hombres de una sola noche intratable”, y entendemos que se refiere sobre todo a l*s crític*s contemporáne*s, no sabemos enfrentar el problema de la noche, el problema de lo oscuro, el problema de la muerte. Una noche intratable, una sola, no da cuenta de cómo lo nocturno inunda el pensamiento y lo contemporáneo. Igual que en el contexto de la crítica de arte, en el de la literatura domina un paradigma terapéutico, farmacéutico incluso, que pretende ver en ella “una reparación del mundo y de lo viviente”. Una crítica reaccionaria en cuanto pretende reparar sin transformar. Como la generalidad de las disciplinas psi, que pretenden prepararnos para vivir mejor en un mundo que nos hiere, sin hacer nada por cambiarlo, incluso una vez que se lo ha reconocido: “Paréntesis consolador en un mundo de terror y de alienación social sin tregua” (p. 176). Frente a esta crítica que no reconoce la muerte, sino que únicamente la maquilla, “habría que afirmar el gran gesto poscrítico que tendría que sostenernos, suspender la muerte y resucitar de la misma” (p. 176) para afirmar, desde los escombros, la parresía (del griego παρρησίαparrhēsíai). Con esto volvemos al inicio de este ensayo o comentario, pues la parresía implica el ejercicio del cuidado de sí o, como la define Foucault en una conferencia dictada en Grenoble en 1982 (y también en sus conferencias en la Universidad de California): “caracteriza al discurso del otro en el cuidado de sí” (Discurso y verdad, p. 41). Es decir, alude al discurso del otro que tiene efectos de trasformación sobre mí, el discurso como “acto o acción sobre mí” (p. 41). No cualquier palabra, sino aquella, como la define Faerber, de “potencia adjuntiva”. La parresía “como el corazón oscuro de la poscrítica” (p. 180) apunta a “reiniciar”, como él señala, desde la muerte, desde los escombros, el poder transformador de la palabra, aquella que se adjunta a otra palabra: “La palabra en post-scriptum” escribe Faerber (p. 180). De nuevo, la poscrítica alude a la potencia transformadora del ensamble, de la red, de las multiplicaciones que hemos detectado también en otros textos del volumen.

Frente a las distintas artimañas detectadas por Faerber en la crítica literaria, la poscrítica [que confusamente, hay que decirlo, por momento Faerber llama también “trascrítica”] respondería con: “la creación poética de lo contemporáneo (…) con la decisión del corpus; y, finalmente (…) con la afirmación de la herida como oportunidad hermenéutica, nudo retórico y llamado político” (p. 180-1). Creación de lo contemporáneo, creación del tiempo presente, escritura de una “historia en presente”, escritura de la “inmanencia del tiempo”: “una historia inmediata donde el instante de la escritura se encuentra con el instante mismo de su pensamiento” (p. 183).

Despedirnos, desde la oscuridad

Para el ensayista francés Paçome Thiellement, la manera de repensar la crítica es retomarla desde la idea de exégesis y de visión: aquello que miramos y nos mira de vuelta –sensación perturbadora–, aquello que leemos y que también nos lee. Para él, lo que allí está en juego es el amor, modo de relación a su juicio negado, rehuido por nuestr*s contemporáne*s. Forma en que nos relacionamos eminentemente al poema [y no a la novela que, en su escrito, ha ocupado violentamente el campo de la crítica desde la segunda mitad del siglo XX (al menos en Francia)], y que implica fundirse con él, encontrarse con él en ese punto de lectura y de visión entrecruzada en que lo que se expresa no es ya la utilidad y el valor (juicio y jerarquía),  sino algo eminentemente político: lo que aun no es y puede ser.

A pesar del acento puesto en el amor, esta reflexión de Thiellement, acerca del ser mirad*s por lo que miramos, me hizo pensar en un libro que nos permiten aproximarnos esa forma de pensamiento de la noche y de lo oscuro que hemos llamado poética: Thomas el oscuro, de Maurice Blanchot, publicado en francés en 1941 y en español por Pre-Textos en 2002. Que el libro pueda catalogarse como “novela”, sólo enfatiza la indiferencia por el canon y la importancia de cierta función de la palabra, aquella que puede iniciar tal desplazamiento del otro que implique la transubstanciación real de quien la sostiene y de ese otro que la oye/lee/recibe.

En este libro, analizado por Lacan en su noveno seminario, sobre la identificación (de 1961-1962), Blanchot escribe:

“La noche era más sombría y más triste de lo que podía esperarse. La oscuridad lo cubría todo, no había ninguna esperanza de atravesar las sombras, pero se palpaba la realidad en una relación de una intimidad perturbadora. Su primera observación fue que todavía podía servirse de su cuerpo, particularmente de sus ojos; y no era que viese algo, sino que lo que miraba, a la larga le ponía en relación con una masa nocturna que percibía vagamente como si formase parte de él mismo, una masa en la que se encon­traba inmerso. Naturalmente, sólo formuló esta observación a título de hipótesis, como un punto de vista cómodo al que recurría sólo ante la necesidad de desenmarañar las circunstancias nuevas. Como no había forma de medir el tiempo, esperó probablemente horas, antes de aceptar esta manera de ver; pero fue como si el miedo hubiera hecho presa en él de repente y, avergonzado, levantó la cabeza albergando una idea que le había estado rondando: fuera de él se encontraba algo parecido a su propio pensamiento que su mirada o su mano podría tocar. Fantasía repugnante. Pronto la noche le pareció más sombría, más terrible que cualquier otra noche, como si brotara realmente de una herida del pensamiento que ya no podía pensar, del pensamiento tomado irónicamente como objeto por algo distinto al pensamiento. Era la noche misma. Las imágenes de su oscuridad le anegaban. No veía nada, pero lejos de preocuparse por ello, hacía de esta ausencia de visión el punto culminante de su mirada. Su ojo, inútil para ver, adquiría proporciones extraordinarias, se desarrollaba de una manera desmesurada y, extendiéndose sobre el horizonte, dejaba que la noche penetrara en su centro para recibir al día. En medio de este vacío se mezclaba la mirada y el objeto de la mirada. Y no sólo ese ojo, que no veía nada, recelaba algo, sino que incluso recelaba la causa de su visión. Veía como objeto aquello que le impedía ver. Su propia mirada le penetraba en forma de imagen, en el momento en que esa mirada era considerada como la muerte de toda imagen. (…) Sabía que su pensamiento, confundido con la noche, velaba alrededor de su cuerpo. Sabía tam­bién, terrible certidumbre, que buscaba una salida para entrar en él. Contra sus labios, en su boca, se entregaba a una unión  monstruosa.” (p. 7-8)

En la noche intratable se confunden el afuera y el adentro, lo mirado de lo que mira, y quien mira, quien aparentemente, o primeramente, sostiene esa mirada, se ve anegado de esa noche de afuera, sin poder sostenerla más sino dejarse transformar en ella. Repugnancia, intimidad perturbadora, una visión angustiante donde las fronteras de lo que soy se disuelven para no volver a encontrarse, sino para ser definitivamente transformadas. Noche que no acaba, noche que se toma el día, noche que nos embarga. En esa mirada hay una visión. Es la exégesis que exige Thiellement, pero es también el fantasma y el objeto causa de deseo que elabora Lacan en su seminario de 1961-1962 donde trabaja este texto de Blanchot: figura de la angustia, donde las imágenes y los símbolos desfallecen, donde queda sólo un cuerpo sin figura, sin representación. Figura del fin sin fin, del fin que no acaba de terminar.

Esto es la poscrítica, un pensamiento enfermo, débil, herido, delirante. Que no busca someter, dominar, penetrar, que no opera desde la jerarquía y el juicio. “El lugar del duelo es la noche”, escribe Mónica Ojeda en La voladoras (2021), pero ello no significa que sea el lugar de la reparación, la recuperación, la redención. No debemos entender así el duelo, sino como una forma de vida, o mejor dicho de sobrevida, entre las ruinas, una escritura desde los escombros. “La era del western ha terminado –escribe De Sutter–; de aquí en más es tiempo de que un nuevo modelo de pensamiento venga a suplementar lo imaginario –un modelo que podría ser, por ejemplo, el de la ciencia ficción, el del delirio propio a la ciencia ficción–” (p. 216).

Bibliografía:

Laurent De Sutter (Ed.). Poscrítica. Buenos Aires, Isla Desierta, 2021.
Nadia Prado. El poema acecha en los intervalos. Santiago, Bisturí 10, 2021.
Maurice Blanchot. El espacio literario. Barcelina, Paidós, 1992.
Maurice Blanchot. Thomas el oscuro. Valencia, Pre-Textos, 2002.
Alain Pauls. Prefacio. En Roland Barthes. Cómo vivir juntos. Simulaciones novelescas de algunos espacios cotidianos. Notas de cursos y seminarios en el Collège de France, 1976-1977. Buenos Aires, Siglo XXI, 2005.
Teresa De Lauretis. Freud’s Drive. Psychoanalysis, Literature and Film. New York, Palgrave McMillan, 2008.
Sigmund Freud. La interpretación de los sueños (1899[1900]). En Obras completas, Vols. IV y V. Buenos Aires, Amorrortu, 1998.
Jacques Lacan. Escritos 1. Buenos Aires, Siglo XXI, 1998.
Jacques Lacan. Seminario 9. La identificación. 1961-1962. Inédito. Disponible en: https://www.bibliopsi.org/docs/lacan/11%20Seminario%209.pdf
Michel Foucault. Crítica y Aufklärung. Revista de Filosofía ULA, n°, 1995.
Immanuel Kant. Respuesta a la pregunta ¿Qué es la Ilustración? 1784.
Henri Meschonnic. Para salir de lo postmoderno. Buenos Aires, Cactus, 2017.
Djuna Barnes. Nightwood. New York : New Directions Publishing, 1961.
Jacques Derrida & Anne Dufourmantelle. La hospitalidad. Buenos Aires, De la Flor Ediciones, 2006.
Gilles Deleuze. Crítica y clínica. Barcelona, Anagrama, 2006.

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