Un incoherente paseo a la Fundación Pinochet

Por Diego Bravo Rayo

Fue un lunes extraño. No estaba en mi casa de Viña ni en el cerro Playa Ancha de Valparaíso, donde se halla mi universidad. Tampoco arriba de una micro, de esas cuyos conductores hacen que el indicador del velocímetro gire al igual que las ruedas del bólido. A los microbuses alargados y grandes, paraderos establecidos y choferes algo menos osados, se le agregaba una enorme y calurosa estación de Metro, que venía a reemplazar la pequeña y siempre fresca estación Chorrillos. Me encontraba en el sector de Mapocho, Santiago, lejos de mi habitual entorno, pero también lejos de mi eventual destino.

Como iba a ser un día intenso, decidí cargar mis tripas con un contundente desayuno, por lo que aproveché la cercanía del amigable mercado Tirso de Molina, para mandarme una de esas bestiales leches con una de las frutas americanas de la amplia gama del puesto “Jonadab”. Maravillosa elección: leche con maracuyá, mezcla imbatible entre la espesor láctea, la acidez del tropical fruto y la justicia del azúcar. Como me quedó espacio en el buche, pedí otra leche, esta vez con “mora colombiana”, ya que siempre he sido abierto a los sabores y a todas las cosas nuevas. Sin embargo, el sabor de este batido distó de la novedad que me iba a entregar el lugar que estaba presto a conocer.

Arriba de la 502 hacia Cantagallo, la primera brusquedad que percibí no fue de la inherente al santiaguino, sino de los cambios de tonalidades que ofrecía el recorrido. Lo plomizo y la suciedad que a veces ofrece Recoleta, fue trastocado desde el puente Pío Nono, pasando por la escuela de derecho de la Chile. Como si el trayecto hubiese sido un montaje de Dios, al ingresar a Providencia se acentuaron los destellos del sol, los cuales me sirvieron para contemplar los modernos edificios, las aseadas calles y lo lindas hasta la rabia que pueden llegar a ser las casas. Si ya iba pasmado, lo que vi luego de pasar la rotonda Pérez Zujovic no tuvo parangón en mis elucubraciones previas. A las amplias y arboladas calles, se sumaba una limpieza y viviendas propias del imaginario que se tiene de los países nórdicos, pero incluso con una dosis mayor de opulencia. Me llamó igualmente la atención la vestimenta exageradamente británica de las ‘nanas’. Y digo “las” porque eran varias las mujeres vestidas de negro o azul oscuro, combinadas con un delantal bordado blanco y una siútica cofia. A la vez, algunas caminaban encorvadas, dado que iban de la mano con niñas o niños de claro pelo, lo que agudizaba aún más las distancias entre quien y quien.

A todo esto, debía bajarme en “Plaza Lo Castillo”. Como buen forastero, desde que me subí a la micro calcé a la persona que me parecía más confiable, para que me dijera cuál era ese paradero. Impresionado aún por el ambiente, me acerqué a la persona que tenía el rostro menos agrio, por lo que fui a un quiosco, a preguntar:

– Buenos días, ¿la calle O’ Brien?

– Sí, cruzas la plaza del Jumbo y ahí está.

Ya en General John O’ Brien, tenía que llegar al 2244. No me demoré en encontrar la casa, pero al momento de acertar con ella aparecieron los primeros signos de un nerviosismo campante, ya que había olvidado lo que iba decir a mi arribo. Me alejé para luego volver decidido a la casa, de la que justo iban saliendo dos hombres:

– ¿Aquí es la fundación Pinochet, cierto? – Pregunté.

Oxford, Yale y Harvard

– Sí. ¿Qué deseas? – Me dijo uno de ellos. –

Si bien contesté de inmediato, en ese lapso entre su pregunta y mi respuesta llegué a la conclusión de que el propósito real de la visita no debía darse a conocer.

– Vengo por una investigación sobre fundaciones que tengan una actuación importante en la educación.

Me dice que toque el citófono y que hable con Carolina, para que me deje pasar. Entro y mi preliminar desasosiego estuvo a punto de volverse pánico, pero opté en pensar en lo gracioso que resultaba esta situación en absoluto impensada, lo que me dio mayor templanza y bríos; es más, lo necesitaba.

Sólo por lo visto afuera y en los pasos que di hasta la entrada, puedo decir con certeza que la casa era soberbia pero que, en vista y consideración del sector en que estaba, no despuntaba. La persona que me encontré afuera me volvió a consultar por el asunto de mis intenciones. “Estudio Periodismo, en la Adolfo Ibañez”, le dije, cosa que venía a ser la otra pata de mi encubrimiento. Dada mis presunciones, estaba seguro de que si decía que estudiaba en la Universidad de Playa Ancha el recorrido por la fundación terminaba en ese instante. Él es el Gerente General de la fundación Presidente Augusto Pinochet Ugarte, y su nombre es Rodrigo Iturriaga.

Entramos a la casa y, confieso, que el desayuno se me repitió como pocas veces antes me había ocurrido. Me recibió un portentoso cuadro a escala humana de “don Augusto” con la banda presidencial. El hálito de la mora colombiana, la maracuyá y la leche fue intenso, y temí que fuese perceptible al olfato de Iturriaga, por lo que procedí a llenar ese espacio con naderías que lo distrajeran a él y, de pasada, a mi alterada digestión.

– Tienes suerte, ya que por lo general a esta hora no pillas a nadie y para que alguien pueda ingresar necesita de mi autorización.

El salón al que me llevó para realizar la entrevista contaba con otra pintura del Dictador, cosa que es la tónica en toda la casona. Llegado hace cuatro años a la fundación, cuando Iturriaga me dijo que era titulado de Derecho, respondí:

– Ah sí, la Andrés Bello. Yo tengo muchos conocidos allí. Mis cercanos se manejan entre las Andrés Bello y la Adolfo Ibañez.

Honestamente, a esa altura no sabía si mi actuación era perfecta para el espionaje o para el espanto. Cabe decir también que Iturriaga se demostró como una persona formal, cortés y amable, lo que hizo -dentro de lo que se podía- amena mi exploración.

Le manifesté que si no hubiera sido porque pregunté en la entrada no habría imaginado que en ese lugar funcionaba la institución.

– Tiene que ver con una postura de no difusión, por un tema de recursos y de privilegiar ciertas actividades de la fundación. Por eso es que no hay afiches ni grandes avisos en los medios de comunicación. Debido a eso la gente no sabe cuáles son las labores de la fundación Presidente Pinochet. Una de ellas es la labor histórica, la que consiste, principalmente, (aquí titubea dos segundos) en conversar con los distintos colegios de la región metropolitana que nos visitan y las universidades, principalmente extranjeras.

– ¿De dónde provienen esas universidades?

– El 97 por ciento son extranjeras. Vienen de Oxford, Yale, Harvard, “la UCLA”

Al pronunciar castellanamente “la UCLA” pensé “la UPLA”, lo que, de la mano con la tensa calma del momento, hizo que no reírme fuese una tortura. Bueno, tenía sentido el contexto.

Según Iturriaga, le sorprendía el alto nivel de información que tenían los estudiantes de estas casas de estudios, ya que “preguntaban sobre las reformas económicas, sociales, laborales que se implantaron en el gobierno de don Augusto”. Distinto pasaba en los colegios, ya que “vienen con más temas que tienen que ver con la información que le dieron en la casa, que vieron en la tele y que es una información poco profunda. Vienen con una especie de mitos y leyendas, cosas que vieron en una película o video, porque no tienen una instrucción mayor (sobre el gobierno militar)”.

Los becados del General 

Si había una cosa que me intrigaba antes de llegar a la fundación era el funcionamiento de la Escuela de Líderes y del sistema de becados. Iturriaga me dijo que la primera estaba al servicio de la segunda, ya que hacen reuniones, charlas y capacitaciones de liderazgo con los profesionales y estudiantes que fueron beneficiados con las becas. Los becados, por otra parte, eran según el Gerente General, estudiantes “de excelencia académica y de mala (sic) situación económica”. A decir verdad, algo no me coincidía de lo que decía Iturriaga. ¿Cómo llegaban estos estudiantes a la fundación si ésta no hacía difusión? Todo indica que había -por lo menos- un requisito más para estos estudiantes. Tarea para un próximo reportaje.

Napoleón, los bustos y el medio litro de leche

Ocho minutos y fracción fue lo que duró la entrevista, hasta que Rodrigo Iturriaga se fue a realizar las cosas que tenía agendadas, no sin antes derivarme con Carolina, la encargada del sistema de los becados y de guiarme por el museo.

Primero que todo, hay que hablar de Carolina. De rasgos finos, de agradable voz, rubia, ojos azules y de mi estatura. Vestida acorde al inicio del invierno, la belleza de mi guía equilibró lo opuesto y bizarro del recorrido. Había llegado a trabajar a la fundación hace dos años y, según afirmó, mediante la simple postulación.

Le pregunté si podía ocupar mi grabadora y me dijo que no. “Hemos tenido malas experiencias con periodistas, por tergiversaciones y ese tipo de cosas. Así que te pido que no la uses”. Mi ética como futuro profesional y ELLA eran motivos suficientes para aceptar tranquilamente las condiciones.

fundacionpinochet_web

Además de las incontables medallas y condecoraciones militares, en el primer bloque están cuatro bustos negros con los rostros de los respectivos generales golpistas, posteriores Miembros de la Junta de Gobierno: Leigh, Mendoza, Merino y, obviamente, ÉL. Pasamos a la oficina donde ejercía sus labores como Senador Vitalicio, lugar que correspondía al frontis de la casa, el cual contaba con seguridad ante cualquier eventualidad: las paredes y ventanas eran blindadas. En su intacto escritorio, dos teléfonos de la CTC, más un espacio de descanso con un televisor marca Sanyo, eran el sello noventero que dejó allí el dictador. En un voluminoso estante estaban, ordenados, soldados de miniatura que representaban las milicias chilenas a lo largo de la historia, a la que se agregaban tropas con guerreros mapuche. Cuatro figuras del más famoso emperador y estratega militar francés, distribuidos según los puntos cardinales se hacían notar en el lujoso despacho.

– El general Pinochet era un profundo admirador de Napoleón Bonaparte, tanto así que durante toda su vida inspiró sus actos en él.

La fragmentación de la Universidad de Chile también tenía su reconocimiento en el museo. En otro de los salones había un diploma de la Universidad de la Frontera (UFRO), con motivo de galardonarlo por ser “fundador emérito” de la casa de estudios. Cerca de esa gratificación, varios de sindicatos mineros de Chuquicamata con la instantánea de rigor: Él y los sonrientes trabajadores poblaban muchas fotos.

Carolina aprovechó esos instantes de instruirme, dado la suposición de mi desconocimiento como de mi ávido interés por la figura de Pinochet. Referida al enriquecimiento ilícito que obtuvo en sus 17 años en el poder, en los que adquirió inmuebles de alto valor -como la casa donde tenía puesto mis pies-, la blonda lo justificaba diciendo que las propiedades en ese entonces eran tres veces más baratas que hoy.

– Por ejemplo, mis papás tendrían que pagar hoy el triple de lo que pagaron al momento de comprar la casa.

Remató con una de las más nobles políticas sociales promovidas y pensadas por el autócrata criollo. “El medio litro de leche por niño”, me aseguró con una convicción que rayó en la ternura. Me ahorré en responderle una pequeña salvedad: dicha política la impulsó el gobierno que previamente había derrocado.

El paseo estaba en su ocaso, como también el jardín japonés al interior de la fundación. Lo último que vi fue un salón de conferencias con una monumental biblioteca, cuyos títulos, probablemente, sean parte de la friolera cuenta de los 55 mil libros del dictador, tal como indicó en su reportaje y libro Cristóbal Peña.

Antes de despedirme, la bella Carolina me dejó abierta la invitación para que volviera, si es que era necesario para mi trabajo.

– Pero a la próxima llama, pos.

– Llamé tres veces la semana pasada. -Volví a mentir.

El camino de vuelta resultó expedito, mientras resolvía a quien le iba a contar primero el lugar del que acababa de irme. De la misma 502 pero hacia Cerro Navia, me bajé al frente del Tirso de Molina. El sol estaba en la hora de más resplandecencia. “Mejor un jugo que una leche”, pensé.

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