Todos los fuegos en el fuego

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Por Valparapata

Han sido tan largos los días  desde la noche del sábado.

Como si fuéramos un solo cuerpo, las llamas en el horizonte, los balones de gas que levantan una llamarada. Veo la explosión y un rato después escucho el estruendo. Porque la luz viaja más rápido que el sonido, veo desde este cerro, que todo se va quemando de arriba para abajo, la máscara hirviente de las casas que se desploman, el esqueleto de un hogar que desaparece entre las lenguas de fuego y no puedo hacer nada, pienso mientras agito mis manos desesperadas, en medio de la oscuridad total.

Los canales de televisión se vienen a vivir a los cerros, mientras la gente sostiene, aguanta y espera. No todos arrancan porque dos viejitos se tomaron de la mano y entraron a su casa en llamas para desaparecer en un gesto épico de inmortalidad y agónico amor.

Valparaíso se nos fue en las llamas.

Unos critican lo que no se hizo o lo que hay que hacer, otros preguntan ¿porqué la gente vive ahí?  Los pobres no eligen donde vivir contestan los filósofos de siempre, los de la vida.

Iván Fuentes venía llegando del norte y seguro encontró gente que subía los cerros, pregunto y sin pensarlo, subió al cerro a ayudar en lo que pudiera, como buen vecino, como tú y como yo lo hicimos sin siquiera pensarlo. El sabe lo que es un incendio, hace años allá en Patagonia le quemaron su casa cerrada con todo adentro. Alguien le saca una foto y  aparece como si fuera milagro: un parlamentario que gana millones se vaya a ayudar a su vecino al cerro. Aparecen las voces disidentes, unos lo aman, otros lo odian.

Así es nuestro chilito, las redes sociales plagadas de dimes y diretes, de comentarios estúpidos, de cartas de un lado y del otro. Algo anda mal: nosotros, los “tigres de Sudamérica”, por suerte que tenemos vecinos que tienen aviones para apagar los incendios, nuestra vida, nuestro presente y futuro depende de los voluntarios de bomberos.

Duele tanta marginalidad, tanto abandono, tanta desidia.  La pobreza y la desigualdad no son números en las estadísticas, son las mujeres, los niños, los ancianos,  los escombros, la desolación que se cuelga desde los cerros mientras el porteño pone una bandera chilena, se levanta, mira de frente y vuelve a reconstruir esto que está recién comenzando.

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