Space Invaders: Las niñas sí saben qué es dictadura

Por Lissette Espina Cabello *

Space Invaders es la adaptación teatral de la novela homónima escrita por la actriz y dramaturga Nona Fernández. Dirigida por Marcelo Leonart, la obra nos aproxima al recuerdo de cuatro mujeres que, siendo niñas durante la dictadura militar, atisbaron episodios horrorosos del Chile de los años ochenta. Los acontecimientos giran alrededor de la figura de Estrella González, compañera de curso de las protagonistas quien emerge como un recuerdo fragmentado, una incógnita, una ausencia inquietante. Y que resultó ser la hija del autor del secuestro y degüello de los dirigentes comunistas José Manuel Parada, Manuel Guerrero y Santiago Nattino, en 1985.

Comienza a caer la noche y el público llena los espacios disponibles en la cancha Colonia de Quilicura  a la espera de que comience la función. Tras una gira por Francia, esta es la primera vez que el montaje se muestra en Chile, en el Festival Quilicura Teatro Juan Radrigán. Las luces de pequeños alienígenas se encienden como telón de fondo, son las figuras de Space Invaders, el clásico juego de arcade que consiste en disparar y matar extraterrestres. En la previa, me pregunto ¿A quién se busca eliminar? ¿es la representación de una otredad?

La obra releva y, de cierto modo, se concreta a partir de la ausencia: la de Estrella y la de su padre, el señor González, el carabinero con la mano izquierda amputada, el de la mano ortopédica que espanta a Riquelme por las noches. 

A través de una serie de sutilezas y destellos de recuerdos que comparten las estudiantes, podemos visualizar a estos personajes aun cuando no están presentes en el montaje. En el escenario vemos a las niñas traerlas al presente, materializar su existencia mediante sus experiencias compartidas y constatar las huellas que han dejado. 

La luz y la oscuridad, matizadas por el neón verde de las figuras extraterrestres, nos sitúan en una escuela céntrica en plena dictadura. Allí están las estudiantes con sus delantales bordados con sus nombres en color blanco, se desplazan coreográfica y sincrónicamente. A ratos también, el espacio se transforma en la sala en cuyo centro hay un  televisor, una especie de ventana a tanta abominación televisada. Actos escolares, discursos, conversaciones tránsfugas, protestas. El escenario es el lienzo en el cual se despliegan los sucesos que despiertan en los personajes –y no solo en ellos- diversas emociones: el miedo, la incertidumbre, la ensoñación, el desacuerdo, el deseo de acción. 

El montaje, a través de coreografías, juegos de luces y una música que contribuye a marcar los distintos momentos, despliega un ejercicio de memoria que pone en el centro la tensión de sus protagonistas: las niñas no deberían saber qué es la política, no deberían preguntar qué sucede alrededor, no deberían cuestionar el rito de cantar el himno nacional cada lunes, no deberían dudar ante el izamiento de la bandera chilena para las efemérides militares. Deberían, por el contrario, omitir estas preguntas aun cuando a las afueras del colegio acechan autos Chevy secuestrando personas, entre ellos, el manejado por el tío Claudio, una suerte de chofer de su compañera Estrella. 

Uno de los grandes aciertos de la obra es dar voz a la niñez para entender uno de los períodos más dolorosos de nuestra historia. El trabajo de reapropiación de los hechos desde la perspectiva de las estudiantes permite comprender la realidad de muchas familias que vivieron en carne propia las atrocidades perpetradas por los militares en Chile. Las niñas, desconcertadas al inicio, poco a poco comprenden que pueden llegar a ser agentes activas de esta realidad. El adultocentrismo se ve cuestionado en escena, pues son justamente ellas las que rearman un recuerdo lleno de aristas trágicas que concientizan el contexto que les tocó vivir. 

No es primera vez que Fernández trabaja la memoria escogiendo acontecimientos reales o ficticios que contribuyen a reflexionar y tratar temas de dictadura. En esta línea, parece pertinente sumar este montaje a El taller, y Liceo de niñas, conformando una tríada que relaciona el contexto que se expone y la reformulación de historias bajo la premisa del final revelador, en el que hay una incógnita que en la mayoría de los casos posee una resolución que resulta horrorosa y deprimente. El tiempo nunca es suficiente y siempre se devela la luz y la oscuridad.     

* Este texto fue elaborado en el contexto del Festival Quilicura Teatro Juan Radrigán por participantes del Curso de Crítica Teatral impartido por Javier Ibacache.

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