Santiaguineando

Ceci n'past le Seine

Ceci n’past le Seine

Texto y Fotos: Insensata

Santiago tiene el peculiar desencanto de sofocar. Intento tomármelo con calma. Ya estoy aquí, digo. Avanzar por esas calles que tantas veces recorrí no puede ser una tarea ardua, insisto. Pero a la primera chuchada de un conductor neurótico desisto. Quiero volver al puerto, pienso con la ansiedad disparada a mil. Parada en este punto de la ciudad capital, una rotonda del barrio pije donde los semáforos no dejan de indicar rojo en estado de alerta, me acuerdo de esa canción de Charly. La tarareo: No, no puedes ser feliz, con tanta gente hablando hablando a tu alrededor. Así es la urbe, así es en las capitales. O te adaptas y disfrutas de sus pequeños tesoros o te conviertes en otro obseso más y estallas de ira. Ira y pena porque esas soledades multiplicadas pueden matarte de la tristeza.

Yo veo a los ciclistas como una raza urbana que intenta sobrevivir o más bien resistir (Pertinente esta definición de resistencia: “Dificultad que opone un circuito al paso de una corriente”) a la gran ciudad. Me gusta observar a esas chicas osadas que levantan su culo del sillín para impulsarse bravas entre automovilistas rabiosos. Me impresiona que lleven esos pantaloncitos tan cortos burlando atrevidas la mirada de algún taxista trasnochado.

Hay también otra raza que destaca: la del trabajador parado en la esquina del barrio alto esperando la micro que tomará con otros iguales para volver a su quintil. Transhumantes modernos, me despiertan aprecio.

Puente Peatonal Condell - Providencia - Santiago

Puente Peatonal Condell – Providencia – Santiago

A los que aún no entiendo es a esos que en el puente peatonal Condell que cruza el Mapocho, ponen candados en las barandas metálicas como símbolo del amor eterno. Amor encadenado.

Viajar a Santiago es un acto heroico. Saltar del mar al asfalto a veces me parece suicida. Y a riesgo de exagerar (como casi siempre hago) nunca se retorna igual que como se partió. Siempre que vuelvo al puerto me siento más histérica de lo que ya soy. Y pienso que a muchos les gusta ese trajín. Los neones de la ciudad solo iluminan nuestra cólera. Me fui de la capital detestándola. Y aún no me logro reconciliar con ella.

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