Rosario Mena, cantautora chilena: nuevas canciones entre pandemias y revoluciones

Intercambiamos preguntas y respuestas por mail con la cancionista chilena Rosario Mena, para hablar de Sangre en el ojo y Scoppio, sus más recientes estrenos, publicados por el sello porteño MúsicadelSur. También hubo espacio para la contingencia. Se le lee lúcida, crítica y un poco hastiada de cierta miopía de sus pares respecto del rol de la cultura en tiempos de crisis y también de la aplanadora que la política tradicional le pasó, desde su óptica, al movimiento social.

“Debemos ser canales”, dice refiriéndose al papel que le toca al arte y los artistas para “absorber, interpretar y a la vez canalizar las señales, ideas y emociones de nuestro tiempo-espacio”.

Por Manuel Guerra

Con una propuesta personal y profunda que une poesía y atmósferas sonoras, Rosario Mena celebra dos décadas de carrera musical independiente, desde la publicación en 1999 del disco Fe Ciega, en el que mezcló de manera fundacional, en Chile, canciones con bases electrónicas. Ese trabajo se convirtió en antecedente obligado de diversos proyectos musicales femeninos que surgieron en la década de 2000 en la escena local y se proyectó en 2002 con Serial, editado bajo etiqueta Sello Azul (SCD). En 2007 publica Perpetua de modo independiente y en 2013, Náufraga, con el sello Alterado Records.

Hoy en medio de pandemias y reivindicaciones sociales la cantautora chilena hurguetea en la amplitud de su universo creativo para reportar por entregas su quinto disco de estudio llamado Porvenir –del que ya se estrenó recientemente el primer single Sangre en el ojo– y además para volver a experimentar con las bases electrónicas en Ruge, su proyecto junto a Renzo Torti-Forno, del que se acaba de publicar Scoppio.

El movimiento feminista se ha ido tomando varios espacios sociales, políticos, culturales, etc. provocando una empatía transversal respecto de su fuerza y de los cambios que puede generar en el Chile de hoy. En ese contexto y a 20 años de la aparición de tu disco debut Fe Ciega ¿Cómo ves el desarrollo de la escena musical chilena desde el punto de vista de la mujer creadora?

-Pienso que el feminismo es una práctica política, que no es lo mismo que el enfoque de género y este no es lo mismo que la identidad de género. Esta identidad para mí siempre fue algo muy natural, impulsada por una sensibilidad común y habida cuenta de la escasísima presencia de mujeres en la música electrónica (Fe Ciega era un disco electro pop) y en la música en general, aunque, sin embargo, algunas de las figuras más destacadas en la escena pop chilena de los 90 eran mujeres, como Nicole y Javiera Parra. En la electrónica estaba Sol Aravena (Muza) con quien me asocié desde el inicio. Luego, con la coordinación de Roberto Carreño generamos otras instancias compartidas con otras mujeres como Jael Meyer y luego comencé a tocar con Angela Acuña, con quien he colaborado desde 2002. Con Natalia Molina también hemos tenido relación musical, me gusta mucho.  Pero a partir de ahí las mujeres empezaron a tener un gran protagonismo que se mantiene hasta hoy, es más que obvio, Javiera Mena, Mon Laferte, Fran Valenzuela, etcétera, etcétera.  Creo que las mujeres ocuparon un espacio no solo como cantantes (rol tradicional) sino como productoras, diseñadoras y creadoras de sus proyectos artísticos, y sin duda representan un vehículo importante, al expandir, a través de la música la VOZ de las mujeres, con todo lo que ello implica.

Has trabajado sobre la dualidad de tu oficio musical y la formación profesional en el mundo de las comunicaciones. En algún sentido eso habla de lo duro que es en Chile dedicarse solamente a la canción. ¿Cómo se ha nutrido tu trabajo cancionístico en esa dualidad?

-En Chile es realmente complicado dedicarse 100% a la música. Es decir, puedes hacerlo, pero difícilmente serás una persona autónoma y que cumpla con sus compromisos familiares. Si eres solo o sola, tienes más posibilidades. Si eres madre, ya eso afecta toda la dinámica que básicamente consiste en estar tocando en vivo todos los fines de semana para ganar muy poco y mantener vivo a tu público. Cosa que en estos momentos de pandemia, por supuesto, es imposible para todos… Pero ese no es el motivo por el cual yo me dedico a otras cosas, sino debido a mi curiosidad, me interesa aprender, me gusta mucho escribir. Me he dedicado al tema del patrimonio inmaterial y ahora hago un magister sobre el canto de las mujeres aymara. No sirvo para vivir solo en referencia a mi propia producción. Creo que ambas actividades se retroalimentan mutuamente. Ser periodista me ayuda a visualizar y comunicar mi propuesta. La música te ayuda a vivir la vida más plenamente. La investigación etnomusicológica, te ayuda a entender su sentido cultural y trascendente.

¿Cómo sobrevive el oficio cantautoral en el marco de las crisis social y sanitaria que hemos vivido durante los últimos 7 meses en Chile? ¿Qué cambia al enfrentarse a la creación, a la gestión y a la difusión de tu proyecto en este contexto?

-lnternet, que ya estaba ganando mucho terreno a la presencialidad, se vuelve la única opción para todos.  En ese sentido, somos privilegiados porque nuestra creación es intangible y móvil.  En el caso mío, como bien sabes, tuvimos que suspender el lanzamiento de mi quinto disco, Porvenir.  Estamos realizando una entrega por singles en Spotify,  como lo hicimos con el primer tema Sangre en el Ojo, sobre las víctimas de trauma ocular, acompañado de un registro realizado en noviembre en las manifestaciones frente al GAM. El segundo single, que presentaremos durante abril, se llama Porvenir y espera entregar un poco de luz en la pandemia y el encierro. Entre medio presentamos otra vertiente de mi trabajo, con el proyecto Ruge, junto al músico electrónico Renzo Torti-Forno, con el tema Scoppio, una alusión intimista al estallido social que sintoniza también con el momento crítico que vivimos y el inexorable cambio que trae, marcando un antes y un después en orden mundial. Respecto de la creación, no cambia tanto, siempre he sido una persona que me aíslo mucho para crear, leer, escribir, hacer música y siempre he trabajado a distancia intercambiando ideas, letras, bases, maquetas. Claro que grabar instrumentos y voces requiere presencialidad, el contacto personal, la retroalimentación emocional, la dirección del productor musical en el estudio. Eso queda stand by por ahora.

En ese mismo sentido ¿Cuál crees que es el rol y el valor de la cultura en general y de la canción en particular en tiempos de crisis? ¿Cómo se inserta el primer single de tu próximo disco, Sangre en el ojo, allí?

-Yo creo que los artistas tenemos que ser canales y la mayoría no lo son. Tenemos que ser capaces de absorber, interpretar y a la vez canalizar las señales, ideas y emociones de nuestro tiempo-espacio. Que no es lo mismo que utilizar las luchas y las causas como marketing. Creo que esto último ha abundado bastante en ese contexto. Los músicos suelen mirarse mucho el ombligo y profundizar poco en el mundo que les rodea. En esa lógica Sangre en el ojo fue una necesidad emocional. Me afectó mucho desde que supe del primer caso. Escribí la canción una noche y la grabé al día siguiente. No podía seguir sin por lo menos rendir un homenaje a estos jóvenes que perdieron los ojos, lo que me parece muy simbólico de la ceguera del propio movimiento social que, en mi opinión, fue utilizado y desvirtuado en demasía. Creo que ha habido muy poca lucidez en la defensa de lo inorgánico y sin liderazgo frente a un Estado que posee una maquinaria para reprimir y manipular. Después seguí participando con la coordinadora de víctimas de trauma ocular, conocí a los chicos, les canté la canción. Ha sido, sigue siendo, una experiencia que me ayuda a no perder el foco (otra metáfora).

Diría que tu trabajo tiene la virtuosa habilidad de sumergirse por igual en el mundo de la observación curiosa del acontecer social y en el de la introspección. ¿Qué hay de eso en tu próximo disco Porvenir?

-Casi nunca he escrito canciones sobre el acontecer social y, si lo he hecho, ha sido desde la vivencia personal de esos aconteceres. Me interesan las historias mínimas, la intimidad, la sugerencia, la poesía.  Sangre en el ojo es la única canción contingente de Porvenir y en el trabajo electrónico también se están asociando temas contingentes. Pero siempre desde las imágenes y el intimismo.  Es que hoy es imposible que algo escape al momento tan límite y dramático que estamos viviendo

Has estado trabajando, además, en un proyecto de corte más experimental y paralelo a tu carrera solista, con una sonoridad que se acerca a tu primer disco de 1999. ¿Qué hay de ello y cómo se enmarca o desmarca de Porvenir?

-Es un trabajo en paralelo, me gusta mucho lo de experimentar con el timbre de la voz sobre las atmósferas electrónicas, para hacer una canción. Hace mucho tiempo que tenía ganas de volver a hacerlo, como con Fe Ciega, pero no encontraba la socia o el socio disponible para eso. Que concordáramos, que tuviéramos la disposición, que me gustara su trabajo, etcétera. Son muchas cosas que tienen que darse. Estamos comenzando este proyecto con Renzo Torti-Forno. Le denominamos proyecto Ruge, por una razón netamente sonora. La doble r que se forma con la primera letra de nuestros respectivos nombres. Eso Ruge.

En pocas palabras

Un disco chileno: City Tour – Los mismos (1998)

Un disco extranjero: Horses – Patti Smith (1975)

Una mujer notable: Anne Chapman

Un libro de cabecera: Hotel Nube, de Jorge Tellier

Un lugar: Porvenir

Un recuerdo: Con mi madre de niña en la tina

Un deseo: Que podamos entender como humanidad que nosotros no somos los amos de la naturaleza

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