Ritos de horror y retorno

Volver a los ritos abre nuevas posibilidades. Desde el horror nos escribe Francisca Salas.
Por: Francisca Salas Vicencio
Pasante Escuela de Crítica de Valparaíso

Este año retomé mi costumbre de ver una película de horror al día durante el mes de octubre. Comencé con esto cuando estaba en la universidad y lo he mantenido año tras año, como excusa para descubrir y redescubrir películas. Como espectadora el horror me intriga, y como cineasta me causa fascinación: ofrece un espacio de experimentación formal e ingenio discursivo. Estas películas son irreverentes, pero también lúdicas y audiovisualmente pregnantes, y es por eso cada año vuelvo a visitarlas. En rigor, esto es un rito.

Para el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, los ritos son acciones simbólicas que, al reiterarse, liberan al mundo de su contingencia y le otorgan permanencia. Así, el rito transforma el “estar en el mundo” en un “estar en casa”. Sin el desconcierto del primer encuentro, lo ritual hace del mundo un lugar fiable. Para mi, el horror es un lugar fiable.

Sin embargo, en octubre del año pasado el estallido social provocó un quiebre que me obligó a frenar mis visionados. La angustia de la contingencia no me permitía ver películas. En realidad, cualquier actividad que implicara escapismo me causaba una sensación de culpa; no quería escuchar música ni leer libros. Hundirme en la inquietud me abrumaba, pero huir de ella también. Sin más, las películas de horror habían dejado de ser un lugar seguro, y la realidad se había convertido en algo aterrador. La torre fulminada por el rayo.

Un año más tarde, me propuse retomar el rito. Seleccioné únicamente títulos que nunca había visto y le di prioridad a películas antiguas, de los 70’ o anteriores. Cine retro. La experiencia fue como sentir la calma luego de un año de tormenta; el regreso a un lugar personal involuntariamente postergado. Una suerte de retrogradación, como ocurre en astronomía cuando un planeta parece retroceder desde su órbita. Según la metáfora astrológica, esto corresponde a un periodo de revisión en torno a temáticas ocultas en nuestras profundidades. La retrogradación es necesaria para seguir avanzando. Pensaba en eso y apenas me percataba de algo sugerente: las tres películas que más resonaron conmigo compartían precisamente la temática del retorno.

La cinta más reciente que llamó mi atención fue Daughters of Darkness, una producción belga de 1971 dirigida por Harry Kümel y basada vagamente en la historia real de la infame condesa húngara Erzsébet Báthory (1560 – 1614), quien, impulsada por el afán de mantener su juventud, se daba baños de sangre. Báthory fue acusada y condenada por 650 muertes, lo cual la convierte en la mujer más mortífera de la historia, y también destaca por ser una descendiente de Vlad Tepes, “el Empalador”, que a su vez inspiraría al mítico conde Drácula. Se han realizado diversas películas acerca de la “condesa sangrienta”, pero la aquí mencionada destaca por su delicada estética. Delphine Seyrig interpreta a una villana misteriosa cuya presencia es reminiscente a la eterna Marlene Dietrich, y aunque el personaje parece existir en un permanente estado de no-muerte, su condición vampírica nunca queda del todo clara.

El factor sobrenatural queda en duda, sin embargo la naturaleza perversa de la condesa es incuestionable. El peligro diabólico no existe, o quizás sí, pero el caso es que la pareja de víctimas está atrapada en un cruel juego de seducción que de una u otra manera responde a un rito ancestral: el conserje del hotel señala que esa mujer ya había sido una huésped cuarenta años atrás, y entonces lucía exactamente igual que en el presente. La sed siempre retorna a su origen, y el juego erótico, con sus reglas implícitas, es un rito por excelencia.

La temática del retorno adopta un matiz más perturbador en Tokaido Yotsuya kaidan (1959), o The Ghost of Yotsuya, del director japonés Nobuo Nakagawa. Esta cinta es la adaptación más influyente de la obra kabuki escrita por Nanboku Tsuruya en el siglo XIX. En esta historia, Iemon (Shigeru Amachi), un samurai oportunista y despiadado asesina a su propia mujer, Oiwa (Katsuko Wakasugi), en circunstancias que aparentan un adulterio, con el fin de contraer matrimonio con una mujer de mayor status. No obstante, el horror se desata cuando el fantasma de Oiwa reaparece como un demonio desfigurado para atormentar a Iemon y conducirlo a la locura. Aquí, la visión oriental vincula la idea venganza con los conceptos de honor y linaje; por lo tanto adquiere un matiz ritual. La obra de Nakagawa, que a pesar de sus años no luce para nada “retro”, inaugura una tradición de películas de tono sobrenatural cuyos relatos vengativos giran en torno a la lujuria y la brutalidad. Particularmente, las películas sobre mujeres que cobran venganza “post-mortem” aparecen en cintas tan conocidas como Kuroneko (1968) de Kaneto Shindo o la duología de Lady Snowblood (1973) de Toshiya Fujita, que tan fuertemente inspiró a Kill Bill. Por otra parte, el aspecto visual de Yotsuya, cuyas composiciones a todo color se inspiran en las obras pictóricas de la escuela de Utagawa, han marcado la pauta para la estética de títulos contemporáneos tan relevantes como Ringu (1998) de Hideo Nakata.

Finalmente, el asunto de la venganza también aparece en la película italiana La maschera del demonio (1960) de Mario Bava, más conocida como Black Sunday. En este relato situado en Moldavia, el espíritu de una bruja regresa para cobrar venganza luego de haber sido brutalmente ejecutada durante la Inquisición. Para cumplir con su anunciado maleficio, Asa Vajda (Barbara Steele) no sólo se sobrepone a los símbolos cristianos que retienen la liberación de su alma, sino que además debe luchar contra la putrefacción de su propio cuerpo; y pretende hacerlo drenando completamente la vida de Katia, su idéntica descendiente. Sin duda, la escena inicial es la más hermosa, impactante y duradera desde un punto de vista cinematográfico: antes de quemarla en la hoguera, el verdugo coloca sobre el rostro de la joven bruja una máscara de metal con puntas afiladas por dentro. Al martillarla, el espíritu de Asa queda sellado para siempre; eso hasta que su tumba es profanada dos siglos después. La máscara como símbolo de una maldición pagana que sigue latente y amenaza con volver para recobrar su dosis de sufrimiento y rencor. Es el retorno de una sentencia, o el fantasma de aquel femicidio ejecutado “en nombre de Dios” y que en el fondo responde a una disputa ideológica. La muerte, como puesta en escena, es un rito religioso.

En retrospectiva, las películas que vi en octubre fueron un retorno a mi práctica ritual y me hablaron como una serie de cartas desplegadas en un pañuelo. En muchos sentidos, este ha sido un año de retrogradación; los seres sempiternos repiten discursos añejos, los muertos se levantan de sus tumbas y las antiguas profecías se cumplen. Pero también hay cambios en desarrollo. Cada cierto tiempo, es oportuno ahondar en las profundidades, individuales y colectivas, y despejar asuntos pendientes. Detenerse y mirar atrás es un ejercicio necesario para avanzar, y quizás valga la pena preguntarse qué queda por revisar durante estos tiempos de pandemia post-estallido. Qué ritos hemos creado, cuáles hemos retomado y cuáles hemos, en definitiva, eliminado de nuestras vidas.

Hilo de Twitter con todas las películas que vi en octubre:
https://twitter.com/breakercolours/status/1311468925008384000

Comenta desde Facebook

Comentarios

0 replies on “Ritos de horror y retorno”