Reflexión en torno a En el regazo de Belcebú de Cristián Geisse Navarro

Balmaceda Arte Joven

En el regazo de Belcebú

Editado por Perro de Puerto

Nuevamente uno queda perturbado al leer esta segunda entrega de Cristián Geisse a través de Perro de Puerto. Ya el 2009 ¿Has visto un dios morir? pasó por las manos de selectos lectores, que al igual que al ñache, eran invitados por otros privilegiados. Se propago furtivamente, de mano en mano, teniendo éxito al menos en las conversaciones de escaleras. El 2011 se dio a luz otros seis cuentos que dejan con resaca, y que generan el mismo desasosiego incómodo, tal como el paseo de alguien sobrio por Valpo a la 6 am el primero de enero.
En el Regazo de Belcebú es un libro de formato pequeño -especial para el bolsillo, el banano o el morral- recomendable para no llevarlo a la playa, ni al parque, ya que puede embarrarle el día. Lo que no quiere decir que esté mal escrito, o que genere repulsión su ficción, sino más bien lo enfrentará a una delirante realidad, a esa que el Marambio bien tuvo que aprender a sufrir… y es que en algún momento, en algún punto exacto de la vida… se jode todo.
En los seis cuentos nos encontramos con algún vicio que gatilla la podredumbre: El Duende nos presenta el Tonaril, y su alucinación inquietante. ¿Has visto un dios morir? el ñache, y la alucinación colectiva. Marambio sufre de todos los vicios, pero sin duda el suyo es el rechazo así mismo. La Negra ofrece la yerba maldita, esa que deja a las bestias más bonitas pero enviciadas, tristonas, tiritonas y agresivas. El Cachúo consecuencia clara del chimbombo. Y por último, Nefilim nos narra la herencia de la maldición de haber sucumbido al poder.
Esto relatos comparten tipos de personajes, paisajes y temáticas: El resto, el daño colateral, las víctimas del proyecto moderno. Este margen es el que genera desosiego, pues se observa una nula pulcritud con respecto a la norma, que a la vez está distorsionadamente conectada con las virtudes que el sistema socio-cultural espera formar: inconformismo, orgullo, placer por la posesión.
Son personajes que huyen, escapan del encierro del sistema del que han sido víctimas, pero tarde o temprano son capturados. Es que nadie se escapa del cola’e flecha, eso bien lo supo Marambio, se podría apostar que escuchó las pisadas tras él, en todos los barrios que deambuló buscando el sonido de Quasimodo. O el duende que ni imagina que él sea su propia desdicha. O el tata, quien a pesar de no buscarlo, Mefistófeles supo presentársele como el fin de un cosmos. O Ignacio y la maldición heredada del afán de poder. Quizás la negra fue solo una herramienta para explicitar el fracaso moderno, el fracaso social que deviene de la urbanización y de la ruptura del vínculo con la naturaleza. Belcebú conoce el modo de atraer, es el perseguidor perseguido… todos persiguen al Cachúo, pero nadie nunca lo quiere ver.
El deambular como constante, hace del paisaje un punto que llama la atención en las narraciónes. Cada ciudad puede ser todas las ciudades, el retrato del barrio bajo, del lumpen, los hedores, los colores grisáceos, el olor a meao y vómito está donde hay hombre. Arica, Valparaíso, Vicuña, Santiago, da lo mismo, todo lugar es potencialmente una guarida de truhanes. Cabe destacar que a pesar de estar escrito con el ojo puesto en este paisaje, en este resto social el lenguaje utilizado no es completamente propio del bajo fondo, pero es una buena transposición, pues genera una apariencia marginal con una profundidad de fondo que supera la forma.
Disponible en cunetas, puestos con patentes y sin patentes, es un buen regalo. Buena manufactura y mejor contenido, no intente esquivar a Belcebú… no vaya a ser que se encuentre con una ingrata sorpresa.

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