Recordando al poeta de la frontera

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Por Carolina Torres (Fotografías: Julia Toro, de su libro Imágenes).

Hace 19 años Jorge Teillier se llevó los poemas que nunca escribió, las visiones de pueblos fantasmas y la ternura de añorar el sol de otra época. Fue un 22 de abril de 1996 en el Hospital Gustavo Fricke. Luego de una semana internado debido al deterioro de su hígado, cuantioso testigo de una mortalidad no versada, el poeta de la frontera se despidió del mundo, de la memoria y de la nostalgia.

Un par de años antes le había hecho saber a su amigo y también escritor Francisco Véjar, a manera de augurio: “Debes entender que yo ya no estoy en el mundo.” Pero, a pesar de su temprana huída y de la tormentosa adicción al alcohol que lo terminó convirtiendo en un sigiloso suicida, su lucidez y sensibilidad literaria nos dejó indagando en su memoria, en la sencillez de lo cotidiano y en las visiones que esperaba con resquemor, porque a palabras del mismo Jorge, sentía una nostalgia del futuro, “de lo que no nos ha pasado pero debiera pasarnos.”

¿Y qué es aquello que debiera pasarnos? Quizás la visión de una nube sobre un cielo contaminado; descansar bajo la sombra de árboles hoy caídos; caminar despacio y sin prisa, sin detenerse a mirar las manecillas del reloj; sentir nuevamente la tierra sobre las manos o seguir jugando sobre la mesa en las fiestas familiares. Tanto “debería” que quedó inconcluso o en los recuerdos ausentes convertidos en poesía.

Jorge Teillier se convirtió en el poeta del lar, de la edad de oro y de los dominios perdidos. De una frontera que se convierte en utopía.

Navegante de sí mismo en busca de las huellas de quienes partieron antes. Su poesía conecta con la sencillez de la palabra y de vivir. Es una constante invitación a soñar y a la vez, a estar más despiertos, sintiendo todo lo que nos rodea.

Ya han pasado casi 20 años desde que el poeta marcó los pasos desde Lautaro hasta inspirar los últimos poemas en el molino del ingenio, junto a su gato Pedro y sus innumerables nostalgias.

El día que murió renacieron los pueblos fantasmas y las raíces del bosque se acoplaron a uno de sus poemas:

Para hablar con los muertos
hay que saber esperar: ellos son miedosos

como los primeros pasos de un niño.

Pero si tenemos paciencia
un día nos responderán
con una hoja de álamo atrapada por un espejo roto,

con una llama de súbito reanimada en la chimenea.

 

 

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