¿Qué espacio ocupa la otra mitad del mundo?

Por: Carolina Ibarra Peña*

Desde el comienzo de la humanidad las mujeres hemos sido la mitad del mundo. La mitad de la población. O la otra mitad. Pero siempre se nos ha relegado al espacio de la minoría.  

Mi mamá me cuenta que cuando yo era niña, agarraba un libro, un gran volumen que se titulaba Historia General de Chile, de quién sabe qué autor y que pasaba mis veranos leyendo hitos, o pasajes de la “Historia de este país. Recuerdo súper feliz cuando me encontré con la Javiera Carrera y la Sargento Candelaria, porque eran mujeres, en un libro en que solo había hombres. Pero esto no adquirió significado para mi sino hasta más adelante.  

Cuando crecí estudié Historia. Me interesé en la Microhistoria, en la Historia Regional. Me maravillé en mi segundo año de Universidad, cuando conocí una forma de hacer Historia (con mayúscula, la que se escribe, la que perdura, la trascendente), que tuviera como tema central, las clases menos favorecidas, las clases oprimidas, o la gente común.  

Desde ahí comenzó a ser mi campo de investigación: rescaté memorias de barrios, escribí sobre la infancia, escribí sobre la clase obrera, sobre precariedad. Sin embargo, mis temas de investigación tuvieron siempre esa mirada masculina  o  masculinista, solapada, no declarada, no cuestionada, ni siquiera pensada. Estudiaba historia, más por gusto que por convicción política y en cada texto iba quedando plasmada mi formación realizada por varones. Lo que aprendí de la Historia en todo este tiempo, desde que era una niña hasta mi formación en la Universidad, es que las mujeres no aparecemos en ella, o si lo hacemos, estamos reivindicadas por alguna excepción que es una mujer ocupando el espacio de los hombres.  

Gerda Lerner, propone en “La creación del patriarcado”, la necesidad de hacer una Historia de las mujeres, con nuestras propias categorías de entendimiento, porque siempre hemos estado aquí, siempre hemos sido la mitad, hemos tenido un importante papel transmitiendo la cultura, pero al tener sentido de minoría, por la forma en que hemos ido adquiriendo plenos derechos, es menester organizar la lucha para conseguir estos derechos.  

Como historiadora, estoy consciente de lo que significa escribir Historia en un espacio ocupado mayoritariamente por hombres. También, desde el campo de estudio disciplinar, comprendo la forma en que el espacio se ha ido ocupando progresivamente por nosotras.  

En este sentido, es la utilización de ese espacio, la visibilización que hacemos de nosotras, de nuestros problemas, de la violencia y de los contrasentidos que tiene ser mujer en esta sociedad, lo que se transforma en el punto que aglutina una lucha colectiva que permea el espacio, e irrumpe en la ciudad en forma de marchas. Durante mucho tiempo se ha tendido a explicar el espacio como algo vacío y neutral, que está listo para ser llenado, por cuerpos y objetos. De esta forma, el espacio es inmutable y definitivo. Siendo de esta forma las mujeres las que hemos estado fuera de él, por omisión, no por un sentido político. Henri Lefebvre entiende esta situación más como una ideología que como un error, por la imposición de una visión de la realidad social y de la imposición de una determinada relación de poder.  

Así entonces, el espacio no es producto social, sino un resultado de la acción social. Los varones, relacionándose en el espacio público, en la calle, en el espacio político, en el espacio social, lo toman y lo controlan. Por eso, en la Historia, las mujeres que han realizado a misma acción, han destacado entre sus pares, pero sin cambiar la relación de poder, manteniendo la inmutabilidad de este espacio, puesto que la práctica social no ha sido la de feminizar el espacio.  

Hoy como mujeres, intervenimos en la producción de él. El espacio no es solo soporte de nuestras demandas, sino que es nuestro campo de acción. La marcha, nos permite cambiar las concepciones del espacio, nos permite vincular esta realidad cotidiana (el tiempo presente) con la realidad urbana (los nodos, puntos de encuentro), modificando la interacción que generamos con el espacio ocupado, tensionando lo simbólico dentro de la experiencia material, buscando nuevas formas para recrear la realidad espacial.  

Cuando se encuentran el espacio producido (por lo masculino), se une a la práctica o a la acción social, y se construye una nueva representación sobre el espacio habitado, podemos, en palabras de LeFebvre, “captar la experiencia cambiante de lo espacial”. Intervenir en el espacio, mutar su ideología, nos permite generar nuevas vinculaciones con él, cambiar las relaciones de poder. De esta manera, podremos construir una nueva Historia, donde las mujeres tengamos nuestra manera de estar en ellas, desde la concepción del “ser mujer”.  

No nacimos siendo mujeres feministas. No nacimos pensando como mujeres. Un día nos pusieron un vestido, nos lanzaron a la calle y aprendimos todo esto que llevamos como marca cultural, que nos hace distinguirnos de un otro, masculino, que por derecho natural, le ha correspondido el espacio que hoy luchamos por ganar, se trata justamente de una reivindicación desde la acción social. La marcha, la experiencia social, nos permite apropiarnos de lo que nunca hemos tenido, nos permite desplazar a lo masculino del espacio, intervenir en la producción del mismo cambiando las relaciones sociales, forjando otras nuevas, donde seamos efectivamente la mitad del mundo, y donde otras niñas crezcan leyendo libros de Historia en donde las mujeres tengamos el rol que hoy luchamos por construir.  


*Carolina Ibarra Peña. Profesora de Historia PUCV, Magíster en Historia PUCV, Doctoranda en Historia por la Universidad de Valladolid. 

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