Pueblo del mal amor

Pueblo del mal amor La Peste Foto Rens Veninga

Foto: Rens Veninga

Por Hilda Pabst

La epopeya contemporánea de los que murieron por un lugar donde vivir.

Todo está mal. Desde un principio. Claro que todo empieza en el final. Están todos muertos y la atmósfera exuda fatalidad. El acertado universo sonoro del montaje así lo corrobora cada tanto y se conjuga magníficamente con una musicalización que alivia a momentos tanta fatalidad. Es una tragedia cotidiana. El caos es su signo. El final relata el principio: “Vivían en

un país duro de norte y verde de sur; un país con lagos, lluvias y volcanes… un país que tenía un corazón grande loco y triste”… Poética hasta el escalofrío. Descarnada hasta las lágrimas.

Pero seamos justos, esto es un mérito rotundo del dramaturgo. Uno de los grandes que ha parido esta tierra (Premio Nacional de las Artes de la Representación 2011), Juan Radrigán, con su artillería literaria. Con la injusticia y la dignidad como el corazón de su dramaturgia.

La historia proviene del abultado catálogo de “hechos reales” de la crónica roja de nuestro país. Y si bien se basa en un suceso acontecido en los oscuros ’80 (1982), tiene símiles en cada población, toma, campamento u ocupación que podamos imaginar hoy día.

Erradicados, como se diría en los ’80. Un pueblo expulsado de “un cochino hacinamiento de tablas, latas y cartones”, lanzado a un peladero sin vida y sometido a errar buscando un lugar para aferrarse. Y la madeja se desenrolla hacia atrás reconstituyendo el indigno calvario de los personajes.

Muy al estilo bíblico y sarcástico de Radrigán, donde los “protagónicos” (si se les puede decir así, pues de algún modo, todos lo son) se llaman Moisés y David. Estos son los caudillos, el resto pugna por sobrevivir a un destino que se anuncia feroz desde siempre. Sólo quedará Vicente como cronista para testimoniar el infausto destino que enfrentará las dos posturas atávicas de los pobres: esperar mendigando o tomar la acción y abalanzarse para luchar (y casi siempre ser masacrados).

El trabajo escénico de La Peste se construye desde la fidelidad a un texto que lo merece con excedentes. El diseño escenográfico y de iluminación aporta al ambiente la mezcla perfecta de crudeza, abandono y fragilidad. Recursos simples, muy bien utilizados en los momentos precisos, reflejando la ruda materialidad de este pueblo despojado: la aridez de la tierra, lo lúgubre de las ampolletas, los destellos de luz ensangrentada, la penumbra, un paisaje vacío, el abandono…

El elenco es de lujo. Sin embargo queda la sensación de que no se exprimió todo su potencial, la dirección pareciera sucumbir ante ciertos clichés actorales y algunos intérpretes repiten una especie de fraseo sufriente y desgarrado, que redunda sobre toda una puesta en escena y un texto que ya hablan casi sin tregua del sufrimiento y el desgarro.

Cierto es que el desafío de montar un texto tan intenso y lírico como Pueblo del mal amor, tiene carácter de hazaña, pero también es cierto que ese texto es un regalo espléndido; sostenerlo durante las dos horas que dura el montaje, sin duda, requiere coraje escénico y los chicos de La Peste claramente lo tienen. Lo que se extraña es el riesgo incendiario de buscar más hondo en la interpretación, salir del canon y recorrer otros registros de la palabra, pues como aúlla el propio texto de Radrigán: “Las palabras son comob las piedras, una vez lanzadas no pueden retrocederse”.

El escenario es un lugar donde el intérprete se vuelve transparente y si la intensidad de lo dicho no coincide con lo que el actor construye dentro de sí, lo que se proyecta es bueno, malo o lo que sea, pero no es verdadero (hablo de verdad escénica y no de una verdad realista, por cierto). Y ese, sin duda, es un mérito que escapa al texto y que radica en los actores y por sobre todo en el director, considerando que, difícilmente, un texto como el de Pueblo… puede quedar mal parado en una puesta en escena. Había entonces que jugársela por hacerle honor al desafío y aquí es donde se abalanza la duda.

Además, no se trata de un ejercicio de principiantes. Se trata de una compañía con una nutrida trayectoria, de un elenco potente y consolidado, dieciséis actores de las mejores cepas de la zona central. ¿Acaso podríamos haber esperado un poco más? Todo lo anterior indica que sí, que podría perfectamente haber sido “una marea deslumbrante e indetenible”.

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*Nuevas funciones: viernes 23, sábado 24 y domingo 25 de mayo / 20.00h / Teatro del Parque Cultural de Valparaíso / $3.000general y $2.000 estudiantes y tercera edad / Reservas en el teléfono (09) 51797612 / Más información en www.teatrolapeste.cl, en el correo teatrolapeste@gmail.com, y en el Facebook teatro.lapeste y el Twitter @teatrolapeste.

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