Presentan libro “Refugio de científicos” que narra la historia del edificio Severín

El miércoles 11 de junio a las 18 horas en el Centex, los premios nacionales Eduardo Cavieres (Historia) y Agustín Squella (Humanidades) presentarán el libro “Refugio de científicos”. La publicación del Centro Interdisciplinario de Neurociencia de Valparaíso narra la historia del edificio Severín ubicado en el barrio porteño de La Matriz, y cómo la historia de la ciudad se enlaza con la de la ciencia.

La Juguera Magazine publica aquí y en exclusiva, un anticipo del libro con prólogo de Ramón Latorre, Premio Nacional de Ciencias Naturales 2002 y Director del CINV.

portadaPor Ramón Latorre*

Este libro trata de la historia del hoy llamado edificio Severín desde sus religiosos comienzos y nos lleva de la mano a lo largo de su curioso y apasionante pasado, tan lleno de fuego y movimientos telúricos. este recorrido demuestra que se puede vivir de los sueños y que solo ellos son capaces de recuperar los espacios más preciados de nuestro querido puerto, de nuestro patrimonio, para la ciencia, las humanidades y el arte.

Nuestra Señoora de las Mercedes fue la primera en llegar al barrio en 1548 cuando este no era mas que una caleta, la de Quintil. El irresistible encanto de la madona hizo que el más grande de los corsarios, sir Francis Drake, le quitara sus vinajeras y su cáliz de plata. Luego llegaron los agustinos, los franciscanos, los mercedarios y los jesuitas, quienes construyeron sus respectivas residencias en la parte de atrás de la capilla, que ya en 1822 era conocida como iglesia de La Matriz. Los jesuitas se instalan en Valparaíso alrededor de 1659 y varios años más tarde erigen su casa en el barrio de La Matriz, pero la caprichosa naturaleza de este largo país nuestro se la bota durante uno de los tantos terremotos que ha sufrido el puerto.

Terremotos e incendios destruyeron los sucesivos edificios que se fueron levantando en ese lugar, donde se celebraron por primera vez las sobrias eucaristías de los jesuitas y donde, después de su etapa como convento, también se oyeron las primeras voces de nuestra democracia. Quizás por lo complicado de su geografía, este país crea complicados ciudadanos capaces de transformar un congreso en cuartel y un cuartel en comisaría. Y nuevamente incendios y más terremotos, hasta que hoy, desde sus mismos cimientos y sus fachadas con olor a humo, unos científicos convertidos en arqueólogos tratan de recuperar de este así llamado edificio Severin las sabias voces de los jesuitas y los gritos libertarios de nuestros primeros demócratas. Ese es el afán de un grupo de neurobiólogos, convencidos, porque sueñan con lo imposible, que es posible recuperar en todo su esplendor la belleza que todavía encierra el Barrio Puerto, el Puerto Viejo, el puerto de Neruda:

Valparaíso, qué disparate eres.

Y qué mejor que clavar en este barrio de La Matriz, como una espada, a las espaldas del templo del mismo nombre, un lugar de investigación científica: el Centro Interdisciplinario de Neurociencia de Valparaíso, en donde nuevamente se sienta el ronroneo de los cerebros, como quizás se escuchó cuando el convento de los jesuitas dio cobijo al padre de la ciencia chilena, el abate Molina. Sin embargo, a diferencia de la apresurada partida de nuestro abate, este centro, que se levantara? en el corazón de Valparaíso, pretende quedarse como un faro, proyectando conocimiento al futuro y llevando la ciencia a todos nuestros ciudadanos.

*Premio Nacional de Ciencias Naturales 2002 / Director del Centro Interdisciplinario de Neurociencia de Valparaíso de la Universidad de Valparaíso.

Ilustración: Cristián Olivos

Ilustración: Cristián Olivos

Extracto Capítulo 1:

Encuentro entre ciencia, historia y país

A un costado de la histórica iglesia de La Matriz, una calle de adoquines serpentea suavemente hacia el cerro. Al fondo, ante una plazuela en la que crece un plátano oriental, se alzan los restos de un edificio. En diciembre de 2004 un incendio lo arraso? por completo, dejando en pie apenas la fachada, aunque el abandono había ido corroyendo sus cimientos desde hacía tiempo. Ahora, cuando en invierno la humedad y el viento arrecian, sus maderas ennegrecidas crujen y el adobe de sus murallas se desmigaja. Mirando a la calle Severin a través de las pocas ventanas que le quedan sin tapiar, le resulta difícil no dejarse invadir por la nostalgia de que el tiempo pasado siempre fue mejor. Pero falta poco para que eso cambie. Como viene ocurriendo prácticamente desde su primera construcción, hace más de doscientos cincuenta años, ese edificio ha vuelto a encontrar un destino.

Por el puerto había empezado a correr la voz de que había un sitio en muy mal estado, pero que tenía muy buena historia. De inmediato surgieron varias propuestas para ocuparlo: la instalación de los institutos Goethe y Chileno France?s, Sernatur y el Consejo Nacional de Monumentos Nacionales, pero nadie pareció a decidirse. Entre los que recibieron el aviso, se contaba también el director del Centro Interdisciplinario de Neurociencia de Valparaíso, Ramón Latorre. La noticia le había llegado desde el departamento de Relaciones Públicas de la universidad al saber que el equipo de científicos, para avanzar en su labor, requería de nuevas infraestructuras. Su actual ubicación en las casonas de Playa Ancha proyectadas por el arquitecto Orlando Harrington era privilegiada desde el punto de vista este?tico y patrimonial, pero desde el punto de vista de la ciencia no resultaba conveniente debido a que no permitía la instalación de laboratorios, ya que en ningún caso habían sido concebidas para alojar un instituto de investigación científica.

Ilustración: Cristián Olivos

Ilustración: Cristián Olivos

Fue un largo proceso. Latorre llevaba un año peregrinando de un emplazamiento a otro sin que ninguna de las posibles propuestas se concretara. No era tan evidente encontrar una sede que pudiera alojar a todo el equipo del centro, un plantel que con el paso del tiempo se volvía cada vez más numeroso y que en la actualidad estaba compuesto por un total de ciento treinta personas entre científicos, estudiantes de pre y postgrado y técnicos. Resultaba indispensable que las instalaciones dispusieran de las condiciones adecuadas, que los despachos, laboratorios y bioterios, las salas de conferencias y las herramientas tecnológicas contaran con unos requisitos mínimos de tamaño y de calidad y que su localización constituyera un aporte en la recuperación de un barrio, como había ocurrido en el pasaje Harrington. En ese momento, los espacios de investigación se encontraban en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Valparaíso, un lugar que había sido diseñado décadas antes para este propósito y que se había ido adaptando como había podido a su función presente, pero que sufría periódicamente inundaciones y cortes de luz. Incluso a un costado del edificio aún era posible apreciar los balazos fruto de los enfrentamientos entre profesores y militares en la época de la dictadura. Los científicos del CINV habían logrado sacar adelante el trabajo en esas circunstancias, sí, pero no eran las idóneas.

Por eso, cuando a Latorre le llegó el dato, no quiso crearse muchas expectativas. De inmediato pensó en el monto de la inversión, en los largos plazos burocráticos, en las desilusiones pasadas. Hasta que lo vio y supo que ese era el lugar. Y se encargó de transmitírselo a las muchas personas ante las que le tocó presentar el proyecto hasta convencerles de ello: de que aquella era la ubicación más conveniente, el punto perfecto de encuentro entre hacer ciencia y hacer país.

 

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