¿Por qué marchamos? Un manifiesto afectivo para este 8M 2020

Nos emociona todo lo que ha logrado el feminismo en lo que va del siglo XX en Valparaíso, en Chile, en Wallmapu. Nos emociona ver a personas jóvenes firmes en su desobediencia al hetropatriarcado colonial. Por eso quisimos escribir este manifiesto afectivo y contar nuestra historia con el feminismo, como revista y a modo personal. Sabemos que compartir experiencias es poderoso y esperamos que nuestra reflexión motive a otras/es a movilizar el alma y el cuerpo.


Una mujer que escribe tiene poder y una mujer con poder es temida”.

Gloria E. Anzaldúa

Por Montserrat Madariaga y Alejandra Delgado

La Huelga y Marcha Feminista convocada por la Coordinadora Feminista 8M se ha vuelto un “tema-país”. Los medios, el Congreso, las autoridades, los tribunales, todos los poderes del Estado están al tanto (muchxs de seguro asustados) de que les feministas se van a tomar las calles. Porque es innegable que hicimos historia el 8M de 2019. Y sí, es cierto, todavía falta que muchas personas genuinamente -recalcamos, genuinamente no por oportunismo- comprendan que los abusos de este Estado-Nación colonial y neoliberal son también violencias patriarcales, y que nos oprimen a todes pero no por igual. Porque para el sistema de salud, el sistema de pensiones, la educación, para los parámetros de “normalidad” de la sociedad chilena no es lo mismo ser o verse como un hombre heterosexual y cis, que ser un hombre trans. No es lo mismo ser una mujer “cara de nana” que ser “cuica”. No es lo mismo ser el gay “amigo de las mujeres”, que ser la lesbiana del barrio. No es lo mismo tener un cuerpo “sano” que ser coja o bipolar. Y no es lo mismo tener la piel clara o tenerla oscura.

El feminismo que ha difundido la Coordinadora es sanador para todas las vidas en este territorio, incluyendo las vidas no humanas. Es antirracista, anticlasista, antiespecista y anti-capacitismo, va en contra de los valores patriarcales que aseguraron el camino a un Estado violador y opresor de todo un pueblo, pero sobre todo de mujeres y personas no-binarias. Por esto, queremos compartir nuestro camino y nuestro sentir, situado en nuestro territorio geográfico y corporal, porque sabemos que el feminismo puede ser más contagioso que el coronavirus cuando no nos sentimos solas/les, cuando somos capaces de reconocernos en otras/es y capaces de abrazar las diferencias, nuestras contradicciones y transformaciones. 

Nuestro camino

Comenzamos a acercarnos al feminismo en 2013, año en que comenzamos la revista. En Valparaíso ya existían múltiples colectivas y voces feministas como Pan y Rosas, La Huacha Feminista, Lupitas del Sur, Pewvley taiñ rakizuam, y el Observatorio Virtual Mujeres y Medios, entre otras. Sentíamos que existía una efervescencia feminista que se había tomado las calles, las plazas, los bares porteños. Estaba en el under y en la superficie visible del espacio público, pero al mismo tiempo, hablar de feminismo seguía siendo un tabú en muchas circunstancias. Esta contradicción latente nos perturbaba. En un ambiente familiar o en un carrete, alguien diría “amargadas bigotonas” si mencionábamos el feminismo. Nosotras mismas teníamos pudor, nos interesaba el tema, pero desconocíamos el alcance de la palabra “patriarcado” y cómo su práctica nos envolvía. Por eso sentíamos que no podíamos decirnos feministas, más bien teníamos una corazonada, una intuición, y unas ganas de saber más para taparles la boca a quienes de plano ofendían y descartaban las demandas de las activistas. Porque una cosa es reconocer actitudes machistas, pero otra es saberse inmersa en un sistema patriarcal que ejerce múltiples violencias, donde la desvalorización de toda subjetividad diferente a la del hombre-macho dominante incluso está internalizada. No sólo los bio-hombres son machistas, esa es la primera lección. Para qué hablar del amor romántico. 

En 2015 publicamos en la edición papel de La Juguera Magazine una crónica que titulamos Ser feminista aquí y ahora. Nos movían muchas preguntas: ¿Qué es ser feminista hoy? ¿Qué implica en el cotidiano? ¿Qué es aquello que llaman patriarcado? La colectiva La Huacha Feminista de Valparaíso llevaba años realizando, los días 25 de cada mes, Las Caminatas del Silencio para visibilizar los feminicidios en Chile como crímenes de odio contra las mujeres por ser mujeres. En sus carteles se leían frases como “Los celos no son parte del amor. La libertad sí” y “El Estado opresor deja libre al violador”. Recién hoy, 2 de marzo 2020, se aprueba la Ley Gabriela, llamada así en homenaje a Gabriela Alcaíno y su madre, Carolina Donoso, ambas asesinadas en junio de 2018 por el ex “pololo” de Gabriela; delito que no fue condenado como femicidio. Esta ley amplía el marco legal del femicidio a las relaciones de pareja. Aún falta, porque la abuela que es asesinada por su nieto también muere por violencia patriarcal, porque a la trabajadora sexual trans que es asesinada en un contexto de trabajo también le han quitado la vida por ser mujer.

Había un efecto espejo de lo que estaban haciendo estas mujeres que era generar un diálogo. Surgió en nosotras una conexión, un reconocimiento en el sentido profundo de la palabra. Re-conocer algo que ya estaba, vivencias que eran comunes y que nos explicaban muchas cosas sobre nosotras mismas. Nadie nace feminista, para todes ha sido un proceso que se inicia con algo que nos resuena, mirar en la otra/e lo que está dentro nuestro también. 

¿Por qué marchamos?

Hoy, mientras nos reunimos a hacer nuestros carteles para la marcha del 8M, nos preguntamos qué nos mueve a movilizarnos y estas letras surgen como una manera de respondernos. 

“Yo marcho porque reconozco el trabajo de muchas bio-mujeres, mujeres trans, personas no-binarias, que con su valentía me han remecido y me han dado libertad. Ahora me toca a mí despertar a otres. Yo no quiero pasar más de un segundo de mi vida -ya tengo 37 años- sin poner mis energías en que sanemos la manera en que les seres humanos nos relacionamos entre nosotres y con las múltiples y diversas vidas de las que co-dependemos. Marcho porque fui socializada en el heteropatriarcado, porque cuando era pequeña quería ser niño pa ser más libre, porque cuando fui adolescente reprimí mi erotismo no-binario y entré en el deseo del amor hetero-tóxico-romántico. Marcho por muchos años de internalizar y naturalizar linajes de opresiones. Marcho porque en mi familia hay un violador impune que se refugia en la locura. Marcho, también, porque hay que mover el cuerpo para desintoxicar el alma y cuando se hace en colectivo hay momentos eléctricos que producen la energía transformadora que estamos viviendo desde el 18/O (aunque muchxs se resistan). Marcho por mi familia escogida: mis amistades, mis personas amadas que son mi hogar. Marcho para experimentar la diversidad, porque en la calle es evidente que somos diferencia irreductible, un arcoiris de colores manchando la pureza ideológica. El Estado y las élites corporativas nos están oprimiendo con más violencia porque saben que estamos rompiendo todas las cadenas. En un futuro, que hoy estamos creando, las violencias coloniales y patriarcales nos van a parecer impensables, difíciles de creer, desde los feminicidios a la transfobia, a la explotación de la tierra y sus vidas”, Montse Madariaga Caro.

“Yo marcho para manifestar mi desobediencia. Porque al igual que muchas, he experimentado desde la infancia la violencia patriarcal, pero por muchos años pensé que así eran las cosas. Y aunque quise rebelarme a sus ´mandatos´, los terminé replicando: fui madre por primera vez a los 21 años (el Estado de Chile decidió sobre mi cuerpo y no pude abortar después de varias búsquedas clandestinas), me casé a los 39 (me divorcié 5 años después tras un juicio que denunció la violencia sicológica que viví), y aborté clandestinamente a los 17 (es primera vez que lo hago público) gracias a la sororidad de una mujer adulta que encontró la manera de que pudiera hacerlo en el tiempo y espacio adecuado. Marcho para honrar a aquellas mujeres que impulsaron mi deseo de autonomía, que me enseñaron a no tener miedo de desacatar la autoridad masculina (aunque instintivamente ya lo hacía antes de volverme feminista), recordándome mi posibilidad de ser auténtica, no complaciente. Marcho porque el trabajo de cuidado y afecto que ponemos en juego en la crianza sea reconocido. Marcho por mi abuela que a los 89 años tuvo la valentía de revelar esos abusos. Marcho por mi hija que me enseñó que se puede sanar. Porque el feminismo sana, y podemos compartirlo y gritarlo ‘en la calle, en la casa y en la cama’”, Ale Delgado Flores.

Y tú ¿por qué marchas?

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