¿Por qué en vez de reclamar por los Mil Tambores, no reclamai por el mall, mejor?

miltamboresintroCreo que la polémica suspensión del Carnaval de los Mil Tambores de este año es la elocuente consecuencia del excesivo abandono que tiene atascado a Valparaíso en una especie de Ley de la Selva, en donde el más vivo se apropia de los espacios públicos que deberían pertenecer a todos y que ni las autoridades, sus habitantes, visitantes ni inversionistas parecen respetar.

Por Boris Kuleba

Planteo esto porque, al parecer y dependiendo de sus posibilidades, puede llegar un empresario prepotente a instalar una o dos torres, o un murallón de torres frente a nuestra ventana, o incluso un mall en terrenos fiscales del borde costero con total impunidad; o bien, en el extremo contrario, puede llegar un puñado de compatriotas “visitantes” a utilizar las calles como si fuera su living, su bar o su baño. En ambos casos, no parece importarles que haya gente viviendo al lado, encima o debajo de ellos (estamos en Valparaíso y la ubicación de las viviendas suele ser inesperada). O parece serles irrelevante el hecho de que el espacio deba ser compartido con el resto.

miltamboresintro2No sé cómo no se indignan con estas cosas. Y me refiero a ambas cosas, porque las dos son una falta de respeto no sólo a la ciudad, que para alguien podría no ser más que un montón de edificios con calles, sino que a los habitantes, que viven en esos edificios y esas calles. Yo reclamo contra todo eso porque pienso que no es justo, porque hay derechos más importantes que el deshonesto negociado inmobiliario del municipio a cargo o que el carrete salvaje del lolito jugoso.

Hay gente, por ejemplo, que apoya la construcción del mall. Imagino que existirá alguien más aparte del alcalde que esté de acuerdo con eso, no sé. Y también imagino que habrá quien se oponga a su construcción, no por lo abusivo e inmoralmente descarado de su propuesta sino que porque realmente se ve afectado con su instalación.

Además, pienso que quienes usan las calles de Valparaíso como baño, como bar o campo de batalla provocan un daño. Uno menor, temporal, distinto a las torres o el mall, pero constante y similarmente irrespetuoso. Dentro de este contexto, sufro semanalmente por el carrete del lolito jugoso, ya que vivo cerca de la “zona de carrete” e invierto en botellas de cloro y bolsas de basura más de lo que gasta una familia que sólo se encarga de sus propios residuos.

Las involuntarias fiestas a domicilio

Me da lo mismo el Carnaval de los Mil Tambores. Antes, bajaba a ver el pasacalles, aunque nunca lo consideré un espectáculo cultural ni mucho menos artístico. Me parecía una simple moda eso de las batucadas; una tradición ficticia quizás inspirada en una teleserie de Canal 13, unos grupos que aprendieron a pegarle a un tambor, unas chiquillas que quizás oyeron hablar de Spencer Tunick, un pueril intento de imitar tradiciones desaparecidas y nada más. Pero se expresan y se divierten, que es lo importante. Me daba lo mismo, no me afectaba porque más encima ahora lo hacen a kilómetros de mi casa. Lo realizan lejos para evitar que algún desubicadito genere desmanes en las calles y edificios de la ciudad en donde vive gente. Gente como yo, por ejemplo.

miltamboresintro3Fue una noche en el Carnaval de los Mil Tambores del 2010, que sentí un ruido, como un temblor o una gran ola afuera de mi casa. Por el ojo de la puerta sólo vi una gran masa negra, así es que me asomé y me encontré en medio de unas 40 ó 50 personas que se disponían a comenzar un carrete en la puerta de mi casa y me miraron como si fuera yo el convidado de piedra. Entonces, sí comenzaron a importarme los Mil Tambores.

El epílogo de las versiones siguientes, pese a que las realizaron en sectores más aislados, no fue muy distinto. Por muy lejos que fuera el evento, los participantes igual llegaban en masa al centro. Y muchos se descontrolaban más de la cuenta, de modo que la incomodidad ya no sólo era que los lolitos jugosos no nos dejaran dormir y dejaran kilos de basura y litros de pichí en la puerta. Ahora, le habían destrozado el auto a un vecino, la calle era un mar de basura y piedras por las que no se podía circular y el aire olía a intensas fragancias de gases lacrimógenos que disimulaban la fetidez del “Carnaval de Río de Meados” recién finalizado.

Todas las últimas versiones terminaban igual. A los lolitos se les calentaba la boquita después del pasacalles, y venían al centro a continuar con su carrete mágico, mágico ideal sin importarles que haya gente viviendo al lado, encima o debajo (estamos en Valparaíso). Por ende, era habitual que al acercarse la fecha de los Mil Tambores en mi casa y entre los vecinos y conocidos lamentáramos, reclamáramos y maldijéramos tal festejo debido a que sabíamos lo que se venía, y por eso nos causó alivio, satisfacción y franca alegría la noticia de que este año sí se decidiera suspender los Mil Tambores. ¿Cómo no se les ocurrió suspenderlos antes?, nos preguntamos. Claro, el año pasado coincidió con la fecha de las elecciones municipales y el alcalde no se atrevió a tomar esta medida “impopular”. Pero ahora se tomó la decisión. No existían las mínimas condiciones de seguridad para efectuarlo, sentenció la Gobernación. Tampoco elecciones municipales.

miltamboresintro4Luego nos indignamos con la reacción del señor que hace los Mil Tambores, lo escuché en la radio y sentí que su llamado a desobedecer la orden era una gran irresponsabilidad. También vino el tradicional aprovechamiento político: los vecinos no contábamos con que absolutamente todos nuestros posibles candidatos a diputado (y enfatizo: NUESTROS posibles candidatos) aprovecharían la polémica preelectoral, aunque con un pésimo ojo electoral. Tampoco contábamos con que nuestra futura candidata a alcaldesa nos decepcionaría con tan precoz y oportunista pre-precampaña municipal. El ojito. Peor fue lo que dijo en su furioso discurso el señor que organiza los Mil Tambores: su llamado al desacato y la “advertencia” de que si de todos modos hay desmanes, la culpa no sería de él sino que del mismo gobernador que dijo que no hay condiciones de seguridad para efectuar los Mil Tambores porque se van a producir desmanes.

“Preocúpate del mall o las inmobiliarias mejor”, me dicen los partidarios de los Mil Tambores, como si uno tuviese que publicar una lista de las cosas a las que se opone antes de reclamar contra algo, como si al quejarse de un problema descartara al otro o como si uno deba reclamar sólo lo que se le antoja al resto. Yo pienso que ambas situaciones tienen una indignante similitud: la falta de consideración por las calles y la ciudad y por la gente que vive en las calles y la ciudad. Y se  originan por lo mismo: por la certeza de que se puede llegar a Valparaíso a hacer lo que se les antoje sin importarles o sin siquiera considerar que haya gente viviendo al lado, encima o debajo.

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