Pescadoras, contra viento y marea

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Más de 170 kilómetros hacia el norte de Valparaíso, en Los Vilos, Cuarta Región, un sindicato conformado hace catorce años por mujeres, se organiza para posicionarse en un rubro dominado por hombres. Una historia de lucha y sueños.

Por Valeria Viancos / Fotografías: Nelson Campos

Desde Valparaíso a Los Vilos existe una distancia expresada en dos horas y treinta minutos, aproximadamente. Desde Los Vilos hasta el área de manejo Las Conchuelas del Sindicato Lord Willow, hay otros veinte minutos. En la carretera, al costado de un colegio y con el muelle de la minera Los Pelambres de fondo–propiedad de Antofagasta Minerals, del clan Luksic– un grupo de quince mujeres conversa y ríe en una fría tarde de otoño. Están felices y esperanzadas. Se trata del primer sindicato de mujeres pescadoras de la Cuarta Región.

LAS CONCHUELAS

Ubicada en Punta de Chungo, el área de manejo Las Conchuelas solo se puede identificar por una caseta de madera prensada de 2×2. Se levantó hace ocho meses, tras catorce años de una lucha incesante por parte de sus gestoras, contra la actitud displicente y negativa de un medio social que no veía con buenos ojos sus ganas de ser trabajadoras del mar.

En el año 2000, María Torres, inspirada en el trabajo de su padre, quiso aventurarse en esta rama. En aquel tiempo, le advirtieron que solamente agrupándose podría obtener los frutos deseados. Siguiendo esos consejos, el 12 de octubre del mismo año, reunió a un grupo de mujeres interesadas en el rubro y creó el sindicato. Hoy, 25 valientes féminas dan la cara ante las adversidades propias del oficio y de un entorno machista. Han ganado varias batallas, e incluso cuentan con tres hombres como socios para las labores de apoyo, razón por la cual, en un gesto de inclusión, acordaron que el cartel de la caseta debía decir “pescadores” y no “Mujeres pescadoras”, como figura en los papeles legales.

Mientras María recuerda detalles de su lucha por lograr respeto entre sus colegas hombres, es posible sentir su voz quebrada y observar sus ojos lluviosos. Alguna vez fueron llamadas peyorativamente la “organización fantasma”, una experiencia que lleva tatuada en su memoria. Pero lo que se utilizó como una herramienta para derrotarla, se transformó en un motivo para intensificar sus fuerzas. “Me gusta estar aquí. Mis hijas me dicen ‘mamá, ¿por qué no se retira?’ y yo les respondo que no. Voy a morir acá”.

Nelly Farías, una de las más antiguas en el sindicato, recuerda: “Personas de algunas cooperativas nos decían que el área nunca jamás iba a ser de nosotras. No sé por qué tanta negativa. La lucha que tenían contra nosotras era netamente egoísmo y fuimos muy discriminadas. Incluso algunos decían que nos querían ayudar, pero después nos dábamos cuenta de que querían llegar ahí, estudiar nuestra trayectoria, nuestro trabajo y luego dejarnos caer”.

Para Nelly, estar en el área de manejo Las Conchuelas es una experiencia única. Dejó atrás su trabajo en Santiago para vivir en Los Vilos, en un “lugar impagable” junto a quienes considera su otra familia. “Espero en el futuro sustentar lo que me queda de vida y ayudar a las chiquillas para que saquen sus proyectos adelante y que yo también pueda hacerlo”, comenta.

“Para nosotras estar acá es sinónimo de tranquilidad. Es como llegar a nuestra casa, colgamos las carteras y nos ponemos a conversar”, comentan las pescadoras, sonrientes. A pesar de ello, todavía no cuentan con las condiciones básicas para permanecer dignamente en el sector, como servicios sanitarios o un techo que resista el invierno. Sin embargo, las lluvias no son un impedimento para continuar laborando. Con trajes y paraguas, están dispuestas a defender aquello que se han ganado y que sienten propio. Con esta misma fortaleza buscan poner en valor antiguos oficios del sector, “como los panes de luche que estamos ahora comiendo”, comentan.

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SIN BAJAR LOS BRAZOS

Orgullosas, las mujeres de Las Conchuelas destacan que todas cuentan con el carné de “pescador artesanal” y pagan su cuota mensual de mil pesos. Son productivas y proactivas, no solo en funciones propias del mar o en el constante cuidado de su área de manejo, sino también en labores de oficina. Hoy, trabajan con la consultora Idee de Valparaíso realizando un levantamiento de ideas donde la fase final consiste en la entrega de un libro con posibles proyectos.

A pesar de la diversidad de esta agrupación, que se refleja tanto en la edad como en el carácter de sus integrantes, ellas quieren continuar trabajando colectivamente. Saben que están ubicadas en medio de la nada, en las afueras de Los Vilos, entre un colegio y una mina. Pero adquirir el área de manejo no era ni es la meta, sino el inicio para generar nuevas formas de financiamiento con modelos de negocio proyectados en un restaurante, en administración del área para fomentar el turismo, en la realización de fiestas gastronómicas y en la instalación de máquinas para ejercicios o de una caballeriza. Sin embargo, “todo esto no puede concretarse hasta contar con la concesión del terreno”, explica Karen Cisternas, secretaria y tesorera en la actual directiva. “Necesitamos levantar el turismo acá en Los Vilos porque se ha ido degradando después del terremoto del 2010”, agrega.

Para postular a financiamientos de pesca artesanal requieren de un aval, que, en este caso, vienen siendo el área de manejo, explica Karen. Por eso, las pescadoras del Lord Willow se preocupan del mantenimiento y cuidado del sector, cumpliendo turnos de doce horas diarias, que se traducen en el pago de veinte mil pesos por jornada: “Nuestra mano de obra es nuestro aporte en moneda y es lo que entregamos al proyecto”.

Karen se ha transformado en uno de los pilares de la organización, junto con Margarita Núñez, la presidenta del sindicato. Perseverante e inquieta, estudió Pedagogía General Básica con mención en Trastorno General del Aprendizaje y no dudó en cursar un técnico en Administración de Empresas. “Tengo estos estudios, pero prefiero estar acá con mis viejas –afirma–. Igual puedo aplicar mis conocimientos en este trabajo. Uno nunca deja de aprender”.

De voz fuerte y segura, Karen ha vivido situaciones tristes en su vida. Tras una pérdida familiar, buscó actividades que llenaran el vacío en su corazón. Una amiga la invitó a participar en el sindicato: “Ha valido la pena estar acá. Lo veo como un proyecto bien bonito a nivel nacional y poco a poco hemos ido ganando cosas”, comenta.

En la agrupación se respira un aire de satisfacción por quiénes son y cómo han ido creciendo. Se han integrado nuevas mujeres y, también, muchas de ellas se han ido, en un vaivén propio de cualquier gremio. Estos cambios, sin embargo, no han afectado su voluntad: “tenemos que mantener los pies sobre la tierra para desde ahí ver hacia dónde vamos –dice Karen–. Nosotros estamos recién empezando con esto y tenemos todo un futuro por delante”.

Antes que el cielo gris comenzara a oscurecer, una valiente viste su traje de buzo y se sumerge al mar. “Está malo el día, que no se meta”, se escucha murmurar dentro de la caseta. Entre sus manos sostiene una jaiba morada. Minutos después, se esconden en su querido refugio, en medio de risas, recuerdos y sueños.

* Crónica publicada en La Juguera Magazine nº 10

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