Patrimonio de Lesa Humanidad

Arte callejero al instante

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Por Boris Kúleba Valdés

Hace cuatro años, una nota en El Mercurio de Valparaíso anunciaba que la UNESCO realizaría en Brasil un encuentro de administradores de “Sitios de Patrimonio Mundial” para explicarles en qué consistiría la evaluación a las que serían sometidas. A ese encuentro suelen estar invitados los gobiernos de los países en los que están ubicados esos sitios. Y enfatizo que los invitados son los gobiernos, pues son los estados quienes deberían enorgullecerse y chochear con tal calificación. Allí, se informarían y prepararían para el proceso de evaluación a la que serían sometidos.

Lo curioso, y ya a estas alturas vergonzoso, es que a ese encuentro no fue el gobierno quien asistió. En representación del Estado de Chile tuvo que ir el propio alcalde de Valparaíso, Jorge Castro, en una delegación compuesta por él, dos concejales y la destructora… digo, directora de Gestión Patrimonial del municipio.

Esta “representación” municipal, que casi pasa como una anécdota, delata muy bien el verdadero rol que el Estado chileno cumple dentro de la conservación y administración de Valparaíso y su patrimonio, que ya no es únicamente del Estado, sino que de la Humanidad: lo deja en manos de reiteradas e incompetentes administraciones municipales tristemente célebres por su ineptitud y por su evidente corrupción. No sé si en otros países la conservación de patrimonios de la humanidad depende de los ingresos generados por patentes municipales.

El Estado de Chile abandonó a Valparaíso; rechazó un Patrimonio de la Humanidad y no le importó qué tipo de carroñeros harían usufructo de sus riquezas culturales. Hizo la vista gorda al saqueo que ha sufrido por años; dejó que mercenarios desmantelen una ciudad histórica que le pertenece a la humanidad y no hizo nada por impedir que irresponsables o ineptos administraran los escasos recursos económicos con los que debían financiarla.

Y es que a Valparaíso ya no sólo puede llegar quien sea a hacer lo que quiera;  además, las autoridades nacionales y los partidos políticos se aseguran de que tal situación no cambie. No es mera casualidad que durante 24 años las administraciones municipales hayan estado en manos de representantes de dos únicos y muy similares partidos: el pacto hampón UDI-DC, y que, cuando al fin existía la posibilidad de que ello cambie (mejore), haya actuado la codiciosa maquinaria política para sabotear las primarias de la oposición mediante el más vergonzoso y humillante acarreo electoral que se recuerde: la inesperada candidatura de Hernán Pinto estropeó la posibilidad de que la ciudad que él mismo arruinó pudiera ser administrada por alguien ajeno a “la mafia municipal”.

Por eso, pienso que el reciente incendio, que ha sido considerado el más grande de la historia de Valparaíso, expuso nuestras vergüenzas y la irresponsabilidad de las autoridades, porque apuesto que todas las interrogantes que puedan surgir ya han sido insistentemente respondidas durante años antes de la tragedia: ¿pudo ser prevenido?, ¿pudo el alcalde hacer algo para impedirlo?, ¿por qué el alcalde Castro ha manejado tan mal esta tremenda crisis?, ¿por qué había gente viviendo en esos lugares de forma irregular?  Y si nos ponemos más quisquillosos, hay respuestas para otro tipo de preguntas que también han existido siempre: ¿quiénes han votado históricamente por Pinto y Castro?, ¿de qué manera han conseguido esos votos, si sus desempeños como alcaldes han sido la peor campaña en contra de ellos mismos?, ¿por qué el Intendente y el Consejo Regional aprueban multimillonarios fondos extra de manera sospechosamente expedita para financiar eventos privados como el Dakar, que terminó sirviendo de fachada para un escandaloso contrabando de drogas a Europa, pero ignoran durante años las supuestas solicitudes del alcalde Castro de un monto varias veces menor para ejecutar la prevención de incendios?

Está quedando en evidencia pública la escasa preparación del municipio y del propio alcalde para enfrentar crisis y desastres que debieron haber prevenido. No deja de ser, además, preocupante que sean voluntarios, jóvenes estudiantes y los propios damnificados quienes estén “reparando” la catástrofe mientras el propio alcalde llama a no ayudar, no subir como voluntarios, no entregar comida, no vivir allí porque nadie los invitó. También preocupa el rol que cumplen las fuerzas armadas: a dos semanas del incendio ¿no deberían ser únicamente ellos quienes estén trabajando en la reconstrucción? ¿por qué una lolita se accidentó al caer de una quebrada ayudando mientras los marinos están armando bolsitas en VTP? ¿en caso de guerra serán los universitarios quienes vayan a combatir, mientras los militares cuidan supermercados?

Yo creo que en Valparaíso ya hay bastante rabia acumulada como para permitir que esta tragedia no deje cambios importantes. Por lo pronto, la ciudadanía y algunos pocos concejales (algunos únicos concejales) ya exigen la renuncia del alcalde, la cara más visible de la corrupción y la ineptitud de las autoridades, pero no la única ni la más peligrosa. Es de esperar que este trágico incendio signifique el inicio de una nueva etapa para Valparaíso, la de una limpieza y reconstrucción no sólo física. Y sobre todo, que el Estado de una vez por todas se dé cuenta que Valparaíso, la ciudad escindida de su puerto, no puede financiarse sólo con patentes.

 

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