Parásito de un Estado Parásito

Por: Cristóbal Valenzuela

Empezábamos a ponernos de pie para llegar a la celebración del Día Nacional del Teatro, y nos golpeó el mazo de nuestra institucionalidad cultural.

Sin la inyección de recursos por parte del Estado, nuestro engranaje no se mueve. No resulta crítico porque no está enlazado con otros engranajes: lo levantamos aislado. Somos una parcela flotante, #noestamosenelmapa. Nuestra actividad no apaga incendios, no devuelve la salud a un contagiado, no amenaza a los vecinos en caso de que piensen recuperar su salida al mar. Y hay gente en Chile que cree que eso es todo lo que vale.

Vivimos en una sociedad en la cual, la mayoría de las personas que han logrado consolidar o mantener una posición económica heredada, lo han hecho con intervención del Estado. Desconozco la excepción: agricultura, minería, pesca, astronomía, turismo, transporte, retail, alimentos, manufactura, combustibles, mediana industria, etcétera. El Estado interviene, intervino e intervendrá, ya sea a través de reducción de cargas de impuestos, o con inyección de dinero en metálico, cada vez que estos núcleos económicos pasen zozobras producto de las imponderables de los mercados globales o las maniobras irresponsables de nuestros actores políticos.

El problema que enfrentamos hoy, tiene su raíz en nuestra idea de país y en la Constitución, sin duda. Nuestra maduración política está en proceso. Nuestros representantes no nos resultan representativos. Y la representatividad no se puede simular. También es cierto que hemos colaborado en nuestra propia precarización, al poner nuestro trabajo a nombre y disposición del Estado, a cambio de migajas.

No hay parangón en la panorámica de las actividades económicas en las que la participación del Estado sea tan miserable. Un campo de cebollas no se cultiva si los recursos son insuficientes. Un vuelo humanitario no se realiza si no están cubiertos los costos. Ni una calle se pavimenta con horas de trabajo gratis entregadas por el Ingeniero Civil, ni el jornal. La escritura de nuestras obras, los procesos de montaje, los ensayos, giras, funciones y conservatorios, sí. Se puede pensar, con justicia, que al teatro le importa poco la plata. Pero al que vende la madera para la escenografía, o la tela para el vestuario no le pasa lo mismo. Al que vende gasolina, guantes, mascarillas, alcohol o provee el internet para la función online tampoco. La herramienta que es la plata, el dinero, permite la generación de movimientos que trascienden la simpleza de la compra y venta. 

Una sociedad que se relaciona económicamente, como si su modelo económico fuese un ecosistema que depende del flujo del dinero; y quien controla ese flujo, controla el ecosistema. Lo que enfrentamos es una pugna por cómo queremos que sea ese ecosistema. Y toda decisión se instala en una u otra forma de construcción del Estado. Personas naturales, jurídicas, artistas independientes, funcionarios y funcionarias públicas vinculadas a Culturas no pueden ignorar ni seguir ignorando, que sus participaciones fortalecen una posición tanto en lo simbólico, pero también en lo material y concreto de nuestra realidad.

Estamos construyendo esa realidad con cada decisión, con cada formulario rellenado, con cada transacción económica hecha a favor o en nombre de.

Podemos contar por cientos las prácticas relativas a las artes, resultados, frutos o productos (si se quiere así decir), de nuestro trabajo, al que se cuelga el nombre del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Hay un valor, traducible a dinero, al que se está colgando: es parásito. Se cuelga del flujo y desvía los provechos. Nada nuevo. Las y los trabajadores de este territorio, al igual que en muchos otros países de planeta, subvencionamos las prácticas artísticas, y no hemos conseguido que se active una transacción comercial en relación a ellas, una que nos permita financiarlas como si fuesen un engranaje más del mercado local o global.

La independencia económica garantizada por el mismo mercado, como sueñan los y las más entusiastas del modelo, es algo que no ha funcionado en nuestras prácticas. No ha funcionado, entre otros aspectos, porque no lo hemos buscado ni siquiera cuando las políticas de los gobiernos más osados nos han tratado como PYME. En todas las actividades donde no ocurre el enganche al modelo, se mete el Estado.

Este tipo de Estado es operado así por este tipo de políticos. Tenemos un doble desfase: El tipo de Estado que se mete y el tipo de político que trabaja en ese Estado. La institucionalidad que consolidamos con nuestro actuar, se sustenta en la idea confusa de que las funcionarias y funcionaros pueden operar con cierto nivel de libertad, sabemos que no es una institucionalidad que vaya a mutar y “volverse buena persona”, pero al parecer confiamos en que las funcionarias y funcionarios, desde la Ministra hasta el guardia, sí podrían serlo. Y aún cuando lo sean (buenas personas digo) actúan dentro de una institucionalidad que nos está empujando a transformarnos en agentes económicos en un mercado neoliberal. En ese contexto mucho no se puede hacer. Corromper, de la corrupción buena, no basta.

Se nos está vacunando con estás lógicas sistémicas de mayor producción, con menores recursos para un mayor rédito, en el menor de los tiempo. En cada una de sus vinculaciones con nuestras prácticas, la institucionalidad nos inyecta pequeñas dosis de voracidad neoliberal. Nos provoca a devorarnos entre nosotros mismos como competidores, uniéndonos en figuras arcaicas de colaboración social que no hacen más que emular los principios de absorción que los mercados permiten a las corporaciones, con la ilusión de estar en búsqueda de equiparar fuerzas, como imperios que se desarrollan precipitados por el inminente choque de culturas que se avecina.

Con cada uno de sus gestos, la institucionalidad nos insta a destruir lo que entendemos por miserable, ofensivo, denigrante, inaceptable, intolerable, todo amparado por el contexto crítico que vivimos como especie. La pandemia ofrece el escenario ideal para hacer renovaciones simbólicas que terminarán por cambiar nuestro sentido común. Si queremos otra cosa, si queremos que las artes y las culturas sean un bien público, no podemos permitir que bajo la consigna de la crisis se nos pida tregua en la disputa simbólica y legal de lo que consideramos los mínimos en materia de seguridad y dignidad.

No podemos irnos a camarines a esperar que retorne la luz que se cortó en medio de una escena. No podemos abandonar las calles de esta lucha por mucha crisis sanitaria y por mucha crisis económica que se nos argumenten en contra. No podemos aceptar que los gestos no son puja política, porque el manejo político es constructor de realidades. De realidades miserables en nuestro caso. Y lo miserable no deja de ser miserable por este contexto. Los atropellos a nuestros derechos no dejan de ser atropellos.

El comportamiento que tengamos que tener para sobrevivir a estas crisis puede enajenarnos, y espero que no nos fracture, sino que por el contrario, nos aglutine, nos llene de coraje para seguir celebrando el teatro con nuestra dedicación, disciplina y compromiso, solo porque es hermoso. Y lo es a pesar de la ausencia total de los mínimos que permitan realizar nuestras labores en un marco de seguridad y dignidad.

La precarización como política no podrá privarnos de celebrar a las personas que hacen teatro. Si hay algo que estas crisis nos están enseñando, es que nuestro planeta se puede sin gobiernos eficientes, sin instituciones operativas, pero no es posible sin nosotres.

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