Paraísos analgésicos y cierta redención en Santiago

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Por Amelia Carvallo Alman

A Benjamín Malatesta, el protagonista de “Los jinetes del cielo” (Ceibo Ediciones), lo conocemos de inmediato en el primer capítulo de esta breve novela de 88 páginas de Gianfranco Rolleri. Es él quien lleva el relato y lo abre con un hecho desquiciado: la secretaria de su trabajo, “la gorda”, amenaza con “hacerse estallar”.

Él es el junior y su abusivo jefe Don Humberto lo manda a parlamentar con la suicida, quien le confiesa al oído lo que desea a cambio de no llevar a cabo su plan: “exige que alguien le haga científicamente un cunnilinguis”, explica Malatesta, quien por ser el más nuevo y el de menor rango, debe ejecutar la hazaña.

Y así, aventura tras aventura, seguimos a lo largo de las siguientes páginas el hilo de la vida del protagonista que vive en un Santiago que conocemos muy bien: una ciudad de mierda que a veces destila poesía por eso mismo, una ciudad triste pero llena de payasos terribles.

Cual Lazarillo de Tormes, Malatesta sobrevive como le dicta su instinto y se rodea de una corte de miserables y ángeles caídos. Consume alcohol como un cosaco e ingiere variadas drogas, especialmente tranquilizantes porque, aunque no hace ningún aspaviento ni lloriquea, Malatesta sufre y cae en la desesperación. Sin embargo, aún desde lo más profundo del pozo tira la talla: “Si yo estaba en manos de Dios, Nuestro Creador definitivamente tenía un párkinson de la puta madre” comenta mientras mezcla Ravotril con pisco y Fanta. Y es que nadie que tome ese brebaje anaranjado puede declararse atrapado y sin salida.

jinetesenelcielo_ljmEste relato fue leído una tarde otoñal del pasado mes de mayo en el Parque Forestal. Para mayor exactitud en los deslindes del barrio Mapocho, en ese Santiago hediondo y colorido que hay en las afueras del Mercado Central, entre medio de un mar de inmigrantes de acentos musicales y los consabidos vagabundos esquizofrénicos que lavan su ropa y sobacos en las piletas.

En ese marco, desfilaron ante mis ojos, muchos de los personajes de la novela. En carne y hueso algunos de ellos fueron dando vueltas a la banca donde me recosté a leer mientras el esmog santiaguino caía junto a la tarde. Pasó tiritando el viejito bueno para el tinto; pasaron peleando a los gritos la pareja alcohólica que más allá desfallecieron de amor entre los pastos; merodeó la dealer de casaca fluorescente con perfil de zorrito; quiso hablar en evangélico casposo con la revista Atalaya en mano.

Quizás fue esta atmósfera la que permitió empatizar con “Los jinetes en el cielo” y sus personajes, quizás fueron los propios recuerdos del Santiago canalla, extremo y decrépito que se conservan los que hicieron agradable la lectura. Por cierto el argumento es errático, va de un aquí a un allá que da lo mismo en su concatenación, todo deviene hasta concluir en un capítulo cero que trasluce algo de esa felicidad y promesa navideña en la que se evapora.

Gianfranco Rolleri, el autor, es viñamarino y tiene 38 años. Según la solapa además de escritor es “libretista de radio, televisión y comedias radiales”. Según información suya tomada desde la web, “no tiene estudios superiores y ha desempeñado oficios como vendedor de cosméticos, distribuidor de películas porno, barrendero y libretista de televisión”. También ha escrito guiones para “Morandé con Compañía” y ha participado en talleres literarios de Enrique Symms y Poli Délano. De hecho, el primer libro de Rolleri se llamó “La resaca de la hiena” (Catalonia, 2007), fue un conjunto de cuentos y tomó el nombre de uno de Poli.

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