Pajarx entre púas: “Queremos que las mujeres privadas de libertad puedan legitimarse como voces válidas dentro del campo cultural”

Desde 2016, en Valparaíso, esta colectiva feminista trata de construir comunidad al interior de las cárceles de mujeres, a través del arte y la cultura, con el objetivo de disminuir las vulneraciones que enfrentan desde la infancia. 

Por Sandra Rojas

Las participantes de la colectiva Pajarx entre púas se definen como una pajarera feminista, libre y transdisciplinaria; una bandada que vuela colaborativamente, al compás de las artes y contra las rejas, para construir comunidad al vincular los centros culturales con los centros de cumplimiento penitenciarios femeninos. Activas en Valparaíso desde el año 2016, desean disminuir la vulneración de derechos de las mujeres privadas de libertad, fortalecer el tejido social y erradicar las cárceles que, desde su punto de vista, solo logran desestabilizar aún más a las comunidades y su entorno. 

Para lograr estos objetivos, son parte de la Red Feminista Anticarcelaria de América Latina, organizan laboratorios y talleres dentro de las prisiones, y apoyan a las excarcelarias cuando son liberadas. A través de su trabajo, ponen en tensión la disyuntiva entre cárcel y calle, y potencian el rol del cuerpo, el arte y la memoria para consolidar la identidad de mujeres que, desde la infancia, han sido expulsadas. 

“Con un enfoque feminista, tomamos la decisión de trabajar en cárceles de mujeres como una pajarera abierta y, desde allí, generar este puente para construir una comunidad sorora que incluye a mujeres privadas de libertad, excarceladas, artistas y feministas. Todas juntas podemos levantar esta construcción desde las artes y la cultura” explican Myr Chávez y Daniella Misle, coordinadoras generales de la colectiva, quienes ahondaron en la historia, los objetivos y los desafíos de su labor.

¿Qué tipo de acciones han llevado a cabo para repercutir positivamente en el ambiente carcelario femenino en Valparaíso y la región? 

Myr: Esta es una colectiva transdisciplinaria, somos compañeras que indagamos en diversos intereses y, si bien empezamos desde las artes escénicas, con el tiempo nos hemos abierto a diversos lenguajes, como la música, la literatura y las artes visuales. Las herramientas artísticas han sido fundamentales, ya que nos vinculan de una manera mucho más cercana, generando espacios de libertad y forjando vínculos especiales, donde dialogamos con mayor confianza. 

De ese modo, las compañeras privadas de libertad empiezan a visualizar cuáles son sus herramientas. Eso repercute en su autoimagen, porque tienden a creer todo lo que la sociedad dice sobre ellas: que son delincuentes, que no sirven, que son lo peor… Y a la larga, eso marca su autoimagen, sus creencias y su propia identidad. Por lo mismo, cuando creamos juntas y ellas desarrollan sus talentos artísticos, se dan cuenta de que son más que todo aquello que les han impuesto. 

Daniella: También queremos problematizar el concepto de “llevar cultura”. No queremos hablar del acceso a la cultura, sino más bien de la posibilidad de desarrollo cultural, entendiendo que todas las personas somos partícipes de la cultura en la que habitamos. En ese sentido, consideramos que la participación es fundamental, nos interesa que ellas puedan legitimarse como voces válidas dentro del campo cultural. De forma contraria, pareciera que su identidad está presa y en realidad no es así. De hecho, esas identidades están construidas de manera mucho más compleja y tienen mucho que aportar para que podamos comprender hacia dónde debemos desarrollarnos como sociedad.

¿Cómo se organizan dentro de la Colectiva y cuán importante es la articulación con otras organizaciones sociales?

Daniella: La colaboración es muy importante. Somos una bandada amplia, una grupa abierta, donde hay espacio para el desarrollo de las habilidades de cada una y siempre estamos dispuestas a recibir nuevas compañeras y a conectarnos con otras organizaciones. Confiamos profundamente en que lo que estamos haciendo es fortalecer el  tejido social y eso no lo hace solo una persona o una organización, sino que una colaboración permanente. Es bien importante también poder contar con ayuda en diferentes niveles, desde donaciones hasta profesionales; esto último se necesita bastante en el ámbito jurídico, psicosocial, de la salud, ginecología. Somos una pajarera abierta, pero nos cuidamos.

A través de su experiencia, ¿de qué forma impacta el arte en la reinserción de las mujeres encarceladas y cómo activa el contacto con el espacio público?

Myr: Nosotras problematizamos el concepto de reinserción y lo cambiamos por “construcción de comunidad”. Cuando se habla de rehabilitación, reintegración o reinserción, se alude a las dinámicas de poder, de ver al otro o la otra como inferior. Es como si esas personas no pertenecieran o no hubiesen estado nunca, y ahí volvemos a hablar de estas violencias que vienen desde la infancia, ya que desde muy pequeñas se les expulsa o se les dice que no están propicias para participar en sociedad. Por eso nosotras nos adentramos de manera horizontal y, desde allí, juntas vamos creando comunidad para conectarnos a través del arte. 

Daniella:  Hay un tema bien espeluznante relacionado con la reinserción, porque en Chile está directamente relacionada con el trabajo, y acá ser trabajador no es garantía de absolutamente nada. Según datos de la Fundación Sol, el 70 por ciento de los trabajadores formales tiene un sueldo inferior a los 500 mil pesos y cerca del 40 por ciento gana menos o igual al sueldo mínimo. Eso es ser trabajador en Chile, eso es insertarse en el ámbito laboral. En el fondo, es decirles a las personas que deben aceptar ser explotadas y que su trabajo esté al servicio de otros y no de su propio bienestar personal y familiar. Si de verdad queremos que no haya delitos, tenemos que cambiar las condiciones en que esos delitos se están cometiendo, no esperar a que las personas cambien porque se convierten de malas a buenas, ya que, para ser “bueno” hay que tener condiciones de vida mínimas.

Es un círculo que no termina nunca…

Daniella:  Sí y eso le pasa mucho a las mujeres que salen de la prisión y se encuentran sin familia, redes, ni herramientas laborales. Por lo mismo, la propuesta que nosotras hacemos es generar estos espacios comunitarios de participación, donde puedan pertenecer y tener una red de apoyo y de desarrollo, y no quedar paradas en esa jungla de cemento. Por eso también es súper importante esta comunidad sorora que hemos creado con compañeras excarceladas. Muchas van a la cárcel, trabajan al interior y participan de talleres, pero después, cuando salen, no tienen ninguna posibilidad de seguir desarrollando esas herramientas. Entonces, consideramos que el trabajo fuera es fundamental para mantener espacios de desarrollo y de participación cultural.

Myr: La cárcel las persigue por el resto de sus vidas, todo se vuelve más difícil, ya que, como han vivido en abandono, muchas veces al salir quedan a la deriva y no tienen dónde acudir. Las familias también les cierran las puertas porque después de diez años ya se acostumbraron a vivir sin ellas o el vínculo no es fácil de retomar. Entonces, nosotras estamos siempre esperándolas como grupa, también estamos pendientes de sus temas judiciales y ellas saben que no están solas, que las estamos esperando.

Situándonos en la realidad penitenciaria de Chile, donde es evidente que existe un hacinamiento carcelario que muchas veces tiene relación con la penalización de delitos de pobreza, ¿han podido comprobar esta situación al interior de las cárceles?

Daniella: Lo hemos comprobado en el contacto cotidiano. Cuando realizamos talleres o laboratorios al interior de las cárceles, conversamos con las compañeras privadas de libertad y ellas nos cuentan sobre su realidad. También lo hemos comprobado con el levantamiento de información, ya que hicimos una investigación para visualizar cuál era el vínculo entre las prisiones de la región de Valparaíso y los espacios culturales. 

A partir de eso, aparecieron cifras que son espeluznantes sobre quiénes son las mujeres que están privadas de libertad. Corroboramos que el 95 por ciento son madres y que un porcentaje muy grande lo fue siendo menores de edad, por lo que ahí podemos visualizar situaciones vinculadas al abuso. Además, más del 60 por ciento no ha terminado su educación media y muchas tampoco la educación básica. La mayoría están presas por delitos no violentos, son jefas de hogar y han sido condenadas por intentar conseguir sustento para sus familias. Cuando ellas caen presas, esas familias también se desarticulan, los niños y niñas quedan solos, al cuidado de otros familiares o terminan siendo institucionalizados. Por lo mismo, creemos que no existe nada positivo en el encarcelamiento de mujeres, ya que desintegra aún más a las comunidades. La vulneración de derechos, que se inicia en la infancia y que está presente a lo largo de toda su vida, tiene como punto cúlmine el momento en que son privadas de libertad.

¿Cuál es la situación que les ha tocado ver respecto a las condiciones en las que viven las mujeres embarazadas al interior de las cárceles, adultas mayores o con enfermedades terminales? 

Myr: Todas las problemáticas sociales que se observan a nivel nacional se agudizan al interior de las cárceles. No hay espacios adecuados para la infancia que nace privada de libertad o que va de visita, ni para las mujeres que están viviendo con sus hijas o hijos pequeños. Además, las compañeras están en constante riesgo, ya sea por temas de salud o infraestructura. Nos han contado que cuando se enferman tienen que esperar sin recibir tratamiento o que a veces sus hijos e hijas han sufrido accidentes que ponen en riesgo su vida.

Daniella: Estas situaciones se agudizaron con la pandemia y se han visto muchas carencias institucionales. Las visitas se pausaron, así que las mujeres no estaban recibiendo sus productos básicos de limpieza por parte de sus familias. El aislamiento que ellas viven ahora es mayor, a veces no tienen jabón para lavarse las manos o están menstruando y no cuentan con toallas higiénicas. Además, muchos profesionales ya no van a atenderlas, o están entre el teletrabajo y la presencialidad, por lo que se ha dificultado mucho más y, como colectiva, hemos debido redoblar nuestros esfuerzos para entregar ayuda. Lo único “positivo” que puede traer la pandemia, es que el mundo entero está viviendo en una cárcel y muchas personas han podido visualizar cómo es el encierro, por lo que se ha tomado cierta conciencia sobre el tema.

¿Cuáles son los proyectos de la Colectiva para este 2021?

Daniella: En este momento, estamos trabajando para incrementar el alcance de la Colectiva. En la región de Valparaíso, hay cuatro prisiones femeninas en las comunas de Quillota, San Antonio, Los Andes y Valparaíso, entonces queremos extender esta red hacia todas esas comunas y estamos trabajando en ello. Durante el año pasado hicimos el diagnóstico territorial, y ahora tendremos una segunda etapa de articulación. También estamos abocadas a la creación de una obra escénica, que será un proyecto muy bonito, ya que estará compuesta por canciones creadas al interior de los centros penitenciarios y otros espacios creativos con la comunidad sorora del exterior. Así que, en noviembre, esperamos tener el bello estreno de esta obra que, por ahora, se llama Juntas más libres.

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