Obras de Omar Saavedra Santis: “El funcionario” y “El legado de Bruno”

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En la edición 11 de La Juguera Magazine conversamos con el escritor nacional Omar Saavedra (ver acá). Acá algunas de sus obras: 

I.

El funcionario

La noticia no me había sorprendido.

Eran apenas siete líneas a dos columnas en el diario de la tarde. Sin fotos. Se mencionaba un nombre que no me dijo nada. Pero sólo podía tratarse de él. La breve descripción policial del hecho y la persona no dejaba lugar a dudas.

De alguna manera extraña, difícil de precisar, me sentí responsable de lo ocurrido, aunque sólo hasta cierto punto. Incluso me recordé, quizá para exculpar mi conciencia, que yo había previsto la posibilidad de aquel fatal desenlace y así se lo había advertido al hombrecillo al final de la tarde en que lo conocí.

“Tenga cuidado”, le había dicho al despedirse. Como respuesta el otro había agitado la mano con el mismo desdén con que me había saludado, salió del local, y sin darse vuelta había trepado al coche que lo esperaba.

La breve nota periodística demostraba que esa advertencia mía había sido inútil. Tal vez el hombre creyó que sólo había sido una de esas frases rituales que uno pronuncia por decir algo cuando una conversación llega a su término y no hay nada más que agregar.

¿Qué otra cosa podría haberle dicho?

Al tipo ese sólo lo había visto una única vez en el “Normandie”. Hacía exactamente tres semanas. Me recordaba con toda precisión porque el encuentro había ocurrido en el último viernes del mes pasado. Como era mi costumbre yo había llegado al bar (a esa hora que la más antigua literatura bíblica llama el atardecer de la paloma) sin más preocupación que sentarme a mi mesa junto a la ventana y esperar a que Leticia, la camarera, me trajera el primero, por lo tanto el mejor, de los tres whiskies con que me acompaño en la mórbida tarea de observar, sin ser observado, a los transeúntes que allá afuera van y vienen, jugando a adivinar sus biografías, destinos y caminos. (Es la única costumbre que he conservado de mis muy viejos tiempos de aprendiz de poeta: oficio, por suerte para la poesía, que nunca aprendí y mucho menos ejercí). El bar estaba semidesierto. Muy grande fue mi decepción, cuando vi que precisamente “mi” mesa estaba ocupada. Al saludarme, Leticia se había encogido pesarosa de hombros, sintiéndose culpable de tal desaguisado. A modo de compensación me había ofrecido la mesita vecina, que acepté sonriente y con disgusto. Miré con resentimiento manifiesto al usurpador de mi lugar. Di un respingo a pesar mío.

Era un enano.

Tuve que mirarlo un rato largo, para convencerme que no era una broma de mi miopía. Por cierto la mesa era demasiado alta para él, pero la minucia de hombre se obstinaba en apoyar ambos codos en ella. Bebía ensimismado un mojito. Para hacerlo tenía que tomar el vaso con ambas manitas, lo que lo hacía verse como un niño empeñado en imitar a los adultos. Es siempre difícil calcular la edad de tales ejemplares, pero ese estaba muy lejos de ser joven. (Aunque bastante menor que yo). Su cabezota mostraba una calva avanzada, de la que se descolgaba frívola hacia atrás un larga coleta gris, sujeta con un elástico rojo. Una rala barba española, también entrecana, le cubría apenas los labios gruesos y el mentón.

Leticia me sirvió el primer whisky e hizo un comentario oficioso sobre algo que no escuché. Toda mi atención le pertenecía al homúnculo. Yo sabía que era una impertinencia, pero me había resultado difícil, sí, imposible, apartar la mirada de él. Gracias a mi larga experiencia como observador de gentes, yo sabía que en ninguna ciudad del mundo es muy frecuente que los enanos se muestren en público, ni siquiera en New York, en cuyas calles babilónicas puede verse casi toda la fauna humana. También me había parecido muy extraño que el hombrecillo me recordara a alguien que en ese momento inicial mi memoria no había logrado identificar.

Con rutina no exenta de cierta avidez, el enano había vaciado el vaso de un largo trago y hecho chasquear sus deditos para ordenarle a Leticia otro del mismo. Después de cumplir con la orden ella se había alejado al fondo del local, a su lugar detrás de la barra, donde retomó el trabajo de envolver parejas de tenedores y cuchillos en servilletas de papel.

Yo no suelo entablar conversaciones con desconocidos, ni en bares ni en ningún lugar, pero sentado ahí, mirando a ese canijo de feria de entretenciones, fui incapaz de resistir la tentación de dirigirle la palabra.

“¡Mi daiquiri en la Bodeguita, y mi mojito en el Floridita!”, le dije jovial, a guisa de saludo.
El pequeño se había vuelto para mirarme casi con desdén.

“Usted se equivoca”, su voz era aguda como la de todos los chicos, pero impecable su modulación, “lo correcto es «mi mojito en la Bodeguita, mi daiquiri en el Floridita»”.

Lo había dicho con un dejo que me pareció presuntuoso.

“¿Está seguro?”, había insistido yo entonces con súbita irritación. Que aquella miniatura deforme se arrogara la facultad de corregirme, me había parecido de pronto, sin saber bien porqué, un exabrupto desmedido.

“Por supuesto que estoy seguro”, me respondió el pigmeo, y calmo había vuelto a vaciar su vaso hasta la mitad, “puede creerme. He estado varias veces en la Bodeguita, que es el lugar donde Hemingway escribió la famosa frase esa. En verdad ni siquiera es de él. Sólo tradujo al inglés un dicho que cualquier habanero de ese tiempo conocía. Pero el 12 de mayo de 1953, a las tres de la mañana, a él se le ocurrió inmortalizarla en la pared del bar que da a la calle del Empedrado, un mes después de recibir el Premio Pulitzer por «El viejo y el mar». La conoce la novelita esa, me imagino. O al menos vio la película con Spencer Tracy”.

El tonillo suficiente con que ese ente mínimo me hablaba, había terminado por irritarme de veras. Entre los muchos contemporáneos que no soporto, están en primer lugar esos gallipavos jactanciosos. Sin embargo, me obligué a fingir una despreocupación que estaba lejos de sentir. Yo, como todos, sé que los chicos, por su tamaño, suelen padecer de un sentimiento de inferioridad que ellos disimulan con una ampulosidad verbal y gestual exagerada.

“Gracias por la información cultural.”, le retruqué pues, con un acento que quiso ser irónico, “Apuesto que usted es profesor de literatura. ¿Me equivoco otra vez?”

Fue en ese instante que el enano me había mirado por primera vez a los ojos. Los suyos eran azulencos, pero en el blanco se repartía el fino mapa de filigranas carmesí que delatan a los buenos bebedores.

“Sí, otra vez se equivoca”, con un teatral chasquido de dedos, aquel pulgarcito sabelotodo le mostró a Leticia su vaso vacío, “y repítale al amigo acá lo que esté bebiendo”.

Con otro gesto engolado, mi reducido interlocutor me invitó a sentarme con él.
“Por favor, acérquese, le ruego que comparta mi mesa”.

No había sonado como invitación; más bien como una orden inapelable del tacuaco, que yo cumplí sonriente y también con molestia. Me había sentado, pues, frente a ese personaje, dispuesto a satisfacer mi creciente curiosidad que lentamente amenazaba con devorarme de pies a cabeza. Sí, con seguridad fue mi interés morboso el vero gestor de la inesperada y ominosa conversación que tuvo lugar aquella tarde en el “Normandie”.

No había comenzado de inmediato. Sólo después que Leticia trajera los tragos y volviera a alejarse, el minúsculo se decidió a abrir la boca.
“¡Salud!”, fue lo primero que dijo.

Ceremoniosos, hicimos chocar los vasos.

“¡Habría apostado que usted era profesor de literatura!”, le repetí al liliputiense después del brindis, “¡Esos detalles sobre Hemingway no los conoce cualquiera!”, y lo halagué con una sonrisa de dientes.

El enano me había quedado mirando serio y luego se había inclinado hacia mí.

“¿De veras le interesa saber lo que hago?”, me preguntó, limpiándose el bigotillo con pulgar e índice y bajando la voz a un seductor nivel de confidencia personal. Yo no le respondí, pero imaginé de inmediato varias posibilidades laborales: un circo o un cabaret o algo parecido. Y si atendía a la calidad de su vestuario, cual fuera la ocupación con que el retaco se ganaba la vida debía recibir un buen salario por ella.

“Soy funcionario de gobierno”, me había espetado el enanito, bajando aún más la voz, como revelando un secreto de la mayor importancia. Al escucharlo, aquella revelación me había sonado puerilmente presumida, pero algunas horas después, luego de escuchar el detallado relato que él otro me hizo sobre sus funciones, me quedó claro que ella sólo entregaba un pálido reflejo de sus verdaderas magnitudes.

Sin embargo, al comienzo de la conversación de aquella tarde en el “Normandie”, yo había estado convencido que el enano era sólo un fanfarrón que trataba de suplir su ausencia de estatura con hipérboles altisonantes. Por lo mismo no había podido evitar que mi comentario a esa breve información que el hombrecito me había dado sobre su trabajo sonara mordaz.

“Me imagino que usted ocupa un alto cargo”, le dije, enfatizando innecesariamente el adjetivo, “importante, quiero decir”.

Antes de contestarme, el otro había bebido el resto del tercer mojito y esperado mudo a que yo terminara mi whisky para ordenar una otra ronda, la que Leticia sirvió pronta.

“Usted lo dice, mi amigo”, había sentenciado caviloso, “es un cargo a veces demasiado agobiante para un hombre solo. ¡Pero alguien tiene que hacerlo!”. El suspiro con que remató este juicio sobre el peso de sus responsabilidades, sin dejar de ser melodramático, había nacido en una hondura demasiado íntima como para dudar de su sinceridad. Esto me había llevado a suponer que aquel gnomo cargaba tal vez los galones y atributos de una jefatura de importancia en la jerarquía de gobierno. Una vez más mi suposición había resultado equivocada.

“Sí, hay cargos que son cargantes”, le dije intentando una cacofonía ingeniosa y esperé a que continuara. Yo estaba decidido a no preguntarle directamente al petiso en qué consistían esas labores tan abrumadoras. Por lo demás, no fue necesario. Fue el mismo quien me lo dijo.

“Soy el bufón de palacio”, soltó de sopetón. Fue entonces cuando un recuerdo súbito de mi infancia me golpeó la cabeza: una mala ilustración de la Enciclopedia Concisa Sopena en tres tomos de mi padre y que mostraba a Don Sebastián de Morra, el bufón de Felipe el Pasmado. El enano que tenía al frente se veía igual.

A mi edad y con mi experiencia de vida (un poco más intensa que la de otros me atrevo a afirmar sin ínfulas de ningún tipo) debo decir que no son demasiadas las cosas que consiguen asombrarme. El enano y su relato de esa tarde lo lograron con un impacto directo que dio de lleno en mi cabeza y mi pecho. Como no podía ser de otra manera, traté de recuperarme de la conmoción que me produjeron las palabras del enano con ayuda de fórmulas verbales más o menos lógicas.

“Usted bromea”, le dije.
“Por supuesto que lo hago, pero sólo cuando trabajo”, fue su seca respuesta, “nunca en mi escaso tiempo libre.”
“Perdone”, insistí débil, “pero si no me equivoco, su oficio, digamos, hace mucho que desapareció del mercado de las ofertas laborales, tal como el de los juglares, los matadragones y los caballeros andantes. Además, no olvide que este país es y ha sido desde hace doscientos años una república. Mal hecha quizá, pero una.”

Su manita me interrumpió con el impaciente gesto de arrogancia del erudito que sabe muy bien de lo que habla.

“Escuche bien, joven”, me dijo categórico, arreglándoselas (aun siendo yo de tamaño normal y seguramente también más viejo que él) para mirarme hacia abajo con un aire de preceptor indulgente, “deje que le recuerde algo bastante elemental: en cualquier tiempo y lugar donde se ejerza el poder, existe una corte; y allí donde existe una corte, habrá siempre un bufón. Es una ley natural de nuestra humana sociedad. O « humana suciedad» si usted prefiere”, agregó serio.

Aquí debo reconocer que yo no sabía ni sé mucho de bufones. El origen de aquel viejo oficio, como el de putas, traidores, artistas y filósofos es de cronología y geografía incierta. Lo único que sabía, es lo que mi recién conocido acababa de decir: que su oficio había crecido y desarrollado al amparo de sus señores de turno. ¿Su tarea principal? Distraer a sus principales de los múltiples avatares que les deparaba el ejercicio de su poder. Me recordé también, entre brumas, lo que Herodoto contaba en sus “Historias” sobre la nerviosa espera antes de la batalla de Marathon contra los ejércitos medos de Artafernes. Milcíades (el jefe de las tropas atenienses) se había preocupado que a los oficiales y soldados no les faltara una entretención que los distrajera de las conjeturas sobre los resultados de la batalla por librar al día siguiente. Para eso, había contratado a todas las meretrices y cómicos de Atenas.

“¿Le parece si nos bebemos otro? Con suerte, todavía tengo algo de tiempo”.

Antes de que yo pudiera pronunciar palabra, el bufón de palacio había levantado su dedo para indicarle a Leticia que nuestros vasos estaban vacíos. Soy un bebedor consecuente pero moderado. Hacía mucho tiempo, con seguridad años, que no traspasaba la línea de los tres whiskies vespertinos. Aquella noche dejé de contarlos en el número cinco. No obstante esta ingesta algo ubérrima de Johnnie Walker etiqueta roja, recuerdo con toda claridad que en ningún momento me alejé de las coordenadas de la realidad. Tampoco mi interlocutor, que bebía sus mojitos a una velocidad contra reloj, mostró en ningún momento las habituales alteraciones conductuales de las borracheras. Así, la conversación con el enano había sido un acto de la más absoluta y coherente racionalidad. Si el alcohol tuvo algún efecto, este sólo fue el de aumentar la concentración con que atendí a las confesiones que escuché, y la intensidad con que el bufón las hizo. Confesión: tanto en su profundo sentido teológico como en su rigor psicoanalítico, es la palabra exacta para definir ese desborde emocional con que él me enteró de las sinuosidades más oscuras y retorcidas de su trabajo en palacio.

“Ya ve usted, yo trabajo en un lugar donde la luz del día no llega, mi amigo”, me advertía el bufón después de cada anécdota y antes de empezar la siguiente, “cuando le digo que mi trabajo es agobiante, no es por lo que hago sino por lo que escucho y veo.”

Lo que aquella noche en el “Normandie” llegó a mis oídos excede en mucho mi capacidad de reproducirlo con fidelidad. Baste decir que una décima parte de lo que escuché de boca del enano daría a muchos de los “indignados” posmodernos, material suficiente para incendiar el país por los cuatro costados. No por casualidad me recordé (soy profesor jubilado de historia) que Bel Ami, el verdugo más importante y carismático de la Revolución Francesa, había servido diez años como bufón y secretario a Marie Antoinette en el Petit Trianon de Versailles, a la que saludó con una graciosa reverencia antes de conducirla a la guillotina.

A pesar de la franqueza evidente con que ese espantajo de gobierno me relataba los más íntimos pormenores de su oficio, seguía molestándome el retintín arrogante con que lo hacía. Es más, mientras lo escuchaba me ganó la certidumbre que el enano no solamente se autocompadecía, sino también disfrutaba de su propio relato y del papel que le tocaba cumplir en él. Fue esta la razón que me llevó (lo reconozco, un poco impensadamente) a hacerle la pregunta que cambió el rumbo de nuestra conversación.

“Lo que usted me cuenta es apabullante”, le dije, “pero dígame ¿qué pasa cuándo usted les muestra su espejo?”
Las manitas que sostenían el vaso se detuvieron a medio camino. El enano se paralizó. “

¿El espejo? ¿Cual espejo?”

“Bueno”, carraspeé yo inseguro, “he leído que junto con el cetro y la gorra de cascabeles, uno de los implementos, quizá el más importante de su oficio, es el espejo de mano. El que entre chiste y chiste, entre payasada y payasada, ustedes sostienen ante el rostro de sus señores para que reconozcan lo que son en verdad. ¿Cómo reaccionan ante él en el palacio?”.

“No sé de lo que me habla”, dijo cortante y de un golpe se tragó el resto del mojito con verdura y todo.

Fue en ese momento que yo intuí el secreto esencial del hombrecillo.

“Usted sabe perfectamente de lo que hablo”, espoleado por el whisky insistí con franca pesadez, “un bufón sin espejo no es nada”.

La mudez con que el mirmidón respondió a mis palabras, corroboró mis sospechas. El pobre diablo era un baladrón sin coraje. Por eso su afán en contarme de las inmundicias su trabajo. Lo había hecho para aliviar la culpa que sentía por ser parte de ellas.

“Está bien, lo comprendo”, dije perdonavidas y le di un golpecito en el hombro, “En su lugar, también yo tendría miedo”.

Los siete primeros compases de una “Pequeña Serenata Nocturna” digital pusieron el punto final al pesado silencio que siguió a mis palabras. Con apresuramiento torpe, el enano sacó de entre sus bolsillos un iPhone de la última generación, de color rojo. Leyó el mensaje y se levantó presuroso de la silla. De pie, era apenas una cabeza más alto que la mesa.

“Debo irme”, dijo sin mirarme, “me esperan”.

Con gesto ahora tímido depositó varios billetes en la mesa. Demasiados.

“Creo que eso es suficiente”, murmuró. Me tendió la manito. “Fue un gusto”, mintió sin sonrisas.
“El gusto fue mío”, respondí y agregué sin saber porqué: “tenga cuidado”. Sin volverse, el enano agitó la mano con el mismo desdén con que me había saludado y salió del local. Un chofer esperaba por él, con la puerta del coche abierta.

Ese fue mi único encuentro con el bufón.

Al viernes siguiente regresé al “Normandie” con la esperanza de reencontrarlo, pero la mesa junto a la ventana esperaba solitaria por mí. Mirando a la gente que allá afuera iba y venía, y mientras Leticia iba por mi primer whisky, no me costó demasiado archivar al enano funcionario en mi desmemoria.

La noticia del diario de la tarde me lo trajo de regreso.

Supe que era él por el breve informe de la policía que daba cuenta del hecho. La noche anterior había sido encontrado, colgando de un árbol del Parque Forestal, el cuerpo de un hombre de “porte reducido”. Junto con su documento de identidad, en su bolsillo se encontraba un espejo de mano. Roto. Los peritos forenses descartaban la intervención de terceros. Quizá tenían razón, pero yo no me hubiera atrevido a jurarlo.

II.

El legado de Bruno

Aún durante mucho tiempo después se había sentido tentado de interpretar aquella sospechosa casualidad como una agorera señal del fin de las bellas letras, como el comienzo de la degeneración del Verbo humano. Al mismo tiempo empero, se había obligado a reconocer que tales aprensiones suyas no sólo eran de un patetismo desproporcionado, sino además de penosa fatuidad. Luego de una larga reflexión más serena, se había obligado a aceptar lo acontecido como una real posibilidad de futuro. Cierto es que inmediatamente después había dejado para siempre de escribir, pero seguía esforzándose en escrutar los verdaderos alcances del hecho y de aceptarlo, sin emociones ni banderas, como el inicio de una nueva literatura: una en la que él y un número indeterminado de sus colegas escritores probablemente tendrían poco o nada que decir. O tal vez, mucho más de lo que pudiera pensarse. En todo caso, se había cuidado de no hablar con nadie al respecto. Siempre sólo consigo mismo.

El asunto había ocurrido hacía algunos años en la egregia ciudad de Roma, poco después que su último libro –una ingeniosa disquisición sobre el sentido del sinsentido– fuera acogido con entusiasmo delirante por la crítica y el mercado europeos. Este tan largamente añorado reconocimiento literario lo había embriagado con la dulce certeza del éxito. Por tal motivo se había volcado de inmediato a la preparación de su próximo opus. Sin necesidad de cavilar muy largo, de entre la ubérrima oferta de su fantasía había escogido como subjet de su próxima novela la fatídica introducción de la tipografía por los jesuítas en el Chile colonial del siglo XVII. Con este objeto, desde hacía tres semanas investigaba sin descanso en la biblioteca de la Pontificia Universitas Gregoriana, abriéndose paso por entre marañas de senectos manuscritos olorosos a papel oxidado y goma arábiga, en pos de aquellas verdades documentales de las que se nutren las ficciones verosímiles.

Al tercer día de la tercera semana, un caliente martes de junio, había decidido descansar. A ello lo había obligado el constatar que su provisión de ropa limpia se había agotado. Meter tanta ropa de muda en su equipaje sólo había significado postergar y agrandar el problema de fondo, de modo alguno su solución. Cierto es que habría podido pedirle a la dueña del albergue donde se hospedaba que lo ayudara a resolver el problema, pero nunca había logrado distanciarse de esa vieja tradición cultural de su país de origen que recomendaba que el lavado de ropa sucia se hiciera en casa. Así pues, en esa caliente tarde de junio se había dado a la búsqueda de una lavandería automática, con una bolsa de plástico a punto de reventar en cada mano.

Un acucioso estudio de las Páginas Amarillas de Roma le había revelado que el salón de lavado más cercano se hallaba en la Via della Spada d’Orlando 18. Tal nombre, había pensado al sesgo, habría satisfecho la oscura pasión nibelunga del viejo Borges, por héroes y filos. Quizás lo pensó porque era pleno verano y el fulgor sonoro del nombre concedía a la sucia brevedad de la calleja unos resplandores acerados, como los reverberos de un facón macho saliendo de la vaina. Pero el aliento caliente del lejano sirocco ya había alcanzado Roma, obligándolo a no pensar en otra cosa que no fuese huir de esa canícula inmesericorde. Para su gran decepción descubrió que en la calle de nombre tan eufónico el número 18 no existía. Allí donde debía estar, se alzaba una larga palizada alta de tablas semipodridas.

Una gruesa costra de afiches publicitarios era lo único que parecía sostenerla. Desconcertado había espiado por una hendija el otro lado. Lo que vio fueron las ruinas de lo que en tiempos pretéritos había sido una mansión patricia. No se había sorprendido. Roma era pródiga en ruinas nobles.

El vasto antejardín era ahora un erial gobernado por la maleza. Al fondo, los peldaños rotos de una escalinata de regia anchura conducían suavemente a una arcada dórica cuyos capiteles mutilados sostenían a duras penas un frontispicio semiderruído. Todo lo que había resplandecido alguna vez con el frescor espléndido del mármol, había desparecido bajo el plebeyo hollín de la civilización. Para impedir su desplome total, albañiles de prisa y sin amor propio habían unido columnas y paredes con tapias de ladrillos. Esa albañilería de emergencia le daba al conjunto el aspecto de un grotesco mausoleo faraónico sin terminar.

Un algo indeterminado que él no pudo precisar de inmediato, flotaba sobre la casona en agonía.

Se aprestaba a enfrentar la frustración de la retirada cuando por entre la silvestre enredadera de afiches entrevió, semioculto, el orín verdoso de un bronce recordatorio.

S.P.Q.R
Palazzina della Scintilla
S. XVI – S. XVII

Las viejas iniciales imperiales indicaban que para los padres edilicios aquellas ruinas eran dignas de ser rememoradas. El bronce informaba que en 1585 el cardenal Ippolito Aldobrandini, Auditor de la Sacra Rota Romana, había ordenado al arquitecto Filippo di Gonzaga la construcción de la villa, la que fue terminada en 1595. Al convertirse en el Papa Clemente VIII, la regaló en el Anno Santo 1600, a su sobrino, el Cardenal Pietro Aldobrandini.

Éste encargó a Giacomo della Porta cambios en el frontispiscio y vestíbulo del primer piso, y al Cavaliere d’Arpino la decoración del patio interior con una fontana de granito sardo y cinco frescos sobre la Santa Familia…

Fue en ese momento en que su ojo había interrumpido la lectura para detenerse en un simple listón de madera que alguien había clavado más abajo, con una casi ilegible inscripción escrita a mano.

Lavanderia Self-service ad acqua »Punto Blu« Tirare il cordoncino ¡Tire el cordelito!
Otro recuerdo del subdesarrollo de su infancia lo conmovió hasta la médula de los huesos. Su primera niñez la había vivido en un conventillo del Cerro La Cruz de Valparaíso: una hilera de piezas sin ventanas alineadas militarmente en torno a un enorme patio de polvo. En cada pieza vivían una o más familias. Sus moradores, más por pudor que por afrancesamiento, llamaban cités a esa forzada comunidad de la miseria. También en el portón de entrada de cada conventillo, junto a los nombres garrapateados a tiza o lápiz, se leía, como ahora, la misma modesta invitación: Tire el cordelito.

Junto a la tablilla colgaba efectivamente la punta de un cordón pringoso, que él jaló con energía, contento de comprobar que la dirección resultaba finalmente ser la correcta.

Tres veces debió accionar aquella prístina técnica telecomunicativa, antes de que en el cerco se abriera una minúscula puerta, en la que él no había reparado.

Sin palabras, un viejo lo había dejado pasar. Luego había vuelto a correr el cerrojo y retomado a paso rápido el camino de regreso al mausoleo. Él lo había seguido, aún demasiado aturdido por el calor como para asombrarse.

En el fondo no lo sorprendía que la modernidad romana hubiera convertido a la Palazzina della Scintilla en una lavandería. Si el atelier donde Bernini había esculpido su Verità svelata dal Tempo era ahora una filial de Mc Donalds, bien podía entonces una ex-villa cardenalicia devenir en fregadero automático. El viejo que lo precedía vestía una de esas largas cotonas azules de auxiliares de escuela pública.

Y sobre la cotona, un delantal de cuero apelmazado por un uso que delataba un trabajo mugroso. La indumentaria la completaba un alzacuello de clérigo ribeteado de sudor. ¿Por qué no?, había pensado. Total, no todos los sacerdotes de Roma debían trabajar necesariamente en el Vaticano. Y de alguna manera el cura coincidía con la atmósfera del lugar. Fue en ese momento en que su nariz logró identificar ese algo impreciso que revoloteaba en el aire. Era el olor. El aire olía a amoníaco de zoológico, a tufaradas de animal prisionero. Lo había achacado a las docenas de gatos que dormitaban por entre la pedacería de mármoles esparcidos en el extenso antejardín. Como en el Coliseo o en el Area Sacra del Largo Argentino también aquí, los más romanos de entre los félidos, velaban con hierática indolencia sobre lo oculto para siempre en todas las ruinas.

Al esperpéntico mausoleo se accedía por atrás. Por una portezuela de hierro el viejo lo introdujo al interior de las ruinas de la Palazzina della Scintilla. El tránsito del calor a esa sombría algidez le había provocado una sensación de gratitud. La luz de un bombillo enchapado en mugre de moscas y tiempo iluminaba apenas el recinto, cuyas verdaderas dimensiones sólo podían intuirse. Su guía lo había conducido por una escalera de caracol tallada en el roca misma de los fundamentos que abajo terminaba frente a otra puerta de hierro entreabierta. Por primera vez el viejo le cedió el paso. Entraron a un sótano cuyas dimensiones se perdían en penumbras y recovecos insospechados.

Arcos de piedra sostenían el cielo de la bóveda. Otra vez Borges se le asomó a la memoria para decirle que no debía sorprenderse si en el centro de esa soledad subterránea se le aparecía la metageografía del Aleph, para develarle en un instante todas las cosas y sucesos. La caliginosa luz fría de un tubo de neón se derramaba sobre cuatro máquinas lavadoras. Por primera vez el viejo le había dirigido la palabra: Lavato cinquemila, asciugatura altre cinquemila, le dijo. Recibió dos fichas metálicas a cambio del billete de diez mil liras que el viejo hizo desaparecer en algún bolsillo.

Luego, inopinadamente, el cura había dado media vuelta y se había marchado. Un momento largo sus pasos habían resonado por entre los recodos de las sombras.
De pronto, al saberse solo en esa catacumba convertida en singular salón de lavado, lo había invadido un temor infantil. De común sabía manejar a discreción el tiempo ocioso de las esperas. Disfrutaba incluso de los juegos mentales con que los superaba, juegos que después, de una manera u otra, terminaban reflejándose en su creación literaria.

Aquella vez sin embargo, la sola idea de tener que esperar allí por el fin del lavado le había parecido insoportable.

Atarantadamente había llenado con su ropa una de las lavadoras y después había buscado con incontrolada prisa el camino de regreso al exterior. Pero al llegar al extremo superior de la escalera de caracol lo había confundido enfrentarse a tres puertas de hierro. Como suele suceder en tales casos, escogió la falsa.

Así fue que de repente se había encontrado en el patio interior de la palazzina.

De tal modo lo encandiló el golpe de luz, que al comienzo se había negado a creer lo que sus ojos le dijeron.

Bajo el sol petrificado del verano un grupo de chimpancés disfrutaba de la holganza de los reos a la hora de patio. Apacibles paseaban por entre las columnas, se despiojaban unos a otros o cabeceaban simplemente a la sombra de los matorrales. Una alfombra de basura, excrementos y maleza agostada cubría el enorme patio. En el centro del patio, un cuarteto de tritones de granito hacía media eternidad que había dejado de soplar agua de sus caracolas en una fontana derruída. El olor a naturaleza podrida lo dominaba todo.

Ante tal paisaje había permanecido inmóvil, incapaz de aprehenderlo en su totalidad.

Son bonobos, había dicho de pronto una voz estropeada a sus espaldas, los más inteligentes entre los chimpancés. El viejo cura lo había dicho en un italiano sorprendentemente cristalino con el tono afectuoso de un abuelo chocho. Especialmente ése: Umberto, y había apuntado a un mono que miraba ausente en la encumbrada lejanía del azul mientras se rascaba el cuello con un objeto que se veía como una rama seca. Era un lápiz. Umberto se rascaba el cogote con un lápiz. Recién entonces el se había percatado que por doquier en el patio, entre montículos de mierda y restos de fruta podrida, yacían toscos lápices de carpintero y trozos cuadriculados de cartulina.

Sin comprender, había mirado al viejo.

Es una historia bastante vieja, había respondido éste a su pregunta muda, venga, ahí se está más fresco. Y lo había llevado hasta una banca destartalada, bajo la sombra piadosa de un oleandro. Ritorno subito, había dicho, y desaparecido premuroso.

Él se había sentado sin dejar de mirar a los monos y sin lograr meter ese singular día de lavado dentro de una caja de modelos más o menos lógicos. La única certeza que no lo abandonaba, era que todo aquello estaba de veras ocurriendo.

El viejo había regresado con una botella medio llena de vino blanco y dos vasos. Bajo el brazo sostenía una vieja caja de galletas, de hojalata, asegurada con elásticos. ¿De dónde viene?, quiso saber mientras llenaba los vasos.

Él se lo había dicho. Y obedeciendo un irresistible impulso de vanidad había agregado: Soy escritor.

¡Oh!, a todas luces divertido el viejo había tosido una risita y virado sin transición al castellano. ¡Entonces ésto seguramente le va a gustar!. Su brazo había descrito un amplio arco que abarcó el patio y los monos. Esto es, por llamarlo de alguna manera, un experimento del remordimiento, dijo.

Luego de vaciar de un trago el vaso le había preguntado de sopetón: ¿Qué sabe de Giordano Bruno?

No mucho, creo.

No importa. La ocurrencia fue de él. Una de entre las muchas que lo ayudaron a subir a la pira en Campo de Fiori. Ahí el viejo se había reído como si hubiera dicho algo felizmente cómico y encendido un cigarrillo sin filtro. ¿Sabe?, a los del Sant Uffizio, la visión hereje del buen Giordano les molestaba menos que el sarcasmo con que la exponía públicamente. Lo que más enfurecía a los guardianes de la fe no era tanto la crítica de Bruno al dogma del Dios infinito, sino los ejemplos de que él se servía para apoyar sus argumentos. El viejo sacerdote había vuelto a llenar los vasos. La soberbia del Hombre –y de pasada seguramente también la de su Creador– de creerse seres superiores de la Naturaleza y sobre la Naturaleza, enfurecía a Bruno. Fue eso lo que lo llevó a afirmar en su poema didáctico, De immenso et innumerabilis, que si un número infinito de monos jugara por un tiempo infinito con pluma, tinta y papel, lograrían escribir otra vez la Divina Commedia. ¿Comprende ahora?

Quizás porque ya había comenzado a sentir algo así como miedo, él se había abstenido de responder.

Vaciando el segundo vaso, el viejo había continuado tranquilamente su monólogo.

Después de la quema de Giordano, el Papa Clemente VIII, el único que podía haberlo salvado, se torturó hasta el final de sus días con su mala conciencia. O tal vez se torturaba con el pensamiento de que Bruno podía haber tenido razón. Lo que haya sido, el hecho es que en una cláusula secreta de su testamento dispuso que una parte no insignificante de su fortuna se invirtiera en la realización ad æternumde este experimento. Para tal efecto puso además esta Palazzina a disposición. Todo eso ocurrió hace cuatrocientos años. Desde entonces el Comite Pontificio de Ciencias Históricas, aunque a regañadientes, designa a un Sacerdote secular para la supervisión de esta tarea. Y desde hace treinta y siete años me toca a mí hacerlo. Por supuesto que el dinero de Clemente se acabó hace tiempo y la Curia no nos da un centavo. Esta vez el arco que describió su brazo había abarcado no sólo el patio, los monos, sino a él mismo. Nos ayudamos como podemos con colectas y pequeños negocios como esta lavandería. ¿Qué me dice?

“Comprendo”, había murmurado él con la boca reseca.

Pero el viejo había negado divertido con la cabeza.

No, usted no comprende. ¡Todavía no!, con toda parsimonia había abierto la vieja caja de hojalata, en este largo tiempo siempre han habido monos que de vez en cuando han logrado dibujar cosas que se ven como letras. Pero recién el viernes 30 de octubre de 1922 vino a ocurrir algo que se podría llamar de veras interesante. Por extraña coincidencia el mismo día en que Mussolini asumió el poder, el viejo, más divertido que nunca, había lanzado otra carcajada, Birilo, un bonobo de diez años, logró esto. El viejo le había extendido un raído trozo de cartón amarillento que él había tomado y contemplado largamente.

Tan largamente, que aún mucho después seguía viendo con toda nitidez lo que Birilo, en ese remoto viernes de octubre, ochenta años atrás, había escrito con infantil caligrafía pero inexorablemente explícito:

Nel mezzo del cammin di nostra vita
Roma / Berlín, Octubre, 2002

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