Nunca más sin nosotras: ¿por qué necesitamos participar de este proceso Constituyente?

Por: Carolina Ibarra Peña. Profesora de Historia, Geografía y Ciencias Sociales y Magíster en Historia (PUCV). Doctoranda en Historia (Universidad de Valladolid). Autora y columnista de Historia Local, Microhistoria, Patrimonio y Feminismos. IG: @_krolito.

Foto: Periocollages

Después del triunfo del domingo, pocos días después del primer aniversario de la revuelta en el país, es importante recordar que hemos asistido a uno de los acontecimientos más importantes de los últimos años. Desde el retorno a la Democracia no habíamos presenciado una protesta con tanto impacto y con tanta adherencia social. Durante varios meses fuimos autoras y testigos de cómo las demandas sociales se aunaron en una sola petición final: Devolver la dignidad a nuestro pueblo, pero comenzando con nosotras. 

Los análisis frente a este tema han sido tan diversos como los enfoques que se le dieron a este movimiento social. Y la teorización al respecto, en mi opinión, tiende al menosprecio de la conciencia de pueblo, quitándole protagonismo a los actores del proceso. Uno de los claros ejemplos de ello, es la conceptualización dada por los medios de comunicación de “estallido social”, lo que sugiere un movimiento no concertado, repentino y violento, donde la masa reacciona frente a un estímulo, que en este caso sería el aumento del precio del transporte público. 

En ningún caso refleja la relevancia de este momento social. La ciudadanía durante décadas fuimos expresando el malestar, organizándonos mediante colectivos o acciones concertadas de protesta, exigiendo a los representantes en el poder que se hagan cargo de las necesidades de quienes habitamos este país. El paternalismo constante que niega nuestra capacidad de pensar críticamente como comunidad el rol de nuestras instituciones, fue una de las causas más importantes para que se desatara la revuelta, que manifestaba desde hace mucho tiempo la carga cotidiana de nuestro modelo económico y del rol que ocupa el Estado en el desarrollo económico de nuestro país. 

Con las contantes impugnaciones a nuestras peticiones, a través de la votación en contra en el Congreso de las pocas leyes pensadas en toda la ciudadanía, o a través del Tribunal Constitucional, el grupo que históricamente no ha conseguido ser escuchado es el de mujeres y disidencias. Por eso, este momento es tan importante para nosotras que siempre hemos sido tratadas como minoría: Desde el salto de los torniquetes hasta la vuelta al mundo de “Un violador en tu camino” de LasTesis, estuvimos en el centro de esta revuelta, donde fuimos íntegramente convocadas, debido a que resentimos como carga usual y rutinaria lo peor del modelo económico imperante en una estructura patriarcalizada. 

Los esfuerzos lograron que instaláramos en la opinión pública la necesidad de la redacción de una Nueva Constitución que nos considere. Lo que se tradujo en la opción de votación de una Convención Constituyente que asegurara la paridad en el proceso. Hoy que ya es una realidad la posibilidad de reescribir las reglas del juego, más que nunca es necesario involucrarnos en la manera en que se redactarán. 

Primero, es importante valorar la recuperación del espacio político que hemos realizado, producto de las manifestaciones reiteradas y la ocupación del espacio público que hacen visibles nuestras demandas y permitieron instalar en el diálogo corriente la necesidad de erradicar toda violencia a nuestro género.

De esta manera, dos aspectos son fundamentales en este proceso: repensar la distribución del poder y repensar nuestro principio de soberanía. Una Constitución es el documento por el cual se rigen todas las acciones, instituciones y leyes que soportan la estructura del Estado en el territorio, por lo que todo lo que quede por escrito supone la aceptación de un mínimo desde el cual es posible organizarnos. La estructura actual de distribución de poder no permite que nuestras demandas se concreten en leyes: está dormida la ley de violencia en el pololeo, lo mismo con la ley de educación sexual integral, nuestro sistema de pensiones no considera el aporte de muchas mujeres dueñas de casa al desarrollo del país (simplemente se asume como una carga que debemos llevar por el solo hecho de nacer mujeres, porque el sistema también es transexcluyente), nos vemos perjudicadas en la crianza de nuestros hijos violando sus derechos económicos (hay cerca de un 80% de pensiones de alimentos que no se pagan), y para qué profundizar en lo que ocurre con disidencias, donde el grupo más violentado e invisibilizado es el de lesbianas. Una redistribución del poder, es necesaria, para que un órgano legislador como sea que se piense en una nueva Constitución, no quede supeditado al poder del Ejecutivo (como está establecido en la actual Constitución), para que nuestras demandas sean justamente concebidas dentro del sistema. 

La soberanía se ha entendido como el poder constituyente que reside en la nación. La Constitución de 1925 se hizo sobre la base de una nación que no consideraba a las mujeres como sujetas de derechos políticos, no teníamos siquiera derecho a voto, y donde los derechos económicos recién comenzaban a tener lugar en la legislación. La Constitución de 1980 se escribió a espaldas de todos, enfatizando aún más la desigualdad que permite un modelo capitalista, donde la opresión de  género también es una opresión de clase. Repensar el principio soberano es necesario para esta nueva Constitución, puesto que en ella descansa el comienzo de la consecución de una justicia social, que se entienda como dignidad para todes. 

El pueblo tiene preparación académica y experiencia acumuladas suficientes como para sentar las bases de los principios que traerán justicia social a quienes habitamos este país. Pero solo se podrá conseguir en la medida en que nuestra lucha feminista no descanse: Necesitamos buscar buenas representantes para el Proceso Constituyente. Necesitamos encontrar mujeres que puedan dar cuenta de las opresiones que sufrimos por género, clase, nación, entre otros, como la base del entendimiento de esa dignidad, para que la Constituyente no quede en manos de quiénes históricamente están sobrerrepresentadas en el poder: mujeres blancas de clase alta, que sufren quizás la opresión de género, pero que no han habitado el cuerpo de la pobreza, el cuerpo de la desigualdad, el de la discriminación. 

El trabajo territorial más que nunca es importante, informarnos del proceso, apoyar donde podamos, continuar con nuestro activismo feminista, continuar visibilizando los problemas para ser oídas. Aportar desde nuestras trincheras: las letras, la palabra hablada, el cuidado de otrxs, la educación, la música, el bordado, la protesta. El día domingo dimos el primer paso para pensar el Chile Nuevo, desde ahora viene nuestro trabajo para elevar Constituyentes que representen nuestras ideas, los intereses de un colectivo, para que esta Nueva Constitución sea la recuperación de nuestro espacio en la lucha social, sea el principio rector de la dignidad que merecemos. Hay que seguir trabajando para este Chile que nunca más será sin nosotras. 

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