Noticia de último momento

Por Frida Tovar (México)

Reunida con todos en la mesa de media luna, alrededor de un pastel de fresas, me mantuve perpleja mirándolos con el alma en un hilo. La editora tomando el té, el jefe de redacción masacrando un polvorón entre los dientes, la reportera regando un chispazo de azúcar al abrir un paquete de donas. Yo ya lo había naturalizado, pero de vez en cuando me desconectaba y pensaba todavía en la surrealidad del asunto. No existía una manera correcta de nombrar aquello que hacíamos mientras tomábamos el lunch. Ninguna denominación le hacía justicia a lo que ese viernes nos tenía reunidos en la mesa de juntas. Como cada mes en la redacción, la misma energía nos enlazaba, una carroña inexplicable que funambulaba peligrosamente entre los límites del morbo y el deber ser, las noticias de último momento.

La primera vez que me enteré de lo que sucedía tras esas paredes cristalizadas, tragué saliva e intenté salir discretamente de la oficina. Pero el espanto era tanto que, obviando el vidrio de seis pulgadas, ancho como un jamón ibérico, me estampé en la puerta achatándome como un pug. La editora me ofreció un vaso con agua. Era aceptarlo y volver de nuevo a ese búnker de crueldad o negar un poco de linfa y retirarme con la dignidad de una paloma desplumada. — ¡Qué bien sabe! — Dije con la voz vigorosa, exaltando mi grandilocuencia y la incapacidad que siempre he tenido para no saber qué decir nunca. “Qué bien sabe” ¡era un vaso de agua por dios! ¿a qué iba a saber el agua?

— Bienvenida, Conchita. ¿Tienes alguna sugerencia?

Más allá de que estaban llamándome por mi nombre enano, había otra incomodidad que me aprisionaba el pecho, la incomodidad de saber que algo no andaba bien y aún así la vida seguía. El tema de estas juntas era una tradición necesaria para la supervivencia del periódico nacional: Morirse. Y me estaban pidiendo una sugerencia sobre eso. 

No se trataba de cualquier tipo de “morirse”, era una muerte que no existía todavía. Se trataba de la preparación precoz de una muerte anunciada.  La editora llamaba a esa junta ¨Preparar el zopilote” yo juro que busqué un mejor nombre para el suceso, lo juro. Propuse desde la elegancia “preparar el perfil”, pero al jefe de redacción le pareció falto de sustancia.  “No somos una secta, Conchita, no pasa nada si llamamos a estas juntas de un modo u otro” Yo de verdad no podía creer la naturalidad con la que sobrellevaban el asunto.

 Luego intenté con algo más directo, pero  igual buscando sobriedad “La junta de obituarios exprés” — Demasiado largo, Conchita. Mejor dejémoslo así. 

Honestamente esa última no había sido mi mejor idea tampoco, pero volvimos al común acuerdo y por mera resignación lo acepté. Cada mes, formaba parte del equipo de zopilotes.

— Bueno, ¿quién creen que siga?—Preguntó Ventura, la editora del periódico, mientras rumiaba una lechuga bañada en mayonesa. 

— Yo creo que Poniatowska, no nos vaya a dar un susto.—Respondió Jaime sin titubear mientras se pasaba una aspirina con sprite.

Y ahí estaba yo, en medio de un picnic escabroso, presenciando cómo la editora y el jefe de redacción acordaban qué famoso estaba próximo en morir. La prensa mexicana siempre fue un poco así, no digamos burlona de la tragedia, más bien prevenida.

Pero yo creo que no sólo estaba pasando en México, los zopilotes ya habían migrado también a otras latitudes. Podía encontrar el mismo patrón en todo el mundo. Seguramente, en este mismo instante, mientras estoy pensando en esto, hay más de mil juntas editoriales sentadas en una mesa de media luna, discutiendo quién se va a morir para sacarlo antes que nadie en primera plana con la misma leyenda: “Noticia de último momento”.  Casi puedo imaginar las portadas repetidas, una noticia de urgencia, un título rojo y una foto emblemática. La noticia escrita durante el lunch de los directivos, una cruz negra y unas manos mayonetizadas empuñando la victoria de una muerte ajena como quien se acaba de ganar la lotería.

Funcionábamos algo así como un vendedor de seguros, un clan de adivinas que necrosaban la vida de la farándula. Tres Moiras atando y desatando la biografía de desconocidos a nuestro gusto. Todo mientras tomábamos el té o una rebanada de pastel de fresa, especialmente hoy, que era mi cumpleaños.

No iba a dejar pasar la oportunidad, porque había otra tradición en la redacción, también sagrada e irrompible. Cualquier miembro del equipo que cumpliera años podía pedir un deseo en voz alta y éste le era cumplido. Claro que todos habían pedido deseos un tanto estúpidos. Margarita, la secretaria administrativa, una vez pidió un pase de prensa para entrevistar a Juan Gabriel, pero como Margarita tenía nada de reportera y todo de fan, perdimos una nota y ganamos una secretaria desmayada al pie del Auditorio Nacional. En otra ocasión, un pasante  bilingüe y alzado, se colgó de nuestra naturaleza bondadosa para desear “one kiss from Ventura”, argumentando que tenía un pasado actoral, y que según el método Stanislavsky de actuación, él no sentiría nada al ser besado por su jefa, por supuesto que Ventura le regaló un kiss de Hersheys y le quitó la beca. 

Esta vez era mi turno. Ahí, en medio de una oficina cristalizada que reflejaba en sus paredes estorbosas la imagen de sesenta velas duplicando treinta, ahí, mientras Ventura tomaba el té y Jaime masacraba un polvorón, ahí, donde la reportera regaba el azúcar de sus galletas, ahí, entre el calor de los periódicos y el aroma a fresas, cerré los ojos y soplé dejándolo todo a oscuras. 

Un silencio abarcó toda la sala. Yo lo sabía, era día de zopilotes. En menos de veinte minutos pasaríamos de estar festejando una vida a dictar la muerte de un desconocido palabra por palabra, con caracteres limitados. Pero la era de los zopilotes había terminado, por lo menos hoy se iba a poner en pausa. 

— ¿Qué deseaste, Conchita? 

— Que no salga hoy ningún obituario.

— ¿Qué? Conchita, no podemos hacer eso, todos los días muere alguien, nos vamos a quedar sin notas.— dijo Ventura mientras agujereaba ansiosa la bolsita del té.

— Es más, anunciaremos que no murió nadie.

— Concha, ¿estás loca? Nos van a demandar.

Jaime me miraba negando furioso con la cabeza, “nuestro compromiso es con la verdad” decía entre dientes. Todos sabemos que eres un corrupto Jaime, y que vendes tus notas a otros medios, pensé. Había además algo con lo que la prensa mexicana estaba más comprometida que con la verdad, y era con la tradición. Ventura lo sabía y se puso tras de mí. Me amasó los hombros mirando al frente. 

— ¿Escucharon todos? A trabajar. — Dijo limpiándose las manos llenas de té en la falda. 

† 

Noticia de último momento.

 No se reporta ningún muerto en el país.

Hoy 30 de Diciembre del 2020, se reporta que toda la población mexicana fue encontrada con vida en sus casas y sin signos de violencia.



Comenzaron a sonar los teléfonos por toda la redacción, el director nos había mandado llamar a los zopilotes, al parecer, nos iban a despedir a todos.

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