Niza Solari: “La Armada torturó y mi cuerpo lo sabe”

Texto: Alejandra Delgado / Fotografía: Rodolfo Muñoz

Apenas nos paramos frente al edificio que ocupa hoy la Comandancia Naval de Valparaíso, en Plaza Sotomayor, un militar comenzó a sacarnos fotos. Nosotros estábamos haciendo lo mismo: fotografiando a una mujer con un cartel en la mano frente a ese lugar que fue uno de los recintos utilizados por la Armada de Chile para el encarcelamiento, interrogatorio y tortura de presos políticos de la ciudad puerto. Al militar que nos fotografía ahora, lo ampara su institución. Nosotros, solo somos 3 ciudadanos: un fotógrafo, una editora, y la testigo de esta historia. Rumiamos. Discutimos (como muchos) hasta cuándo el toque de queda. Qué tipo de cuidado nos puede ofrecer un tipo vestido para ir a un campo de batalla, con una metralla en la mano.

Hemos normalizado su presencia en las calles, hemos naturalizado tener que auto encerrarnos a las 10 de la noche. Obsesionados con cuidarnos del Covid, nuestra salud mental va en picada. Y quizás es por que, en este mito del eterno retorno, hay algo muy cierto como dice nuestra entrevistada: “Antes que instalaran la pandemia, antes del estallido social en el que Chile NO despertó (no ha despertado, sigue donde mismo, o no se harían largas colas para entrar a los malls) ya estábamos como en una dictadura. Nunca hemos dejado de estar en una dictadura”.

Niza Solari es sobreviviente de torturas practicadas por efectivos de la Armada de Chile en 1988. Su historia es la de muchos que se encuentran hoy con ciudades militarizadas y su cuerpo recuerda. La transición a la democracia, ese periodo que incubó por muchos años la rabia que estalló en las calles en octubre de 2019, fue un momento histórico que entre otras “hazañas” intentó aplacar a los grupos de civiles que vieron en la vía armada la única salida a una dictadura que llevaba 17 años quitándonos gota a gota la dignidad. No por nada el slogan del movimiento social chileno iniciado por los estudiantes secundarios es: “Hasta que la dignidad se haga costumbre”.

Cuando el gobierno de Piñera impuso el Estado de Excepción Constitucional de Catástrofe en todo Chile, “se veía lo que iba a venir”. El toque de queda fue decretado el pasado 22 de marzo, y no, no quiero contar los días, pero sí, lo sentimos en el cuerpo porque son demasiados. Ahí estamos, reprimidos creyendo que así cuidan nuestra salud.

Esta es la historia de lo que a una mujer le sucedió cuando los militares volvieron a las calles, ya no por un estallido social, sino por una pandemia global, de una psicopolítica que opera sutil sobre nuestra memoria corporal, y emocional. 

“La Armada de Chile me torturó y mi cuerpo lo sabe. Pero la Armada siempre ha querido parecer pulcra, igual como Lavín, tienen esta habilidad de blanquearse todo el rato. Por eso seguimos viendo en la bahía de Valparaíso a su dama blanca: la Esmeralda. Un centro de tortura en los años de dictadura. La Armada de Chile tiene un lugar en el imaginario colectivo, social, patrimonial, nefasto. Nunca ha tenido un fin ni una misión de resguardar al pueblo. Nació para sostener y ser sostenida por la oligarquía. Mientras tanto, los cuerpos reprimidos tenemos serias consecuencias.

Yo estoy segura que el cáncer de útero que tuve a los 34 años fue producto de la tortura. Y eso me ha traído otro sinnúmero de consecuencias físicas que no pueden ser nunca tratadas a tiempo, porque tengo un déficit de atención del estado de salud, porque el sistema me da un servicio de salud que es deplorable, que no es más que un agenciamiento de la enfermedad. Se supone que yo tengo un beneficio por haber sido torturada, pero el sistema de salud me vuelve a torturar porque no recibo la atención debida”. 

–¿Cómo fue el comienzo de ese encuentro con las fuerzas militares en las calles cuando se inició el estallido y luego la Pandemia?

–Pasaron varios días en que tuve la fortuna de no encontrarme nunca con ningún exponente de la cultura de la coacción sobre los cuerpos a través de las armas: marinos armados por la calle. Pero pronto lo empecé a sentir, mi cuerpo, que vivió la tortura, comenzó a tener una reacción, una vibración que me llevó a memorias. Mi cuerpo vibra mientras hablamos ahora. Empezó a aparecer esto que estaba tan oculto. La presencia de los milicos en la calle generó una incomodidad en mi cuerpo: había nerviosismo, había una tensión que no estaba antes, una inquietud, una ansiedad. Y fue creciendo y creciendo hasta que me encontré de frente con ellos y sus metralletas.

–¿Qué haces cuando te los topas?

–Les digo asesinos. Cada vez que me los cruzo, les digo asesinos, y no me importa. Siento el deseo profundo de quitarles la pistola y matarlos. Seguro suena brutal, no más brutal que caminen por las calles con metralletas entre nosotras. Es un deseo de venganza, de justicia. Un deseo de decir: ¿Por qué esta gente camina impune mientras nosotros seguimos aplastados y con nuestros cuerpos sometidos, oprimidos, obstruidos, obturados ante la idea de que nos van a volver a torturar?

***

Cuando se la llevaron detenida ella tenía 21 años. Llevaba puesta una chaqueta de plumas. En un bolsillo tenía las llaves de la casa de su mamá, en el otro una pipa de agua. Las llaves se las quitaron, la pipa de agua no y no sabe cómo logró quedársela. Niza Solari era militante del Partido Socialista (de la corriente de Almeyda). Treinta y dos años después se despertó en ella la percepción sensorial de la tortura. 

–Entraron a nuestra casa en Playa Ancha por la fuerza, haciendo un operativo que acordonó toda una manzana. Entró un comando de unas quince personas. Uniformados y civiles, infantes de marina, y civiles de la PDI. Se metieron por el techo con bayonetas, rompieron la puerta con hachas. Nos acusaron a mi y a mi hermano (Marcelo Solari, militante del FPMR) de asociación ilícita, ley antiterrorista, nos pusieron amongelatina, nos pusieron cosas que no teníamos. Nos cargaron con armas y con explosivos. Nos tomaron fotografías. Hicieron todo un montaje como los que hoy todavía vivimos. Un montaje contra una persona de 22 años y otra de 21. O sea ¿Quiénes éramos? ¡Nadie! Nosotras no éramos un enemigo real.

Niza también llevaba consigo un librito de Sor Teresa de los Andes. Un marino le dijo: “Ahhh comunista y creyente”. “No, no soy comunista, soy socialista. Y el libro es de mi mamá”, le aclaró suelta y tranquila. “O sea que esta es tu religión”, le dice otro mientras le agarra la mano y le pone tres balas. “Esta es la mía. Y si no quieres que te las meta en el cuerpo ¡Habla!”, le dijo. “No tengo nada que hablar”, respondió ella de vuelta. “No tengo idea de lo que tú me estás hablando, te equivocaste conmigo”. Ahí le empezaron a pegar.

Era el año del plebiscito. 1988. El año en el que se derrotaría a Pinochet con un lápiz, así lo anunciaba la propaganda, y lo reafirman cintas como No, de Pablo Larraín. El plebiscito se habría ganado solo con una estrategia de marketing. “Estaban todos asustados después del atentado a Pinochet, pero se olvidan que hubo una base social y política la que generó la posibilidad de un cambio que los políticos, como siempre, pactaron y aprovecharon. Nosotros pasamos desapercibidos. Nadie nos vio, nadie tomó en cuenta nuestro secuestro. Nadie consignó que habían secuestrado a muchas personas en una noche en Valparaíso. No éramos Santiago, no éramos del NO, no éramos de la Concerta, no éramos nada de eso. Éramos esos marginados de mierda que seguían creyendo en que la lucha era armada”. 

En el mercado del bien y de la corrección política que se venía, quienes creían todavía en la vía armada eran políticamente incorrectos. La socialdemocracia era la vía, simbolizada en un arcoíris y un grupo de notables que nos guiaría hacia la “Alegría”. Y muchos les creímos.  

No hubo reconocimiento de la fuerza social que fuimos, dice Niza. Desaparecimos de esa memoria histórica. Desaparecí como una persona que fue secuestrada. Yo viví un secuestro invisible. Cuando iba a cumplir 30 recién hice conciencia de que fue un secuestro y que nunca lo había nombrado como tal. Siempre le había dicho “detención”, “cuando a nosotros nos detuvieron…”, decía. ¡No! A nosotros no nos detuvieron, a nosotros nos secuestraron”. 

–¿Dónde te tuvieron secuestrada?

–En la PDI, en sus dependencias de Uruguay con Yungay. Recuerdo que un milico me dijo: “¡Habla puta culiá si no querís que te viole!”. “¿Y para qué me vas a violar, si lo podemos pasar bien?”, le dije. Hoy pienso que esas son respuestas del espíritu. Ellos se descolocan porque lo que buscan es infundir miedo. Yo nunca tuve miedo. No sentí miedo. Yo lo único que pensaba y me reforzaba era: “Yo no sé nada, yo no soy nadie, yo no existo”. Ese era mi mantra. Estuve unos cinco días y de ahí me pasaron a la cárcel un par de días más. Me soltaron porque mi papá había sido marino, entonces, dice la leyenda que como él fue mayordomo y trabajó con muchos comandantes y nosotros estábamos por la Fiscalía Naval, llamaron al fiscal y le dijeron: “Suelta al menos complicado de los Solari”. Y yo salí en libertad condicional. No podía salir del país. Pero me fui, o sea me sacaron. Yo no me quería ir, quería ir a la clandestinidad.

-¿Qué sentiste cuando comenzaste a ver militares en la calle, a diario desde marzo?

–Cuando los milicos salieron a la calle las primera imágenes que se me vinieron a la memoria fueron la de estar con una bolsa en la cabeza mientras me ahogaban un rato para que dejara de respirar. El submarino seco se llama esta técnica de tortura. Te desesperas y vuelves a respirar. Cuando los vi en la calle, todo el rato era sentir que estaba con la bolsa en la cabeza mientras un tipo me hablaba al oído diciendo cosas sexuales tortuosas. O el recuerdo de estar presenciando la tortura de mi hermano Marcelo Solari, yo en silencio, sin poder hablar, amordazada, bajo amenaza de que si yo hablaba o hacía cualquier cosa, él sufría más. De mi dependía el nivel de corriente que le aplicaban. Saber que en un momento la vida del otro dependía de mí fue muy fuerte. Estábamos en condiciones de secuestro. Desde la pandemia me han vuelto imágenes que no recordaba, que no estaban dentro de mi racconto que he hecho en este tiempo de lo que fue la tortura. 

-¿Sientes miedo hoy?

-No, hoy no siento miedo, siento furia. El miedo aparece hacia la propia furia, no precisamente hacia el Estado o hacia los aparatos de represión, sino hacia dónde me puede llevar esa furia. Ese es mi miedo principal. No es una furia de violencia, es una furia ancestral, es una furia de justicia y de resistencia. Es una furia resistente. Quienes hemos sido resistentes al sistema sabemos en nuestros cuerpos que vivimos en un Estado opresor,  que nunca ha dejado de serlo. El mapuche ha vivido por más de quinientos años bajo un Estado opresor y supresor de su cultura. Ahora que nos tocó a nosotros, ¿ahora nos estamos dando cuenta? ¡Por favor! Resulta impresionante ver, en lo colectivo, un nivel de individualismo que ha creado el capitalismo que impresiona y escalofrìa. 

¿Hay más huellas?

–Sí, hay otras huellas como las seducciones, las insinuaciones de mis torturadores de que podría salvarme si quería “algo” con ellos. “¿Por qué no te relajas?”, me decían. Pura perversión psíquica. La sofisticación de la maquinaria de guerra y de poder de opresión de los Estados. La tortura, más allá de su acción brutal, sangrienta, física y sexual horrorosa, de meterle ratas por las vaginas a las mujeres, trata de meterse dentro de tu psiquis y quedarse ahí como una voz en off. Vivimos una banalidad del mal, como dice Hannah Arendt, y yo lo creo. Hay una banalidad total sobre el hecho de haber atravesado un proceso de tortura, de opresión y cohersión sobre nuestros cuerpos en dictadura y aún en esta dictadura. Nadie puede comprender, por eso no hay reparación posible, porque te cagaron una parte significativa de tu vida. Y fue el Estado y su maltrato y su violencia opresora que se reproduce en todos los aspectos de la vida de nosotras las mujeres. No hay ningún aspecto de nuestra vida en que el Estado no sea opresor y represor sobre nuestros cuerpos. Pero sigo en la resistencia y en la lucha.

Mi resistencia es no creer. Es no entrar nunca en el juego del capital. Mantenerme atenta de no entrar en los vicios del capitalismo en los que he estado, y por supuesto estoy, pero cada día hacerme más consciente de cuáles son los que no son imprescindibles para mi vida y ahí, resistir e invitar a la gente a que destruya su vida, que deje de creer lo que ha creído de sí misma para que encuentre su verdadera potencialidad. Porque todo lo que ha creído está condicionado. Todo. Demasiada identidad y poca singularidad.

***

Publicar este texto tomó tiempo. Atreverse a hablar no es fácil. Lo revisamos y conversamos durante meses. Es enero y hoy fue un día de lluvia sanadora seguida de un sol radiante. Valparaíso brillaba de colores y aromas. Ahora sí, pensamos. Publiquemos. ¿Piensas en alguna canción? le pregunté a Niza intuitivamente. Y esta fue la escogida. Celeste Carballo cantando “necesito más libertad”. Que así sea.

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