Mi amigo don Enrique

Durante la madrugada del pasado jueves 20 de marzo falleció Enrique Bravo Lamas. Más conocido como “don Enrique” o “el doctor Enrique” se le extrañará y recordará entre sus familiares y amigos, entre quienes lo frecuentaban como odontólogo, pero también lo harán quienes lo conocieron en su oficio de locutor radial. Fue en este rol que don Enrique marcó un estilo desde Radio Valentín Letelier y se ganó el cariño y la fidelidad de muchos auditores, que una vez encontrados con su voz e historias lo hicieron parte de sus vidas. Por eso, invitamos a su colega Gonzalo Dittus a escribir una semblanza de don Enrique desde la sintonía radial, desde esa pasión que transmitía al micrófono y que seguirá acompañándonos en nuestros recuerdos.

Por Gonzalo Dittus Suazo

adentroPronto Valparaíso comenzará a perder ese encanto que proyecta a través de su arquitectura, construcciones de antaño que nos trasportan a otros tiempos y que con el pasar de los años son golpeadas por la indiferencia.

Don Enrique Bravo Lamas (1950-2014) fue quizás el mejor ejemplo del “patrimonio porteño”, irónicamente, un concepto que nunca lo oí mencionar en las increíbles historias de su Valparaíso. Es cierto, Valparaíso es de sus habitantes, de los “nacidos y criados”. Pero claro, es un puerto, recibe y despide.

Siempre tuve claro que para don Enrique la radio era su vida. Ser locutor radial es un oficio que afortunadamente carece de diplomas y medallas, pero don Enrique en ello fue exitoso: sabía hacer radio de manera perfecta y le gustaba la soledad del locutorio. Un Académico de las frecuencias radiales.

Don Enrique recorría Chile a través de su historia, la combinaba con algo de picardía y endulzaba todo con una selección musical que atrapaba. Lo llamaban sus auditores constantemente cuando hizo radio en vivo. A los más jóvenes, a los que no tuvieron la suerte de caminar por ese Valparaíso-puerto, don Enrique, con discos en mano, los invitaba a imaginar.

La barra o el bar; los códigos de un solitario se escriben ahí. Muy amigo de sus amigos don Enrique Bravo Lamas, cariñoso como el mejor de los sureños, pícaro y caballero a la vez. Tertulias con vaso en mano, historias de radio, de fútbol, campeonatos sufridos, de esos a los que estamos acostumbrados. Don Enrique era el tiempo, resumido en sus historias.

Fue en la música donde encauzamos nuestras conversaciones. Su capacidad asombrosa para recordar a bandas y solistas, muchos compilados en discos de 78 revoluciones, que luego de un trabajo de traspaso tuvimos la suerte de escuchar. La “academia” de don Enrique te dejaba en claro que el pasado musical chileno fue y es oro puro.

Conocí a varios de sus auditores más fieles, de esa institución radial de nombre “Aquellos años”, cada uno de ellos conectados a don Enrique a través de llamados telefónicos, probablemente, lo más romántico que aún nos quede como radio universitaria: el contacto en vivo con el auditor. Contacto que los hacía participar de cada una de las historias que don Enrique nos contaba con maestría. Saber que eso se perdió para siempre es una muestra de que a veces la vida nos hace poner los pies en la tierra, pero al mismo tiempo nos deja en claro que la radio es, sin duda, la mejor forma de imaginar juntos. Hasta pronto, don Enrique.

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