Mark Fisher y la crítica cultural: perforación y abducción

“(…) la vida continúa pero el tiempo de algún modo se ha detenido”.
Mark Fisher, Los fantasmas de mi vida.

“I’ll master your language and in the meantime I’ll create my own”.
Tricky, Christiansands.

Por Silvana Vetö

El primer texto que revisé del crítico cultural inglés Mark Fisher (1928-2017) fue “Another Grey World: Darkstar, James Blake, Kanye West, Drake y la «hauntología festiva»”, incluido en Los fantasmas de mi vida: escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos (Caja Negra Editora, Buenos Aires, 2021), uno de los mejores libros que he leído este año y que quiero comentar acá. Llegué a él indagando acerca del término “hauntología”, presente en las reflexiones del escritor y traductor uruguayo Ramiro Sanchiz en su libro David Bowie: posthumanismo sónico (2020). Los ecos de ese término tan extraño en español, “hauntología”, me asediaban, y buscando referencias encontré, además, en el escrito de Fisher publicado originalmente en 2013, artistas que me interpelaban de distintas maneras y que me permitían vincular intereses muchas veces mantenidos en esferas apartadas, como la música, el cine y la política.

Además de la traducción de Jacksonismo, volumen editado por Fisher y publicado por Caja Negra en 2014, y su libro Lo raro y lo espeluznante, por Alpha Decay en 2018, la gran mayoría de los textos de Fisher aparecieron en español entre 2019 y 2021, todos publicados por Caja Negra Editora en Buenos Aires (Realismo capitalista ¿No hay alternativa?, los tres tomos de K-Punk y Los fantasmas de mi vida). 

Paralelamente, yo diría que ha sido precisamente este 2021, el año en que puede fecharse la recepción más potente de Fisher en Chile. Si esta hipótesis es correcta, creo que esta recepción no se debe solamente a la superficialmente obvia circunstancia de su acceso en nuestra lengua, sino también a la cercanía o afinidad político-afectiva de la escritura y los diagnósticos de Fisher con el contexto chileno post-“estallido social”. Y es que no basta con que un libro exista en determinada lengua para que sea leído, comentado y, en ese sentido, utilizado y apropiado, sino que tienen que existir las condiciones culturales, sociales, políticas y, como hemos subrayado, afectivas, que vuelvan este ejercicio necesario y posible.

Si bien comentaré aquí principalmente Los fantasmas de mi vida, haré también referencia a otros libros de Fisher, sobre todo K-Punk III, publicado también este año, y Realismo capitalista ¿No hay alternativa?, aparecido en 2020. 

Afinidad político-afectiva: depresión, melancolía y resentimiento

Los fantasmas de mi vida reúne una serie de artículos aparecidos entre 2005 y 2017 –año en que Fisher decide poner fin a su vida– en distintas revistas y en su blog, titulado k-punk. La edición contiene textos que, a mi juicio, son imprescindibles para sumergirse en una forma de crítica distinta y necesaria, en la cual la vida personal, la cultura popular (la música y el cine sobre todo) y lo político se ven ineludiblemente entremezclados y enredados. Y no de manera culposa o ambivalente, sino declarada y explícita. La crítica es, en Fisher, una forma de resistir a los oscuros estados de ánimo propios de lo que llama “realismo capitalista”: 

“Este libro es sobre los fantasmas de mi vida, así que necesariamente hay una dimensión personal en lo que sigue. Mi respuesta a la vieja frase de que ‘lo personal es político’ ha sido buscar las condiciones (culturales, estructurales y políticas) de la subjetividad. El modo más productivo de leer ‘lo personal es político’ es interpretarlo del siguiente modo: lo personal es impersonal.
Es difícil para cualquiera ser uno mismo (y más aún si estamos forzados a vendernos). La cultura y el análisis de la cultura son valiosos en tanto nos permiten escapar de nosotros mismos”. (“La lenta cancelación del futuro”, p. 56) (1)

Permiten, como señala en “No hay romance sin finanzas”, “comenzar a colectivizar las tensiones que el capitalismo generalmente privatiza” (p. 131).

En su libro Realismo capitalista ¿No hay alternativa?, publicado originalmente en inglés en 2016, Fisher elaboraba su principal concepto analítico: el “realismo capitalista”. Este refiere a que, desde el fracaso de la izquierda y de la contracultura hacia fines de los sesenta e inicios de los setenta del siglo XX, hemos vivido sumidos cada vez más profundamente en la gris resignación de que no habría alternativa alguna al capitalismo. El “acontecimiento fundador” del realismo capitalista se situaría, para Fisher, nada menos que en Chile: “el ejemplo más violento y dramático de los esfuerzos del capitalismo para aparecer como el único modo ‘realista’ de organizar la sociedad” (“Comunismo ácido: una introducción inconclusa”, K-Punk III, 2021, p. 125). Como escribe en Los fantasmas de mi vida

“De muchas maneras, fue el éxito sin precedentes de la izquierda y de la contracultura en la década de 1970 la que forzó al capital a responder con el neoliberalismo. Comenzó en Chile. luego de que el golpe de Pinochet, respaldado por al CIA, hubiera derrocado violentamente a gobierno democrático socialista de Salvador Allende, transformando al país –a través de un régimen de represión y tortura– en el primer laboratorio neoliberal” (p. 138).

En “Comunismo ácido: una introducción inconclusa”, desarrolla esta idea, agregando que el proyecto capitalista neoliberal implicó no sólo el bloqueo de la “producción de una riqueza común” (K-Punk III, p. 124) y la producción de escasez, tanto de materias primas como de tiempo (2), sino también una reorganización feroz de la subjetividad, vinculada a un nuevo relato acerca del pasado y erigida sobre un olvido. Los proyectos libertarios colectivos de la contracultura de los sesenta no llegaron nunca a concretarse porque, según Fisher, la izquierda socialdemócrata fue incapaz de tomarlos en serio. En su lugar, el neoliberalismo apuntó precisamente a devorar dichos proyectos, deglutirlos y devolverlos al mercado como productos vendibles, transformados en una mala copia de sí mismos, simulacros ineficaces desde el punto de vista político subversivo (3). Para él, estos procesos de recaptura o de “reterritorialización” –para utilizar un término deleuzo-guattariano cercano a Fisher– (4), se sostienen en una reconstrucción del pasado, que narra el ascenso del neoliberalismo desde los setenta como un proceso inevitable, y que apuntan a que olvidemos las “experiencias colectivas de producir, cuidarnos y disfrutar” (“Comunismo ácido”, p. 124) existentes, o proyectadas como futuro, antes de dicho ascenso. 

Sin embargo, como destaca Fisher siguiendo a Freud, aquello que supuestamente olvidamos nos habita como espectro, nos acecha como fantasma, como aquello desconocido, pero a la vez familiar, que se nos aparece y nos sorprende (Lo raro y lo espeluznante, 2018). Para el crítico inglés, esos fantasmas, cuyo análisis podría permitirnos repensar ese pasado acechante, tienen un lugar privilegiado en la cultura popular, fundamentalmente en la música de fines del siglo XX e inicios del XXI, como Tricky, Burial, The Caretaker, Darkstar, Underground Resistance, Public Enemy, entre otros. De ahí la idea de “hauntología”, término tomado de Jacques Derrida (Espectros de Marx, 2012): una forma de existencia que no puede ser definida únicamente por la presencia, sino que involucra también la ausencia y la negatividad. El fantasma reprimido y olvidado de un mundo distinto que se dibujaba como futuro posible en los sesenta, pero cuya aparición es ominosa a inicios del siglo XXI porque ya no se revela como un futuro posible, sino como pura imposibilidad (“La lenta cancelación del futuro”, p. 46-7). Un futuro porvenir que sin embargo nunca llegó (5). En otras palabras, un espectro que es la aparición de una presencia restada, o bien de la desaparición, un fantasma que pone en escena aquello que no es y ya no puede ser, aquello que aparece como ya pasado, aunque nunca acontecido. Como señala Fisher en “La lenta cancelación del futuro”: “no sólo el futuro no ha llegado sino que ni siquiera parece ya posible” (p. 48). Es por esta razón que advierte que los estados de ánimo propios del siglo XXI son la depresión y la melancolía, como ánimos afectivo-políticos atmosféricos, caracterizados por una profunda desazón, “una deflación de las expectativas” (p. 32), un solipsismo sombrío, un individualismo desolador y una incapacidad de goce generalmente ligada, de manera paradójica, al consumismo desenfrenado. (6) 

Retomando la hipótesis de que la reciente recepción de Fisher en Chile se debe principalmente a una afinidad afectiva, podemos decir los afectos que han circulado por el espacio público chileno desde algunos años, haciendo “estallar” el país en octubre de 2019, confluyen justamente con aquellos que se deslizan tanto en la escritura de Fisher como en su caracterización del siglo XXI: depresión, melancolía y, habría que agregar, como él lo hace también, el resentimiento. 

Fisher entiende estos afectos como posiciones afectivas que pueden ser también políticas, que pueden reactivar la conciencia de clase y, desde allí, servir para imaginar nuevas formas de lucha y nuevos futuros posibles. Su noción de melancolía es hauntológica y no patologizante, apuntando a una transición que iría desde la depresión hacia la “melancolía hauntológica”: una posición colectiva impersonal, donde la “destitución subjetiva” (“Políticas de la des-identidad, p. 271), como falta de hogar, de patria, así como falta de esperanza en el mundo tal como es, permitiría avanzar hacia la disolución misma del aparato clasificatorio que produce identidades, sean estas de clase, género, raza, u otras. 

El resentimiento, por su parte, es rescatado por Fisher como forma de resistir al optimismo tóxico y la “positividad obligatoria del realismo capitalista” (“¡Viva el resentimiento!”, p. 277) sin caer en el desprecio ni en la condescendencia hacia los productos de la cultura popular que nos son ofrecidos por las élites. No consumimos, sea con desgana o entusiasmo, lo existente; el último hit del pop o el reggaetón, o las últimas zapatillas, pero tampoco simplemente los despreciamos. Como alternativa, señala Fisher, enfrentamos el dictum del consumo cultural con “resentimiento y descontento” (p. 277). El resentimiento, escribe, “es un afecto mucho más marxista que los celos o la envidia” (p. 274): no implica querer transformarse miméticamente en la clase dominante, gustar y consumir sus productos, tener sus privilegios. Involucra, por el contrario, “una furia hacia su posesión de recursos y privilegio”; una furia que no es mera queja, sino que moviliza y que implica confrontar “los sentimientos de inferioridad introyectados y dados por sentado” (p. 274) para cuestionar las estructuras de dominación y las identidades en cuya performatividad se repite una y otra vez la subordinación.

Es como si en 2019 se hubiese por fin corrido en Chile el velo del realismo capitalista cuidadosamente construido y administrado por la dictadura cívico-militar, la Concertación, la derecha partidista y la Nueva Mayoría, y de pronto aquello que parecía incuestionable, comenzara a ser perforado: la arbitrariedad de los precios de los bienes y los servicios públicos como el metro o la salud, el sistema de pensiones e incluso la Constitución, entre muchos otros aspectos de nuestra vida cotidiana. Es como si de pronto toda la melancolía por las pérdidas y todo el resentimiento acumulado en Chile desde los setenta hubiese abandonado su estatus negado y hubiese salido a flote. Cual espectro fantasmal de un mundo socialista, colectivista, que se proyectaba como posible y que aparece hoy, hauntológicamente, como presencia negada, imposible, tachada.   

El realismo capitalista implica, como ya mencionamos, la construcción del pasado como inevitable, la instalación brutal del capitalismo financiero como necesidad, y sus alternativas (el socialismo democrático de Allende, por ejemplo) como ya desechadas, como posibilidades que demostraron ser imposibles o bien peores que su remedio. ¿Acaso quieres que el Estado expropie tus bienes? ¿Acaso quieres que el Estado dirija la cultura? ¿Acaso quieres ganar lo mismo que alguien que trabaja o que estudió menos? ¿Acaso quieres que se te prohíba comprar el auto que deseas, los discos, las zapatillas y la ropa que deseas? ¿Acaso quieres que pase lo que pasó en Venezuela? ¿Si no es est* candidat*, entonces quién? Si las cosas, en suma, no son como son, ¿entonces cómo podrían ser? Unas pocas, quizás anodinas, pero efectivas frases que tantas veces hemos escuchado cuando alguien manifiesta descontento e insatisfacción por el estado de cosas actual y por las posibilidades de cambio que parecen existir. Realidad capitalista actual o caos, esas son las únicas alternativas a las que nos hemos acostumbrado desde hace décadas. 

La falta de imaginación ha sido radical, pero no ha surgido ex nihilo, sino que es parte intrínseca del problema, parte integral y crucial de los dispositivos políticos que han apuntado incesantemente a la desactivación de las formas de vida colectiva, al intercambio en la esfera pública, sobre todo aquel intercambio sudoroso y sonoro vinculado al ocio, como el carnaval o la fiesta. Se trató, como señala Fisher refiriéndose a la persecución de las raves en los noventa en Gran Bretaña, de un “exorcismo cultural”, donde el espectro del placer extático e indomeñado debía ser conjurado bajo la consigna de que el tiempo debía ser dedicado al trabajo duro y que cualquier forma de “uso del tiempo no dedicado a la acumulación de capital (…) es un despilfarro moralmente degenerado” (“Rayos solares barrocos”, p. 201); donde el intercambio comercial sea ejercido de manera individualizante y haya sido tajantemente desvinculado o “purificado” de su origen colectivo; y donde la multitud haya sido reducida a los “consumidores solitarios”, aquellos que pueden, aunque sea algunas veces, pagar el precio de los objetos que ahora son ofrecidos por las corporaciones internacionales que controlan los mercados, incluso en los barrios periféricos donde los almacenes han sido sustituido por supermercados. 

¿Cómo imaginar allí otros mundos posibles si nos hemos convencido que no hay otras alternativas? ¿Cómo inventar otros posibles si en nuestra insatisfacción o infelicidad no vemos más que nuestra propia incapacidad o inferioridad? (“Bueno para nada”, pp. 279-283). Ya sea porque no podemos consumir todos los objetos que quisiéramos a la velocidad que quisiéramos, o porque no somos lo suficientemente hábiles, activ*s, emprendedor*s, positiv*s u optimistas como para levantarnos todos los días a hacer el mismo trabajo que el día anterior encerrados en nuestras oficinas hiperconectadas pensando que con un poco más de esfuerzo seremos felices a pesar de que eso nunca suceda.

Abducción y perforación: crítica musical como crítica política
Las promesas del liberalismo no llegaron, el futuro prometido nunca tuvo lugar. Ese futuro de la modernidad y la postmodernidad parece estar definido por ser asintótico. Pero ¿cómo se puede vivir en un mundo sin futuro? El análisis que hace Fisher en “Another Grey World” –cuyo título parafrasea Another Green World, el disco de Brian Eno publicado en 1975, en cuya canción “Everything Merges with the Night” alude a Allende y el golpe militar– (7) es impactante en este sentido y nos muestra la forma en que la crítica musical puede ser una forma, tremendamente potente, de crítica política. Hablando de North, el disco de Darkstar aparecido en 2010, escribe: 
“Darkstar reconoce el presente solo negativamente. El presente impacta en su música en el que quizás sea el único modo en que puede hacerlo: como un futuro fallido, un desorden temporal que infectó la voz, provocándole tartamudeos, sibilancias y una fragmentación en esquirlas serpenteantes. Parte de lo que separa a Darkstar de sus ancestros synthpop es el hecho de que el sintetizador ya no connota una idea de futuro, ya que no hay futuridad a la cual retirarse” (p. 165).

El análisis de los modos en que se experimenta y se piensa el tiempo, particularmente en la música, es una de las maneras privilegiadas en que Fisher reflexiona acerca de lo político. Las formas de subjetivación política son indesligables de la experiencia de la temporalidad, quizás debido a que dicha experiencia es una especie de traducción concreta y cotidiana de la relación entre la vida y la muerte. Y también debido a que la política implica siempre una lectura del pasado y un proyecto de porvenir, así como también una interpretación del presente. El tiempo es una de las zonas históricamente más importantes de dominación capitalista: tiempo de trabajo versus el tiempo de ocio es su ecuación esencial, y allí se juega también, en ese cálculo, el goce, el exceso, la fiesta, la algarabía y la revolución. No por nada el “aceleracionismo”, una de las corrientes de filosofía contemporánea en que suele ubicarse a Fisher, ponen su foco de análisis en el tiempo/la velocidad de los procesos, culturales, políticos, económicos, subjetivos: aceleración capitalista, desaceleración cultural: “tanto política como estéticamente –escribía Fisher en 2013–, parece que ahora no podemos sino esperar más de lo mismo, para siempre” (“Una revolución social y psíquica”, Aceleracionismo, 2021, p. 153). 

El sintetizador, los sonidos electrónicos que no imitaban instrumentos ejecutados por human*s, la voz en Autotune, y otras formas sonoras y dispositivos, que fueron novedosos en el pasado, ya no lo son. Hoy no hay nada nuevo, y sólo se repite, una y otra vez, el crepitar del vinilo loopeado digitalmente y distorsionado una y otra vez, como analiza en “Memorias de otro” (pp. 185-195). Como si toda la música y la cultura popular no fuera sino revival y pastiche, como profetizaba Jameson en El posmodernismo (1991), una de las más importantes referencias de Fisher. O, como escribe el crítico inglés a propósito de 808s and Heartbreak de Kanye West: “música soul hecha por un cyborg autotuneado” (“Another Grey World”, p. 169). 

En “Notas a Theoretically Pure Anterograde Amnesia de The Caretaker”, después de preguntarse si la amnesia anterógrada (incapacidad para generar nuevos recuerdos) no será “la condición posmoderna por excelencia”, Fisher escribe: “El presente roto, desolado, constantemente se borra a sí mismo, dejando pocas huellas. Las cosas llaman tu atención por un momento pero no las recuerdas por mucho tiempo. Sin embargo, los recuerdos antiguos persisten, intactos… Constantemente rememorados…” (p. 152). Todo lo que se experimenta en el presente y lo que se ve en el futuro no es sino un pasado que ya no podemos recordar: “un tiempo ‘fuera de quicio’. Invoca el pasado al mismo tiempo que marca nuestra distancia de él” (“Memorias de otro”, p. 186). (8)

La amenaza, señala, ya no es la nostalgia del pasado, sino “la incapacidad de salir de él” (p. 151), pero sin poder tampoco habitarlo. Por ello la melancolía hauntológica se acerca tanto al sentimiento freudiano de lo ominoso, trabajado por Fisher en Lo raro y lo espeluznante, donde el hogar, lo conocido, se vuelve perturbador. El horror absoluto, lo Real, aparece no como novedad, sino como una suerte de glitch en el recuerdo.

Fisher analiza los sonidos, las letras, los artes de tapa y otros elementos de la cultura musical, para dar cuenta de estas tendencias y mostrar los sentimientos de pérdida, desconsuelo, nostalgia de algo perdido que no es el pasado –pues el pasado está siempre allí, repetido, replicado–, pero que no se sabe qué es. Si la música dance previa siglo XXI (el disco, la psicodelia, las raves) podía significar un escape de las tristezas individuales hacia una especie de dilución en lo colectivo, la euforia, el hedonismo extático, el giro en la música del siglo XXI fue un giro hacia la “privatización de las emociones” y la desconexión de l*s otr*s (p. 166). (9)

Se advierten, en los párrafos anteriores, dos líneas de análisis que nos parecen indesligables: la contracción de la temporalidad, “la hipermercantilización, la individualización y la corporativización”, la multitud “descompuesta en consumidores solitarios” (“Rayos solares barrocos”, p. 206) por una parte, y, por el otro, la melancolía, el resentimiento, el empobrecimiento de la memoria reciente y la incapacidad de conectar con los otros o, lo que es lo mismo, nuestra “soledad conectada” (p. 206). En otras palabras (y diciéndolo rápido), las macro tecnologías de subordinación de un lado, los micro efectos-afectos asociados, del otro. 

En “Las tendencias militantes alimentan la música”, analizando las relaciones entre música y política, Fisher da cuenta también, aunque brevemente, de la forma en que entiende la política y cómo la crítica musical y la crítica política irían de la mano: 

“Esta es una visión de la política como perforación, como ruptura en la estructura aceptada de la realidad. La perforación produciría un portal, una ruta de escape de los hábitos cotidianos de esa segunda naturaleza hacia un nuevo laberinto de asociaciones y conexiones, en el que la política podría conectar con el arte y la teoría en modos inesperados” (p. 125)

Las perforaciones producidas en el tejido de la realidad –más o menos al modo que Lacan entendía la emergencia de lo Real como abertura o más bien rajadura en la red imaginaria que constituye la realidad y que suprime lo Real (1999) (10)– producirían en el sujeto lo que Fisher llama “abducción”, sensación casi antagónica al entretenimiento, para él característico del pop o del “popismo” (11). Así define lo que le sucedió cuando escuchó a Public Enemy por primera vez: “era como si la historia estadounidense –ahora cortada en fragmentos hasta convertirse en una catástrofe de ciencia ficción, una emergencia permanente– se volviera maleable y estuviera lista para ser trepidantemente renarrada desde la perspectiva de la militancia negra post-Panteras” (p. 125).

Para el crítico inglés, la música, para ser significativa desde un punto de vista político, debe perforar lo dado y, con ello, abducirnos, arrojarnos al “desierto de lo real”, como señala citando a Žižek (2005). Sin embargo, su esperanza en esa posibilidad es muy reducida. Para él, la música como modo de “conjurar de manera seductora mundos desconocidos” (“La lenta cancelación del futuro”, p. 55) fue desmantelada en el siglo XXI por el avance o la conquista definitiva del terreno cultural por el capitalismo. El avance de los “capitanes de la industria musical”, el pop mainstream y el reality como estética fundamental de lo que va del siglo XXI, marcaron, para Fisher, la muerte de la música popular:

“(…) la creciente tendencia de los protagonistas de la cultura musical a verse y vestirse como versiones mejoradas quirúrgica y digitalmente de la gente común, el énfasis puesto en la exteriorización gimnástica de los sentimientos en el canto – ha jugado un rol importante en el condicionamiento que sufrimos para aceptar el modelo de consumo capitalista de lo ordinario” (p. 55).

Sin duda, subraya, en un contexto musical en el que estamos prácticamente atrapad*s en el algoritmo de nuestras propias preferencias, ciertamente la posibilidad de ser abducid*s, shockeados, verdaderamente perturbados por algo nuevo, se ve insoportablemente atenuada. 

Para Fisher, “los puntos muertos de la música popular” son correlativos, precisamente, de “los puntos muertos de la política”: “insignificantes riñas por quien administra el capitalismo –frase que bien podría referirse a la política chilena postdictatorial–, la innovación en la música popular ha sido suplantada por la retrospección; en ambos casos la ambición exorbitante por cambiar el mundo se ha transformado en pragmatismo y arribismo” (pp. 123-4). 

Una música política, en su perspectiva, no puede hoy reducirse a un mensaje, sino a “una lucha por los medios de percepción”, por el dominio de lo sensible (p. 126). Dado que hoy “el capitalismo ocupa sin fisuras el horizonte de lo pensable” (Realismo capitalista, p. 30), una forma posible de pensar la acción política es la invocación de ese desierto de lo Real que permanece velado por lo sensible, lo pensable, lo dado; en otros términos, por la realidad. Habría que agujerear la realidad, por ejemplo, de manera sonora, para ver surgir otra cosa. Quizás un fuego negro que quemara lo existente. 

Notas

(1) Como aquí, para evitar repeticiones, cada vez que cite textos incluidos en Los fantasmas de mi vida mencionaré únicamente el título del texto específico y/o la página, pero no el título del libro. Sólo cuando cite fragmentos de otros libros incluiré, entre paréntesis, su título.

(2) Dos formas de escasez, real y artificial, respectivamente, que se retroalimentan entre sí por medio del mandato del trabajo y la productividad.

(3) La crítica mordaz que hace Fisher al britpop de los noventa, sobre todo Oasis y Blur, en “Salir del underground: The Jam entre el populismo y el modernismo popular” apunta a esa forma de reterritorialización por el capitalismo neoliberal de los últimos resabios de la contracultura musical. El rock lad blanco como una repetición aburrida, deslavada y desfasada de The Jam y otros, una fotocopia de fotocopia” despojada de los caracteres que en su momento las hicieron ser propuestas propiamente subversivas, “iniciando el borramiento de la historicidad que eventualmente condujo a la temporalidad detenida en la que vivimos” (p. 114). Del mismo modo interpreta, en “Las tendencias militantes alimentan la música”, las versiones dosmileras del postpunk, como Franz Ferdinand o Kaiser Chiefs: “si las condiciones posibilitaban que estos grupos pudieran volver, treinta años más tarde, y no sonar viejos, entonces el mandato arrasador del postpunk de que la música debía constantemente reinventarse a sí misma estaba tan muerto como su esperanza por una política revivificada” (p. 123).

(4) En Realismo capitalista, Fisher utiliza el término “precorporación”, como técnica esencial del capitalismo cultural, en cuanto apunta a incorporar preventivamente, por así decir, deseos y tendencias, volviéndolos consumibles y desactivando de entrada todo su potencial subversivo (p. 31).
(5) Quizás el retorno del “Chile la alegría ya viene” aparecido en la campaña por el “No” en 1988 pueda ser releída en esta clave hauntológica. Lo que es verdaderamente desolador del presente es que esa alegría, que a fines de los ochenta se veía como posibilidad una vez derribada la dictadura de Pinochet, no sólo nunca llegó, sino que los gobiernos de la Concertación por la Democracia y la Nueva Mayoría, que se abanderaron tras ese cántico, no hicieron más que consolidar la inquietante imposibilidad de la alegría colectiva que asediaba la política y la vida social de fines del siglo XX chileno.

(6) Aunque no extenderemos aquí el análisis que hace Fisher de Drake y Kanye West en el primer escrito de Los fantasmas de mi vida mencionado en esta reseña, me parece bastante innegable que al menos en un nivel, el mensaje transmitido en el reggaetón y el trap hispanoamericano desde aproximadamente mediados de la década pasada –o más bien uno de sus múltiples mensajes–, es una acentuación desenfrenada y desenfadada de la “hauntología festiva” de dichos raperos norteamericanos: “Una tristeza secreta acecha detrás de la sonrisa forzada del siglo XXI. Esta tristeza concierne al propio hedonismo, y no sorprende que sea el hip-hop –un género que se ha alineado cada vez más con el placer consumista durante aproximadamente los últimos veinte años– donde esta melancolía se haya registrado más profundamente. Drake y Kanye West tienen una fijación morbosa con la exploración del miserable vacío que se encuentra en el centro del hedonismo hiperacaudalado. Ya no los motiva la tendencia del hip-hop al consumo ostensible –hace ya tiempo que adquirieron todo lo que podrían haber querido– y rotan disolutamente alrededor de placeres fácilmente disponibles, sintiendo una combinación de frustración, rabia y disgusto de sí mismos; son conscientes de que algo falta, pero no está seguros de qué es exactamente” (“Another Grey World”, Los fantasmas de mi vida, p. 168).
Obviamente haría falta seguir esta intuición para poder comprobarla, discutirla y para elaborar las diferencias entre trap y el reggaetón respecto del hip-hop, pero por el momento no puedo más que dejarla aquí esbozada, citando únicamente a C. Tangana: “Ey, perdí mis amigos/ Mírame qué mono llorando en la Limo/ Canta conmigo/ Que le jodan al dinero, quiero estar contigo (…) Me ha cogío’ la depresión en un Ferrari/ Llorando a 180 parece un Tsunami”.

(7) En una letra hermosa, Eno escribe: Rosalie/ I’ve been waiting all evening/ Possibly years i don’t know/ Counting the passing hours/ Everything merges with the night/ I stand on the beach/ Giving out descriptions/ Different for everyone i see/ Since i just can’t remember/ Longer than last september./ Santiago/ Under the volcano/ Floats like a cushion on the sea/ Yet i can never sleep here/ Everything ponders in the night./ Rosalie/ We’ve been talking all summer/ Picking the straw from our clothes/ See how/ the breeze has softened/ Everything pauses in the night.

(8) Puede resultar interesante mencionar aquí que en la última obra de la dramaturga chilena Manuela Infante, “Cómo convertirse en piedra” (estrenada en Santiago el jueves 23 de septiembre de 2021, en Matucana 100), que prosigue sus investigaciones en un teatro post antropomórfico, aparece también este énfasis en la forma en que el capitalismo (que en su obra aparece caracterizado por ser profundamente extractivo y dilapidador, tanto desde el punto de vista financiero, como ecológico, corporal y genérico-sexual) se sostiene en la repetición, insensata o “fuera de quicio”, y la pérdida de la memoria que conlleva: los seres humanos ya no logramos recordar, pero hay una memoria, que no es humana, que no poseemos, sino que nos habita como un espectro. Una memoria que, subrayan en la obra, no tiene que ver con la biografía, sino con la geología: las capas de historia que las piedras acumulan. Piedras que lentamente, aunque cada vez más rápido, se toman el lugar de lo vivo, colonizan lo que vivía y permitía la vida. Piedras como espectros que estaban fuera y ahora, después de tanta extracción y dilapidación, nos erosionan y se apilan desde adentro.

(9) En esta línea, el último libro de la rapera, novelista y poeta británica Kae Tempest (Londres, 1985) es sumamente elocuente. Titulado Conexión (Sexto Piso, Madrid, 2021), apela justamente a la necesidad de encontrar formas de conectar con otr*s por medio de la creatividad, en un mundo que despiadadamente nos lleva hacia la soledad.

(10) Como lo trabaja Fisher en Realismo capitalista (2020), específicamente en el capítulo 3: “El capitalismo y lo real”.

(11) Un poco como la demanda del postpunk “de que la música sea más que consuelo, convalescencia o divertissement” (“Las tendencias militantes alimentan la música”, p. 123).

Referencia bibliográficas

Avanessian, Armen & reis, Mauro (Comps.). Aceleracionismo. Estrategias para una transición hacia el postcapitalismo. Buenos Aires, Caja Negra Editora, 2014. Trad. Mauro Reis.

Derrida, Jacques. Espectros de Marx. El Estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. Madrid, Trotta, 2012. Trad. José Miguel Alarcón y Cristina de Peretti della Rocca. 

Fisher, Mark. Jacksonismo. Michael Jackson como síntoma. Buenos Aires, Caja Negra Editora, 2014. Trad. Cecilia Pavón.

Fisher, Mark. Lo raro y lo espeluznante. Barcelona, Alpha Decay, 2018. Trad. Núria Molines.

Fisher, Mark. Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos. Buenos Aires, Caja Negra Editora, 2021.

Fisher, Mark. Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? Buenos Aires, Caja Negra Editora, 2020. Trad. Claudio Iglesias.

Fisher, Mark. K-Punk I. Escritos reunidos e inéditos (Libros, películas y televisión). Buenos Aires, Caja Negra Editora, 2019. Trad. Fernando Bruno.

Fisher, Mark. K-Punk II. Escritos reunidos e inéditos (Música y política). Buenos Aires, Caja Negra Editora, 2020. Trad. Fernando Bruno.

Fisher, Mark. K-Punk III. Escritos reunidos e inéditos (Reflexiones, comunismo ácido y entrevistas). Buenos Aires, Caja Negra Editora, 2021. Trad. Patricio Orellana.

Freud, Sigmund. “Lo ominoso”. En Obras completas, Vol. XVII (1917-19), De la historia de una neurosis infantil y otras obras (pp. 215-252). Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1998. Trad. Jorge López Etcheberry.

Lacan, Jacques. “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”. En Escritos 2 (p. 513-564). Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 1999. Trad. Tomás Segovia.

Jameson, Fredric. El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado. Buenos Aires, Paidós, 1991. Trad. José Luis Pardo.

Sanchiz, Ramiro. David Bowie: posthumanismo sónico. Barcelona, Holobionte, 2020.

Tempest, Kae. Conexión. Madrid, Sexto Piso, 2021. Trad. Ester Villardón.

Žižek, Slavoj. Bienvenidos al desierto de lo Real. Madrid, Akal, 2005. Trad. Cristina Vega Solís.

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