Margot Benacerraf o Madame Cinema: Una pionera del cine venezolano

El cine es una idea y cámara en mano.
Glauber Rocha.

Por Yuly Josefina Moreno (Mérida, Venezuela)


Siempre se lamenta de no haber podido filmar esa escena en la que, vestida de sacerdote en la casa de Amando Reveron, perdonaba a las muñecas del artista plástico. Ya no tenían suficiente rollo para filmar y en la mañana les faltaba una escena importante. Años después El Loco de Macuto acompañado de un médico y dos enfermeros, vio la película y reclamó esa última escena en la que él la dirigía a ella, en ese momento comentó: “ella sabe que la película no está terminada”, “esa fue la última vez que lo vi, meses después falleció”, aclara Margot. 

Madame Cinema o la Gran dama del cine, como es conocida en Venezuela, nació en Caracas un 14 de agosto de 1926. Este año celebró sus  94 años. Aún recuerda que salió del país para estudiar en 1947 con una beca de teatro de corta estancia en Nueva York donde asistió al New School of Social Research. En algún momento la obligaron a ser actriz y le tocó actuar en una película de suspenso que se llamaba Siete maneras de matar. “El descubrimiento del cine fue tan impactante que dejé todo”, recuerda.

Pequeña y menuda, de actitud circunspecta, se comunicaba de manera pausada, recomendaba a los jóvenes cineastas que el arte de filmar se aprende en las universidades, en los set, los aspectos técnicos no conllevan mayor dificultad, decía. Lo importante es saber contar  historias y eso se logra conociendo del arte en general. En ese sentido, el cineasta tiene que saber de pintura, de música, de literatura, de arquitectura, de teatro; según afirma “el cineasta debe tener una gran plataforma cultural”.   

Al regresar de los Estados Unidos comienza a trabajar en Reveron,  su primera película. Se muda a la casa del artista plástico a quien ya conocía, pero termina durmiendo en una hamaca en la sala de su casa; convive con el genio, con el artista, con el loco, el excéntrico, comienza a entender todas esas capas que lo componían acercándose a él hasta que logra filmarlo y dirigirlo para su autorretrato Entre los espejos. Empieza a tocar de puerta en puerta con su cámara recopilando fotos, todo aquello que le sirviera para contar esa historia, una cuestión de paciencia. 

Según sus palabras, en Reverón “quise desenvolver paralelamente la vida y la obra de ese gran artista plástico venezolano y su lucha con la fulgurante y enceguecedora luz del trópico, tratando de capturarlo en el acto mismo de su creación”. En una época donde nadie lo consideraba realmente un artista, un solo artículo sobre él lo había escrito Mariano Picón Salas, se acercó a Reverón para conocerlo, para entender el personaje tan lúcido que se comportaba de otra manera para no decepcionar a su público, a quienes lo visitaban.


Antes de todo esto, en una entrevista deja claro que el cine estaba muy lejos de ella, estaba dedicada a escribir y era escribir lo que adoraba, colaboraba en muchas revistas y el cine para ella eran las películas de vaqueros, estaba muy lejos de comparar el cine con un arte, pero al descubrirlo fue tal que se deslumbró y dejó todo, contraviniendo incluso a su familia.


Luego vino Araya, largometraje que produce y dirige. Para muchos un documental, para ella, toda película es primero un documento, pero en Araya “…cada vez que había algo que me interesaba lo introducía en un eje ya muy elaborado, en que cada toma estaba especificada, cada escena estaba explicada, todo estaba construído rigurosamente (…) Había un trabajo muy coherente  de una película, de verdad, de ficción y no como esperar a que pasaran cosas y yo con la cámara filmaba y después lo montaba en una sala de montaje y obligaba a las imágenes a decir, lo que uno quiere decir”.

Araya (1959)
Filmación de Araya (1959)


Acompañada de su mamá, acude al XVII Festival de Cannes en 1959 para, de alguna manera, demostrarle que no se había equivocado al dejar todo por dedicarse al cine. Ahí recibió el Premio de la crítica internacional y el Premio de la comisión técnica. Esos premios cambiarían su vida. Araya no se vio en Venezuela hasta casi 20 años después y comenta que se sentía mucho más nerviosa de mostrarla en su país que cuando fue a Cannes.

El cine latinoamericano y especialmente Venezuela tiene mucho que agradecerle a Margot Benacerraf. Sus obras Reveron y Araya son películas inmortales que conquistaron la crítica más exigente de Europa y Estado Unidos en los años 50, consiguiendo poner el nombre de Venezuela en la mirada del cine internacional.

Para Margot: “Araya es ante todo un canto de amor a sus habitantes, un gran poema sobre ese gran apartado rincón del mundo y al mismo tiempo es una metáfora de América  Latina, en donde se pasa bruscamente del descubrimiento en 1500 al año 1959 sin tener en cuenta los problemas humanos que se plantean en ese violento cambio”. 


Margot más allá de la creación

Además de convertirse en un referente del cine venezolano con estas dos obras, en el año 1966 funda y dirige la Cinemateca Nacional de Venezuela, desde donde su único propósito es impulsar el cine mundial. También formó parte de la Junta Directiva del Ateneo de Caracas y una de las salas de cine de esta institución, lleva su nombre. 

De la mano de Gabriel García Márquez, en 1991, crea Fundavisual Latina y el Festival de Caracas de Cortometrajes Latinoamericanos en Cine y Video. En 1995 le confieren el Premio Nacional de Cine, por ser una pionera y por los logros obtenidos durante su carrera. En el año 2012, se inauguró el proyecto Centro de Investigación del Cine y Televisión Margot Benacerraf, que formará parte del Centro de Arte Metropolitano de la Ciudad de las Artes ubicado en Caracas.

Araya (1959) – Margot Benacerraf (extractos)


Minidocumental Margot Benacerraf (2012)



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