Marcelo Simonetti, escritor: “Valparaíso en sí mismo es un territorio literario”

Foto: David Gómez

El escritor porteño autor de La traición de Borges y El abanico de madame Czechowska acaba de publicar Dibujos de Hiroshima: novela que retrata un desplazamiento geográfico que tiene a Valparaíso como punto de partida.

Por Sandra Rojas

De niño, Marcelo Simonetti prefería perderse tras una pelota que leer un libro. Creció en el cerro San Juan de Dios en Valparaíso, y ahí pasaba las tardes jugando al fútbol, recorriendo las calles y canchas de una ciudad que todavía recuerda con cariño. Su interés por la literatura nació después, cuando un profesor le hizo notar la diferencia entre los distintos tipos de lectores y la posibilidad de habitar otros mundos. De todos modos, su amor por el deporte no impidió que, a los siete u ocho años, abriera una enciclopedia y se encontrara con lo que más tarde ha descrito como “la barbarie humana”: una imagen en blanco y negro de la explosión producida por una de las bombas atómicas arrojadas en Japón al fin de la Segunda Guerra Mundial.

Con esa escena en mente, surgió Dibujos de Hiroshima, novela publicada por Emecé/Planeta que relata el viaje que emprende un nieto en búsqueda de sus orígenes desde Valparaíso a Japón. “Inicialmente fue un cuento que formó parte de una antología que publicó Ediciones B que se llamó El fin del mundo y salió en 2015 por los 70 años del fin de la Segunda Guerra Mundial. En ese momento me inspiré en esa foto que vi cuando niño del hongo atómico y que me cautivó al ser una figura tan omnipotente, y que escondía repercusiones estremecedoras, como la cantidad de muertos, los efectos de la radiación en la población y figuras humanas que quedaron dibujadas en el pavimento”, relata Simonetti. 

Cinco años después de la publicación del cuento, el autor de La traición de Borges y El abanico de madame Czechowska reescribió la historia, esta vez en formato de novela: “Yo creo mucho en el carácter bidireccional del proceso creativo, que uno incide sobre la historia y la historia también incide sobre uno. Y en ese sentido, siempre pensé que en el relato había cosas que no habían sido contadas, y tratando de escucharlas me encontré con Valparaíso que apareció con fuerza y comencé a trabajar una novela que toma el cuento como un elemento, pero que se construye desde otra plataforma”.

“Yo creo que igual hay símiles que se pueden hacer entre lo que fue Hiroshima y lo que estamos viviendo hoy en día”.

 

-¿Cuál es la relación que tienes con Valparaíso y de qué forma lo plasmaste en la novela?

-Yo soy nacido en Valparaíso, crecí en ese lugar. Hice mi enseñanza básica y media allí y me mudé a Santiago cuando entré a estudiar a la universidad, pero siempre vuelvo, ya que le tengo un cariño especial, además me gusta la fotografía, así que cada tanto también regreso a hacer fotos. Ya no es lo mismo que antes, obviamente, pero siento que más allá de los temas afectivos, es una ciudad bien particular, diferente a otras ciudades de Chile, en el sentido en que no es un lugar segregado: hay una mezcla de personajes, de clases, y creo que esa mezcla la transforma en algo distinto no solo por su geografía, sino también por el carácter. 

Hay pocas ciudades que sean parecidas a Valparaíso, pensando en los ritos de la gente, en la forma de relacionarse y eso es algo que siempre me está llamando a volver. Entonces, desde esa perspectiva, me pareció súper natural que, dentro de esta novela que implicaba un viaje desde Chile a Japón, el lugar de inicio fuera Valparaíso. Es una forma también de volver a esos días en que yo era parte de la ciudad. 

-Más allá de tu relación biográfica con Valparaíso, ¿consideras que incluir una ciudad poco convencional es una forma también de territorializar la literatura y alejarla del típico escenario santiaguino que abunda en las novelas contemporánea chilenas?

-Sí, no sé si fue tan racionalizado en el caso de esta novela, pero creo que Valparaíso en sí mismo es un territorio literario: tiene el mar, los cerros, la noche porteña, y elementos de sobra para convertirse en parte del paisaje o de la escenografía donde se puede desarrollar alguna historia. Hay otros autores que ya lo han hecho, obviamente, pero siento que es bueno dejar de mirar Santiago. Vivimos en un país que es súper centralista, incluso dentro de la capital hay lugares que son visibilizados y otros que son invisibilizados, por lo tanto, me parece interesante trabajar historias que rompan ese centralismo y que apunten a rescatar lugares que por ahí no son tan recurrentes dentro de la narrativa nacional. Yo viví hasta los 16 años en Valparaíso, conozco la ciudad, aunque haya cambiado harto, era bien patiperro, y me gustó hacer este viaje a ese Valparaíso que yo conocí que, en alguna medida, sigue presente más allá del paso de los años.

-Respecto a la memoria y los lazos familiares, ¿de qué manera la autobiografía influye en el proceso creativo de un escritor? ¿Cuál fue tu experiencia al escribir Dibujos de Hiroshima?

-La propia biografía influye harto en el proceso creativo, ya que uno se nutre de las cosas que ha vivido, escuchado y leído, más allá de que estas lleguen de la misma forma o no al papel. En lo particular, la relación que tiene Yasuhiro con sus abuelos es un poco la relación que tuve yo con los míos, en el sentido en que eran personajes bien ensimismados, poco dados a las conversaciones, algo ermitaños y, si bien en su momento no lo sopesé en su real valía, hoy me doy cuenta de que me hubiera gustado tener más conversaciones con ellos, conocer la historia propia, contada por ellos mismos, no contada por terceros. El viaje que hace Yasuhiro me hubiera gustado hacerlo yo para descubrir el origen de mis dos abuelos. 

-Dibujos de Hiroshima tiene una dimensión histórica y social bien fuerte relacionada con la catástrofe, ¿sientes que, de cierta forma, esa sensación sigue latente, sobre todo ahora en mitad de una pandemia?

-Yo creo que igual hay símiles que se pueden hacer entre lo que fue Hiroshima y lo que estamos viviendo hoy en día. Queda al descubierto la vulnerabilidad humana: caminamos por un equilibrio súper precario, en cualquier momento nuestra seguridad, nuestro confort, nuestra calidad de vida, nuestra sobrevivencia puede ponerse en riesgo. Por otro lado, también siento que es posible establecer algunos paralelismos respecto de la arrogancia del ser humano o el desprecio hacia la vida humana que, en el caso de Hiroshima, es evidente: se lanza una bomba sin considerar o sin darle demasiada importancia a que iban a morir más de cien mil personas.

Hoy día, muchas veces cuando vemos las medidas que se toman en Chile y en otros países, o vemos la situación por la que atraviesan algunas familias, nos damos cuenta de que detrás de eso, de esa suerte de abandono a ciertos grupos sociales, también hay una falta de consideración por el dolor ajeno. Tanto lo que ocurrió en Hiroshima como lo que ocurre hoy día trasuntan una falta de conciencia, una imposibilidad de ponerse en los zapatos del otro y una suerte de desprecio por la vida humana. Situaciones de pobreza, desabastecimiento y cesantía muchas veces no son apreciadas desde quien está pasando por estas situaciones, sino que son vistas con los ojos de la persona que tiene todo solucionado y que está en su casa sin pasar zozobras.

-A lo largo de tu carrera, también has desarrollado un aspecto académico al dictar talleres de escritura, muchos de ellos en Valparaíso, ¿crees que todavía falta que se desarrollen más instancias como estas para motivar el surgimiento de escritores en regiones?

-Sí, yo creo que eso es bien interesante y se conecta de alguna manera con la falta de oportunidades. La oferta cultural en general en regiones suele estar más desmedrada de lo que ocurre en la región Metropolitana, aun cuando allá también hay comunas que están un poco descuidadas. Creo que también hay un tema con el fomento lector, ya que es difícil que surjan escritores en un país que no lee mucho, en donde no hay una tradición lectora. Y pienso que ahí hay un trabajo importante para hacer a nivel de las autoridades a modo de desarrollar programas o instancias en donde la gente descubra el mundo de la lectura. 

Hay una anécdota que cambió mi mirada respecto a los libros: yo cuando chico, en Valparaíso, prefería correr detrás de una pelota que abrir un libro. Y hubo un profesor que me dijo que había dos tipos de lectores, unos que leen para evadirse del mundo que les toca vivir, y otros que lo hacen para encontrar los mundos a los que pertenecen. Y esa frase me pareció muy potente, y comencé a leer un poco en esa lógica, viendo cuáles eran los libros en donde yo pudiera encontrar un mundo que me fuera cómodo, que me resultara agradable de habitar. Y a partir de ahí mi mirada respecto a los libros y a los ejercicios de lectura cambió. Hoy día leo como quien va a la casa de unos amigos, me inmerso en esas historias, es como si saliera de la casa de la realidad por una puerta y entrara a la casa de la ficción por otra, y me gusta esa sensación de estar ahí adentro de las novelas. Creo que en la medida en que la gente pueda entender completamente lo que significa leer, la realidad de la lectura mejoraría y probablemente este tema de la centralización de la oferta cultural y de los escritores también se disiparía.

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