Mafalda y la única patria posible

Por Bettina Neumann 

Hoy recordamos a Quino que ha partido en un año que ha sido tildado de apocalíptico por algunos (cada vez con menos sarcasmo). Nacido en 1932 en Mendoza, Argentina, Quino nos regaló a Mafalda y sus amigos, cuyas tiras cómicas aparecieron por primera vez el 29 de septiembre de 1964 en la revista Leoplán. Y si algún personaje ficticio sabe lo que es preocuparse por lo que está pasando en el mundo, es Mafalda.

Mafalda es una protagonista deslenguada que no teme expresar su descontento con sus padres, amigos y en numerosas ocasiones, su globo terráqueo. Entre la rabia y la pena, Mafalda se preocupaba exhaustivamente por los problemas globales, de los que se enteraba a través de la radio. Pero gracias a este mismo medio bailaba al son de I’m looking through you. Mafalda, su protagonista y sus personajes, quienes eran siempre los primeros en reprocharse entre sí, es siempre crítica, pero jamás pesada. Sabe tomarse las cosas en serio… y tampoco tanto, lo que es una válida forma de dar cara al mundo: “Si la realidad es un complot, la ironía es un complot privado, una conspiración contra ese complot” (Ricardo Piglia).

Quienes acompañan a Mafalda en el colegio y en las salidas por el barrio son sus amigos, también habitantes de la capital argentina. Manolito, por ejemplo, es un ávaro comerciante en ciernes, embriagado de las promesas del capital, admirador de Rockefeller y siempre buscando multiplicar las ganancias del mini-market de su papá. Nos vamos enterando de cómo los retos y el disciplinamiento en su casa son frecuentes, y no podemos más que sentir algo de compasión por su extrema lealtad al sueño de un imperio empresarial, realmente, la única forma de enorgullecer a su padre.

Por otro lado, Susanita, en contraposición hilarante a Mafalda, es la eterna enamorada de un “romanticismo” basado en su predilección por los clichés de novelas y películas, y que sueña con convertirse en una perfecta ama de casa. Parte importante de su comicidad surgía al ver su gran sueño constantemente atacado por las facetas más realistas de su supuesto idilio, generalmente indicadas por sus amigos (recordemos cuando Susanita decide encontrar en Felipe al amor de su vida, provocando su huida). Susanita, más que servir como un ejemplo antifeminista, resuelve muchas de esas tensiones al provocarnos risa por su carácter intenso e irascible. Es una niña que aún está descubriendo para sí misma su fuerte genio y férrea voluntad. Muchas veces, los receptores de sus ataques de rabia serán sus amigos (donde saltará más de algún combo).

Cada aparición de Libertad, pequeñísima y rubia, puede resultar en una intensa discusión acerca de crítica anticolonial o de lucha de clases. Decir que los padres de Libertad son lectores de Marx es como decir que Manolito tiene un ligero interés por la economía. En más de una ocasión se verá a Libertad arriba de un pisito o de una mesa para entonar solemnes discursos, que sus amigos escuchan, intermitentemente, con sorpresa y fatiga. Libertad parece representar, a veces, la contradictoria ortodoxia de algunos proyectos revolucionarios (tan contingentes sobre todo en la época de publicación de estas tiras, en los sesenta). Pero, sobre todo, Libertad es siempre un excelente ejemplo de genuina resistencia, como cuando puso su minúsculo pie en aquel pastito con un cartel de “¡Prohibido pisar!”.

Y allí, generalmente apoyado contra un árbol, está Felipe… De voraz imaginación, feliz de jugar a los vaqueros con sus amigos, al astronauta y, al sentirse especialmente feroz, al llanero solitario. Para él, la escuela es un espacio de intensa ansiedad, algo así como el precio a pagar por ser niño en este mundo. El fin de las vacaciones constituye siempre un baño de sudor frío para Felipe (tal como la vuelta al trabajo lo es para el papá de Mafalda). Podría predecirse a un futuro lector de Foucault, despotricando contra el maldito panóptico escolar, pero son proyecciones algo pauteadas, precisamente lo que constituye la fuente de desesperación del personaje… Si se necesita encontrarle alguna lección, es esta: ¡basta de buscar lecciones! ¡déjenlo jugar! 

Estos son sólo algunos de los personajes que se mueven por el vecindario de la protagonista (también está Miguelito, la “cabeza de lechuga” en las nubes; y Guille, iniciándose en este mundo junto a su tortuga, a quién bautiza con el nombre de “Burocracia”). Se ve cómo las convicciones de los personajes se establecen para, en ocasiones, contradecirlas en tiras cómicas que funcionan precisamente porque se les va conociendo tan bien (como cuando Felipe molesta a Mafalda al verla pasar: “Salud, Mafalda, ¿siempre preocupada pensando adónde va la humanidad?”, y quedando bien alicaído con su respuesta: “No total… Se supone que no hay nadie esperándola en ninguna parte, ¿no?”). Esta falibilidad nos acerca aún más a estos personajes; a veces es cansador hasta ser uno mismo. Ponéte una canción de los Beatles…

Todos estos personajes dan paso a una dinámica verosímil y vital, dentro de toda su exageración, precisamente porque los niños están constantemente en tensión (ideológica, social y sentimental) que se resuelve en pequeñas o grandes explosiones de sentido. Decir que la comunidad de estos cómics son arquetipos políticos análogos a la sociedad argentina o mundial, sería quedarse corto. Estos personajes tienen demasiada alma como para servir sólo de tipología hueca. Ante todo, son un grupo de amigos que, influenciados por sus padres (imitando y también resistiéndose a sus modos de ser), están aprendiendo a lidiar con un mundo que, a nivel local y global, parece ir complicándose cada día más. Y el que estos personajes conectaran con grandes y chicos nos acerca a esa idea de que, realmente, vivir en este mundo puede sentirse como una eterna adolescencia, si pensamos que la adultez es sólo un cambio de narrativa. Todas las discusiones de estos amigos, sus juegos y roces, existen en sus períodos de infancia, “la única patria posible y, al mismo tiempo, un lugar cuyos habitantes se extinguen enseguida, un sitio que desaparece para unos para así poder ser poblado una y otra vez por otros, por los que siempre vienen detrás, como ocurría con ciertas ciudades aztecas súbitamente abandonadas” (Rodrigo Fresán). En esta “única patria posible” viven los personajes de Mafalda; y allí siguen, en el librero, siempre niños, siempre dispuestos a dar una vuelta por el barrio.

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