Los perros de mi barrio

El Murci, un sobreviviente de la explosión de calle Serrano

El Murci, un sobreviviente de la explosión de calle Serrano

Quilpué, la ciudad del sol, vive días de hidrofobia. Al parecer, uno de sus habitantes fue mordido y contagiado por un perro y hoy está al borde de la muerte porque no se le aplicaron protocolos seguros en el servicio de salud al que acudió. De inmediato, en todo el país prendió alguna paranoia. Cunde la desconfianza hacia los perros, especialmente los sin dueño, esos que se juntan en jaurías friolentas, esos que paran las orejas alertas cuando la raza humana les declara la guerra, asustada por el fantasma de un hocico espumeante y lleno de dientes filudos.

Cuando llegué  Valparaíso estuve mucho tiempo sin querer ver a los perros abandonados; me lo prohibía porque no quería tener ninguna responsabilidad. Sabía que adoptar un perro equivalía a una buena cuota de compromiso y molestias. El primer obstáculo es que necesitaba una casa con patio, algo difícil de conseguir en Valparaíso sin tener que subir los cerros.

Pero mi perra, la que Valparaíso me asignó, no espero y llegó a mi vida el invierno del año 2009, justo el día que murió Michael Jackson. Fue fácil bautizarla: Billie Jean. Era una cachorrita negra con la cola entre las patas y mocos como nunca había visto en un animal. Estaba muy resfriada y no me dejaba tocarla. Andaba con un perro amigo al que la vecina Luzbelia le puso el mejor nombre: El Cara de Payaso. Cada vez que la iba a tocar se alejaba, estuvo así un par de semanas hasta que me dejó entrarla a mi casa sin patio donde vivimos casi medio año hasta que logramos nuestra casita amarilla con acceso a la quebrada.

En esa época la Billie tuvo otro gran amigo, el Chocolate, un viejo y sabio cocker spaniel pelirrojo sin dueño que le enseñó a caminar por las calles y a ser una mejor perra. Chocolate era muy especial, juro que se reía y se parecía mucho a Julio Jung; acompañaba a todos los lugares, incluso una vez estuvo de carrete en el Keops y la gente le hizo una ronda alrededor bailando. La primera vez que lo llevé a la playa se portó muy bien y me hizo pensar que tuvo un dueño o dueña que lo llevaba al mar. Se tendió en total serenidad y miraba al horizonte casi con melancolía. Chocolate era alimentado por la señora Luzbelia que le hacía sopas especiales, porotos y nada de carne porque se podía poner “agresivo”. Cuando llegó a nuestra escalera venía casi pelado por la tiña y nuestra vecina lo curó echándole una mezcla de vaselina y azufre que lo hacían quedar verde fosforescente. Todo valió la pena ya que recuperó su lindo pelaje pero nunca olió muy bien aún cuando lo bañábamos con harto champú y agua tibia. En esa época la Billie también jugaba con nuestro vecino Bolt, un dogo argentino blanco con el que creció y aprendió a jugar; también conoció a Pierre, un apuesto vago con pañuelo al cuello que la encantaba pero él prefería a su pandilla de quiltros de Plaza Yungay.

Cuando nos cambiamos a Miraflores conocimos en calle Elías al Murci y al Colo, o más bien debería decir al señor Murciélago y al señor Colocolo, una pareja de quiltros chicos y viejos que dicen llegaron aquí huyendo de la explosión de calle Serrano, no me cuesta nada imaginarlos como un par de huérfanos mojados y chamuscados que acamparon en la calle hasta que una señora los recogió. También son habitués de estos lugares el Beto y la Rechonchita, una pareja donde ella es peluda y cuadrada como mesa de centro y él es lo más parecido a Scoobie Doo, encantador especialmente con las turistas dicen los mal hablados. Más arriba vive la Milonga, una labradora beige que detesta a la Billie y siempre la corretea; también hubo uno al que le pusimos Zorrito Famélico que llegó un día de invierno y se quedó hasta el verano, desapareciendo de manera inopinada tal como apareció. Casi al llegar de mi casa está el Me Porto Bien que es definitivamente malas pulgas y mal agestado; subiendo por mi cuadra a veces nos encontramos con la Sombra, una vieja shepherd dog que lucha contra el cáncer y camina buscando el sol junto a su dueña; otros vecinos perros que van y vienen son el Ceja, el Luquitas, el Palomo, el Snoopy y la Pipa, todos ellos conforman un universo de perros porteños a los que les sigo la pista con demasiado interés, mucho quizás, sintiendo que cada una de sus peripecias significan algo muy importante en este aquí y ahora. Y eso sería en cuanto a perros, que de gatos tengo otras tantas vicisitudes y epifanías que acá no vienen al caso.

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