Lila y Yerko reverdeciendo

La prensa ya enumeró los datos: 15 muertos, 3 mil casas quemadas, 12.500 ciudadanos afectados. Repitió lo dicho por la presidenta Michelle Bachelet: el peor incendio urbano ocurrido en Valparaíso. Y exhibió –hasta caer en el morbo- una desdicha imborrable. Entre las 3 mil casas que se quemaron en los 7 cerros que el fuego asoló, se cuenta la de Lila Ortíz y Yerko Espinoza en el Cerro Las Cañas. Ella costurera, él gásfiter, son los protagonista de esta crónica.

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Por Alejandra Delgado / Fotografía José Ignacio Santapau

Desde el patio del Hospital Van Buren donde trabajaba haciendo aseo, Yerko olió humo. Vio que caían cenizas. No se inquietó. Como muchos, pensó que se trataba de un incendio más en esta ciudad que siempre se quema.

-Fijo que es un incendio forestal, pensó.

Pero el olor persistía, por lo que atinó a llamar a su madre que vive en el cerro Mariposas, arriba.

-Dicen que el incendio está avanzando, le dijo la mujer.

Se alertó. Escuchó que el fuego ya llegaba al Cerro La Cruz. Llamó a un amigo que vive ahí:

-Estamos evacuando, el incendio viene encima- le avisa este.

Se desesperó. Contactó a Lila -ella también era empleada del aseo en el hospital-. Intercambiaron los pocos datos que tenían. A pesar del nerviosismo, los calmaba pensar que su casa estaba tan lejos del foco. “Son solo bosques y en nuestro cerro no hay bosques, no va a pasar na”, especulaban.

Por resguardo, Lila fue a hablar con su jefe. Le pidió autorización para ir a su casa y ver qué estaba pasando.

-Qué te preocupai, si no se están quemando casas. Además te quedan 20 minutos para terminar el turno ¿pa que te urgís? Yo estoy viendo las noticias y no hay nada. Nada – fue su respuesta.

Pero a esa hora la prensa reportaba sobre el avance del incendio. Los rumores entre el personal del hospital cundían y nadie tenía certeza de nada. Solo se sabía que el origen del fuego estaba en el Camino La Pólvora. La turbación de Lila crecía.

Esperó a terminar el turno. No se bañó, no había tiempo. Solo se cambió el uniforme y aguardó a Yerko–que tampoco obtuvo permiso para dejar antes su trabajo- a la salida del recinto. Juntos partieron al paradero del colectivo 53 en calle Morris con Hontaneda, en el Plan de la ciudad.

-La cola era inmensa, ¡terrible! Todos comentaban- recuerda Lila-. De repente, llega una niña y me dice: el incendio está atrás del Abelardo.

El Club Deportivo Abelardo Contreras está ubicado a pocas cuadras de la casa de Lila y Yerko. Lila, al borde de la desesperación, llamó a su hija que vive a pasos suyo. “El fuego está lejos mamá”, le explicó. Pero ella no se calmó. Pensaba en Lucas, su hijo de 8 años que estaba con su padre, también vecino del sector.La cola no avanzaba. Los que esperaban el 53 abandonaban su puesto en la fila, tomaban otras opciones para subir a los cerros. Se veía gente correr, mujeres llorar. Caos.

Cuando lograron subir a Las Cañas, el fuego rodeaba varios sectores vecinos, pero su casa ubicada en el 381 de la calle Demóstenes, estaba intacta. Eran cerca de las 7.30pm del 12 de abril.

-Abrimos la puerta y sentimos un calor inmenso. Nos pusimos a mojar la casa con la manguera. Pero el viento era tan fuerte que los únicos que nos mojábamos éramos nosotros ¡No servía de nada! Y caían y caían enormes bolones de fuego. Como algodones prendidos, recuerda Lila.

-Sabís que más chica, le dije, yo no le tiro más agua a la casa, recuerda Yerko. Y me dediqué a tirarle agua a las bolas de fuego que caían. Pero el fuego ya estaba arriba, al lado de la casa. La gente arrancaba pa bajo, estábamos quedando encerrados. Había que salir.

Lila tomó una mochila, echó adentro una frazada y el carnet de identidad de ambos. Yerko agarró a su perra y evacuaron.

***

Se conocieron en el hospital. A ella le caía mal. Muy “creído”. Pero sucede que él era

nuevo en la pega, entonces su gesto era más bien un intento por pasar piola. Y lo que a Lila en realidad le molestaba no era tanto su ademán, como la sensación que le provocaba en el pecho su presencia. Cierta efervescencia. Un cosquilleo leve.

25 años de un mal matrimonio la dejaron con pocas ganas de nuevas compañías masculinas. Un romance no estaba en el trazo mental. Además, disfrutaba de su espacio, de su libertad: de cocinar cuando quería, de descansar (cuando no tenía turno) el fin de semana sin restricciones. De no estar obligada a tener sexo, a limpiar, a ser para otros. “Yo prefería estar sola, aperrar con mis hijos. Chao, filo con los hombres. Pega y casa. Así andaba yo”.

Eso hasta abril de 2010. Cuando empezó el cortejo. En el mismo patio donde Yerko supo del incendio. Él hacía un alto en el trabajo, leía el diario. Lila pasaba por ahí. Primer flechazo.

-La empecé a invitar a tomar desayuno, a tomarnos un café, a comernos unas empanás. Empezamos a salir todos los días. Ella salía a las 11 de la noche y yo la esperaba para ir a dejarla a su casa.

El primer beso se lo dieron en el hospital. En la morgue. Intenso. Romántico.

Lila: Yo pensé: me voy a dar una oportunidad. Si resulta, resulta, sino, no no más.

Yerko: Y hasta el día de hoy nunca nos hemos peleado.

Lila: Él también estaba solo.

Yerko: Fue una suerte encontrar a mi chiquitita.

Unos pocos meses después de ese beso ya estaban viviendo juntos en la casa de Lila. La que se quemó. Ahora viven en una de las mediaguas que el Estado les entregó al mes del incendio, una noche y sin manual de instrucciones. Yerko la levantó y también la “enchuló”. Están sentados en el comedor (una mesa de melanina, 4 sillas) que venía junto a otros insumos en un “kit” que el municipio les trajo recién ayer (26 de julio). Están a 210 metros sobre el nivel de mar.

***

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En el entorno vecino ya se ven las calles limpias de escombros. En los terrenos se observan por doquier mediaguas recubiertas por planchas de aluminio. Diminutas. Y cercos hechos de latones o planchas aglomeradas. Todas las viviendas, en sus entradas, tienen escrito a mano, con plumón, un número que el Cuerpo Militar del Trabajo les estampó. El de Lila y Yerkoes el D1107. Comparten además con sus vecinos incendiados, ser parte de la ficha de la Encuesta Familiar Única de Emergencia EFU.

Podían optar, como damnificados, a una de las alternativas de solución habitacional transitoria que el gobierno ofreció: subsidio de arriendo, bono de acogida familiar, o la entrega de viviendas de emergencia. Esta última escogió la pareja. Porque aunque a Lila nadie la invitó a vivir aquí, ella es de aquí.

-Yo soy nacida y criada en este cerro, en esta misma casa vivieron mis papás que llegaron en los años 50. De aquí no me muevo.

Cuando la dejaron atrás, amenazados por el fuego, Lila tenía la esperanza de que no se quemaría. “Hasta las últimas pensé que mi casita iba a quedar pará”.

Yerko recuerda:

-Nos quedamos unas cuadras más abajo, y veíamos cómo las casas que aún no se quemaban, en segundos ya estaban ardiendo. Era impresionante. Como en una película. Todo estaba en llamas. Quédate tranquila Lila, le dije, el fuego no viene por el medio y ya pasó la casa. Y de repente, el maldito viento cambió de dirección y se devolvió pa’ rriba y llegó a nuestra calle. Ahí yo me quedé callado y no le quise decir nada a ella.

A las 4.30 de la madrugada, a lo comando, con un vecino, Yerko logró subir a la esquina de su casa. Un auto estacionado estaba a punto de estallar. Era claro. Ya no había casa.

Derrotados, se fueron caminando al hospital, allá tenían algo de ropa en sus casilleros. No había luz.

-Al día siguiente (13 de abril) subimos a las 7 de la mañana. Cuando vimos nuestra casa nos pusimos a llorar ¡No quedó ni el medidor de la luz! Y la Cindy y el Rasputín, nuestros gatos, ya no estaban. Estaban las puras latas del techo en el suelo. Y cenizas.

En su entorno más cercano únicamente se salvaron del fuego dos construcciones: una iglesia evangélica y el retén de carabineros.

Trataron de mover los escombros, pero era imposible. Todo ardía. Las suelas de las zapatillas se les derretían. A los 3 días, cuando el calor amainó, se instalaron en el patio en una carpa. El hermano de Lila y su esposa llegaron de Osorno para acompañarlos y ayudar. Todos compartían la carpa. Recuerdan que lo más jodido de soportar eran el polvo, el viento y las cenizas. Y la depresión. Pasaron muchas semanas sin almorzar un plato contundente. No había ánimo tampoco.

De todos los voluntarios que espontáneamente subieron a los cerro a cooperar, ellos tuvieron la suerte de conocer a unos que hacían labores en la casa del frente. Juntos limpiaron los desechos, armaron el cerco, fabricaron una portón de madera, levantaron una pieza con palos y planchas de internit; y también festejaron el cumpleaños 48 de Lila (2 de abril) y el 46 de Yerko (26 de abril).

-Gracias a los chiquillos nos pudimos levantar. Su ayuda moral fue un regalo. Si no hubiera sido por ellos, te aseguro 100% que todavía estamos sacando escombros. Las autoridades pasaban pa’ puro sacarse fotos y chao. El Castro por aquí no se ha aparecido nunca.

Para poder reconstruirse ambos pidieron permiso en la empresa de aseo para la que trabajaban, presentaron licencias. Pero al mes, su empleador les advirtió que ya no podían seguir faltando. Ellos argumentaron que estaban pasando por una situación difícil. “No voy a querer que se me queme la casa por gusto”, impugnó Yerko. Los despidieron.

Ahora, y en espera que la “solución habitacional” definitiva no tarde, el plan futuro es el siguiente:

Buscar pololitos (aseos en casas particulares, arreglos varios). Juntar plata para recuperar las máquinas de coser que Lila tenía. Reconstruir el pequeño taller que Yerko le había montado en casa para hacer costuras por encargo entre medio de los turnos de aseo. Cruzar los dedos para que su postulación al Fosis tenga éxito y la bordadora sea suya.

Yerko quiere aprender a coser.

*Crónica publicada en La Juguera Magazine nº 8

 

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