Las Headbangers: ¡Caput! El arte de perder la cabeza

Por Frida Tovar

Headbanging: Término acuñado por la banda Led Zeppelin, en 1969. Tipo de movimiento que consiste en la sacudida violenta de la cabeza al ritmo de la música, por lo general, en el heavy metal. Es visualmente más efectivo cuando la persona que lo realiza tiene el cabello largo.

Contra todo pronóstico, la primera vez que me descubrí headbanger, no estaba en un concierto de heavy metal, tampoco formaba parte de una banda de rock y mucho menos me parecía a algún líder de screamo con pinta de vikingo en medio de un escenario. La primera vez que hice headbanging tenía veinte años y estaba sentada entre el público de una conferencia aburridísima sobre “El Cuerpo” en el Aula Magna de la Universidad Nacional Autónoma de México. Así como suena, un palacio de la autonomía educativa en el que los únicos autónomos eran los catedráticOs que se movían y hablaban como autómatas delirantes. A mi lado, Victoria y Emiliana. No las conocía ni sería capaz de nombrarlas si no hubiera sido junto a ellas que fundé a las “Headbangers”.

La conferencia estaba por terminar, llevábamos seis horas sentadas en la primera fila y algunas de nosotras ya nos escurríamos en las butacas. Las piernas de Victoria entumecidas, Emiliana tomando agua cada segundo para mantenerse despierta y yo… pues yo con el metal del asiento tatuándome el muslo. Si nos vieran desde fuera creerían que alguien nos estaba obligando a permanecer ahí, y era cierto, pero no era alguien en específico, era todo un sistema que habíamos aprendido desde pequeñas. 

El ponente principal, un hombre robusto, blanco, ojos azules y gafas de oro, cerró el simposio con la siguiente aseveración: “Gracias a todOs por venir, damos por cerrado el conversatorio, no sin antes recordar que ‘Mi cuerpo, mi decisión’, ¿verdad, chicas? ” Asentimos todas frenéticamente. 

Mientras asentía moviendo la cabeza de arriba hacia abajo, tiré un vistazo a mi alrededor, éramos puras chicas asintiéndole apasionadamente a un fulano rubio por haber repetido una consigna que, (estaba segura) a la mayoría de nosotras nos había llevado toda la vida aprender. Y ahí estaba él, soltándola como si nada, “mi cuerpo, mi decisión”, y nosotras porristas enajenadas, moviendo la cabeza al mismo tiempo. Una horda de mujeres con cabezas que parecían hawaiianas de automóvil. Arriba-abajo, arriba-abajo, una y otra vez. No era posible. No podía ser cierto. Alenté la cabeza poco a poco para marcar el ritmo del desaplauso, con mi cabeza inmóvil intenté decirle a ese tipo que no le iba a festejar su apropiación, que había sonado ridículo y que yo no tenía idea de por qué había asentido, que había sido un movimiento automático, nada propio de la “emérita” universidad de la autonomía. Giré para ver si las demás habían parado también y así fue. Unas, como Emiliana pausaban la cabeza a paso flemático, pero igual paraban en silencio. Otras, dejaron de asentir casi al mismo tiempo que yo, como por reflejo de no quedarse siendo las últimas moviendo la cabeza. Pero había otras, las que más me preocupaban, que no paraban de agitar el cerebro, como si cualquier cosa que dijera un hombre las transportara a un concierto de heavy metal en el que su cabeza era repentinamente incontrolable. Parecía que habían perdido la cabeza.

Según el Diccionario de Cambridge, en el slang inglés, un “headbanger” puede tener dos connotaciones; o eres una persona que escucha rock y metal pesado, o eres una persona estúpida/un poco tonta. Y eso parecíamos, pero ¿por qué habíamos asentido tan violentamente a un orador con una ridiculez de ese calibre?

— ¿Escuchaste esa trastada? 

— Claro, pobre imbécil.

Nos miramos llenando con una sonrisa el silencio apenado que acababa de abrirse entre nosotras, como si no nos hubiéramos cachado moviendo la cabeza al ritmo de ese imbécil.

— Emilia.

— Mucho gusto, yo Frida.

— ¿Se están presentando? Yo Victoria. ¿Oyeron a ese tipo?

Llegó fresca. Emilia y yo nos miramos con complicidad, porque Victoria había sido parte de las enajenadas que había parado de asentir hasta que la última cabeza rebotara entre el público.

Asumí que acercarse era su manera de integrarse a la denuncia, de hacernos saber a nosotras, dos desconocidas, que tarde pero seguro, se dio cuenta de lo que había apoyado con el movimiento de su testa. 

Tras veinte minutos de conversación, llegamos a la conclusión de que las tres habíamos visto lo mismo: una horda de mujeres en un concierto de heavy metal. 

El aula magna como un escenario, la mesa de bocadillos como bar de micheladas, las lámparas led colgantes transformadas en lycos de colores que salían disparados como rayos, el proyector como bocinas, los vasos guitarras, la proyección del power point convertida en la pantalla del festival. Todas las mujeres con largos cabellos moviendo la cabeza violentamente de arriba hacia abajo al ritmo de una trastada. Éramos unas groupies, pero no cualquier tipo de groupies, éramos headbangers.

Conviene recordar que la cabeza no sólo es la capital de nuestro cuerpo, también en ella, yacen la mayoría de nuestros órganos sensoriales: la vista, el oído, el olfato y el gusto, además de, obviamente: el cerebro. Según Vera Tiesler, en su artículo “Simbolismo de la cabeza en Mesoamérica”, la cabeza ha sido la única parte de nuestro cuerpo que no podemos observar sin ayuda de un espejo para contemplarnos a nosotros mismos. 

E. J. Stanley A Picture of Good Health : Phrenology Chart Circa 1901 

                        

Incluso, si lo pensamos un poco, es un casco cefálico lo que da lugar a las calaveras, que son, ni más ni menos, el identificador principal del heavy metal. Entonces, mover la cabeza de arriba hacia abajo era todo un arte metálico, y con el agitar del cabello, estábamos no sólo aplaudiendo una idea, sino también aseverándola con nuestros cuatro sentidos, y peor aún, lo hacíamos ciegamente porque sólo podíamos vernos entre nosotras. 

Emiliana, Victoria y yo hablamos mucho ese día. Emi nos invitó a comer y nos mofamos toda la tarde de nuestro movimiento de cabeza. Para cualquier cosa que tuviera como respuesta un “sí” nos imitábamos las unas a las otras haciendo headbang histriónicamente. Mientras terminábamos nuestro atole y nos codeábamos como si fuéramos amigas de toda la vida, Victoria divisó un cartel; “El arte de perder la cabeza”, impartido por el mismo hombre blanco que había convertido el aula en un escenario. Las tres reímos y decidimos entrar. Pero eso sí, con la única condición de volver a asentir frenéticas cada que escucháramos una aseveración ridícula, porque sabíamos que como mujeres habíamos crecido condicionadas a darle la razón a cualquier hombre, pero eso estaba por terminarse. Así lo hicimos, salimos artríticas del conversatorio pero risueñas al fin. Fue ese mismo día que decidimos repetirlo una y otra vez, así nacieron “Las Headbangers”.

— ¡Caput!*

Gritábamos las tres antes de empezar cualquier conferencia. Nadie lo entendía pero nos parecía un grito de guerra, porque sabíamos que a partir de ese momento, le haríamos headbang a cualquier intelectual que se quisiera pasar de listo. Sabíamos que la exageración delirante de nuestros movimientos convertiría el lugar en un concierto, las mujeres a nuestro alrededor pararían, nuestros cabellos distraerían toda la atención y de pronto las mujeres que con su cabeza aseguraron la idea ridícula de algún hombre, se darían cuenta del disparate falaz que el fulano en cuestión acababa de decir. 

Cuando se habla del cuerpo como resistencia suelen abordarse disidencias sexuales, sin embargo comúnmente nos olvidamos de una de las partes más importantes de nuestro cuerpo: la cabeza. Somos capos de nuestro propio organismo y el cráneo parece ser la tarjeta de presentación y el motor que rige nuestros pasos, es decir, nuestras acciones. Entonces, ¿qué pasa cuando alguien hace headbang? 

Según el periódico medicinal The Lancet, aunque el headbanging parezca inofensivo, las lesiones pueden incluir la disección de la arteria carótida, whiplash**, hematomas y fractura de cuello. A las pruebas se remite la vocalista de Moloko; Roisin Murphy, que sufrió una lesión ocular al hacer headbanging en una silla, o Dave Mustaine, el guitarrista de Megadeth, sufriendo spinal stenosis debido a años de headbangear, 

Las Headbangers sabíamos que darle la razón sarcásticamente a una persona que no la tiene podía ser nuestra forma de resistencia. Porque de algún modo, nuestro cuello se sentía quebrar en un whiplash cuando dábamos la razón de un modo menos energético, y se sentía mejor perder la cabeza señalando falacias que apoyándolas ciega y descabezadamente. Nosotras no éramos María Antonieta, éramos las Headbangers, y dependíamos de la exageración concertística para despertar a nuestras compañeras. En pocas palabras, estábamos a la cabeza de la oposición.

Con el paso del tiempo, más mujeres decidieron convertirse en Headbangers, estilos había tantos como cortes de cabello en las chicas. 

Tradicional: Movimiento de cabeza hacia arriba y hacia abajo.

Invertido: Movimiento de cabeza de forma contraria, de adelante hacia atrás.

Molinillo: Oscilación circular de la cabeza, también conocido como “el ventilador” o “el   helicóptero”.

Drunk: Golpeteo al azar de la cabeza en direcciones borrachas.

Latigazo: Arriba y abajo pero violentamente.

“No- No”: Agitación de la cabeza de un lado a otro azotando el cabello.

Bajo perfil: Arriba y abajo con movimientos cortos y lentos. 

Las Headbangers ya éramos más que un flashmob, parecíamos una legión que se extendía por todo el mundo. Una secta de mujeres organizadas que agitaban con sarcasmo sus largas cabelleras, rapunzeles liberadas. Así como los jíbaros encogían las cabezas en el siglo XX, los aztecas las arrojaban en los juegos de pelota, y los celtas las conservaban en nichos, nosotras, las rapuzeles modernas, las sacudíamos con ironía como una de nuestras mayores armas contra el machismo de academia.  

Al principio comenzó como un juego, imaginarnos en un concierto, sentirnos alejadas de la academia, ser un poco groseras, irrespetar el espacio bendito de la universidad. Pero no fue hasta una tarde lluviosa de conversatorio, que las Headbangers entendimos la reelevancia de nuestra cabeza en movimiento.

Habíamos llegado todas en metro al simposio del día, “Etiqueta: cómo comportarse” Sabíamos que terminaríamos el día con el cuello adolorido, pero eso no nos impidió divertirnos un poco. Cuando entramos, nos dimos cuenta de que el salón estaba repleto de niñas y adolescentes que no pasaban los trece años. El concierto comenzó.

— ¡Caput!

“Dénse a respetar”, primer headbang, tradicional. Las niñas no entendieron el sarcasmo y se quedaron en silencio. Sabíamos que las infancias eran el público más difícil porque no cualquier cosa les hacía gracia.

“Calladitas se ven más bonitas”, segundo headbang, helicóptero. Una de las niñas se secreteó con su compañera de al lado, en este punto ya no nos sentíamos como mujeres revolucionarias, nos sentíamos más bien ridículas frente a un grupo de adolescentes.

“Cierren las piernas”, tercer headbang, latigazo. Era la vencida, a Victoria se le atoró el cabello con la silla de enfrente y las niñas comenzaron a reír. 

— ¿Qué pasa allá atrás?

Nosotras, que nos habíamos registrado como oyentes y tutoras, solo alzamos el pulgar haciendo pensar que todo estaba bien. ¿Era este el final de las Headbangers? ¿Fallaríamos nuestro cometido? Una de las niñas se rió de Victoria atorada.

“Esos no son comportamientos de una niña”. Silencio. Victoria, Emiliana y yo nos habíamos dado por vencidas. De pronto, una coleta zurcando el aire de arriba abajo. 

“María, ¿qué haces? Te vas a despeinar” Dos trencitas en la primera fila agitando su cabeza.

“¡Lucía! ¡Pareces loca!” Tres, cuatro, cinco, seis peinados distintos enmoñados haciendo headbang. Tradicional, látigo, helicóptero, invertido, molinillo. Todas y cada una de las niñas en un concierto de heavy metal. Empezaron a mirarse entre sí, reían y de sus sonrisas borboteaban chispazos de libertad. Nuestro trabajo estaba hecho, dos prefectos de la escuela nos tomaron por los brazos a Emiliana y a mí. El guarura escolar que eligieron para Victoria había tardado un poco más pues tuvo que desatar su cabello entre la banca y sus tornillos.  Las niñas nos agitaron las manos y algunas nos enviaron besos tronados al aire. 

Un deja vu se apoderó de mi cuello y mi cabeza que aún daba vueltas. Mas o menos esa edad tenía cuando aprendí a headbangear sin darme cuenta. Más chica de lo que recordaba. A los trece ya sabía asentir cualquier cosa que me dijeran dentro de un salón de clases. Pero ese día no, salimos de la escuela y en medio de la lluvia, tomadas las tres de la mano, volvimos a la primaria y zarandeamos el cabello del suelo al cielo. 

Como diría Regina Janes en el libro Losing our heads: Beheadings in literature and culture, la cabeza es la metáfora de jerarquía y metonimia en su totalidad. 

En Junio de 1936, Georges Bataille publicó una compilación crítica a ciertos temas, conocida como Acéphale, the review, cuyo nombre se derivó del griego akephalos: Sin cabeza.

André Masson, Acéphale. (1936)

Bataille escribió: 

“La vida humana está exasperada por haber funcionado como la cabeza y la razón del universo. En medida que se convierte en esta cabeza y esta razón, es en la medida que se reconoce necesaria para el universo y acepta la servidumbre. 

Liberado de su cabeza como prisionero de la prisión, el hombre sin cabeza se sumerge en un mundo sin fundamento y sin cabeza, comprometido con la destrucción y la muerte de Dios.”

Las Headbangers estábamos más que comprometidas con la destrucción del dios de la academia. Después de ese día supimos que todo ser humano pierde la cabeza, pero que así como la perdíamos en un baile de aprobación encefálica, podíamos elegir por qué cosas valía la pena despertar con el cuello entumecido. Quizá la vida toda era, a final de cuentas, un concierto de heavy metal. 

¡Caput!

                     

*Caput: Como casi todas las palabras con el trío “cap”, deriva del latín “capitia”, cabeza. Los capos italianos son los jefes de sus organizaciones, y cuando alguno de ellos es ejecutado, se dice que le dieron “caput”.

**Lesión en el cuello causada por un movimiento repentino hacia adelante en la parte superior del cuerpo.

Comenta desde Facebook

Comentarios

0 replies on “Las Headbangers: ¡Caput! El arte de perder la cabeza”