Las escritoras también beben y quieren ir al bar

Por Sandra Bustos G.

No es verdad que el alcohol obnubile, no siempre: a veces plantea un enigma y permite intentar buscarle la vuelta. María Moreno.

El alcohol es el único camino para la conciencia, el amor, la naturaleza, los sueños y Dios. Carson Mc Cullers.

Una mujer entra a un bar. A uno escondido, pequeño y tradicional, de esos que siempre hay en cualquier ciudad del mundo. Llega temprano, antes del ocaso. Lo hace a paso lento y en su cartera lleva un cuaderno. Se sienta y le dice a Pedro, el mesero, que quiere lo mismo de siempre. Espera pensativa su copa. Cuando la tiene sobre la mesa saca el cuaderno y un lápiz negro. Escribe y bebe. Solo alzando la mano pide una segunda copa. El bar ya no está vacío. Entre las palabras  que escribe se cuela un murmullo. La inspiran las conversaciones, pero sobre todo esa vida que exultan las mesas. Ahora ya no está sola, se suman amigos y también más y más botellas. Conversan, ríen, se tocan. No sabemos cuántas copas más toman o si abren nuevas botellas de vino. No sabemos si cuando la mujer regresa a su casa sigue escribiendo. Tampoco si logra hacerlo a la mañana siguiente. Ni si lo hace mejor sobria o ebria. 

Así cuentan que eran las rutinas de Hemingway, Capote, Poe, Bukowsky. Rimbaud, Fitzgerald, entre otros escritores. A ellos se les alababa ese rasgo, su relación con el alcohol era un atributo que los llenaba de una aura maldita. Sobre las escritoras bebedoras sabemos poco. No existen rutas turísticas que nos lleven a los bares o cafés donde escribían y tomaban. Seguramente, porque la mayoría se veía relegada a beber en espacios privados, incluso a escondidas. 


Sin ánimo de romantizar la relación entre alcohol y escritura, ni de atribuirle a la bebida poderes literarios, parece importante consignar que la borrachera o ser parroquiano de bar, para las mujeres ha sido más bien una vergüenza, un signo de desequilibrio mental, melodrama o histeria; y no algo que pudiera disparar su genio.


Patricia Highsmith, Elizabeth Bishop, Marguerite Duras, Lucía Berlín, Jane Bowles, Anne Sexton, Carson Mc Cullers, Jean Stafford, Shirley Jackson, Jean Rhys, Dorothy Parker, son solo algunas de las escritoras que -de manera más o menos privada-, tuvieron una relación cercana y a veces conflictiva con la bebida.

“Carlotta se lo pasaba bien en el pabellón de desintoxicación. Los hombres intentaban ser galantes con ella. Era la única mujer, era bonita, no parecía ‘de las que empinan el codo’. Tenía unos ojos grises y claros, una risa fácil. Había transformado su pijama negro y blanco con una vistosa bufanda escarlata”. El espléndido libro de cuentos Manual para mujeres de la limpieza de Lucía Berlín, está en gran parte protagonizado por Carlotta: una mujer alcohólica, que bien podría ser su alter ego y a quien le gustaba -entre otras cosas-, beber Jeam Beam directamente de la botella. “Los dos somos alcohólicos, y eso no es malo depende de cómo lo mires, pero es bueno si piensas cuánto nos ayudaba a contarnos cosas que nunca le habíamos dicho a nadie”.

Lucía Berlín


Se sabe que el alcohol, así como un depresor del ánimo, es también un desinhibidor. ¿Lucía Berlín nos habría contado las mismas cosas? ¿nos habría develado esa verdad por la cual se alaba su escritura? Es cierto que también le pide a Dios que la salve porque se siente una mala madre. Sus hijos se han referido a su alcoholismo y a cómo éste afectó la relación que tuvieron con Berlín.

Sin duda, quien profundiza en este tema es la periodista y escritora argentina, María Moreno, en su libro Black Out. Ella nos habla de la herencia familiar, de sus técnicas etílicas para escribir, de sus ritos, pero también de cierto componente político que implica estar en el bar: “Comencé a beber para ganarme un lugar entre los hombres”. Imitaba una iconografía fuerte: “Alfonsina en el Café Tortoni, Norah Lange en el Auer’s Keller. Como Alfonsina, quería un hogar contra el hogar, ser la mujer de las medias rotas –una gota de esmalte detiene la corrida-, la varonera ante cuya sorna se ponen a prueba las teorías… Estaba convencida de que, más que ganar la universidad, las mujeres debían ganar las tabernas”.

En este libro considerado uno de los 10 que marcaron el 2016 según New York Times, Moreno es brutal consigo misma y con las consecuencias diarias de su alcoholismo. Su relato no es épico ni romántico. Pero uno no puede dejar de pensar que su escritura es gracias y a pesar de sus borracheras. “No soy más yo misma sobria que ebria”, escribe.

Después de tomar dos vodkas y llevar un tercero en la mano, vestida con un abrigo de piel, Anne Sexton cierra el garaje, se sienta en el volante de su auto con el motor andando y se suicida. ¿Acaso no me miro al espejo / Estos días / Y veo una rata borracha voltear la vista?, declaró en su poema Cigarrillo, whisky y mujeres salvajes.  Sexton comienza a escribir por recomendación de su psiquiatra como una forma de terapia. Así es como se convierte en una de las más importantes poetas norteamericanas, precursora junto a Silvia Plath de la poesía confesional.

Anne Sexton


A Jane Bowles le encantaban los clubes nocturnos y emborracharse. Organizaba fiestas que terminaban con un mítico baile del sombrero que ella misma protagonizaba. Habría empezado a beber para sentirse más cómoda en el mundo. Es interesante su pulsión desenfadada, que la llevo a escribir Dos damas muy serias, una novela moderna y vanguardista en su temática, que presenta a dos mujeres en busca de un camino de libertad, con una orientación claramente feminista. Jane siempre estuvo en conflicto con su escritura, le costaba finalizar sus historias. Hoy se piensa que lo que ella consideraba inconcluso era en realidad, su propio estilo, uno fragmentario. Siguió bebiendo después de tener un derrame cerebral y murió a los 44 años.

“He padecido una sed anómala / juro que es verdad / alrededor de los 20 o 21 años empecé / a beber y beber/ nunca tengo bastante,” escribe la poeta Elizabeth Bishop en Un borracho, poema que vio la luz después de su muerte, y que pareciera ser una forma de encontrar el inicio/justificación de su alcoholismo en la niñez. Bishop vivió distintas pérdidas: la muerte de su padre alcohólico cuando ella tenía meses y pocos años después la internación de su madre en un psiquiátrico.

Elizabeth Bishop

Truman Capote tenía la teoría de que todos los escritores necesitaban de una copa para combatir el terror de la hoja en blanco. ¿Existe una relación directa entre creatividad y consumo de alcohol? Se han hecho algunos estudios que concluyen que su efecto en el cerebro es bloquear el afán de control o seguridad, esa consecuencia relajante permitiría disparar la creatividad y excitar las zonas del cerebro ligadas a la memoria emotiva. Lo que sería un interesante estado para escribir. Pero eso funcionaría solo si hablamos de una o dos copas, a la tercera se pierden ciertas capacidades cognitivas y, generalmente, el bebedor toma hasta perder la cuenta.

La escritora Leslie Jamison, que escribió recientemente La huella de los días, la adicción y sus repercusiones, considera una estupidez establecer una relación entre borrachera y escritura. Esto pese a que escribió sus primeros libros completamente ebria, cosa que ella misma cuenta en el ensayo autobiográfico sobre su proceso de rehabilitación. 

Pero quizás no hay frase más concluyente para explicar este semi ocultamiento de las bebedoras literarias, que lo que expresa en la La vida material, Marguerite Duras, quien pasó por dos procesos de desintoxicación sin nunca dejar de tomar:


“Cuando una mujer bebe es como si bebiera un animal o un niño. El alcoholismo es escandaloso en una mujer y una mujer alcohólica es un asunto raro y serio. Es un insulto a lo divino de nuestra naturaleza”.

Marguerite Duras


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