La trampa de la homologación con los hombres

“Pasos”, óleo sobre lienzo. Aleah Chapin

Por Andrea Franulic, escritora feminista

Me gustaría hacer hincapié en lo que nos toca vivir hoy a las mujeres en este patriarcado tardío. Me refiero a la homologación masiva con los hombres y su simbólica masculina, a la que le subyace, por supuesto, la ideología misógina. Encontramos esta homologación en todas partes, desde la “alta teoría” hasta las prácticas cotidianas, desde las aulas universitarias hasta nuestras camas. Esta homologación es resultado de un largo proceso que se desata a partir de la modernidad (siglo XVII en adelante). La ideología de la igualdad liberal, la figura de la mujer emancipada y empoderada, la concepción de sujeto, entre otros, son parte fundante del fenómeno (ver los desarrollos teóricos del Pensamiento de la Diferencia*).

A esto se refería la feminista y crítica de arte italiana Carla Lonzi cuando aludía al yugo que tantos siglos nos costaría sacudir de nuestros cuerpos, puesto que la homologación con los hombres refuerza un tipo de sociedad basada en la barbarie y la crueldad, en la depredación de todo lo vivo; y la simbólica masculina reproduce valores y actitudes que ensombrecen nuestras relaciones elementales. La homologación, además, profundiza la ignorancia sobre nuestra historia de resistencias y libertades, así como los avatares de nuestras existencias. E insisto, lo principal, es que le subyace el rechazo a las mujeres, como cuerpos sexuados y como gestoras de conocimientos y simbólicas propias. La lengua se enrarece, y las tergiversaciones y mudeces están a la orden del día. La lógica de la guerra y su imaginario se vuelven el modo basal de relación, y la creencia en el humano universal como sujeto del conocimiento se incrusta en los inconscientes.

La radical Shulamith Firestone* dice que imitar a los hombres solo ha traído empobrecimiento existencial y superficialidad a nuestras vidas. Y tiene una cita que me gusta mucho, puesto que grafica muy bien cómo opera la misoginia en las sociedades modernas y posmodernas de hoy en día:

“El peor insulto para una mujer es decirle que ‘es como todas’, es decir, que no es mejor que las otras; el mejor cumplido consiste en decirle que tiene la inteligencia, el talento, la dignidad o la fortaleza de un hombre (o mejor que las de un hombre). En realidad, como acontece con todos los miembros de las clases oprimidas, ella misma toma parte en la actividad de insultar a sus iguales, esperando con ello dejar bien claro que ella -como ente individual- está por encima del comportamiento de las otras”.

Esta cita también advierte, desde mi punto de vista, sobre el orden moral cristianófilo, que es el gran fantasma que merodea en las colectivas feministas y lesbianas. Es decir, sobre la imposición de modelos de “ser feminista” o “ser lesbiana” resueltas y superadas, mirando a las demás mujeres hacia abajo. En este sentido, pienso que es importante estar atentas a la sanción, a la censura, al “deber ser”, a la búsqueda de pureza, que las ideologías dominantes filtran incluso en los espacios que se pretenden más libertarios.

Otra cosa muy distinta es que el feminismo radical y de la diferencia sea una propuesta política y ética. Esto quiere decir que nos interesa crear relaciones basadas en otra simbólica, que no tenga una pizca del contenido del neoliberalismo y el dominio que todo lo pudren. Hasta ahora hemos hablado mucho sobre la libertad para nosotras, pero esta ha sido absorbida y mutilada para dar como resultado una liberalidad fantoche. La forma de soslayar esta trampa es reflexionar y vivir la libertad junto a la confianza. No se puede pensar la libertad sin pensar la confianza en las relaciones entre mujeres. No hay libertad sin confianza, no hay confianza sin libertad: para respirar, vivir y hablar.

*Corriente del feminismo que aboga a la diferencia sexual como liberador de la mujer
*Figura central en el desarrollo temprano del feminismo radical canadiense.

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