La sonrisa de Alfredo Espinoza

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Nacido en el cerro Cordillera de Valparaíso, la vida de Alfredo Espinoza está ligada al jazz y nada más que al jazz. Todo lo que hizo fue por y para este estilo de música. Para los que lo conocen y tocaron con él, su huella jamás podrá ser borrada, ya sea por su talento natural con el saxo como por su personalidad. Su historia abunda en misterios y a pesar de ser considerado casi una leyenda del jazz fuera de Chile, su figura es poco conocida en nuestro país.

Por Oscar Aspillaga / Fotografías: Alexis Díaz para la serie documental TEMPO / ®dereojo comunicaciones

Jorge Rodríguez, baterista de Cultrera, Espinoza y Cía., y el trombonista italiano Duccio Castelli visitan a Alfredo Espinoza en el departamento que comparte con su hermana Gladys en la comuna de Pudahuel, Santiago. Ella lo reta por no levantarse del sillón a saludar a sus amigos. Lo amenaza con que no le dará comida. Espinoza ríe; su sonrisa contagia. Se ve feliz, a pesar de que no habla mucho y no logra hilar sus ideas totalmente. Hace ya un par de años que no toca un instrumento: “Ni se acuerda de tocar, ahora no hace ni amago, está en otro mundo”, dice Gladys.

LA LEYENDA

Alfredo Espinoza nace en Valparaíso el 28 de diciembre de 1942. Luego de la muerte de su padre, parte rumbo a Argentina junto a su madre: un cambio crucial en su vida cuando tenía sólo diez años. El país trasandino además de dejarle a Espinoza ese acento tan característico, le daría una pasión de por vida: el jazz. Fue en Buenos Aires donde comenzó a pavimentar su carrera, alcanzando su máximo esplendor con La Porteña Jazz Band, gracias a la cual llegó a ser considerado por la crítica como el mejor saxofonista de ensamble libre musical y solista, entre los años 66 y 68. Su amigo Castelli, en el libro que escribió llamado Alfredo Espinoza, Jazzman: Legendario y oscuro relata que en La Porteña el protagonista era Espinoza, y el resto de los músicos lo sabían: “Los arreglos musicales, a menudo espléndidos, giraban alrededor de sus solos, de sus intervenciones, de sus breaks. La banda era indiscutiblemente buena y en ella se trabajaba sin celos ni envidia para hacer brillar la joya que poseían”.

En enero de 1970, la vida de Alfredo se vuelve una gran gira mundial. Arriba a París y firma contrato para tocar por toda Francia. Vuelve a la capital de ese país e integra el conjunto TheBottleSystem con el que toca en uno de los mejores lugares de espectáculos musicales de la ciudad, L´Alcazar de París. Graba y vende discos en Bélgica, Alemania, Estados Unidos y la misma Francia, entre otros. En 1974 regresa a Argentina a su querida La Porteña, pero sólo para seguir con el ruedo iniciando una gira por festivales de jazz. Está en Alemania, Italia, Suiza y Holanda, donde gana el festival de la ciudad de Breda y es considerado el mejor solista de jazz en saxofón. Al regresar a Chile, a principios de los 80, algo pasa con Espinoza.

LOS AÑOS DEL COLCHÓN

El saxofonista se fue a vivir a Santiago con su hermana, pero “se portó mal –dice Gladys- y lo mandé a la casa de mi mamá”. El Jazzman volvía a su lugar de origen, la calle Cuartín del cerro Cordillera. Allí, durante la década de los 80 y hasta mediados de los 90, la historia se torna confusa y aviva el mito que ha rodeado su vida: que de tantas drogas que probó finalmente éstas lo consumieron a él. En el libro Jazzman de Castelli se lee un comentario sobre los hábitos narcóticos de Espinoza: “Nunca con una sola droga a la vez. Como mínimo debían ser dos y mezcladas con alcohol. Alfredo probó todas las drogas que pudo en todas partes del mundo”.

En Valparaíso su actividad musical decrece notoriamente. Se cierra el ciclo de los años cosmopolitas de eternas giras y trasnoches. Para el medio bohemio que solía frecuentar, el Jazzman había desaparecido. Pero en enero de 1995, el músico Marcelo De Castro logra dar con su paradero. Meses después Castelli lo visita. Espinoza no sale mucho de la casa y pasa gran parte del día acostado en su pieza,fumando. En una foto de ese encuentro se le ve flaco, barbudo, sobre un colchón, junto a un cenicero colmado de colillas de cigarros y rodeado de posters de los buenos años de su carrera musical. Se corrió la voz sobresu vida actual y hasta un canal de televisión sacaría una nota de “El caso Espinoza”. En ella “un doctor dijo que él era esquizofrénico total y sin posibilidad de recuperación”, relata Castelli, quien es menos radical y más humano en su explicación: “Se fue a Valpo porque ya no le daban trabajo en Santiago. También estaba triste por haber perdido su mujer y su hijo. Regresó a Chile derrotado”.

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Para Diego Pequeño, director del documental Escape al silencio, notas de vida de Alfredo Espinoza (mención honrosa en Festival In-Edit 2009), las razones que lo llevaron a terminar en ese estado siempre serán un misterio. Y agrega: “A veces la genialidad te aleja de lo “normal”. Creo que, además, exploró mucho con la filosofía y llevó la música a niveles como algunos poetas la poesía: al límite de ser peligrosa”. El músico Sergio Acevedo tiene una opinión distinta de esta etapa de Espinoza, para él “es un mito que estuvo en silencio”. Dice molesto: “Todos dicen cosas que no coinciden con la realidad. Con Alfredo hicimos 58 conciertos en el Teatro Municipal de Viña, entre otras muchas cosas. A finales de los 80 él estuvo efectivamente con problemas, pero toda esa etapa fue en los 90”. Incluso recuerda que formaron la banda UV5 y luego la UV6 financiadas por la Universidad de Valparaíso entre el 81 y el 89. Ensayaban todas las semanas y se presentaban casi una vez al mes. Esto lo corrobora hoy Espinoza, sentado junto a sus amigos en el departamento de su hermana: “No salía de casa, sólo a la UV a ensayar y tocar en un quinteto con Sergio Acevedo y volvía”.

LA RESURRECCIÓN Y LA CAÍDA

En 1997 la madre de Alfredo muere y su hermana se lo lleva de vuelta a Santiago. Al año se recupera, vuelve a tocar el saxo todos los viernes en el Mesón Nerudiano junto a Cultrera, Espinoza y Cía. y hace más de mil conciertos. Viaja a Europa, por varias ciudades de Chile y edita varios discos. Gladys dice que es “un milagro” su recuperación. El año 2000 en París, el destacado jazzista francés Daniel Huck le dio las gracias a Castelli “por haber traído de vuelta a Alfredo”. Le dijo que era un maestro para él y que incluso había escuchado que estaba muerto. Pero, los altos y bajos no terminarían ahí para el Jazzman: el año 2011 sufre una falta de oxígeno en un concierto que lo deja con un leve Alzheimer y además se le detecta una enfermedad pulmonar crónica.

Espinoza ya no toca, pero según su hermana Gladys, guarda en una carpeta un montón de composiciones listas para ser transformadas en canciones. Un pequeño tesoro con el que el Jazzman puede sorprender nuevamente, pues a pesar de los vaivenes de su vida lo más certero es que “el jazz fue todo para él”, como dice su hermana. “Yo no creo en Dios, creo en el jazz”, dice Alfredo Espinoza.

*Crónica publicada en en La Juguera Magazine nº 5

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