La singular Pancha Núñez

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Surgida como artista en el Santiago de los ochenta, Francisca Núñez (n. 1961) es una artista chilena reconocible y reconocida, Premio Nacional de Bellas Artes 2009. Actualmente vive en Laguna Verde donde, entre el rugido del viento, conversamos de lo que fue y lo que será. Nos acompañaban sus perros Osa, Tacha y Kaskop. Lo que resultó fue un autorretrato donde Pancha contó de sus orígenes en Colina, su pasión por el papel kraft y el género, de un viaje a Europa junto al fallecido pintor Pablo Domínguez, de las casas okupa en que vivió allá, de la librería que tuvo acá y su intensa vida actual.

Por Amelia Carvallo / Fotografías: Isaac Guerra

VERNE Y EL BACHILLERATO

Nací en Colina pero fui dada en adopción a mis padrinos cuando guagua así que me crie un tiempo en el Barrio Recoleta y después llegué a vivir a Cerrillos, siendo ya niña. Mis papás no tenían hijos, así que fui la única. Mi mamita era costurera y entregaba sus trabajos en el centro. Cuando pasaba por el pasaje Matte me compraba libros de Julio Verne. En ese tiempo estudiaba y trataba de hacer los mapas que Verne hizo en su novela De la tierra a la luna. Pasaba semanas dibujando el monte Everest que en la luna corresponde a una fosa abisal. Mi mamita también me hacía la ropa así que vivía en una elegancia que me llegaba a dar vergüenza. Cuando entré al colegio lloré los primeros días. Era buena alumna excepto por las matemáticas que se me fueron en collera, tanto así que para ganarme el cuatro tenía que estudiar caleta.

Mi educación media fue complicada. Por donde vivía me correspondía el Liceo Municipal de Maipú que fue uno de los primeros municipalizados en Chile. Era absolutamente momio, el director era pinochetista y yo tenía tan buenas notas que no me podían dejar sin colegio así que me fui al Liceo 1 y viajaba todos los días desde Cerrillos. No tuve muchas amigas, todas estaban muy pendientes de los chiquillos del Instituto Nacional y yo para todo ese tipo de cosas fui bien lentita, la primavera se me despertó tarde. En el Liceo 1 había una cúpula de chiquillas, la elite del liceo, que jugaban al bachillerato en unas tremendas hojas con miles de casillas. Eso era lo más bacán a lo que podía llegar pero nunca logré jugar, eran demasiado capas ellas. Me echaron por asuntos políticos y me fui a la Academia de Humanidades de Recoleta. Ahí lo pasé muy bien, me encontré con los árabes de Patronato, de Avenida La Paz, donde ahora hay puros chinos. Me invitaban a los cumpleaños, fiestas en palacetes con alfombras, bandejas de plata, copas de cristal, un lujo otomano. Allí lo pasé bien pero también me echaron por razones de sublevación. Mis papás ni opinaban, que haga lo que quiera, o mejor dicho lo que pueda. De ahí me fui a la Inmaculada Concepción de Bellavista donde terminé cuarto medio.

FORMAS Y MATERIALES

En 1980 postulé a la Academia de Arte. Al examen especial llegué con mis materiales: llevé papel kraft, que mi mamá usaba para envolver sus pedidos de ropa, una témpera azul, una blanca y una negra que era todo lo que tenía. Lo primero que pusieron fue un cubo, un cilindro y una esfera y había que dibujarlo relativamente realista. Lo hice lo mejor que pude y después vino una segunda prueba que era hacer lo que quisieras con esas formas, nuevo papel y otros colores y yo hice cualquier cantidad de azules y celestes y me fui a lo abstracto. Quedé en lista de espera bien a la cola, finalmente la lista corrió hasta que quedé. Cuando vi mi nombre en la lista se me cayeron las lágrimas, le dije a otro que me leyera para estar segura y me fui llorando de Macul a Irarrázabal, totalmente conmocionada.

Yo quería estudiar pintura desde siempre. Me gustaba Pedro Luna, Pedro Lira, quería aprender a pintar paisajes. De la escultura pensaba que eran los monumentos nomás, el mármol, cuestiones militares, Bernardo O’Higgins, estatuas. En escultura era lo que más mal me iba, un cero, terrible, al final me recuperé y pasé. Tenía a Patricia del Canto de profesora que igual me dejó ser y me enseñó el ABC de la cuestión. De todas maneras nunca dejé el dibujo, que ha sido mi compañero durante todo este tiempo, de allí nacen las ideas para hacerlas en volumen. Tuve a Luis Advis y Adolfo Couve como profesores, con clases teóricas muy buenas. También tuve la gran suerte de tener como profe de dibujo a Jaime León con el que aprendí mucho.

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Saqué la carrera como en ocho años y entre medio tuve dos hijas. Fui exonerada durante dos años, no podía ingresar a la universidad por peligrosa. Estaba en Las Encinas y nos juntábamos con la gente del Pedagógico y con los de Ciencias. Yo era bien de llevar el pandero en las protestas y organizar, con pañuelito en la cara y todo eso, una vez patee una lacrimógena pesada como tarro de leche condensada. Esos días los recuerdo como que estaba en el lugar que tenía que estar y hacía lo que tenía que hacer. Era una chica arriesgada, participaba en todo, imprimiendo panfletos en la noche para repartir en las marchas. Estaba dividida entre dos generaciones: una era la de los pintores que no se involucraban en nada, que eran los de Chucre Manzur, y por el otro lado estaban los artistas plásticos más comprometidos y las juventudes comunistas, pero yo conciliaba esos dos mundos en el arte.

Mis primeros trabajos fueron con mi querido papel kraft, siempre encontré muy noble ese material y al cartón también. En ese tiempo me pusieron la etiqueta de la escultora del material de desecho. Lo cierto es que al taller de aluminio no me podía meter porque no me daba el billete. En el taller de picar piedra, con Matías Vial, nunca pude hacerlo bien. Era terrible. Tenías que hacer tus propios cinceles a partir de un fierro que calentabas en la fragua y luego al yunque a sacarle punta a puro martillazo. El metal está bueno cuando al meterlo en un aceite se pone azul. ¡Nunca vi ni un puto color azul! Me acuerdo que martillé un semestre entero y la piedra se fue achicando hasta que quedó tan chica como la maqueta de greda que había hecho. En madera me conseguí un tronco bueno y estuvo mejor porque no lo cincelaba, le metía serrucho y hacía los cortes y después con una gubia le hacía unos sacaditos. Estuve haciendo cosas constructivistas con madera, los listones, los cuartones, armando formas.

Otra cosa que siempre me gustó fue la mecánica de automóviles y creo que de ahí tomé mi gusto por el color. Mi papé era pintor de autos y yo fui una chica de garaje a la que ponían a revolver la pintura para que no se aconchara. Cuando veía que el color se empezaba a fundir con el aceite se me caía la baba de los colores que salían: bermellón, azul, amarillo. También hice pistoleo de pintura y me tenían para igualar colores por el buen ojo.

LA VIEJA EUROPA

A Ámsterdam llegué a los 27 años gracias a una exposición individual que tuve en la galería Casa Larga de Carmen Waugh. Justo llegó el director del Museo de Arte Moderno de Ámsterdam buscando gente para hacer una muestra sobre América, que incluía a expositores de Uruguay, Argentina, Brasil y Chile. Con Pablo Domínguez, que en paz descanse, fuimos escogidos para ir por dos meses a Holanda. Nos pagaban los pasajes de ida y vuelta. Fue como el sueño del pibe, entramos por la puerta grande, fuimos a Portugal a dar la hora, pero igual lo pasamos chancho en Lisboa porque Pablo era el mejor compañero de viaje que he tenido. Con él era todo el rato cágate de la risa, si queríamos, cada cual a su aire, sin problema. Me dejaba ir al lado de la ventana en los viajes. Llegamos a Europa los dos bien huasos, a ver los Van Gogh y Rauschenberg en vivo, y pedimos la plata del hotel y nos fuimos a una okupa así que nos alcanzó para vivir como tres meses. Cuando se estaba acabando la plata postulé a una beca para hacer un posgrado de dos años en la Rijksakademie. Me dieron taller como con mil euros mensuales y todos los materiales. Pablo se volvió y yo me quedé. En la okupa conocí a mi segundo marido, Gert-Jan Van den Broek, un holandés ebanista de manos inmensas. Ahí me dije “esta es la mía” y estuvimos juntos 18 años haciendo muebles. Yo le daba las medidas de lo que quería y él preparaba la madera y yo dibujaba y pintaba para que él después cortara, ensamblara y pegara.

Yo también hacía el tapizado. Era rico porque la plata quedaba en casa, no como ahora que tengo que pagarle a un maestro. Al tiempo volví a Chile a buscar a mis dos hijas y me las llevé conmigo pero no vivimos en Ámsterdam porque era muy peligroso por la libertad y las drogas, cada cual se metía en los problemas que quería meterse, yo del primer año en Holanda casi no me acuerdo, lo pasé en estado etílico. Nos fuimos a un lugar en la playa que se llama WijkAanZee y vivimos en una okupa que era un castillo medieval, al lado del mar. Había sido un hospital para tuberculosos, tenía buen aire y por un lado veía el mar, por el otro las dunas y por otro el pueblito chico. Antes del final del invierno desde la nieve empezaban a salir unos triangulitos verdes y se veía una gran extensión con los bulbos verdes que empezaban a brotar al derretirse la nieve. Después aparecía una flor blanca así que todo quedaba nuevamente blanco pero de pétalos, como nevado de flores, demasiado lindo, hice una serigrafía de eso.

De vuelta en Chile en 2005, luego de 18 años fuera, me encontré con los amigos y llegué a vivir en la Comunidad Ecológica de Peñalolén. Allí tuve mi negocio de compra y venta de poesía, un chiste. Tenía un taller grande para atrás y adelante unas vitrinas. Lo primero que hice fue poner una tienda de antigüedades y suvenires. Tenía un cajón lleno de lamparitas, ceniceros, todas las huevaditas que me había comprado en Europa las metí en ese cajón y me las traje. Viví un año entero de eso. Después puse una librería con Whitman, Artaud, esa onda, los iluminados y los malditos. Pero no me fue bien porque vendía un libro y me compraba una chela, vendía otro y me tomaba otra chela y se me fue el capital, se hizo un hoyito en la bolsa y quebré. En eso llegó Impuestos Internos a ver facturas y todo eso y les dije “yo vendo y compro poesía, aquí vienen los niños del colegio y hacen las tareas y en este sillón que está aquí cualquiera se sienta y se pone a leer y les doy un cafecito si quieren, esto es como una biblioteca social”. No sé cómo les pareció, pero salvé. Después tuve otra iniciativa, un taller de costuras, onda se arreglan cierres, se hacen bastas. Siempre he sabido cortar y coser, mi mamita me alentaba pero igual sufrió mis saqueos, le tomaba sus géneros, hasta a las cortinas les metía tijera para sacar un poco de tela. Me acuerdo que una vez tomé el colchón de mi hija y le saqué una tajadita, Omar, el papá me quería matar, otra vez me eché un sillón de mimbre. Me gustan las telas, cuando fui a Turquía me lo quería comprar todo. Me compré un laúd, una alfombra voladora, soy consumista terrible pero cuando me llega el agua al cuello me deshago de todo.

LAS TIERRAS ROJAS DE HOY

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Laguna Verde es un pueblo chico medio parecido a Twin Peaks, es un enredo, hay harta gente mayor y harta gente joven con este movimiento de “No a la cantera”. Mi hija, la mayor, es medio ambientalista y ha organizado reuniones con las juntas de vecinos, ha hecho afiches, serigrafías, sacó un diario, es presidenta del comité cultural. A muchos les importa una pelota la cantera, no dimensionan lo que pasará y por otro lado hay jóvenes que quieren figurar mucho, que quieren meterse a alcalde y estamos los que realmente les importa qué pasará con la movilización y la congestión de camiones. En Laguna Verde vivimos con harta austeridad, el agua es un bien escaso y que se valora mucho. Caminamos harto por las lomas porque mi auto está sin papeles así que sólo lo usamos para acercarnos al bus. El invierno es jodido porque la tierra es gredosa y hay momentos en que los autos no pueden subir, se quedan con el barro hasta la mitad de la rueda. Pero es rico igual mientras tengas leñita para la salamandra, en la casa hay tres, una en cada pieza, le echamos hartas piñitas de pino. Yo creo que estoy en el lugar que tengo que estar en el momento que tengo que estar. Estoy empezando una madurez, todavía no soy adulto mayor pero me gusta lo retirado. Ir de vez en cuando a Santiago a hacer mis negocios, pasar a ver algún amigo y regresar luego. Estoy juntando monedas para ir a ver a mi nieto a Holanda esta Navidad. Se me partió el corazón cuando se fue pero su mamá no se pudo adaptar a Chile, este país es difícil, es de pitutos y es caro.

EL DIABLO Y LO QUE VIENE

He estado haciendo muebles para la galería Artium, pinturas chicas y unas figuras de madera que remiten a una escultura mía grande que hay en el Museo de Artes Visuales. Son tres personajes: uno oscuro y negro que es el hombre, otro amarillo que es el inocente y atrás de los dos un diablo rojo que los cubre. Venía saliendo de dos experiencias lisérgicas, dos conversaciones con el demonio que me dejaron con miedo porque quería hacer el medio trato conmigo. No era feo y se creía mino pero se vestía súper chulo: zapatillas blancas, camisa amarilla y pantalones rayados. Una vez me dijo: “Te vengo a cobrar la cuota”. Según él le vendieron mi alma cuando yo tenía cinco años. Después salió con que todo lo que tengo es por su ayuda. La última vez que lo vi me dijo al despedirse: “Me llamarás, y no voy a volver”. Y no ha vuelto.

Trabajo sin escuchar música, en silencio. No veo noticias porque me deprime. Mis proyectos futuros me tienen pensando en el 2017 y la exposición que haré en la Sala Matta del Museo Nacional de Bellas Artes. Quiero montar la pieza de Van Gogh, otro espacio será el Peep Show para el voyerismo y una que otra sorpresa.

* Testimonio publicado en La Juguera Magazine nº 10

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