La poesía política de Rosa Alcayaga

Por: Bettina Neumann
Fotografías: Victoria Pinto


La intención del encuentro con Rosa Alcayaga era hablar de la antología publicada por editorial Ginecosofía, La primera gota de sangre (2018), que presenta poemas de toda su trayectoria poética. Finalmente, hablamos de representaciones de lo real, la mitología griega y feminismo; pero también de sus primeros días escribiendo y el poder de la poesía ante una “pesadilla de la razón”. Mantuvimos este diálogo a principios de octubre del año 2019 pasado, sin saber que la situación local y global estaba por atravesar grandes cambios.

Periodista, docente y poeta, Rosa forma parte del Grupo de Estudios Feministas y Disidencia Sexual de la Facultad de Ciencias Sociales de la UPLA y de colectivos literarios como Mujeres que leen mujeres, y Territorio Feminista. Es diplomada en Ciencias Políticas y magíster en literatura, grado que obtuvo con un trabajo sobre la obra de Stella Díaz Varín: “Cuando se trata de la mujer escritora, ¿qué es lo que privilegian? El cuerpo, nunca lo que escribe. Estudié la obra de Stella Díaz Varín, y ¿qué es lo que conoce la gente? La leyenda. ¿Y quién leyó la obra? Muy pocos”, dice. 

Sí, en ocasiones su nombre circula porque Nicanor Parra le habría dedicado La víbora. Algunos se habrán interesado en el rumor, la anécdota, o como dice Rosa, la leyenda. Pero esto le resta visibilidad al trabajo de mujeres con impronta y proyecto propios, trabajo que a Rosa le interesa que sea leído y considerado, algo que ella transmite en su propia obra. En su escritura, se propone cuestionar y enfrentarse a la tradición griega en la literatura o anteponer la perspectiva de mujeres juzgadas por vivir violencia o ejercerla.

Las tres diosas y el patriarcado

Hay un énfasis en la temática de las diosas en la ilustración del libro.

– La editorial Ginecosofía hizo una selección que está relacionada con toda la temática de las diosas. Yo tengo muchas porque me gusta la mitología griega y, porque además el patriarcado se instala en Grecia en el siglo IV y V antes de Cristo, se instala una religión patriarcal, que es la mitología griega que tiene a su dios, Zeus. Entonces, para mí era importante conocer esta mitología, saber de qué se trataba. He leído bastante al respecto y he visto las contradicciones que se han dado en esa misma mitología, cómo tuvieron que llegar a un arreglo, a un acuerdo; no podían hacer un cambio sustancial de una sola vez porque en el pueblo griego, o sea las polis, estaba todavía muy acentuado el carácter matrístico de la religión. Estaba la Gran Diosa, y eso está comprobado, entonces hubo que hacer algunas concesiones de parte del patriarcado hasta que finalmente este se instala y pasan a segundo lugar las diosas.

Eso es interesante porque en las polis, en el diario vivir, en el cotidiano, se nota a la mujer como fuera de la vida política, pero a veces en la mitología pareciera un poco lo contrario, pero ahí está claro, desentramando el mito y la vida real. He leído mucho sobre la mitología griega y en algunos casos se habla de que en un primer momento el Olimpo quedó constituido en forma par, tanto por diosas mujeres como por dioses varones, pero a cargo de Zeus. Pero llegó un momento en que eso se quiebra y pasan a tener menos preponderancia dentro del Olimpo. Ahora, todo esto dentro de una religión que está construida – porque la mitología fue construida, redactada; algunos dicen que literariamente, y la verdad tiene bastante de literario -, siendo esta una suerte de literatura religiosa en el fondo, porque nosotros sabemos que eso está en la mente.

Dentro de la mitología griega hay 3 diosas que son independientes de los hombres. Son independientes y al mismo tiempo no han sido violadas, solo 3 diosas no han sido violadas, son independientes y no dependen de un hombre para vivir. Yo las nombro ahí: son Artemisa – en el poema “Soy diosa en este tiempo” -, Hestia y Atenea.

Atenea, dicen, nace de la cabeza del padre. Entonces, en el primer poema, cuando yo hablo de las diosas con “No te perdono Atenea por perdonar a Orestes”, ¿yo por qué nombro a Atenea, y por qué nombro a Esquilo?  Se supone que Esquilo, gran autor dramático, escribe la Orestíada que es una obra que tiene tres obras a su vez, una trilogía dramática, donde la madre, Clitemnestra, mata a su esposo el rey, ¿cierto? Es decir, mata al padre. Entonces, ella tiene razones e incluso, porque hay diferentes interpretaciones, ella lo mata porque él, según la interpretación más de género, más feminista, quiso sacrificar a Ifigenia, su hija, porque los dioses le decían a Agamenón que para que pudiera partir [a Troya], con sus barcos detenidos en la playa porque no había viento, tenía que hacer un sacrificio humano. Clitemnestra no le perdona eso a Agamenón. Entonces, también son luchas de poder, se trata de enmascarar el asunto, pero esas son las interpretaciones que existen. En esa obra se produce algo muy importante, es una obra normativa que tiene que decirle al pueblo, a las polis griegas, “ya se terminó la era de la madre, ahora empieza la era del padre”. ¿Y por qué se nota eso? Porque Atenea apoya a Orestes, al hijo que mata a la madre. El hijo mata a la madre y eso nunca se había visto, y las Erinias, que defienden a las madres y a las mujeres, o sea los crímenes de sangre a las mujeres, lo acusan, pero ¿quién le da el voto a favor? Atenea. Trato de desacralizar los símbolos tanto de la mitología griega como de la mitología cristiana. Porque son las dos simbologías que, en realidad, nos amarran.

¿Cómo inicias tu trayectoria poética y por qué eliges la poesía como un medio? Considerando que también trabajas como periodista, podría haber sido prosa o narrativa.

– Fue una razón práctica. Yo pensaba que iba a escribir prosa. De hecho, mi primer libro es un libro de prosa, de relatos. Asistí a un taller de Gonzalo Millán, ese fue mi primer taller. Millán enseñaba [un taller llamado] autobiografía y alquimia. Entonces, era partir de una anécdota, de algo que te había pasado, y claro, todo es ficción en realidad, aunque tú lo cuentes y tú creas que eso es así. Es una representación. Y la representación tiene un punto de vista y, por supuesto, vamos negociando consensos de acuerdo que signifiquen “bueno, esto es lo que pasó”. Hice eso con él; era un muy buen profesor.

Pero esto tiene un antecedente. Yo estaba trabajando como periodista y me quedé sin trabajo porque una también se pone peleadora, tiene sus puntos de vista y todas esas cosas. Fui al comité de defensa de esa época para salvar al diario [en el que trabajaba] y dijimos de todo, yo estaba de miembro de la directiva, del comité de defensa a nombre de los periodistas, entonces nos tocó hablar muchísimo. Estábamos en el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Ahí, en ese gobierno, se cerró. Durante la Concertación se cerraron todos los medios que fueran alternativos, que no fueran de la derecha en el fondo. Yo me quedé sin trabajo y tuve cosas esporádicas. Y entonces estuve con una depresión.

Quería seguir [después del taller] por el mismo camino, la prosa, y había un taller en la Sociedad de Escritores del que yo había escuchado, de una mujer que me parecía muy buena, que había hecho buenos talleres y fui a hablar con ella. Entonces me dice “no voy a a hacer prosa ahora, voy a hacer poesía, haré prosa el próximo semestre”. Y dije “no, yo no me puedo quedar sin hacer algo, sino yo voy a perder esto”, yo soy obsesiva. Quería seguir, porque el taller es muy importante para la disciplina. Entonces dije “ya, bueno no importa, inscríbame nomás”. Aparte, yo leo mucha poesía. Yo me formé con la poesía, en realidad. Pero bueno, esas cosas que pasan en la vida.

Cuando llego al taller de poesía, escribí mi primer poema, este, siempre lo pongo [en antologías] porque es lo primero que hice. Ella nos dio un pie forzado. “Escriban sobre un pie forzado: Dios”. Y yo odio a dios. Entonces eso fue lo primero que escribí en el taller de poesía [“Génesis”]. Pensé “esto es lo mío”. Porque me nació así. Fue el primer taller y el primer poema.

Tu poesía es política; aborda la idea de desentramar la violencia de género desde distintos lugares, como desde lo doméstico o desde la mitología. Sartre escribe que, en prosa, las palabras siempre están haciendo referencia a una realidad. Según él, esto haría política a la prosa. La poesía, en cambio, no tendría a la realidad como su objeto sino al lenguaje, siendo una exploración de este. Por lo tanto, no sería política o no tendría consecuencias fácticas porque no tiene a la vida real como su objeto y referente. ¿Qué piensas de esto?

Esta es una discusión que a mí me gusta mucho. He estudiado mucho la poesía, y me gusta mucho porque yo parto de algo que me parece muy importante. La poesía moderna en general es una poesía metafísica, la poesía moderna desde el romanticismo hasta la vanguardia es una poesía metafísica, por supuesto, está “allá arriba” y la estudié a fondo, pero me inscribo en la otra vereda. Quizá en forma sencilla o simple – y uso el término simple con su intención – podrías decir que hasta cierto punto tiene una impronta parriana. Parra, en su manifiesto, con un solo verso dice “los poetas deben bajar del Olimpo”, porque esta poesía metafísica está allá “arriba” justamente, “al lado de la realidad”. 

Diría entonces que soy una poeta que es post- poesía moderna. Porque tampoco estoy de acuerdo con el concepto de posmoderno, porque no somos un país posmoderno, sino que estamos reflejando una ideología que nos viene de Europa en relación a inquietudes que ellos están estudiando. Pero la poesía post- poesía moderna está instalada en América Latina y tenemos muchos representantes. Imagínate que en el año 1927 José Coronel Urtecho, poeta nicaragüense, viene de Estados Unidos, de haber conversado con los poetas norteamericanos e interpela a Darío cuando llega a Nicaragua, lo interpela porque Darío era un poeta europeizante. Maravilloso, todo lo que quieras, pero era una poesía metafísica. Entonces él lo interpela ya en ese tiempo, y habla de la poesía conversacional, de la forma de hablar más sencilla, más directa, coloquial. Bueno, y de ahí viene, yo tengo a mi ídolo, José Emilio Pacheco. José Emilio Pacheco habla. Él no se queda con Parra. Él parte de Parra porque efectivamente su verso, el que los poetas bajen del Olimpo, es un verso de tremenda trascendencia, en el sentido no metafísico sino en el sentido de lo que eso significa: marca un antes y un después en la poesía en castellano, en español, es un gran aporte.

Tenemos un poema de Charles Bukowski que se llama “Un apunte sobre poesía moderna”. Él dice en ese poema que cuando un poema es difícil de entender, generalmente se dice que es bueno. Está haciendo relación con la poesía moderna, una poesía simbólica que usa un vocabulario y una manera de escribir intencionadamente dirigida a que no la entiendan los epígonos de la razón porque ellos son anti-ilustración. Los poetas románticos- y eso es lo valioso que tienen ellos, dicen: “las razones están creando un nuevo dios”. Y tenemos una obra de Francisco de Goya, pintor romántico, que dice “el sueño de la razón engendra monstruos” y tú lo ves acá [en el poemario].

¿Cuál es tu contrapropuesta a eso, a esa pesadilla de la razón?

– Nosotros en este momento estamos hablando de una poesía que no solamente es conversacional, no solamente es coloquial, sino que se interesa por los hombres y las mujeres de la calle.  Y yo ahí veo una diferencia entre Parra y José Emilio Pacheco. Cuando Pacheco habla de lo que pasó en Tlatelolco, por ejemplo, que fue la masacre de los jóvenes en 1968 en el gobierno mexicano que los manda a matar, es una poesía comprometida, no en el sentido vulgar, sino que al sentir lo que esa gente sintió en ese momento, en esa masacre, no te puedes quedar callado frente a eso. 

Esa es mi respuesta. Yo pienso que la poesía en este momento, y lo decimos desde la perspectiva feminista, no es un objeto meramente artístico, sino que además es político, ideológico y social. Porque esto tiene, además, para contestarle a Sartre, y contestarle a otros filósofos de la Ilustración, del pensamiento moderno: esa poesía moderna que está “aquí arriba”, está apelando a eso, “somos la poesía de la mente”, de la idea, la idea como abstracción, sin pensar en el cuerpo, no solamente el cuerpo físico, sino el cuerpo material, la materialidad.

Además, nosotros tenemos que volver a América Latina. Somos muy europeizantes. Nosotros tenemos una deuda con el mundo. Los africanos no están pensando lo mismo [que en Europa], los indios de la India no están pensando lo mismo, porque su liberación fue posterior, cuando había más elementos de análisis. Cuando nosotros supuestamente nos independizamos, nosotros seguimos a pie juntilla lo que nos decían desde Europa, y lo seguimos hasta el día de hoy, pensando que eso es lo que tenemos que imitar. Entonces, dime si no es político entonces. Cuando ellos nos dicen que es neutral lo que ellos escriben, esa neutralidad es una posición política.

En “mermelada de mora con clavos”, poema en forma de una carta de una madre a su hija, se enfrenta el conflicto de la teoría con la praxis feminista y la superación de esa distancia.

– Yo trato de que sea así la escritura, que tú la sientas, y que eso está ahí, y podemos explicarla así teóricamente pero más vale que la digamos en un poema. Por ejemplo, ese poema llegó a una amiga en Costa Rica, que no sé cómo le llegó, y me escribió y me dijo “eso es mejor que cualquier taller”.

Si tú te das cuenta, la presentación que me hace Pabla [Pérez San Martín, en la edición de Ginecosofía] hay algo con lo que me cayó la teja cuando lo leí, porque ella da cuenta de que hablo mucho de la madre, un tema difícil de tratar.  Porque hablo, por ejemplo de Jeanette Hernández [en “Sobran ojos persiguiéndote (o la Medea chilena)”], entonces, yo no la culpo, pero tampoco la exculpo, sino que es entender lo que ella sentía o le pasaba, eso nos pasa a todas, lo que pasa es que nosotras no llegamos a matar. Cuánta rabia han tenido muchas mujeres por eso.

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