La oportunidad de la atención

Por Bettina Neumann

Hace algunas noches, caí en una espiral de funas. No dejaban de aparecer, no las dejaba de leer. Empezó con una venenosa costumbre de abrir las redes sociales poco antes de acostarme.

Comenzó a crecer una ola de angustia. Después, pasó a indignación. La mayoría de las funas que leía trataban de relaciones abusivas. Vi pasar ante mis ojos los nombres de compañeros de carrera, amigos de amigos, los rostros pasajeros de interlocutores en fiestas o encuentros como presentaciones de libros, charlas u otras instancias culturales. Desfilaban ante mis ojos fotos de perfiles, expuestas para identificarlos, esas fotos que con tanto cuidado nos sacamos para darnos a conocer al mundo, presos de la fantasía de una posible armonía comercializable de nuestra estilizada persona pública.

Lo de las funas no es nada nuevo. Pero esta reciente explosión masiva, posiblemente inspirada por las valerosas expresiones simbólicas de colectivos como Lastesis y manifestantes que recuerdan no olvidar la necesidad de una perspectiva de género para las demandas, nos ha enfrentado con el terror de reconocer en nuestro círculo más cercano aquello que llevamos denunciando en asambleas universitarias, encuentros feministas y en conversaciones casuales e íntimas también.

Claramente, no faltan los “funólogos”  que expresan sólo un punto sesgado de esto. “No es lo mismo violar que acosar”, “pero si no le pegó”…  Claramente existen diversos grados de violencia. Y no, el feminismo no pretende hacer que los hombres vivan atemorizados. No, el feminismo no matará la posibilidad de flirteo entre hombres y mujeres, puesto que ya ni siquiera podrán intercambiar miradas en un distópico futuro lleno de protocolos de conducta, “higienizado pero muerto”. La decisión de funar no es fácil; la gente no “disfruta” haciéndolo.

Habría que concentrarse en qué significa que las personas vean en la funa, en ocasiones, la única posibilidad de expresar un trauma, advertir a los demás y, principalmente, obligar a un reconocimiento de la responsabilidad de las acciones de un otro. Los conductos regulares, a nivel legal y protocolar en muchos espacios, no funcionan siquiera con un mínimo de humanidad.

Tengo una amiga a la que conozco desde que tenemos 8 años.

Después que la persona con la que salía le rompiera la nariz, una carabinera le dijo que ahora aprendería a no estar con un hombre mayor.

Ya no llevo la cuenta de mis amigas que han sido tocadas sin su consentimiento. Es un número grande, funesto, indigno.

Hablaba con alguien funado por una ex-pareja. Ella le dijo, tiempo después que terminara su relación, que se juntaran a conversar, a lo que él respondió con audios de WhatsApp por estar “muy ocupado”. Poco después salió la funa. Es agrio el sabor de las oportunidades perdidas.

Dejemos de temerle a la conversación. No será fácil, pero ¿no es eso parte del afecto? ¿Es que acaso sólo esperamos placer de los encuentros con los otros? ¿Qué puede ese otro entregarme a mí, y cómo lo consigo incomodándome a mí mismo lo menos posible? Se habla y habla de la muerte simbólica del macho (“A la batidora la tula violadora[1]” Inserte un escroto reduciéndose…), porque logra ser catártico y llamativo (por eso es lo primero en ser objeto de polémicas), pero el punto de la responsabilidad afectiva y el respeto son puntos centrales también, y es un tema que llama mucho menos la atención a los críticos de la discusión de género, cuando es precisamente donde se juega gran parte de una apuesta que es confiar en otro. Muchos desencuentros germinan allí. Llegar a conversar, conversar de verdad, escuchando y dejando hablar.

La funa es también una última instancia, a través de una condenación social, de hacer entender un daño que se niega a ser reconocido. Pero una parte importante de lo trágico del asunto es la incapacidad de haberse dado cuenta antes. ¿Y  por qué, al enterarse, lo primero para algunos es huir? Claramente, el cómo aprendemos a relacionarnos se ve influido por nuestras propias experiencias afectivas, comenzando en nuestra infancia; todos hemos dañado en el proceso de aprender a vincularnos con los demás. Pero realmente este texto quiere abogar por algo que ayudaría tanto anterior como posterior a tal momento; pienso en ese instante en que se nos da la oportunidad de escuchar para así realmente darnos cuenta, y en lo posible, tal vez hasta enmendar.

Ojalá esta ola tan desgarradora de testimonios nos haga recabar en algo burdamente sencillo: el poder de prestar atención. Porque, como decía un personaje en una película[2] “tal vez el amor y la atención sean lo mismo”. ¿Por qué se habla de “prestar” atención? Podríamos pensar en lo radicalmente propio que es concentrarse en algo, regalarle atención a algo. Nadie puede hacerlo por otro. Tal vez ahora, más que nunca, entre infinitas distracciones, es que la atención es un regalo fundamental.

Es fácil enmudecer ante tanta expresión de dolor y denuncia de injusticia. Aún así, y sobre todo ahora, es que es momento de hablar y escuchar con mayor atención.  Cuánto se podría evitar con ejercer la escucha y la sensibilidad, con dejar de admirar sólo la fuerza y la dominación, si pensamos que se hiere y manipula en nombre de la vaga ilusión de “estar en control”. Y no se trata de abogar por el silencio; todo lo contrario. Es momento de hablar, de expresar, como muchos han hecho a su manera, todo lo que está mal y se ha normalizado anteriormente, anterior a este despertar que marca un tiempo nuevo. Este nuevo tiempo, de carácter bullicioso, precisamente porque está dando cabida a muchas voces silenciadas, habría que vivirlo con los oídos bien atentos también, cuidando que no se nos pase a llevar de nuevo. Por lo que quisiera prestar atención a algo expresado en 1925 por Gabriela Mistral. Puede ser esperanzadora la vigencia de quien sabía, verdaderamente, observar (y escribir). Es un texto sobre el escudo de Chile, cuya frase “Por la razón o la fuerza” no ha sabido sobrevivir con dignidad, a diferencia de las siguientes palabras:

Mucho se ha insistido, lo mismo en las escuelas que en los discursos gritones, en el sentido del cóndor, y se ha dicho poco de su compañero heráldico, el pobre huemul, apenas ubicado geográficamente.

Yo confieso mi escaso amor del cóndor, que, al fin, es solamente un hermoso buitre.

Tanto ha abusado la heráldica de las aves rapaces, hay tanta águila, tanto milano en divisas de guerra, que ya dice poco, a fuerza de repetición, el pico ganchudo y la garra metálica.

Me quedo con ese ciervo, que, para ser más original, ni siquiera tiene la arboladura córnea; con el huemul no explicado por los pedagogos, y del que yo diría a los niños, más o menos: “El huemul es una bestezuela sensible y menuda; tiene parentesco con la gacela, lo cual es estar emparentado con lo perfecto. Su fuerza está en su agilidad. Lo defiende la finura de sus

sentidos: el oído delicado, el ojo de agua atenta, el olfato agudo. Él, como los ciervos, se salva a menudo sin combate, con la inteligencia, que se le vuelve un poder inefable.

En él se olvida la bestia, porque llega a parecer un motivo floral.

El huemul quiere decir la sensibilidad de una raza: sentidos finos, inteligencia vigilante, gracia. Y todo eso es defensa, espolones invisibles, pero eficaces, del Espíritu.


[1]      Cito las paredes de Chile (2019).

[2]      Ladybird de Greta Gerwig

El huemul quiere decir la sensibilidad de una raza: sentidos finos, inteligencia vigilante, gracia. Y todo eso es defensa, espolones invisibles, pero eficaces, del Espíritu.

Texto citado: Menos cóndor y más huemul en Recados contando a Chile. Alfonso M. Escudero (comp.), Santiago de Chile, Ed. del Pacífico, 1957.

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