La montaña le habló a mi amiga

Por Valeria Tentoni 

Hace varios años ya, en invierno, crucé la Cordillera de los Andes por primera vez con mis amigas. Una de ellas se quedó del otro lado, como detrás de un paredón de nieve transparente. Desde entonces nos saludamos a través de las montañas. Nos escribimos, nos leemos, nos visitamos. Mantenemos vivo el fuego sagrado de la amistad, que comenzó en una clase de teatro, cuando nos reímos de una misma cosa de la que nadie más se reía. 

Marian tenía un nombre que no había tenido nadie que yo conociera, pero además era mi primera amiga lectora, y en una ciudad a la que yo recién llegaba: Buenos Aires. Así que ella me llevaba y yo me dejaba llevar de paseo por librerías y barrios desconocidos, museos y bibliotecas, empedrados y bares centenarios con mozos de otra era, la misma era en la que Borges se les sentaba a la mesa a esperar el café con las manos en el bastón. 

Marian contaba las historias que había leído como si le hubiesen ocurrido a ella misma hacía apenas un instante, y hablaba de Lugones, de Marechal o de Puig como si fueran sus familiares. En la habitación que tenía en la segunda planta de la casa de su mamá, sacaba libro tras libro de una biblioteca de madera y recitaba poemas con unos ataques de entusiasmo increíbles, produciéndome contagios automáticos. 

Cuando Marian leía, daban ganas de leerlo todo y de cero, daban ganas de escribir hasta sobre las paredes. Yo la escuchaba, absorta. Después, como si los libros fueran cáscaras de algo mayor, los soltaba y los dejaba desparramados por el suelo sin ningún miramiento. Recién entonces, agotadas, empezábamos a fumar un cigarrillo detrás de otro, y a hablar, hablar, hablar, hasta que Marian me daba el gusto y tocaba, otra vez, la Marcha turca en el piano. 

La sabiduría salvaje de mi amiga nueva florecía y me imantaba. Juntas escribíamos cuentos y, sobre todo, unos poemas grotescos que no sé de dónde sacamos: un verso cada una, hasta llorar de la risa. La literatura se convirtió para mí en una abundancia atronadora, un cascabel gigantesco, y Marian era mi pasadizo secreto. Jamás hubiese llegado hasta ahí sin ella. 

En aquél viaje a Chile visitamos el lugar en donde iba a vivir desde entonces: Valparaíso, un sueño de altura de frente al mar Pacífico. Quimérico, misterioso, novelesco, me pareció perfectamente lógico que alguien como Marian se quedara en un lugar así y ni por una vez intenté desalentarla. 

De esos días no quedaron fotos. Ni una sola. Se supone que la cámara que llevamos, por algún motivo, las extravió en sus mecanismo. Quizás sea precisamente por ese infortunio que recuerdo con tanta nitidez las callecitas irreales de Valparaíso, los vagones crujientes que nos trepaban por los cerros como tortugas de madera, la figura de mi amiga perdiéndose en la niebla que nos atacó, de repente, un atardecer. Puedo observar a lo lejos, todavía, su mano abierta en la cuadra de enfrente, el gesto de invitación y de aliento, mi terror de cruzar la calle con tanta dificultad para ver. El balcón también, el balcón desde el que Marian iba a mirar los barcos más tarde, los barcos que antes y después de nosotras, juntas por primera y última vez en Valparaíso, iban a correr frente a su ventana con la lentitud de los esquimales a pie. 

Durante todos estos años en Chile, Marian leyó y escribió mucho pero publicó poco. Cuando al fin decidió hacerlo, tenía varios libros listos: una trilogía acerca de la amistad entre niñas, de la que todavía queda pendiente un tomo inédito. Son Las niñas del jardín y Las niñas traviesas, que incluso ganó una medalla Colibrí. Ya están en librerías, bibliotecas, mochilas y mesas de luz: “Marian Lutzky”, cruza las portadas, y su nombre la lleva frente a pequeñas lectoras y lectores que, me figuro, la pensarán como a una maga. 

Profecías, dragones, seres infinitesimales que habitan pistilos y flores, dones mágicos, corazones que laten “a hachazos”: el universo en el que Marian cuenta sus aventuras de crecimiento, sororidad y empoderamiento es tan extraño y fantástico como la Valparaíso que la recibió cuando llegó a Chile, como los milenarios bosques valdivianos en los que vive ahora. 

En Las niñas del jardín, con ilustraciones de Jorge Polanco y dedicado a la hija que tienen en común, Marian imagina el mundo que habitan las niñas que aún no han nacido. Diminutas, casi invisibles, las niñas están, alegremente, en la inminencia del llamado, entreteniéndose mientras esperan el turno de conocer a sus madres. En ese paraíso anterior al paraíso se pasan las horas asustando a los pájaros y trepando a los árboles, bebiendo polen, recitando “odas al agua y la tierra”. Las niñas son seres imaginarios (¿imaginados por sus madres, que las llaman?) en ronda femenina, que bailan, ríen y cantan. En las gotas de lluvia se guarda el reflejo de las casas que habitarán, y hay muchas otras revelaciones incrustadas en los elementos. Las niñas mantienen conversaciones con la tierra, el cielo, el aire o el río, intuyen y teorizan, sus recuerdos suben por “los rayos invisibles del árbol”. 

En el espíritu de las antiguas cosmogonías, en este libro breve Marian se permite la invención de un mundo pretérito, plagado de ritos que, entre niñas, transitan como juegos, y ocupado también por divinidades o presencias mayores (como “El Gran Hombre del Árbol”) que están en pie de igualdad con los animales y los insectos. El tiempo, por su parte, es anotado acatando los ciclos de la naturaleza (“cuando el cielo entibia sus colores”, “en el anochecer más nublado de todos”). 

Miniaturas camufladas en el verdor, la escala de las hormigas, las plumas y los bichos no intimida a estos personajes. Las protagonistas que escribe Marian pueden sentir temor, pero el temor jamás las vence, porque están juntas. 

Y no es casual que por epígrafe Marian haya elegido a otra escritora argentina, Liliana Bodoc, también exploradora de mundos fantásticos, también habitante cordillerana (en Mendoza y San Luis, de este lado de la montaña). Como Marian, Bodoc trabajó con el paisaje circundante, con la mística que le ofrecía su propio entorno para la construcción de mundos alternativos, por caso para la creación de “la tierra de los confines”. 

Las niñas traviesas, primera novela de Marian Lutzky, está claramente situada en Valdivia, que es la segunda ciudad que la acoge en Chile. De corte más realista, pero sin resignar adivinaciones y profecías en las que el cielo le habla al río, sus protagonistas, también niñas, ya han nacido y están transicionando a adolescentes. Viven y van a clases en esa ciudad, que con su clima (¡su lluvia!), sus estaciones y su flora ocupa casi tanto espacio como cualquiera de las tres protagonistas: Muriel, Sayén y Ariel. 

El universo que se les ofrece ya no es idílico como el del libro anterior, sino que carga con la aspereza del choque con lo adulto y lo urbano, pero ni lo urbano ni lo adulto son capaces de desaparecer la naturaleza, que se impone por todas partes. “Al unísono eran una gran

tormenta”, escribe Marian para definir el modo en que se apoyan entre sí, se acompañan y crecen las niñas traviesas. Las marcaciones temporales, como en el anterior, absorben el paisaje y se apoyan, sobre todo, en los ciclos naturales (“La luna había alcanzado la cúspide del cielo”). 

“Las amistades y los paisajes han sido su motivación”, leemos en la solapa, para presentarla. En las fotos que nos tomamos en Valparaíso y nunca existieron, subiendo y bajando por las escaleras porteñas como en un cuadro de Escher, Marian comenzaba a mirar y a explorar una fuente infinita de tesoros para las historias que iba a escribir después. Por supuesto que esas fotos iban a destruirse, pienso ahora. ¿Cómo se podría detener, aunque sea en un fotograma, una escritura que comienza?

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