La memoria del cuerpo

Por Carolina Ibarra Peña*
Fotografías: Carolina Agüero

Hace un par de semanas el canal de Poder Judicial de nuestro país tuvo más de mil visitas: todos los ojos atentos sobre la formalización de Martín Pradenas, que a esta altura no merece presentación, por los delitos cometidos contra varias mujeres, entre ellas Antonia Barra, estudiante de 21 años. No sé si era inteligente o graciosa, pero me basta con saber que nació y se definió mujer para que sentirme convocada. La audiencia fue de ocho horas donde se analizaron, precisamente, recuerdos. Dos días después, con una revisión de las medidas cautelares fue puesto bajo presión preventiva por los próximos 120 días, que es el plazo que dura la investigación, por considerarse un peligro para la sociedad. En el documento que da origen a estas medidas tomadas se señala que la ebriedad no puede considerarse como un consentimiento anticipado, la necesidad de un proceso interno de reparación para interponer la denuncia, entre otros. Nada de esto podría haberse logrado, de no ser por el repudio transversal y las manifestaciones feministas a lo largo del país ¿Por qué somos tantas? ¿Por qué esta audiencia fue tan relevante? ¿Por qué la vimos tantas? ¿Por qué gritamos más? 

Paul Ricoeur señala en “La memoria, la historia, el olvido” que Aristóteles tenía dos palabras para referirse a la Memoria. Por un lado, la palabra mneme, lo que sería el recuerdo que sobreviene como una afección; y anamnesis, cuando la búsqueda se hace activa, es decir, cuando es un ejercicio de rememoración. En ambos ejercicios, la función esta desempeñada por el tiempo “la distancia temporal: el acto de acordarse se produce cuando ha pasado tiempo” ¿Qué se hace entonces cuando la memoria y el ejercicio de la rememoración es lo único que tenemos disponible para hacer justicia? 

Fotografía: Carolina Agüero

La memoria tiene dos dimensiones, una cognitiva y una pragmática. En la primera encontramos el hacer memoria, es decir, reconocer un recuerdo. En la segunda dimensión encontramos el trabajo de acordarse, es decir, evocar hechos singulares de acontecimientos. De ambas maneras ejercemos una relación representativa con el pasado limitada solo por la amplitud y la impuesta por el límite entre la memoria y el olvido. En este sentido, cuando reconstruimos una historia tomamos cada relato como pieza de un rompecabezas, donde encajamos varios recuerdos. Eugenia Meyer, señala que esta recopilación de testimonios recuperan los sitios de la memoria estableciendo una narrativa con temporalidad y espacialidad propia de quién compone su relato. Así, cada una de las personas que recuerda, comprende los acontecimientos y su actuar en ellos, de acuerdo a la forma en que se percibe en ese relato. De esta manera se explican los testimonios dados en la audiencia tan disímiles entre el realizado por Pradenas y todas las víctimas, debido a que al tener memoria de sí mismo, el recuerdo es propio del que recuerda, por lo que puede presentarse a sí mismo como actor desde su propia espacialidad y su propia temporalidad. El recuerdo es relativo a quién ejerce esa memoria. 

Para poder recuperar este recuerdo se necesita un disparador. Muchas veces en víctimas de cualquier violencia, el estrés postraumático permite la funcionalidad del cuerpo en modo automático, sin procesar los recuerdos, o dejándolos dormidos hasta que aparezca un nuevo reactivador. Estos facilitadores de la memoria fueron estudiados por Maurice Halbwachs, desde el punto de vista de las Ciencias Sociales, y los llamó marcos sociales de la memoria. Estos marcos, son los instrumentos que utiliza no solo quién recuerda, sino muchas veces de los que se vale la memoria colectiva para reconstruir una imagen del pasado acorde con cada época y en sintonía con los pensamientos dominantes de la sociedad. De esta manera, un marco social es todo aquello que genera un estímulo que permita la rememoración de un recuerdo, por lo que un entrevistador, objeto, fotografía, vestimenta, compone un marco donde se establece una conexión hacia un recuerdo, ¿qué ocurre cuando el marco social para el recuerdo es el propio cuerpo? 

“¿Cuánto daño causa un violador? En lo que respecta a heridas físicas, estas suelen ser consecuencia de la agresión, no de la violación en sí. Los relatos de las consecuencias psicológicas atribuyen el sufrimiento de la mujer a la propia violación, lo que hace que parezca algo catastrófico”, señala Germaine Greer en “Sobre la Violación”.  El recuerdo no queda alojado en un marco externo, un vestido, una fotografía, un olor. Muchas veces no quedan marcas visibles en el cuerpo que lo recuerden; la mayoría de las violaciones ocurren por alguien conocido, siendo menos de un 20% las efectuadas por un desconocido, según datos de la BBC. Por lo que la memoria queda alojada en el cuerpo. Y los activadores son circunstancias que hacen revivir el recuerdo, sintiendo en el propio cuerpo el recuerdo. 

En medio de los sucesos en nuestro país, Gabriela Cámara Cabezón, escritora argentina, hacía el lanzamiento de su libro “Le viste la cara a Dios”, editado por Los Libros de la Mujer Rota, hace unos días. En esta novela experimental, el protagonista del relato es el cuerpo escindido de la propia consciencia, como un método de resistencia, como una forma de sobrevivir: “Te arracaron tus palabras y te metieron las de ellos, tan dolorosas y sucias como el mar de miembros punzantes que te sacuden ahora como a un barquito un tsunami, pero no pensás, solo ansiás esa voz dulce y dejar atrás la poronga que te barrena la concha tan lastimada que sentís esa fricción como se siente un bulldozer desalojando un terreno”. En una conversación que sostuvo la autora con los participantes de la Escuela de Crítica de Valparaíso, señaló que su proceso creativo estuvo solo mediado por la lectura de relatos de torturados en la dictadura militar argentina, porque la violación es también una forma de tortura incrustada en nuestra cultura patriarcal. 

En este sentido entonces, Ricoeur plantea que en la medida en que se extraen recuerdos traumatizantes, el deber de la memoria, en cuanto se convierte en un imperativo de justicia en forma de futuro, es también proyecto de duelo y de trabajo de la misma memoria ¿Qué hacer entonces cuando el imperativo de justicia que señala Ricoeur, deviene del duelo que se realiza sobre el propio cuerpo? ¿Cómo se vive el dolor de la mancha que se lleva como propia?  ¿Cómo curar el propio cuerpo cuando la marca no es visible? Gabriela Cámara, en otro pasaje del libro antes citado, explica el con-dolor con el propio cuerpo, y la autocompasión expresada en la posición que se adopta en la herida, en el trauma: “El ovillo, que es la posición fetal es la postura adecuada para los deshilachados: se toma cada hilo de ser y se junta con los otros: por eso se ovillan las putas y se acurrucan los chicos después de que les pegaron y por eso no permiten en los campos de tortura, con cadenas en muñecas y tobillos, que se abracen a sí mismos los pobres despojos humanos que hacen de los reclusos”. Aquí es donde tiene sentido el trabajo con el trauma del cuerpo para la resignificación de lo recordado. Pero nos topamos con la significación social sobre la violación. 

Greer también explica que “a las mujeres violadas se les dice no solo que han sufrido un daño irreversible en cuerpo y alma, sino que si no lo reconocen están en fase de negación […] Porque superarlo pasa a ser una actividad sospechosa en sí misma”. Conocidas fueron las declaraciones que dio Gabriel Salazar, Premio Nacional de Historia 2006, cuando un grupo de mujeres hicieron una denuncia pública sobre el historiador Leonardo León: “Hay profesores que buscan más que una relación de amistad con las alumnas, pero a ellas (las denunciantes) yo las veo muy pintiparadas. Dando declaraciones de acá para allá. Yo no las vi muy destruidas psicológicamente. Los que sí están destruidos son los dos profesores acusados, Ramírez y León. Están jodidos. Yo no sé si un acoso estúpido da para la pérdida que se produjo por esto (la destitución de ambos). En la balanza es donde hay que ver”. Finalmente, Leonardo León fue formalizado y condenado por abuso sexual contra su propia hija. 

Este tipo de declaraciones trae un amplio marcaje patriarcal puesto que se pone en tela de juicio el testimonio invisibilizando el abuso sexual y el abuso de poder ejercido en contra de jóvenes universitarias. Junto con esto, el victimario es presentado como una víctima del repudio social por el delito cometido y aún se le da voz por medio de otros hombres que defienden su calidad de persona por conocerlo en espacios laborales o de amistad. Por último, ocurre el fenómeno descrito por Virginie Despentes en “Teoría King Kong”, donde se minimiza la acción cambiando el nombre de ella. La autora señala “en nuestra cultura, desde la Biblia y la historia de José en Egipto, la palabra de la mujer que acusa al hombre de haberla violado es una palabra que ponemos inmediatamente en duda […] los hombres siguen haciendo lo que las mujeres han aprendido a hacer durante siglos: llamarlo de otro modo, adornarlo, darle la vuelta, sobre todo no llamarlo nunca por su nombre […] pero si ha ocurrido es que, en realidad, la chica consentía […] no ha sido una violación, era una puta que no se asume y a la que él ha sabido convencer…”. De manera tal, que siempre el testimonio se pone en duda. Lo vimos esta semana en la audiencia de Pradenas. Escuchamos al abogado proferir toda clase de explicaciones sobre la violación: ella se tomó una botella entera de champaña, es que ella había besado a otros chicos en la disco, es que ella estaba arrepentida al otro día y llamó al ex pololo para convencerlo de que había sido violada, entre tantas otras formas, en que se validó utilizando construcciones patriarcales el recuerdo de un hombre, por sobre los recuerdos imprecisos de varias mujeres. Según Germaine Greer, la importancia de la validación de este relato radica, en que en la medida en que el relato es apropiado por las mujeres violentadas o agredidas sexualmente, para estas sería el momento de cierre y de resignificación del mismo. Por eso, aunque no se condene muchas veces al agresor, el momento en que las víctimas pueden reconocer el relato en público ha sido muchas veces el término del duelo con el propio cuerpo. 

Eugenia Meyer, antes citada, explica el paso desde la memoria individual a la memoria colectiva, teniendo en consideración para esta construcción, los usos de los marcos de la memoria. Propone que esta memoria individual podría conformar una memoria cultural, y que, en la medida en que pueda ser interpretada y se le pueda otorgar una relación a un marco social, temporal y espacial, compone una memoria colectiva. Esta memoria colectiva posee puntos comunes, donde las memorias individuales se interrelacionan, no solo en acontecimientos, sino entorno a las emociones y a las formas de recordar. Por lo que recordar sería un también un ejercicio colectivo. 

De esta manera, esta semana no solo nos convoca la empatía como mujeres, sino que nos convoca esta memoria colectiva, que es también la memoria individual, una memoria del cuerpo. Esta semana, en la audiencia que cada una de nosotras vimos por televisión, abrimos la puerta al abuso en nuestra casa, lo resentimos en nuestro cuerpo, porque es el marco social desde donde construimos nuestro recuerdo, desde donde tenemos memoria de nosotras mismas. En este caso, como entes pasivos, no como quienes realizamos la acción. Por eso cuando gritamos que esto es por todas nosotras, pronunciamos cada sílaba recordando con cada parte de nuestro cuerpo, reviviendo el trauma. Cuando decimos “esta semana a todas se nos abrió la herida”, eso es: estamos sangrando. 

*Carolina Ibarra Peña es profesora de Historia, Mg. en Historia, actualmente se encuentra realizando su tesis doctoral en Historia en la Universidad de Valladolid. Es miembro del Ciclo de Lectura Feminista y de la colectiva Autoras Chilenas Feministas (Auch!) 

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