La maternidad rebelde: reflexiones en torno a “Contra los hijos”

Por: Tania Lagos
Pasante Escuela de Crítica de Valparaíso

“La máquina reproductora sigue su curso incesante: despide hijos por montones”. Con esta frase Lina Meruane abre su texto “Contra los hijos” y es quizás la frase que mejor expresa la lógica capitalista detrás de lo que, según la escritora, se concibe como maternidad hoy en día. 

Con una agudeza única, Meruane deshilvana el rol histórico de la mujer con ejemplos tan antiguos como el de Sor Juana Inés de la Cruz y tan actuales como el de María José Viera-Gallo. Lo que todas tienen en común, por supuesto, es el estar sometidas a un sistema que las oprime, las censura y las controla. Lo que las define, en cambio, son las respuestas que cada una encuentra para escapar, mantenerse al margen o desafiar los parámetros a los que la sociedad pretende someterlas. La maternidad (o la decisión de no serlo) se convierte, de esta manera, en el eje central del análisis como el rol que, según la autora, ha servido una y otra vez para hacer retroceder las libertades que han ganado las mujeres y devolverlas a lo que pareciera ser el único espacio que les es permitido: la casa. 

A partir de relatos, datos biográficos y experiencias de mujeres de todas las épocas, Lina Meruane no escribe una línea que no sea certera en todo el libro. Que la maternidad ha sido utilizada históricamente como método de control, como negocio. Que hay en ella, incluso hoy, una exigencia social, un deber ser, una pauta astutamente calculada, como una especie de manual de la buena mujer. Que la realidad es que, por más que la publicidad se haya encargado de vender la maternidad idílica, hay en ella un esfuerzo constante, una frustración y un agotamiento que fácilmente pueden llevar a los cuidadores a crisis cada vez más frecuentes, sobre todo en tiempos de capitalismo tardío. Todo es cierto, y, sin embargo, me parece que nada de ello se acerca realmente a la maternidad.

Quisiera comenzar por detenerme en la crítica más aguda presente en el libro: las implicancias del capitalismo en la construcción del concepto de familia y la gran ausencia del Estado en la consolidación de un modelo más apto para la crianza. Meruane apunta a la sobrecarga que ha producido la combinación de largas jornadas laborales con la crianza (y me referiré a crianza de ahora en adelante, para comprender en el término a todo tipo de cuidadores), que es peor en el caso de los cuidadores artistas, que, según sus palabras, tendrían triple trabajo: el remunerado, el de crear y el de crianza. Si bien, es completamente indiscutible la veracidad de dichas afirmaciones, no deja de llamarme la atención la paradoja de establecer una mirada crítica al sistema capitalista analogando las actividades laborales a las actividades de crianza. Digo esto porque a pesar de que es cierto que la crianza implica el trabajar, de la misma forma que implica un deber y una responsabilidad, sería restarle complejidad el proponer que eso es lo que es

Me parece que comenzar por entender que la crianza no es un trabajo por mucho trabajo que implique, es un buen comienzo para liberar la mirada (y las presiones) que se tiene sobre ella.

Si tuviera que aventurarme a hablar sobre crianza, tendría que comenzar por decir que lo primero que cambia es la noción del tiempo. Si abandono la idea de que el tiempo para hacer todas las tareas que implica tener un trabajo remunerado, la creación literaria y la crianza, es definitivamente muy poco. Si me imagino una maternidad con toda la ayuda del mundo, estabilidad económica sin mayor esfuerzo, una pareja activa y participativa, en fin, todo lo que se pudiera pensar como estrictamente necesario. Aun así, la experiencia del tiempo se vería alterada, no porque no sea suficiente, sino que, porque la crianza implica estar a cargo de una persona en desarrollo para la cual el tiempo transcurre de manera distinta. 

La proporción de velocidad en la que pasan los días de un bebé, un niño o un adolescente respecto a los de un adulto es vertiginosamente diferente (aunque a medida que pasa el tiempo se van acortando las distancias). Con ello, todas sus necesidades se establecen de manera distinta y por lo tanto inevitablemente recibir en crianza a algún ser humano significa siempre bajar la velocidad, ralentizar la marcha y esperar. Todo esto, sin siquiera considerar que un crío es una persona distinta a una, y que por lo tanto habrá una adaptación y ajustes de personalidades, ni el hecho de que un ser humano en desarrollo implica una inmadurez biológica y psicológica que solo encontrará un buen suelo para desarrollarse en los vínculos afectivos sanos que logre establecer. 

La aceptación de ese tiempo detenido es una primera forma de aproximarse a una maternidad rebelde.

De los grandes estragos que ha producido el capitalismo globalizado es la alteración del tiempo. La necesidad de lo inmediatamente efectivo, de lo eficaz, de lo que sea que promueva el aumento veloz del capital se ha colado incluso en los aspectos más cotidianos. En la cocina, en la forma de hacer las compras, en la manera de encontrar pareja. También en la crianza, a pesar de que sea tan evidente que para criar se necesita calma. Se ha filtrado la necesidad de lo inmediato en nuestra manera de establecer vínculos, y con ello se ha perdido la noción de proceso y se ha alterado la noción de sujetos ¿cuándo fue que nos volvimos tan taxativos?

En su afán de establecer los lineamientos y los estereotipos que aquejan a las madres de antes y las de hoy, Meruane habla de ciertos tipos de madre: la madre angelical, la madre total, las mamitas furiosas, la madre que trabaja, etc. La escritora describe en estas caricaturas una especie de abandono de sí mismas para cumplir con sus roles, contraponiéndolas a la figura de una madre suficiente – aquella que cría pero que no se abandona. Ahí donde Lina Meruane ve sumisión a un sistema opresor, yo veo angustia. Cada uno de esos estereotipos de madre es una respuesta angustiosa a su época.  

Me detengo en las mamitas furiosas, por ejemplo, porque ahí donde Lina Meruane ve un retroceso en los derechos conseguidos históricamente por las mujeres, yo veo una lucha, una angustia que responde a su propia época. El afán ecologista, prolactancia, naturalista de las mamitas furiosas guarda relación directa con un sistema sistemáticamente abusivo con todas las fertilidades: la vegetal, la animal y la humana. El sistema capitalista ha trastocado la capacidad reproductora y la ha utilizado a su conveniencia. Volver a lo natural, es intentar reconocerse como el sujeto que se era antes de ser tan solo un sujeto productivo (mujer) o un sujeto productor (madre), es también un intento de liberar al hijo de la posición de sujeto de consumo en la que lo ha puesto el capitalismo, aunque todos sepamos que ese intento también lo ha absorbido el monstruo capitalista y que ahora lo exprime como si fuera otro de sus largos tentáculos. 

Lo cierto es que no conozco ninguna madre que no sea en alguna medida todas esas madres al mismo tiempo. En toda madre convergen todos los conocimientos acumulados y se expresan en mayor o menor medida, dependiendo del momento. Pienso que reconocer esos idearios de madre que Meruane tan sagazmente específica, sirve únicamente para escapar de ellos, o mejor aún, para entenderlos con la complejidad que cada uno merece y dejarlos existir al unísono, como un clúster de voces dentro nuestro. 

La respuesta angustiosa de la madre tiene que ver con el aprovechamiento de su vínculo, con las contradicciones a las que se ve sometida por un sistema que no la favorece en ningún sentido. Sin embargo, comprender esto desde la consecuencia del abuso al vínculo, en vez de comprenderlo como un mero sometimiento al sistema, un agachar el moño al rol histórico, abre la puerta a una reflexión más profunda sobre la forma en la que se puede establecer la rebeldía desde la maternidad misma. 

Pretendo con todo esto establecer un punto: una de las luchas más importantes que se libra en la sociedad capitalista es la de no fragmentar ni al sujeto ni a sus vínculos. En este sentido, la maternidad cobra una importancia sustantiva.  En el momento en que Lina Meruane propone volver a una crianza más autoritaria como fórmula para recobrar la libertad de la mujer, entiendo que el capitalismo ha vencido. La maternidad no puede ni debe ser una respuesta absoluta a la identidad femenina, el ejercicio de la maternidad es de triple complejidad en la sociedad actual, que la crianza ya implica un esfuerzo descomunal, que las redes de apoyo son insuficientes, que se utiliza la maternidad como método de control y de adquisición de bienes, y que las madres están solísimas hoy en día. Me parece que retroceder en lo que a derechos de infancia respecta y en el conocimiento de los procesos de desarrollo infantiles, no es una solución. Entiendo que Lina Meruane no está abogando por la violencia ni mucho menos. Sin embargo, está poniendo el eje sobre los hijos cuando este debiera estar siempre en los adultos (no sólo en los adultos que crían) y en el sistema que ellos mismos construyen. 

La comprensión de la necesidad de un sistema que eduque y proteja los vínculos filiales es quizás la herramienta más poderosa que tenemos. Entender, por ejemplo, que poner límites no implica únicamente decir “ya basta” si no que implican un proceso educativo muchísimo más complejo en el cual no sólo se pretende evitar niños tiranos, sino que se pretende criar niños empáticos, abiertos al diálogo, críticos –todas cosas cada vez más necesarias en un mundo lleno de polaridades–. Volver a la crianza inhibitoria de antaño, desoyendo todos los avances en materia de desarrollo infantil, me parece sencillamente un despropósito. 

Mejor sería dejar de poner el ojo en las madres y sus hijos, y ponerlo derechamente en el sistema. Quizás la alienación materna de la que habla la escritora, tiene más que ver con la incapacidad del entorno de responder y atender a un proceso, que la de ser una consecuencia inevitable de la maternidad. 

Quizás mejor sea bajar un poco la marcha y liberar la construcción social de los conceptos utilitaristas con los que venimos calculando los derechos y la libertad. 

Escribo estas líneas pensando en las madres. Pensando particularmente en las madres como yo: mujeres que no querían ser madres que fueron madres por accidente, por estar fuera de plazo, por no tener la información suficiente, por presión social, por no tener recursos, por no tener apoyo. Mujeres madre que creyeron en la maternidad idílica y no tardaron en chocar de frente con la realidad. Mujeres madre a las que se les partió el mundo en dos en el mismo instante en el parieron. Mujeres madre que de pronto sintieron que el mundo ya nunca las recibiría como antes. Mujeres que dejaron de participar, que se estancaron, que se ahogaron, que se inundaron de maternidad y que pensaron (o piensan) que de ahí no se vuelve a salir. Mujeres madre de todo tipo. 

Es por ellas que escribo.

Lo que tiene de rebelde la maternidad es aquello que no se puede tocar. 

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