La historia del hijo y la nuera de Pedro de la Barra asesinados por la dictadura, contada por su nieto

 

Por primera vez en 10 años, el Festival de Cine Chileno (FECICH) premió una cinta documental como Mejor Película del Año en la categoría largometraje. Quien encabezó este hito, frente y detrás de las cámaras, fue Álvaro de la Barra, actor y director de la producción que en 84 minutos logra radiografiar una parte fundamental de su historia y la de muchas familias de nuestro país. 

Sus padres, militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), fueron asesinados durante la dictadura de Augusto Pinochet. Desde entonces Álvaro creció en el exilio con un nombre falso, primero en Francia y después en Venezuela, hasta que a los 32 años decidió regresar a Chile para recuperar legalmente los apellidos de sus progenitores. Esta oportunidad le permitiría concretar un ejercicio cinematográfico de autoconocimiento y búsqueda de identidad: Venían a buscarme, película galardonada por su calidad y contribución al cine chileno.

Por Poirot Escovedo

Tu película logró obtener la mayor distinción en la Competencia Radiografía Nacional, ¿qué significa para ti este logro?

–La verdad es que fue un reconocimiento muy especial. Estoy convencido de que esta distinción nos ayudará a que la película tenga más difusión y más gente llegue a verla en junio, cuando se estrene en las salas Miradoc.

¿A quiénes dedicas este reconocimiento?

–En la ceremonia no pude sino dedicárselo en nombre de mi madre, Ana María Puga, a todas las actrices y actores que vieron truncada su vida y su obra por la dictadura.

En la cinta están presentes muchos de tus familiares. Para ti como director, ¿cómo fue enfrentar los fantasmas de un pasado doloroso junto a estas personalidades?

–Tuve la suerte de que todos los personajes que me fui encontrando mientras seguía la huella de la memoria tenían una posición muy digna, más allá del drama y el dolor. Esa visión del pasado, que gentilmente me fueron cediendo, calzaba perfectamente con mi punto de vista: la búsqueda de la identidad, de querer entender qué ocurrió en la dictadura que no solo asesinó a mis padres, sino que llevó al exilio a mis tíos cineastas y a mi abuelo, quien murió en el exilio. Exilio que me separó de mi familia materna.

¿Cómo mutó la percepción que tenías de tus padres y de Chile antes y después del rodaje?

–Crecí con mi familia paterna, por lo que la imagen de mis padres no hizo más que enriquecerse. Creo que, de todas las cosas de las que me fui enterando, lo más significativo fue saber que fui un bebé buscado y no una sorpresa. De Chile, fue conocerlo en realidad. Si bien ya había viajado para hacer la película, en esta ocasión me tocó vivir y darme cuenta que la visión de Chile con la que crecí no tenía nada que ver con la realidad que me encontraba. Que el Chile que dejó mi familia no se parece en nada a la sociedad que soñaban mis padres.

¿Cuáles fueron los principales desafíos para reconstruir la memoria histórica a través de tu historia personal?

–La memoria se va generando todo el tiempo, y va cambiando. No es lo mismo el recuerdo que podamos tener de una foto hoy o mañana. Y algunos personajes, poseedores de esas memorias que yo buscaba con la película, podían estar muy mayores o simplemente ya no estar. Por ejemplo, cuando busqué a Marcelo Romo, ese monstruo llamado Alzheimer se había encargado de su memoria.

Cine y dictadura

Si bien es un ejercicio íntimo y valioso, las películas con temáticas basadas en la dictadura abundan en el repertorio cinematográfico chileno. ¿Por qué persistir en este tópico?

–Yo no la veo como una película basada en la dictadura. Es una búsqueda personal de identidad, familiar, ¿qué familia no se vio marcada por la dictadura? Y no es que no se ha logrado resolver algo puntual, es que los intentos son precarios. El pacto del silencio, la falta de una política de Estado en la recuperación de la memoria, la legislación de la dictadura aún vigente, entre muchos otros factores, no han dejado que ni a nivel judicial podamos ir resolviendo y avanzando como sociedad. Al contrario, estamos retrocediendo. Mientras esto siga así, seguiremos teniendo generaciones marcadas por este período oscuro de la historia, consolidando una de las sociedades más inhumanas que he conocido.


Otro aspecto relevante es el sentimiento de derrota que pesa sobre muchos tras las consecuencias del régimen. ¿Te sientes heredero de ese sentir?

–¿Heredero? Por ser hijo de quienes portan ese sentimiento, puede ser, pero no me siento de esa manera. El problema es que a esa generación le cuesta mucho hablar, lo que deja secuelas en las siguientes generaciones.

La exhibición de tu documental coincide con la misma semana en que fallece el actor Marcelo Romo (1941-2018), quien participó en Queridos Compañeros, una de las películas dirigidas por tu tío, Pablo de la Barra, que da cuenta de la vida de los revolucionarios del siglo XX. ¿Qué anécdotas recuerdas de esta cinta y qué significado tiene a nivel personal?

–Yo no solo trabajé con la recuperación de la memoria de mis padres sino también la de mi familia, y su obra, Queridos Compañeros, es una película maravillosa que se reconstruyó y terminó en el exilio, que a mí me tocó vivir muy pequeño. Marcelo dormía en el sofá de la casa y durante el día salíamos a trabajar en el doblaje de la película, ya que el sonido había sido confiscado por el Ejército cuando allanaron la productora de Pablo. En este proceso fue inevitable que yo de niño tomara a Marcelo, que hacía de un militante de izquierda esa película, como la imagen de mi padre. Por eso me dolió mucho la enfermedad de Marcelo y su reciente fallecimiento.

Esta producción nunca se estrenó en Chile y sus derechos de emisión están tu poder. ¿Pretendes realizar algún homenaje especial considerando la actual coyuntura?

–Sí, creo que Queridos Compañeros es una película que se tiene que ver en Chile, no solo porque da cuenta de una realidad anterior al golpe, sino porque se convirtió en una consecuencia de este, sumado a su calidad como obra cinematográfica. Pensamos hacer un estreno formal cuarenta años después y para eso necesitamos apoyos que estamos buscando en este momento y, quién sabe, quizás hagamos ciclos con Venían a buscarme o algún cine foro.


Hacer cine en un país sin industria

Si bien en Chile cada vez se hacen más películas por año y la calidad de las mismas también ha mejorado, gran parte de ellas son autogestionadas y cuentan con pocos recursos. ¿Cuál es tu diagnóstico de la industria cinematográfica chilena en la actualidad?

–El aumento de las producciones viene dado por los avances técnicos que permiten a algunos proyectos ver la luz de manera autogestionada, pero no ha aumentado el número de proyectos que logran ser financiados. Al no tener industria esto tiene que plantearse como una política de Estado, y si la calidad sube, habría que subir el número de proyectos que se realizan, porque esto es beneficioso no solo para generar a futuro una Industria del Cine, sino para el país en todos los sentidos. Países como Francia o Argentina (en su momento) tienen legislaciones que protegen al cine nacional porque saben que esto repercute directamente en la imagen país y en la industria turística, por ejemplo. Acá el cine y la cultura en general no son una prioridad.

 

 

 

Pareciera ser que tampoco existe mucha resistencia o colaboración por parte del gremio contra la precarización de la actividad. ¿Por qué crees que ocurre esto?

–Es que si tienes cineastas que están luchando por sacar a duras penas proyectos financiados o no, cómo esperas que puedan además funcionar como gremio. Ellos (como individuos) tienen que trabajar en otras áreas de la profesión para poder vivir, sin embargo, existen personas y acciones que se han tomado para intentar que el Estado logre ver los beneficios de tener una industria cinematográfica.

¿Qué es lo que más perjudica a los realizadores chilenos a la hora de hacer una película?

–La falta de público en nuestras propias salas, que son las primeras que deberíamos tener conquistadas. Por eso las películas de los últimos años más notorias se han planteado más una ruta de festivales, o incluso se han concebido para ello. Sin una Ley de Cine que proteja y resguarde el crecimiento de la industria, y que a su vez fomente el asistir al cine a ver una película nacional, estaremos haciendo películas sin financiamiento y sin ganancias.

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