La historia de La Mandrágora: Tablas, tierra y sudor en Viña del Mar

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Desde las calles sin pavimentar de los cerros viñamarinos, en Achupallas, este centro cultural y colectivo teatral genera cultura para y por sus mismos pobladores. La Mandrágora hace más de una década ha puesto a los vecinos del barrio como los protagonistas de su creación artística. Financiados con venta de sopaipillas y tallarinatas, son un excelente ejemplo de cultura popular, instalados nada menos que en la ciudad con más tomas en Chile.

Por Sebastián Labra / Fotografías: Raiza Vera Ugas

“Aquí había una media agua, nada más”. Así relata Cristián Mayorga (37) el comienzo de La Mandrágora. Actor y profesor de actuación, Mayorga es un hombre que sabe de teatro popular y que, junto a Francisco Rojo (artista independiente) y Maikol Ulloga (trabajador social), conforma la base de esta organización popular, ubicada en el paradero 8 de Achupallas: un grupo compuesto, antes que por actores y artistas, por pobladores viñamarinos. Por el pueblo.

La historia de La Mandrágora se remonta al año 2000, cuando un grupo de jóvenes realizaba talleres de actuación en la Universidad Católica de Valparaíso. A esa generación pertenece Mayorga, actualmente el director del colectivo. Ya en 2001, conformaron el grupo teatral La Mandrágora al alero de esa casa de estudios, de la que luego se alejaron por diferencias de criterios:

-Nos desligamos porque las temáticas que queríamos abordar iban en contra de las políticas de la universidad y el espacio era chico para seguir desarrollándose. El 2002 nos independizamos: nació La Mandrágora. Yo dejé mi carrera de Ingeniería en Construcción para estudiar teatro. Después de los ensayos, conversando sobre cómo cambiar el mundo, salió la idea de llevar el teatro a lugares donde no llega normalmente. Nos ganamos un Fondart el año 2003 con un itinerancia de la obra Un Ángel o un Náufrago con Alas. La llevamos desde la IV a la VIII región visitando pueblos. Fue una linda experiencia. Eso lo logramos con la micro que tenemos afuera, dormíamos ahí, dice Mayorga, apuntando a un viejo bus en el patio del centro La Mandrágora, con los neumáticos desinflados, y en cuyo techo albergan un huerto orgánico.

La historia que comenzó solo con una mediagua, en el Viña del Mar profundo, evolucionó con el tiempo. La itinerancia de sus funciones los había llevado a Achupallas. En el año 2003, instalaron su precaria sede en un terreno donado por la familia de un integrante del colectivo. No había agua potable. Solo desde el año 2013 el sector posee una red de agua legal. Hoy en día, el espacio cuenta con un comedor abierto destinado a los niños que vienen a sus talleres, una biblioteca pública con 3 mil libros, una sala de computadores, otra de teatro, capaz de recibir a 120 personas, y habitaciones para residencias de artistas extranjeros. “Gracias al encuentro teatral que hacemos –dice Mayorga–, hemos invitado a compañías de otros países como Brasil, Francia y Argentina. Y al ver nuestro trabajo, han aprendido que también pueden hacer encuentros. Uno se imagina que se necesita mucho dinero para construir un centro cultural. Pero si te esfuerzas, hay ganas, un sueño, y trabajas de a poco, lo vas construyendo. Mandrágora es eso, un sueño. Un espacio que no deja de construirse”.

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EL TEATRO POPULAR

Lo que diferencia a esta agrupación de los artistas de elite que “venden” un discurso de ayuda a la clase popular, es que sus mismos integrantes son parte fundamental de esta clase. Ríen y lloran con sus vecinos de la población. Sufren cuando llueve y las calles sin pavimentar se embarran, y se alegran cuando construyen una cancha nueva para los niños. Los pobladores son como su familia. Incluso, los vecinos son sus actores. “Aquí armamos obras de teatro con gente que no sabía actuar, vecinos que se animaron y con los que giramos por los cerros de Viña”, dice Mayorga, recordando que el año pasado exhibieron la obra Almacencito de la Gloria, del retratista del mundo popular chileno Alfonso Alcalde, con la que visitaron la toma más grande de Chile: el campamento Manuel Bustos de Viña del Mar. “Nos queda a tres cuadras. Con ellos hemos hecho talleres, funciones y clases”, aclara.

“Al estar inserto en la misma población, sufrimos los mismos problemas. Nosotros no somos una compañía de teatro que viene y después se va. No somos invasores, somos vecinos, somos amigos”, enfatiza Mayorga. Tanto así, que en 2010 La Mandrágora fue elegida como junta de vecinos. Tanto así, que los pobladores van donde ellos antes de acudir a Carabineros cuando un niño se pierde. Tanto así, que para dar con la agrupación solo basta con preguntar en la panadería de al frente, o seguir los esténcil que señalan el camino para llegar. Tanto así, que, junto a los vecinos, los integrantes del centro se manifestaron por un mejor consultorio y lograron obtenerlo.

Si bien el grupo base de este centro cultural son alrededor de seis personas, existe un gran número de voluntarios. Todos jóvenes de Achupallas que ven en La Mandrágora una alternativa a la delincuencia y drogadicción. La dinámica ha funcionado para que los vecinos se unan y se conozcan: “La vecina A no hablaba con la vecina B. Se odiaban. Pero como sus hijos venían a los talleres, se topaban cuando ayudaban haciendo sopaipillas para los fondos o en las funciones, y se arreglaron. Siempre ha sido así. Desde que llegamos, que aparecen niños. Como el Antonio, que es voluntario desde los 7 años y ahora tiene 17 y es hasta más grande que nosotros –Mayorga hace un gesto con la mano sobre su cabeza–. Esto es como una burbuja de participación, la gente se alimenta mental y espiritualmente con conocimientos y prácticas, como hacer huertos, carnavales callejeros. Aquí, ellos son la fuerza, el motor de La Mandrágora”, asegura el director de esta agrupación, que se prepara para realizar en noviembre un nuevo encuentro anual de teatro internacional.

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LA ELITE ARTÍSTICA

El colectivo ha ganado dos Fondart: el primero, una itinerancia por regiones y, el segundo, fue para el encuentro anual. Pero hace cinco años que su financiamiento es mera autogestión. “Y eso ha generado que el espacio se deteriore porque no hay dinero para una mejor mantención. Por otro lado, el recurso humano sufre, porque tiene que trabajar por fuera para después venir a las seis de la tarde a mejorar el centro”, relata Mayorga.

-Desde su posición actual, ¿qué crítica le hacen a las políticas públicas culturales?

-Las políticas públicas que se arrastran desde el gobierno de Piñera intentan fortalecer la industria cultural. Lo que quieren es que, a largo plazo, las organizaciones se mantengan cobrando entrada, como si fueran una máquina de dinero y de generar trabajo. Pero donde vivimos no podemos cobrar, porque parte de los vecinos ni siquiera tienen para comer. Nosotros fuimos los primeros en presentarnos en la ex cárcel (actual Parque Cultural de Valparaíso), dos años después de que se había cerrado. Y lo pensamos como un espacio de participación ciudadana que permitiera a la gente empoderarse. Pero después aparece un grupo de artistas de Valparaíso con conceptos diferentes sobre el arte. Nosotros lo vemos como expresión del desarrollo humano y no solo individual, sino con un compromiso con el territorio. Hoy, la ex cárcel fomenta el desarrollo artístico pero ni siquiera local, sino internacional. Tratan de ser una elite artística. Si uno pide ese espacio, lo más seguro es que te digan que en tres meses más lo puedes usar, porque primero viene una compañía de Santiago, Nueva York, Japón, China, etcétera. Y quizás después ustedes, quizás, porque primero hay que ver sus videos, en qué prensa salen, cómo es el afiche, su iluminación, vestuario. Entonces, ¿cuál es la línea que siguen? Patrones estéticos externos que nosotros no practicamos como arte”.

Si quieres realizar donaciones de computadores y libros a La Mandrágora, puedes escribir al correo colectivomandragora@gmail.com.

*Crónica publicada en La Juguera Magazine nº 10

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