La grieta del olvido





“Piensa:
la memoria es signo reversible”.

Verónica Zondek
Por Camila Albertazzo

Casualmente, llega a mis manos Casa agrietada en paisaje de provincia (Inubicalistas, 2021), del escritor Víctor Ibarra B.(1987). Asombrada por el título, que remite a mis propios referentes de provinciana con casa de barro, me sumerjo inmediatamente en la lectura. Lo que veo me inmoviliza. El libro de Ibarra es una clásica imagen de provincia pero tejida a través de una temática dolorosa en las dinámicas familiares: la pérdida de la memoria de algunx de sus integrantes. Aquí pienso en los versos de Baudelaire “¿Qué es el cerebro sino un palimpsesto inmenso y natural?” (Los paraísos artificiales, 155), y es que el texto de Ibarra me parece un continuo de nuevas formulaciones a partir de la memoria.

Así, el texto transita en el entramado de los olvidos desde una metáfora del derrumbe. La casa de la infancia, que podemos oler, ver y tocar en los versos iniciales donde aparece de inmediato “forma de casa/ de patio riega la tierra/ el adobe” se transforma a ratos en el cuerpo en que cruje el olvido involuntario. Sabemos de la fragilidad del adobe pero de su maleabilidad también. Descubrimos de inmediato que la transfiguración de la casa-cuerpo-memoria va desgajándose a través de la materialidad de la muerte porque “los ritos fúnebres consuelan” (9); y esta va tocando levemente la capacidad de discurso donde se “percibe el despliegue de una catástrofe e intenta callarla con palabras sin vocales” (9). La poética de Ibarra trasunta la memoria como anámnesis, como búsqueda, escogiendo el olvido como el reverso del signo, pensando los versos de Zondek.

La progresiva pérdida del sonido que articula el tejido de la casa de barro va insinuándose en los bordes de los textos. Palabras como “punto”, “vocales”, “fonemas”, “oídos” o “lengua” se advierten en el final de algunos versos, justo antes de los cortes que van ensamblando las imágenes del descalabre semántico que produce el olvido. Ibarra juega con la metáfora de la construcción donde herramientas son palabras y se caen en un impredecible lapso que recorre el derrumbamiento de la casa-cuerpo-memoria.

Gracias a los cortes, que indican idas y vueltas temporales, podemos apreciar además una segunda voz poética más orientada al pensamiento, que pugna por rescatar el sema inubicable, el lexema que no permita la disgregación involuntaria y dolorosa del olvido. Es la voz de la razón que emerge en medio de las palabras púas, donde se puede leer que “quieren donarle la calma de una forma pero costra” (12) y luego “la opacidad me protege” (10). De este modo, Ibarra va urdiendo este entramado con el hilo de lo único estable: el ritual. Prueba de aquello es el florero con flores que se ubica en distintos tiempos según el rito vaya necesitando, ya sea en primera persona como en  “hila/ enhebro sépalos inclinados” (11) como en tercera, en los versos “las flores adornan la tumba intentan llenarlo” (12) pasando por “Se escogen cada semana las mismas flores, establece un rito”(14). Esa huella del enunciador que se establece con el símbolo “flores” como puente nos avisa que pugnan voces dentro del poema, el caos está desencadenando el derrumbe.

Además de la polifonía del poema, me parece interesante relevar el uso de símbolos que remiten al proceso de la muerte como la fisura final de un proceso. Cuando tropezamos con el verso “la flor compone una lengua” (15) entendemos que la voz poética se remite al cuerpo-vida desde ese mismo espacio donde se vislumbra apenas una ilusión de mejoría “la limpieza de las jarras prolonga la vida del crisantemo (…) la renovación de las aguas permite la sobrevivencia” (25) y luego se derrumba nuevamente “detrás el cementerio/ flores/ hieden el agua” (26).

La metáfora que este poema nos insinúa en sus grietas me remueve desde la configuración de memoria que tenemos como sociedad. Me pregunto ¿qué es la memoria? En el caso de la provincia, el cuerpo feble de un adobe que va perdiendo humedad, ergo, consistencia con el tiempo; es la memoria que se agrieta, que es fisurada por el tiempo, pero también por la desidia. El que Ibarra sitúe el poemario en la provincia no solo me parece un dato biográfico, sino que es relevante porque incardina la voz desde las provincias que han sido ignoradas por el centralismo, que se mantienen durante años en dinámicas cíclicas, que van derrumbándose, quedándose vacías en la soledad del olvido.

El poema largo de Víctor Ibarra viene a iluminar un lugar de silencio. La memoria nos preocupa como sociedad en cuanto grieta. Pienso en Pollak que nos dice “la memoria es un elemento constituyente del sentimiento de identidad” (Memoria, olvido, silencio. 38) y pienso en que el poema de Ibarra da en el centro de la cuestión identitaria como tejido colectivo.  Como una casa de adobe que se va desarmado con el tiempo; un país, una familia, un individuo se estabiliza en el tejido de la memoria con las herramientas palabras. Por esto, Casa Agrietada… me caló tan hondo. Porque me hizo pensar que la progresiva pérdida del tejido de estas memorias es también desidentificarse, es también un poco morir. Y recuperar esta trama es acudir a esa fisura humedeciendo el adobe; cambiándole el agua a los crisantemos; retrasando, en parte, el derrumbe.

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